sábado, 29 de junio de 2019

El Tercer Reich, el gran negocio de Hitler


El Tercer Reich, el gran negocio de Hitler
Por Adán Salgado Andrade


William L. Shirer (1904-1993), fue un periodista norteamericano y corresponsal de guerra, quien, en 1959, publicó The Rise and Fall Of The third Reich (El ascenso y caída del tercer Reich) , probablemente uno de los análisis más completos y documentados  sobre ese negro periodo histórico, en el que la megalomanía de un hombre – como han existido muchos en el mundo –, llevó a una buena parte de la humanidad a una de tantas guerras que se han originado por pretextos que, hasta pudieran parecer estúpidos, pero que, en el fondo, van guiados por poderosos intereses económicos (en el video del link, pueden ver la evolución en Europa de los reinados de los señores absolutos de los años 400 AC hasta el más reciente 2019: https://www.youtube.com/watch?time_continue=1167&v=IpKqCu6RcdI).
El megalómano y sediento de poder al que alude el libro de Shirer, es el mal afamado Adolf Hitler (1889-1945), austriaco de humildes orígenes, con fuertes complejos de inferioridad, que, sin embargo, no fueron obstáculos para que aquél, a sus casi cuarenta y cinco años, lograra imponerse como una especie de híbrido entre un “moderno estadista” y un sanguinario “emperador”, para quien el límite de sus ambiciones sólo lo podía condicionar su, digamos, “creativa” sociopatía.
El libro de Shirer es un muy extenso volumen de 1482 páginas, en la edición en inglés que leí, de la editorial Crest Book, publicado en 1962.
Shirer analiza paso a paso todos los eventos que llevaron a Hitler, arrastrando a Alemania, a comenzar una segunda, caótica guerra mundial, cuyos objetivos, disfrazados por Hitler como la simple recuperación de la pasada, perdida “gloria” de los alemanes, no fueron otra cosa que le determinación del megalómano y sus secuaces, de hacer grandes negocios, tanto para ellos, así como para los poderes económicos que todo el tiempo los estuvieron apoyando.
Como dije, Shirer se adentra algo en la temprana vida de Hitler, aludiendo a su origen humilde. Su madre, Klara Poelzl, fue la tercera esposa de Alois Hitler. De la primera, éste, se había separado y, la segunda, había muerto de tuberculosis. Una parte algo cómica de estas anécdotas es que Alois había nacido con el impronunciable apellido Schicklgruber, pero que, cuando vivió con un tío, le fue cambiado por el de Huetler, que después, por la fonética, fue cambiado a Hitler. Dice Shirer que muchos alemanes, luego de la guerra, comentaban lo difícil que habría sido emitir el “saludo de gloria”, de “Heil Hitler” – su “Ave Cesar” –, si el apellido del Fuehrer hubiera sido  Schicklgruber. Probablemente, sus complejos de la juventud, no habrían superado esa apellidezca carga.
Continúa Shirer hablando de las vocaciones de Hitler. Una, que deseaba ser pintor, pero su padre no quería que se dedicara a eso. Alois ansiaba que fuera como él, servidor público en el servicio postal. Hitler se entercó y fue a Austria tres meses, pagados por su madre y otros parientes.
Hizo examen en la escuela de arte, y le dijeron que no tenía talento, que estudiara otra cosa (aunque, si se revisan sus pinturas, no son malas del todo. Los de la academia se han de haber arrepentido de no darle el pase, por todo lo que después hizo, es de suponerse).
Luego, se metió a la escuela pública de arquitectura, que allí si los dejaban estar, aunque no pasaran el examen y fueran malos estudiantes.
Allí se la pasó algún tiempo. De todos sus maestros se quejó, menos del de historia, que dijo que le había marcado la existencia.
También, fue en Viena, en donde comenzó a odiar a los judíos, pues eran los que controlaban muchos negocios, entre ellos, los de la prostitución. Eran proxenetas judíos los que controlaban a mujeres de muchas nacionalidades, para que se prostituyeran. Shirer menciona que un autor dice que eso no era por tintes moralistas de Hitler, sino, más bien, por envidia, pues no le parecía que controlara esa “escoria judía” a tan hermosas mujeres. Como Hitler, por sus complejos, era un tipo obscuro,  no tenía amigos, ni, mucho menos, novias, es probable que por su “nula suerte” en el amor, en sus años mozos, en efecto, envidiara a los proxenetas judíos.
Tampoco se quejaba de nada, quizá porque no sentía que era digno de que alguien pudiera preocuparse por él, excepto su madre.
En esos años, alrededor de 1916, fallece ella. Su padre ya había muerto y se queda sin apoyo de nadie, por lo que tuvo que trabajar de lo que fuera, obrero, cargador, afanador… Pero nada de eso impedía que dejara de pensar en su más caro anhelo, emigrar a Alemania y nacionalizarse alemán, pues amaba todo lo de ese país, que ya, por entonces, se sentía racialmente superior. Eso fue lo que más entusiasmó a Hitler, ese complejo de superioridad – que podría contrarrestar al suyo, de inferioridad –, que tanto le admiraba a Alemania. Años después, fue lo que explotaría muy hábilmente, para envolver a los alemanes en una espiral de belicista violencia y demencial terror, bastante extremos.
El pasado alemán, señala Shirer, siempre estuvo sujeto a invasiones, territorios perdidos, dominación imperial por otras nacionalidades, así que eran constantes los intentos de los germanos de recuperar con guerras lo perdido, tanto dignidad, como territorios.
Y eso sucedió cuando Alemania inició la primera guerra mundial, un nuevo intento de recuperar territorios y la perdida dignidad.
Hitler se enroló como soldado en las filas alemanas y, se cuenta, fue muy valeroso, condecorado dos veces por su “entregada lucha”. Sin embargo, sus compañeros, como señalo arriba, decían que nunca recibió regalos o correspondencia de nadie, que no tenía amigos, ni novia, ni se quejaba de la “mierda” de comida que les daban, pero que nunca tuvo intenciones de desertar.
Como fue tan bueno peleando, no dudaron los mandos militares germanos en convertirlo en soldado alemán y que vigilara a los partidos políticos que se estaban formando al término de la primera guerra mundial, luego de haber sido derrotada Alemania y reducida a sus antiguos límites (sin Austria).
Hitler, cuando asistía a las juntas de esos partidos, se dio cuenta que era muy importante la oratoria para jalar a las masas. A pesar de sus complejos, Hitler sentía que poseía talento natural como orador.
Uno de los partidos que iba a vigilar era de apenas siete personas, que hablaban y criticaban a los capitalistas, quienes “sólo veían por ellos”. Las ideas de pensadores como Rosa Luxemburgo (1871-1919), Nicolás Bujarin (1888-1938) y otros marxistas, estaban de moda y eran la base de la ideología socialista (el concepto de que el Estado y todas sus empresas, debían de ser controlados por los trabajadores).
Hitler no hizo mucho caso, al principio, de lo que escuchaba, pero como en una ocasión lo invitaron a unirse, por pura prueba pasó al presidio y habló. Repitió, primero, algunas de las ideas que había escuchado o de los libros que leía al respecto. Lo felicitaron calurosamente por ese inicial discurso, que agradó a todos los presentes.
 Y fue, gracias a su oratoria, ampliando sus “discursos”, hasta que llegó, en un mitin, a reunir a más de dos mil personas y a juntar 350 marcos de “donativos”. Desde esa vez, Hitler se dio cuenta de que era muy importante, para cualquiera que quisiera detentar el poder, aparte de la oratoria, aliarse con los trabajadores, sobre todo porque la moral estaba muy baja luego de la derrota alemana.
Ese partido fue creciendo y lo bautizaron como Partido Alemán Obrero Socialista, de cuyas iniciales, nacieron las siglas Nazi (Nationalsozialismus). Adoptó la suástica, un símbolo antiguo, para identificarlo, y con tal de que siguiera creciendo, Hitler y sus camaradas aceptaban a todo tipo de personas, hasta de la peor escoria, como un tal Julius Streicher (1885-1946), que era un pervertido y hasta pornógrafo, Rudolf Hess (1894-1987), Herman Goering (1893-1946) – éste último, sería uno de los brazos derechos de Hitler, desde sus iniciales pasos al poder, la imposición del Tercer Reich, y hasta que lo “traicionó”, casi hasta el final – y otros por el estilo.
En 1920, Alemania no era estable políticamente, tanto por la derrota, como porque no había una buena economía. Por el tratado de Versalles, debía de pagar 168 mil millones de marcos, como “indemnizaciones” a los países victoriosos, que después fueron subiendo cuando se declaró el país en bancarrota pero, en realidad, fue una forma de la mafia política de cargar la crisis en la gente común, la que tenía que pagar con trillones de marcos una hogaza de pan o una libra de papas, mientras políticos y empresas gozaban de sus guardadas fortunas en oro, joyas y otros valores – no devaluadísimos billetes, por supuesto. Al declararse insolvente, y seguir imprimiendo papeles, posponía el pago de su deuda con los aliados. Como no pudo pagar, Francia invadió el Ruhr, la zona industrial alemana de ese entonces, con lo que dio lugar a las severas devaluaciones que, como dije, fueron la forma de deshacerse de ese problema y dejarlo a la gente.
En ese entonces, Alemania estaba compuesta por Austria, que era un “estado autónomo”, no siendo parte, realmente, de aquélla. La otra parte era Alemania, propiamente, con capital Berlín, y, la tercera, Bavaria, con capital Múnich. En cierto momento, en medio de tantos problemas, Bavaria se trató de independizar, pero era contrario a lo que Hitler quería hacer, de formar una Alemania unida, pues ya, desde entonces, sus sueños de grandeza plenipotenciaria estaban surgiendo.
Tramó en noviembre de 1923, un golpe de Estado para evitar la secesión bávara, pero no le salieron sus planes. Por otro lado, había un grupo de trabajadores llamados los espartanos, comandados por la ya mencionada Rosa Luxemburgo, mujer que destacó por sus ideas de construcción del socialismo (muy aludida en los cursos de marxismo, pues profesaba las ideas de Marx) y Karl Liebknecht, otro marxista. Dichos espartanos, por unas semanas, lograron imponer un gobierno soviético, quizá también influenciados por la naciente URSS, el cual fue aplastado por los que querían una república conservadora. Cuando los reprimieron, la mafia política reinante redactó una constitución en la que garantizaba la total libertad de todo ciudadano alemán a expresarse libremente y anexarse al partido que más le conviniera, o sea, fue estructuralmente populista, pues prometía libertades a la letra, pero no las cumplía.
Hitler aprovechó todas esas humillaciones a los trabajadores y campesinos alemanes en su favor, con tal de manipular a la gente y que poco a poco se fueran reconstituyendo y armando.
Tras el fallido golpe de 1923, Hitler fue juzgado y encarcelado ocho meses en la cárcel, de la que salió como un verdadero héroe, aunque, señala Shirer, hubiera dejado tirados, en el momento de la represión, a sus compañeros heridos, para él huir (desde allí, se manifestaba ya su mezquindad). De ese negro evento, la lección que aprendió fue que el ejército debía de estar junto a él, no sólo un escuadrón, sino todo el ejército… y, claro, el pueblo.
Luego de eso, abunda Shirer en los “principios rectores” de Hitler, los que escribió en el libro “Mi vida”, (que en inglés es traducido como Mi Esfuerzo), cuando estaba en la cárcel y que fue dictado a su ya citado amigo Rudolph Hess – otro siniestro personaje que lo ayudaría a construir su “imperio”. El 10 de mayo de 1941, Hess voló solo por su cuenta, para “negociar” la paz con Inglaterra, en una acción que hasta al loco de Hitler sorprendió y avergonzó.
El libro, dictado en dos volúmenes, de casi 800 páginas, trata de todo, política, economía, religión, historia… hasta de sexo. En ese panfleto, asegura Shirer, estaban todas las tontas ideas de superioridad racial, de los planes de expansión territorial hacia Rusia, Polonia, Checoslovaquia, Austria… de su pasión por pensadores como Federico Nietzsche (1844-1900), de músicos como Richard Wagner (1813-1883) y algunos otros personajes.
El libro “Mi vida” comenzó vendiendo modestos tirajes, pero ya, cuando Hitler ascendió como canciller, se comercializaron hasta un millón de copias, era algo así como la forzada biblia de los alemanes, y era obligación comprarlo, regalarlo, leerlo… pero pocos lo leyeron, dice Shirer, pues si lo hubieran hecho, se habrían dado cuenta de los perversos planes de Hitler y su Tercer Reich.
Y es que en el libro, Hitler afirmaba que era una necesidad de los alemanes la expansión territorial, que no podía cesar hasta que hubieran crecido a 250 millones en toda Europa. Supuestamente Hitler partía de la expansión territorial que tenía Alemania en los años 1500’s, perdida luego de la terrible derrota que sufrió al terminar la Guerra de los 30 años en 1648, y los convenios de paz establecidos por el tratado de Westfalia. Ese país quedó muy reducido y dañado, y nunca pudo superarlo.
De allí, fue hasta que vino en los 1800’s el expansionismo prusiano, liderado por Otto von Bismarck (1815-1898), que Alemania fue reunificada de nuevo, pero de una manera bélica, haciendo a un lado los valores artísticos, filosóficos y humanos que habían tenido Alemania occidental y Bavaria.
Bismarck estableció que la fuerza estribaba en poseer un poderoso ejército, y lo expandió tanto, que decían que Alemania no era un país con ejército, sino un ejército con país. Y, en efecto, la acción militar le aseguró otra vez la extensión, pues se anexó Dinamarca, Austria y los ducados de Schleswig y Holstein, además de las otras provincias, como Frankfurt y así. Logró la reunificación bajo puros principios militares.
Eso era lo que Hitler quería, que el territorio alemán llegara incluso a Rusia. Por otro lado, la “superioridad racial” la sacaba de los escritos de varios pseudo pensadores que establecían que la raza aria era la “superior” – no decían por qué – y que era obligación de dicha raza y no de inferiores, arreglar los problemas del mundo. Y filósofos como Nietzsche, que hablaban del súper hombre, eran sus favoritos, sintiendo Hitler que él era ese “súper hombre”. Como ya señalé, lo admiraba mucho, igual que a Wagner, quien, con su ópera de Los Nibelungos, dice Shirer, hasta influenció a Hitler en sus días finales, quien habría deseado que Alemania se incendiara y cayera, junto con él. Iba mucho al museo de Nietzsche, por su citada gran admiración.
Algo que es una constante en varios pensadores alemanes y entre los propios “hombres comunes”, quizá, como dice Shirer, resentidos por tanta humillación de pasadas derrotas, es la guerra, que precian muchísimo. Sostenían que la paz lleva al conformismo, que quien no hace la guerra es un cobarde que nunca avanzará. Eso, lo único que confirma, es que el ser humano y su “racionalidad”, sólo han servido para guerrear toda su existencia y cada vez hacerlo con mejores armas, pues “sin la guerra, no hay avance”.
Sí, la paz, ahora, no le conviene al hombre, menos al capitalismo salvaje, el cual requiere de generar guerras para vender armas. Cita Shirer a Nietzsche, sobre lo que dice en su obra “Así hablaba Zaratustra”: “Tú deberás amar a la paz, sólo como medio para iniciar una nueva guerra, pero debe ser una paz corta, no una larga. Te aconsejo que no trabajes, sino que pelees. Te aconsejo que no establezcas la paz, sino la victoria. Preguntas ¿qué buena causa puede bendecir cada guerra? Y yo te replico que es la guerra la que bendice la buena causa. La guerra y el coraje han hecho mucho mejores cosas que la caridad”.
Esta categórica sentencia, parece que sigue, y seguirá, aplicándose. De lo contrario, ¿por qué la producción de armamento, justamente para guerras, es tan lucrativo? (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.com/2011/12/ferias-de-armas-exhibicion-de-fuerza-de.html).
Dos personajes extranjeros tuvieron especial influencia en Hitler. Uno, el francés conde Joseph Arthur de Gobineau (1816-1882) y un inglés, Houston Stuart Chamberlain (1855-1927). Éste último, un tipo que hasta pidió su ciudadanía alemana, de tanto que admiraba a ese país. Cuando conoció a Hitler, por alguna razón, no se cansó de loarlo y admirarlo. No tuvo el “privilegio” de trabajar con él, ya cuando era canciller, pues murió. Pero sus escritos rayaban en la chocantería aduladora hacia ese obscuro personaje. Así hay personas, quizá tan disminuidas, que con cualquier “líder” o “lideresa” se apantallan.
Ya mencioné que Hitler estuvo detenido tras el fallido golpe de 1923. Cuando salió de la cárcel el Partido Nazi (PN), estaba casi aniquilado. Sin embargo, Alemania había aplicado un plan de choque que la había hecho superar la brutal inflación, comenzó a crecer, con préstamos de bancos extranjeros, y a fabricar otra vez muchos productos, gracias a su industriosidad (por ejemplo, la empresa Siemens es alemana y se desarrolló mucho desde que nació, a mediados del siglo 19).
Para tomar fuerza nuevamente, Hitler comenzó con sus discursos de odio, sobre todo hacia los marxistas y a los judíos, éstos, para él, la escoria social mundial. Como advirtieran las autoridades eso, lo suspendieron dos años. No se amedrentó y siguió reorganizando al PN, sobre todo, incrementando a sus donantes, pues de ellos, no sólo el partido podía mantenerse activo, sino el mismo Hitler. Y de 27,000 que eran en 1925, para 1929, sumaban ya 178,000, muy numerosos, como puede verse. Eso es claro, pues son los militantes y su apoyo económico los que hacen a un partido (no como aquí, claro, que se les subsidia con fondos públicos, lo que no debería ya de seguir. Ojalá AMLO tomara eso en cuenta).
Aquí es pertinente señalar, como aludo en el título del presente artículo, que detrás de toda organización o partido políticos, está el objetivo económico, es decir, emplear el “proselitismo” como bandera para, finalidad consecuente, obtener un beneficio material. Sólo basta ver a los mafiosos partidos mexicanos (y de todo el mundo), que más que ejercer sus deberes para con la sociedad, antes que nada buscan su enriquecimiento (PRI, PAN, PVEM, PRD… han hecho eso desde hace décadas, actuando con cínica, descarada impunidad).
Hitler, cuando su PN comenzó a recibir más y más cuotas de los donantes, mejoró mucho su existencia. Por ejemplo, los lugares en donde vivía fueron subiendo de categoría considerablemente. Y cuando tuvo el Poder Supremo, no tuvieron problema alguno, tanto sus secuaces, como él, en amasar grandes fortunas, como veremos.  
Hitler también trató de aumentar los distritos en donde tenía influencia el PN. Los gaue (divisiones administrativas de Alemania) eran clave para su éxito y para ello había organizado dos organismos del PN, el P.O.I y el P.O.II, con los que contaría una vez que estuviera en el poder. Es de notarse cómo, a pesar de la adversidad, ni su encarcelamiento, ni la prohibición de dar discursos, evitaron que Hitler perdiera la esperanza de llegar a ser presidente, pues cada vez salía más victorioso para la causa, es decir, a mayores obstáculos, más perseverancia de su parte.
Se cuidó mucho de incluir a todos los sectores sociales, ya que hombres, mujeres, niños, niñas, profesionistas… todos estaban afiliándose al partido y tenían sus propias secciones, como la agrupación de mujeres, de hombres, niños, niñas… fue muy táctico en todo.
También organizó un brazo armado del PN, la S.A. dirigida por Heinrich Himmler (1900-1945, otro muy importante, nefasto personaje que le ayudó a Hitler a dirigir el Tercer Reich). Este organismo, años más tarde, se convirtió en el ejército que trató, fallidamente, de conquistar al mundo. Los otros encargados del funcionamiento de dicho organismo eran Walther Buch (1883-1949), Ulrich Graf (1878-1950) y el abogado Hans Frank (1900-1946).
Y para meter en cintura a todos los elementos del partido, fueran buenos o malos, pervertidos, degenerados sexuales (como los describe Shirer), fundó el USCHLA, que era el comité investigador para ponerlos en orden. Enfatiza Shirer que a Hitler no le importaban las cualidades éticas de sus “asistentes”, siempre y cuando cumplieran con sus funciones adecuadamente (por eso se entiende que, al final, muchos hasta desertaran y lo traicionaran, por su falta de genuina lealtad).
Hitler fue una especie de Trump de su tiempo, pues a éste no le importa si entre su equipo hay pervertidos, hostigadores, corruptos… porque, finalmente, él mismo es un tipo de la más baja calaña, no paga impuestos, se acuesta con caras prostitutas, es racista y más (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.com/2017/02/trump-y-la-politica-del-far-west.html).
No todo era maravilloso dentro del PN para Hitler, pues había un fuerte oponente, Gregor Strasser (1892-1934), quien era de la idea de que el partido debía orientarse realmente a proteger y ejercer los derechos de los trabajadores, actuar contra la burguesía, expropiar sus bienes y entregarlos a aquéllos. Supongo que basó sus demandas en la lucha de personajes como la ya mencionada Rosa Luxemburgo, quien fue ajusticiada, justamente por sus ideas marxistas-leninistas, con alguna influencia, supongo, de la URSS.
Strasser tenía también miles de seguidores. Entre otros, a quien después habría de ser un crucial colaborador con Hitler, nada menos que Paul Joseph Goebbels (1897-1945) – también estuvo al lado de Hitler. Incluso, hasta el final, cuando ya todo estaba perdido, se suicidó junto con él –, acomplejado personaje, a causa de una cojera, debida a una osteomielitis sufrida durante su infancia, quien aspiraba a ser escritor y un líder social, así como Strasser.
Goebbels deseaba tener una buena novia para que se casara con él, pero su físico no le ayudaba tampoco. Goebbels, al principio, como indiqué, apoyaba a Strasser, incluso cuando hubo una reunión en el norte del país a la que no pudo asistir Hitler y en la que se establecían los principios socialistas del partido y que se expropiarían y nacionalizarían los bienes de los burgueses del país, muy al estilo bolchevique (esa revolución, por lo visto, tuvo mucha influencia en varios países, sobre todo entre su clase obrera, como en el Estados Unidos (EU) de los 1890’s a los 1920’s, la que tomaba como dirección de su lucha a los principios socialistas-bolcheviques de la URSS. Ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.com/2018/01/los-origenes-del-sindicalismo-obrero-en.html).
Esa acción encolerizó mucho a Hitler, quien, justamente recibía donativos de los poderosos grupos de industriales alemanes (serían su apoyo material, industrial, bancario, militar… durante todo su “reinado”).
Al final, se convocó a otra asamblea, en la que Hitler hizo pedazos, según Shirer, a los argumentos de Strasser, a grado tal, que hasta el mismo Goebbels, quien había llamado antes a Hitler pequeño burgués, se admiró de su capacidad oratoria y se pasó a su bando. Con él estaría, como dije, hasta el fin de los días del Tercer Reich.
Hitler, al principio, mientras llegaba al poder, no tenía casa. Habitaba viviendas rentadas en la ciudad de Obersalzberg, pero, después, ya como canciller, se hizo una lujosa mansión. Como señalé, el poder político lleva, inexorablemente, al poder económico, que, inconscientemente, todos los que persiguen al primero, desean tener y termina convirtiéndose en el principal.
Cuando aún se creía en peligro de ser reencarcelado, renunció a su ciudadanía austriaca para que los alemanes no lo deportaran, en caso de que violara nuevamente la ley, pero Alemania no le dio importancia a ese detalle, por lo que tampoco le dio la ciudadanía germana. Así que Hitler fue, durante algunos años, un hombre sin origen y sin país. Pero, véase, hasta en eso, el futuro dictador no se amilanó.
Siendo canciller, en alguna ocasión, invitó a su media hermana Ángela Raubal para que fuera a visitarlo a su mansión de Obersalzberg. Fue con sus dos hijas. De una, Geli, Hitler se enamoró perdidamente. Y se dice que fue la única mujer de la que verdaderamente se enamoró (además de Eva Braun) y hasta estuvo dispuesto a casarse con ella, a pesar de que decía que no podía hacerlo por si lo volvían a encerrar, que tener una esposa era una presión adicional (sin importarle, en primer lugar, que fuera su sobrina). Muy probablemente hubo maltrato físico y psicológico de parte de Hitler contra su sobrina, quien se suicidó con una pistola de su obstinado tío el 18 de septiembre de 1931. La enterraron con todos los honores debidos y Hitler se mantuvo aislado por algunos días, debido al duro golpe de haberla perdido.
Luego de ese sórdido episodio de su vida, Hitler se recompuso y poco a poco se fue ganando la confianza de los alemanes, principalmente de los militares, todo con trampas, traiciones, juegos sucios y otras triquiñuelas.
Cuando al fin, el muy enfermo y senil presidente alemán Paul von Hindenburg (1847-1934), muy presionado y hostigado por Hitler, le cedió el máximo cargo en 1933, éste se sintió con todo el poder para comenzar a imponer sus despóticas, dictatoriales acciones, irlo agrandando, hasta que nadie, absolutamente nadie, estuviera por encima de él, incluso, la ley misma, a la que, sencillamente, forzó a adaptarse a sus personales, megalómanos, mezquinos objetivos, el principal de los cuales, era la expansión de Alemania, incluyendo Austria, Checoslovaquia, Polonia, Yugoslavia, Francia y hasta la URSS, a la que consideraba una “aberración racial”. Y, por supuesto, su enriquecimiento y el de sus secuaces estaba implícito.
No tuvo empacho en imponer el terrorismo de Estado para lograr sus obscuros, egoístas objetivos, encarcelando y torturando a todos sus opositores, persiguiendo a los judíos, a quienes confiscaba todos sus bienes, encerraba y ejecutaba sumariamente, estableciendo la cero tolerancia contra cualquier falta o crítica, por pequeña que fuera, aboliendo sindicatos obreros o asociaciones de cualquier tipo, controlando a obreros y granjeros, cerrando estaciones independientes de radio, censurando y clausurando periódicos o revistas que denunciaran sus gansteriles tácticas, asesinando a periodistas de oposición… en fin, encumbrándose como el Supremo Plenipotenciario.
Creó campos de concentración en donde, sobre todo judíos, eran encarcelados y torturados. Luego, tales campos de concentración, fueron empleados para encarcelar a todos los prisioneros de guerra que sus, al principio, victoriosas invasiones fueron dejando.
Para ejercer su reinado del terror amplió y creó cuerpos represivos, como la Gestapo, dependiente de la SS (Schutzstaffel, fundada desde noviembre de 1925), encargados de vigilar que todo mundo respetara al pie de la letra los dictados del megalómano, de lo contrario eran, sus opositores, lo menos, torturados y encarcelados o asesinados sumariamente.
También en la educación, Hitler impuso lo que tenía que enseñarse. Y eso era solamente el nacional socialismo, su engendro “filosófico” y que emplearan su bodrio Mi vida, como texto. A los chicos  y chicas se les forzaba esa educación y se les daban tareas para que trabajaran en las granjas, para que estuvieran en contacto con “el pueblo”. Muchas chicas eran violadas en tales granjas, pero los “supervisores”, generalmente mujeres, decían que estaba bien, que eso garantizaba la continuación de la raza aria.
Fuerzas armadas, navales y aéreas fueron controladas totalmente por él y sus allegados, quienes castigaban con la muerte cualquier intento de cuestionamiento, sedición o deserción
En lo económico, la industria militar, la energética y la agricultura fueron las prioridades.
Como señalé, los trabajadores fueron sometidos, prohibidos los sindicatos, dándoles salarios miserables… ah, pero, eso sí, “garantizándoles que tendrían siempre trabajo”. Eran vitales, sobre todo por la fabricación de todo tipo de cosas, armas, principalmente. Por eso había que controlarlos totalmente, cero tolerancia.
Igualmente los granjeros estaban controlados y se les daban tierras, que conservaban mientras trabajaran, pues, de lo contrario, se les quitaban y eran castigados. 
Los empresarios, de la misma forma, fueron sometidos y obligados a participar en la construcción del aparato militar, aunque habían las élites industriales, sobre todo, los fabricantes de armas, que gozaban de todo su favor.
Fueron tan eficientes las industrias armamentistas, que tanques, aviones, cañones, submarinos, acorazados, pistolas, rifles metralletas, morteros, granadas… eran de las más mortíferas fabricadas hasta ese momento (los tanques Panzer poseían impenetrable blindaje y cañones y metralletas de gran calibre. Eran casi indestructibles).
Los bienes de los judíos fueron confiscados y se les obligó a trabajar, sobre todo a los que no podían pagar su libertad para irse de Alemania (los judíos de otros países eran considerados simple escoria, ni siquiera dignos de vivir y eran ejecutados de inmediato en los campos de concentración).
Y para que no dijeran que Hitler no crearía el “auto del pueblo”, como hizo Ford cuando diseñó y comercializó el Modelo T en 1914 (Hitler admiraba mucho a Henry Ford y, éste, correspondía la admiración), se diseñó el Volkswagen, el auto del pueblo, e incluso se obligó a los obreros a dar cuotas para que, en cuanto estuvieran construidas sus unidades, se les entregaran sus carros, pero nunca se cumplió (esos recursos monetarios, como muchos otros, simplemente “desaparecían” y engrosaban la fortuna personal de Hitler y sus gánsteres).  
También, previendo las dificultades para hacerse de materias primas y alimentos durante la guerra que estaba organizando, Hitler ordenó ser autosuficientes en materiales, como el acero o el caucho sintético, en combustibles – que los procesaban del carbón (muy adelantada para su tiempo la refinación alemana del carbón, pero eran muy contaminantes las gasolinas hechas de éste) – y en alimentos, pero aunque se hubieran sembrado todas las tierras agrícolas alemanas, según Shirer, no habría alcanzado para alimentar a todos los germanos. Por eso Hitler, como primera acción bélica, buscaba la anexión de Austria y de Checoslovaquia, para disponer de sus tierras arables.
De Austria, se apoderó por la fuerza, alegando que siempre había sido parte de Alemania. También lo hizo con Checoslovaquia, como veremos adelante.
Ni Inglaterra, ni Francia quisieron intervenir cuando pudieron, como afirma Shirer, que, incluso, pudo evitarse la guerra si se hubieran puesto estrictos límites a esas, primeras acciones bélicas de Hitler.
Tampoco protestaron por los iniciales encierros de miles de judíos alemanes en los campos de concentración y el trato que se les daba allí, a pesar de que los diarios de todo el mundo informaban sobre esas atrocidades (y de que se les confiscaban previamente sus bienes).
Shirer, aunque no lo dice directamente, da a entender que fue un comportamiento muy hipócrita, por parte de Inglaterra y Francia, no haber protestado contra las iniciales invasiones de Austria y Checoslovaquia o las ilegales confiscaciones de las propiedades de los judíos alemanes y sus encarcelamientos en los terribles campos de concentración, todo, con tal de no involucrarse en una nueva, muy destructiva guerra – como terminó sucediendo, para su desgracia.    
Hubo algunos generales alemanes que se dieron cuenta de la locura de Hitler, de su aventurerismo militar, que predijeron que si Alemania entraba en guerra, la perdería, pero Hitler, en sus locas ambiciones, los silenció, acusándolos de las peores cosas, como de que eran homosexuales y así, juzgándolos de traidores y encarcelándolos o ejecutándolos sumariamente.
Luego de Austria, tocó turno a Checoslovaquia, que primero cedió los Sudetes. Hubo mucha “diplomacia”, pues con tal de evitar la guerra, Chamberlain, el canciller inglés, y Francia, cedieron ante las demandas de Hitler, consistentes en que aquél país le diera cuanto antes los mencionados Sudetes y le entregara todo lo material que allí tenían. Checoslovaquia se sintió traicionada.
Nada más para que se vea, en efecto, la hipocresía de Inglaterra y Francia, pues no dudaron en sacrificar a ese país – ni cuando, luego de los Sudetes, Hitler lo invadió por completo –, si así tranquilizaban los ambiciosos caprichos de Hitler, quien, de todos modos, hubiera o no acuerdo, siempre tuvo la intención de invadir y “destruir” a Checoslovaquia.
A pesar de su megalomanía, Hitler buscó pactos con países, cuyos controladores fueran igual de ambiciosos que él. Uno de ellos fue con Italia, comandada por el dictador fascista Italiano Benito Mussolini (1883-1945), el Duce (Sin embargo, Italia no fue militarmente muy relevante para Hitler. La mayor parte de las batallas que sostuvo las perdió).
Otra muy importante alianza fue con la URSS, comandada por otro prepotente megalómano, comparable a Hitler, Joseph Stalin (1878-1953), quien, con el pretexto de instaurar el socialismo en ese país, había mantenido un reinado de terror entre la población (con el bolchevismo, torcida ideología basada en “principios marxistas”, que nada tenía que ver con ellos). Con Stalin, era vital la alianza con tal de no tener un enemigo en la retaguardia, decía Hitler, para cuando se lanzara de lleno contra Inglaterra y Francia, como era su objetivo desde el principio, unan vez que “aplastara y destruyera” a Polonia.
Además, con la URSS mantuvo un importante intercambio comercial, en el que Alemania le vendía armas, maquinaria, vehículos y aquélla, le surtía alimentos, petróleo, carbón, metales y otras materias primas, vitales para lanzar la guerra y mantenerla (esto demuestra que no pueden haber guerras sin que exista un comercio, que permita mantener todo lo necesario para que se den, tales como las materias primas para fabricar armas, combustibles, los uniformes militares, las municiones o la producción de alimentos para dar de comer a los soldados. Algo que Hitler logró con la complicidad de países como la URSS, Hungría o Rumanía).  
Otra alianza fue con España, aunque ésta casi fue mera formalidad, pues nunca se sumó aquélla a sus invasiones.
Y también se alió con Japón, con quien contaba para su invasión a la URSS cuando fuera el momento (el bombardeo de Japón a la base naval estadounidense de Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941, le complicó más las cosas a Hitler, pues como estaba convenido por el Pacto del Eje, le tuvo que declarar la guerra a EU, país que determinó, en buena parte, la derrota de Alemania).
Así, todo muy arreglado, el ejército listo, Hitler ordenó el 1 de septiembre de 1939 la invasión a Polonia, a pesar de los “esfuerzos” de Inglaterra y Francia por evitarlo. En pocos días ese muy vulnerable país fue víctima de los mortíferos Panzers, muy adelantados y temibles tanques, y los bombardeos de la Luftwaffe. Fue el primer país en donde todo el poderío militar alemán fue empleado, para desgracia de Inglaterra, Francia y otros países, que atestiguaron toda la fuerza bélica fabricada y acumulada por Alemania durante los años previos.
Obviamente tanto equipo militar, tanques, aviones, bombas, armas… era, como señalo arriba, el producto del pacto de Hitler con las industrias armamentistas de su país, muy favorecidas con tanto belicismo.
Y de hecho era tan importante y fundamental la fabricación de armas, que Hitler la volvió una prioridad. La “economía de guerra”, que ponía en primer lugar la fabricación de armas, hizo a un lado cualquier otra actividad, excepto, claro, la producción de alimentos. Éstos, Hitler contaba con conseguirlos en las invasiones, en donde, luego de la derrota del invadido país en cuestión, seguía el pillaje, tanto de sus fábricas, sus alimentos, su infraestructura energética, sus recursos materiales y todo lo que fuera “de valor”, como reservas de oro, plata y hasta obras de arte (los museos eran saqueados, lo que dejó a Alemania cientos de cuadros y estatuas de valiosos autores. En la cinta estadounidense The Monuments Men, del 2014, dirigida por George Clooney, se muestra a un grupo de militares aliados que localizaron miles de obras de arte en sitios secretos nazis, que Hitler, cuando estaba siendo derrotado, en su locura, ordenó que fueran destruidas. Los militares aliados lo evitaron).
Como puede verse, el objetivo económico, luego de las batallas, era fundamental (siempre lo ha sido. Véase, por ejemplo, que cuando EU invadió y “derrotó” a Irak, en el 2003, invasión provocada por mentiras, lo primero que siguió fue el control de la industria petrolera de ese país por compañías estadounidenses, como Halliburton).
Y por supuesto que los prisioneros de los derrotados países también eran vitales, no todos, pues por ese odio intrínseco que Hitler tenía hacia los judíos, a quienes su objetivo era exterminar de la faz del planeta, millones fueron eliminados masivamente en sus bárbaros campos de concentración (se calcula que unos cinco millones fueron ejecutados). Estos lugares mostraron los excesos del demencial poder de Hitler, distinguiendo a la segunda guerra de otras, justamente por el cruel, abominable, monstruoso trato dado a la mayoría de los prisioneros, especialmente judíos, que fueron a dar a los campos de concentración, como más adelante refiero.
Luego de Polonia, en 1940, Hitler invade Francia, a la que derrotó muy fácilmente, a pesar de contar con su famosa "invencible" Línea Maginot. La ocupación estuvo comandada por el nefasto colaboracionista Philippe Pétain, hasta 1944, cuando los aliados lograron liberar a Francia.
Hitler no era un gran estratega militar, precisamente. Cometió varios errores que, dice Shirer, habrían cambiado el curso de la historia y, probablemente, el mundo hoy estaría germanizado. Por fortuna, no fue así. Su primer error fue cuando, luego de haber invadido Polonia, siguió Normandía. Ya la guerra estaba de lleno. Las fuerzas inglesas y francesas, junto con las normandas, fueron arrasadas. Se reagruparon en Dunkerque, pero allí fueron copadas por las divisiones de tanques y los bombardeos alemanes. Hitler, en lugar de ordenar que sus fuerzas siguieran hasta el final, o sea, matando a todos los enemigos, ordenó esperar. Sus generales quedaron atónitos ante la orden y eso fue aprovechado por franceses e ingleses para iniciar una evacuación. Al final, gracias a eso, casi 340 mil soldados se salvaron y huyeron a Inglaterra, a bordo de lo que fuera que flotara y pudiera navegar (este pasaje puede verse en la cinta “La batalla por Dunkerque”, del 2017, dirigida por Christopher Nolan).
Otro de sus errores fue cuando ordenó el bombardeo masivo de Inglaterra, durante varios días y que, repentinamente, cesó. Ésa fue idea de Goering, quien consideró que con eso tenían los ingleses. El cese de los bombardeos, permitió a Inglaterra reagruparse.
Algo que sorprendió mucho a los alemanes fue el empleo del radar por los ingleses, tanto para localizar aviones a muy buena distancia, así como submarinos, sus famosos U-boat.
Cuando supieron los alemanes de esa nueva tecnología, que era operada en ciertos puestos de control de Inglaterra, cerca de Londres, de inmediato los localizaron y destruyeron la mayoría con bombardeos. Pero, de nuevo, cuando pudieron haber acabado con todos, se ordenaba detenerlos, para frustración de los generales encargados de los ataques.
El problema de tantos errores era que Hitler se empecinaba en dar órdenes, la mayoría de las veces, absurdas. Shirer dice que si aquél hubiera tenido idea de lo que la “guerra global” era, que los objetivos no debían de ser inmediatos, sino ver más allá, seguramente en dos años Hitler habría logrado sus demenciales objetivos. Pero no fue así, por suerte.
Otro error fue su intento de invadir a la URSS. Eso se dio cuando, según él, ya no era vital la alianza, a pesar de que, gracias a los soviéticos, Alemania se seguía surtiendo de metales, carbón y petróleo, vitales para que su maquinaria bélica siguiera funcionando, como ya señalé.
Aquí, de nuevo, es importante señalar lo vital que era para Alemania contar con materias primas y energéticos para hacer armas y operarlas. Y es algo absurdo, el que, aún dentro de la guerra misma, los siguiera obteniendo. Eso da perfecta idea de que los business as usual debían continuar, a pesar de lo demencial que fueran los planes del dictador. La URSS, Rumania y Hungría, surtían a Alemania de petróleo, carbón, acero, alimentos y otras cosas.
Pero Hitler, por su paranoia de que la URSS podría asociarse con Inglaterra en cierto momento y atacar, decidió también “borrarla del mapa”. Cuando eso declaraba, no se tentaba el corazón, y sus palabras favoritas eran “ese país debe destruirse, aniquilarse, ser borrado de la faz del planeta”. Y también denotaba que en la guerra, y para Hitler, la lealtad no existía. Él era “leal” a un país, mientras le fuera útil. Es extraño que se haya servido de Rumania y Hungría para algunas de sus aventuras militares, a pesar de ser países que, él consideraba, no eran tan importantes.
Entonces, cuando invade a la URSS en 1941, que pensó que sería otra fácil victoria, no contó con que se habían subestimado las fuerzas militares soviéticas. La batalla fue dura y no pudieron llegar ni a Stalingrado (hoy Volgogrado).
Se alargó la invasión más de lo debido y el frío intenso invernal dispuso de buena parte del ejército nazi. El combustible de los tanques y vehículos se congelaba, los hombres morían del intenso frío, por inadecuada ropa y los soldados soviéticos, perfectamente adaptados a pelear en el frío, dieron el golpe de gracia con sus tácticos y efectivos ataques.
Las pérdidas, tanto de hombres, así como de armas, como tanques, camiones y otros enseres, fueron bastantes. Y eso se debió a la negativa de Hitler de permitir que sus ejércitos se retiraran cuando debían. Esa fue una constante en todo su reinado, su terquedad a retirarse cuando se debía, a pesar de que sus generales le mostraran las derrotas y le rogaran las retiradas.
Por eso, muchas batallas se perdieron, con sus respectivas bajas armamentistas y, sobre todo, humanas. Pero como Hitler parecía tener a todos los alemanes, o a casi todos, hipnotizados, su megalomaniaco poder los mantenía como una especie de zombis, que, aunque no fuera lógico lo que ordenaba, sobre todo militarmente, le obedecían.
Y, a pesar de la contundente frustración de no haber “exterminado a la URSS” en 1941, en 1942 lo intentó nuevamente. Y sus errores lo llevaron de nuevo a la derrota, con muchas más pérdidas que en el primer intento.
Como decía, no todos los alemanes estaban hipnotizados por su poder. Círculos de intelectuales objetaban seriamente su nazismo y, con ayuda de algunos militares, que también veían que Hitler estaba loco, se tramaron algunas insurrecciones e intentos de matarlo. El que casi lo logró fue la famosa “Operación Valquiria”, en la cual, el personaje principal fue Klaus Philip Schenk, mejor conocido como  el Conde von Stauffenberg (1907-1944), quien acordó matar a Hitler con una bomba de tiempo inglesa (los ingleses, de repente, arrojaban desde los aires bombas de ese tipo y otros materiales a sus agentes infiltrados o miembros de la resistencia, y eran localizadas por algunos militares rebeldes, como Stauffenberg).
Se había acordado que Stauffenberg mataría a Hitler en sus cuarteles de Wolfsschanze, localizados en un área boscosa, de lo que era en ese entonces Prusia Oriental, el 20 de julio de 1944. Otros militares, en cuanto supieran la noticia de la muerte de Hitler, procederían a ordenar a sus destacamentos a tomar Berlín, arrestar a todos los miembros de la Gestapo y la SS y establecer un gobierno antinazi, con tal de que las potencias aliadas (EU, la ya liberada Francia e Inglaterra) , tuvieran algo de misericordia hacia Alemania y le permitieran firmar una paz, con consecuencias no tan duras.
Pero, aunque Stauffenberg colocó la bomba en la sala en donde Hitler estaba dando su conferencia y aquélla estalló, el Fuehrer salió casi ileso, pero otros generales si murieron o fueron gravemente heridos. Además, como quien tenía que avisar, un tal teniente Fellgiebed, quien también cortó las comunicaciones de los cuarteles, no lo hizo muy claramente, todo salió mal. Cuando Stauffenberg llegó a Berlín, nada se había organizado (la cinta alemana Stauffenberg - Operation Valkyrie, del 2004, da cuenta de ese temerario suceso).
La rebelión fue aplastada, los militares involucrados fueron juzgados como vulgares criminales ante la “Corte del Pueblo” (corrupto, manipulado organismo para simular juicios contra los traidores, pero que, en realidad, era una forma de ejecutar sumariamente a los que allí llegaban) y no ante cortes marciales. Fueron sentenciados a muerte. Y se les ejecutó de forma bárbara, colgados con cuerdas de pianos, sujetados a los ganchos que se empleaban para colgar los carniceros a las reses destazadas (no había horcas).
Se ejecutaron tanto a los intelectuales, así como a los militares involucrados, fueran hombres o mujeres. Hubo más de 4000 asesinados sumariamente, aunque algunos lo único que habían hecho fue dar asilo a los directamente implicados.
Eso lo hizo Hitler para “dar una brutal lección” a todos los que intentaran traicionarlo, a todos esos “puercos traidores que merecían morir como perros”, como gritaba cuando explotaba de incontrolable rabia. Hay que decir que siempre tuvo “buena suerte” y ninguno de los atentados con bombas lo mató. Algún pacto con el Diablo tuvo.
Shirer dedica una sección en particular sobre los bárbaros, inhumanos excesos a los que se llegó en los campos de concentración, en donde a los prisioneros se les daban tratos terribles (abundan los filmes que hablan sobre eso, como “La decisión de Sofía”, de 1982, dirigido por Alan Pakula. El libro “Los hornos de Hitler”, escrito por Olga Lengyel, sobreviviente de uno de ellos, es una cruda narración de lo que padecían los prisioneros de los campos de concentración).
Se les llevaba a cámaras de gas, en donde morían por gases letales. Ya muertos, otros prisioneros debían de quitar a los cadáveres sus dientes de oro y llevarlos a fosas masivas o a hornos crematorios (luego, esos prisioneros eran asesinados y así).
Los hornos crematorios fueron un gran negocio y muchos “empresarios”, como si fueran lavadoras, los ofrecían y describían todas sus “bondades”, tales como su capacidad y la rapidez para incinerar a los cadáveres (entre ellos, I. A. Topf y Sons of Erfurt).
Por eso, insisto, todo en el capitalismo salvaje es un gran negocio, hasta esas monstruosidades.
A algunos prisioneros, los “afortunados”, se les empleaba en fábricas de armas o químicos. En Auschwitz, Polonia, donde estaba el mayor campo de concentración (se estima que a diario se asesinaban a 6 mil prisioneros), establecieron fábricas de armas el grupo Krupp, y de químicos, el grupo I. G. Farben (Krupp aun opera. En los juicios de Núremberg, se juzgó a Gustav Krupp, el director general, pero por su avanzada edad y su senilidad, se le declaró no apto para ser sentenciado. Se quiso, entonces, juzgar a su hijo, Alfried Krupp, a quien se sentenció muy indulgentemente. Se le ordenó también fraccionar a la empresa, pero Alfried logró evadir esa medida y, al contrario, la compañía se expandió al comprar a otras firmas. La empresa I. G. Farben, se deshizo y dio lugar a las empresas Agfa, BASF, Bayer y Hoechst/Sandi).
Justo por la basta disponibilidad de mano de obra “esclava”, pusieron allí subsidiarias esas nefastas empresas, pues no tenían que pagarles a los prisioneros que empleaban, los cuales trabajaban hasta desfallecer, con apenas comida para que sobrevivieran unas cuantas semanas. Cuando eso sucedía, simplemente los dueños pedían más prisioneros al campo y los carceleros se los enviaban. Los desfallecidos eran ejecutados, aunque, para suerte de algunos, ya llegaban muertos a las cámaras de gas.
Insisto, la economía era lo más importante para los capitalistas alemanes, seguir ganando, aunque eso implicara usar a prisioneros hasta que murieran de fatiga. ¡Vaya inmoralidad!
También narra Shirer los experimentos “científicos”, quizá ya por muchos sabidos, como someter a sustancias peligrosas a los prisioneros para ver cuánto duraban vivos, aplicarles torturas de “resistencia” y otras abominaciones, más propias de cintas de horror.
En Auschwitz,  el sádico “científico” August Hirr, estaba muy interesado en hacer  pruebas de congelación, para ver cuánto resistía una persona las bajas temperaturas. Los metía en agua helada varias horas o los dejaba afuera de las instalaciones, en época invernal, desnudos, sobre el hielo. Y “cronometraba” el tiempo que les tomaba morir.
También, para ver cuánto podía soportar una persona en las alturas, a altas presiones y sin oxígeno, pidió que se le diera una cámara de vacío a Goering, quien no vaciló en otorgársela, con tal de que continuara con sus “importantes” experimentos. En esa cámara, los metía y aumentaba la presión para ver cuánto duraban. Narra uno de sus ayudantes, un prisionero, que por la brutal presión, los oídos les estallaban y la cabeza les dolía más y más. Los desdichados se arrancaban los cabellos, golpeaban sus cabezas contra las paredes y gritaban para que los dejaran ya, pero era inútil, el “experimento” seguía hasta que morían aquéllos al reventarles el cráneo. Luego, Hirr tomaba “notas” y les medía lo que les quedaba de cráneo, para ver cómo había sido afectado por la presión y otras diabólicas cosas.
Esos eran los “grandes experimentos médicos”.
Incluso, las pieles de los presos se usaban. Narra Shirer que la esposa de un comandante de Auschwitz, Frau Ilse Koch, apodada la “Perra de Buchenwald”, gustaba mucho de los tatuajes y ordenaba que le presentaran a los prisioneros que los tuvieran, con tal de que, cuando los asesinaran, les quitaran muy cuidadosamente los pedazos de piel con esos tatuajes, que luego eran curtidos especialmente. Con esos, la Perra de Buchenwald hacía “bonitas pantallas” de lámparas de buró. ¡Vaya sádica “ternura”!
La grasa que quedaba de las cremaciones, la vendían los carceleros de los campos a empresas que la usaban para hacer “excelente jabón” (hace años, asistí a una exhibición sobre el Holocausto y pude ver uno de esos jabones, pequeño, de color verdoso, como del tipo de los jabones para lavandería).
No me canso de insistir en que se vea que, finalmente, también el objetivo de los campos de concentración, era obtener un beneficio económico, pues, además, se despojaban de sus pertenencias a los prisioneros antes de matarlos, como ropa, relojes, zapatos, joyas… y todo eso iba al Reichbank, el banco de Hitler, y se almacenaban allí, joyas, dinero, relojes y oro (del que les quitaban de las dentaduras). Ese banco todo lo “empeñaba” y el dinero resultante iba a sus arcas. Un negociazo redondo, como se ve.
También toca Shirer la cuestión del “Orden del Nuevo Mundo”, en el cual, Alemania se extendería a casi toda Europa, abarcando Austria, Checoslovaquia, Polonia y la URSS. A este país, se le emplearía como granero, para producir alimentos, y para extraer carbón y petróleo y a la raza eslava, la de la URSS, se le extinguiría a casi toda, dejando a unos cuantos, para que trabajaran el campo y en la extracción de carbón y petróleo.
En cuanto a EU, decía Hitler que se extinguiría a sí mismo, pues estaba en conflicto por su dominación judía y su “negritud”, problemas irreconciliables que llevarían a su desaparición. Al resto de los países, se les iría esclavizando y se les dejaría para que sirvieran como surtidores de materias primas. 
Un mundo “muy ideal”, según ese loco.
Volviendo a la guerra, Hitler fue cometiendo error, tras error, lo que le fue costando pérdidas de armas, de hombres y de territorios, pero se empecinaba en negar la cercana derrota. Hubo intentos por usar armas más letales, como las bombas autónomas V-1 y V-2, pero por los bombardeos crecientes a las instalaciones en donde se fabricaban, fueron pocas las que fabricaron y menos las que se emplearon.
Incluso, se estaba desarrollando una bomba nuclear, pero Hitler no le dio mucha importancia. Por cierto que ese grupo de científicos, huyeron a EU, y encabezados por el “científico” estadounidense Robert Oppenheimer (1904-1967), se les dieron todos los recursos para desarrollar la bomba nuclear, que fue empleada para acabar con Japón en 1945 (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.com/2014/12/dia-de-la-trinidad-el-nacimiento-de-la.html).
Las posiciones territoriales de Hitler se fueron reduciendo, con el avance de los aliados. Los ejércitos aliados, comandados por el general estadounidense Dwight D. Eisenhower (1890-1969) y el general inglés Bernard Montgomery (1887-1976), ganaron batallas decisivas, muchas de las cuales aprovecharon los garrafales errores estratégicos de Hitler. Los italianos, como señalo arriba, no dieron gran pelea y pronto se rindieron.
Rápidamente se fue cerrando el círculo alrededor de los nazis, quienes perdían batalla tras batalla, y en abril de 1945, llegaron a Berlín, tanto soviéticos, como anglo-estadounidenses y canadienses.
Hitler se encerró en el bunker de la Cancillería, junto con Eva Braun que fue a verlo, para estar y vivir con él sus últimas horas, de ser necesario, como así ocurrió.
Allí, Hitler recibió las noticias de las traiciones de Goering, quien trató de usurparle el poder, y de Himmler, quien buscó, inútilmente, negociar la “paz” con los aliados. 
Decidió Hitler, ya muy acabado (tenía 56 años, pero parecía de 70), morir, junto con Eva, según él, en un “patriótico acto”. Pero, más bien, sabía cómo sería juzgado y tratado si caía preso (al parecer, se enteró de la forma tan grotesca en que fue juzgado y ejecutado su amigo Mussolini y la amante de éste, Clara Petacci – 1912-1945 –, quienes, luego de ser fusilados, fueron sus cadáveres llevados a Milán y colgados de los pies, como reses, en una plaza pública, la Piazza Loreto, en donde la gente los estuvo apedreando y escupiendo por varias horas).
Le celebraron su cumpleaños número 56 sus secretarias y personal allegado. También aprovechó para casarse con Eva, en vista de que ya no “la dejaría nunca”. Luego de eso, se retiraron para suicidarse, Eva, con veneno, y Hitler, de un disparo en la boca.
Cuando los soviéticos llegaron, Hitler y Eva estaban carbonizados, pues aquél ordenó a su chofer quemarlos con gasolina. Goebbels también se suicidó, junto con su esposa y cinco niños, a los que la mujer envenenó sin decirles nada (la cinta Downfall, del 2004, dirigida por Olivier Hirschbiegel, ilustra muy bien ese caótico evento).
Y ese fue el fin de Hitler, quien no fue otra cosa que un demencial y muy mal negociante, que tuvo que llevar al mundo a una apocalíptica guerra, con tal de satisfacer su megalómanos deseos y su ansia de enriquecimiento, pero que ninguno de los dos objetivos se materializó.
Los que sí se enriquecieron fueron los “vencedores” (eso de “vencedores”, con muchas de sus ciudades destruidas, parcial o totalmente, es un decir), sobre todo EU, con su “Plan Marshall”. Gracias a éste, empresas mayoritariamente estadounidenses, emprendieron la muy lucrativa reconstrucción de toda Europa y de Japón, que, como señalo arriba, fue sometido a la alevosa infamia de ser bombardeado nuclearmente.
Todo tuvo que reconstruirse, edificios, casas, fábricas, puentes, caminos, plantas eléctricas, refinerías, oficinas públicas, universidades, escuelas, hospitales…
Y eso fue mucho mejor negocio que la guerra misma, pues tal reconstrucción, valuada en miles de miles de millones de dólares, permitió a EU tener por varios años un fenomenal crecimiento económico, que hizo posible a todos sus ciudadanos, incluidos obreros y granjeros, gozar de un muy cómodo nivel de vida, envidiado por todo el mundo, el llamado American Way of Life, o The American Dream, el que, por muchos años, indujo la idea de que el capitalismo era una máquina económica perfecta, infinita.
Pero cuando Europa y Japón se reconstruyeron, el American Dream se vino abajo, como le sucedió a Hitler, cuando su breve reinado se hizo añicos (el que, según él, debería de haber durado 1000 años).  
Y muchos de los criminales nazis, tanto militares, como industriales, nunca fueron juzgados convenientemente, sirviendo, la mayoría, sentencias muy leves. Además, varios, nunca fueron localizados y jamás recibieron el justo castigo.
Precisamente como sucedió con Hitler, quien prefirió el suicidio a ser juzgado por la sociedad y la justicia mundiales.
Y es que, como dice el vox populi, a Hitler, el ”tiro se le salió por la culata”.