domingo, 28 de enero de 2018

Los orígenes del sindicalismo obrero en Estados Unidos y la crónica tendencia del capitalismo salvaje a las crisis



Los orígenes del sindicalismo obrero en Estados Unidos y
la crónica tendencia del capitalismo salvaje a las crisis
por Adán Salgado Andrade

En 1935, en los Estados Unidos (EU), Louis Adamic (1898-1951), inmigrante austro-húngaro – de lo que hoy es Eslovenia –, publicó el libro Dinamita (Dynamite), en el cual analiza la lucha obrera para lograr la mejora de sus condiciones laborales, desde los años 1850’s hasta, justamente, 1934, un año antes de la reedición del mencionado libro, publicado por Viking Press. Adamic, cuando recién llegó a EU, en 1913, trabajó como obrero durante algunos años y luego se convirtió en periodista y activista, defendiendo justamente las causas obreras y al verdadero sindicalismo, no al que se corporativizaba y respondía más a los intereses de las empresas, que a los de los trabajadores. Y es algo que aclara en el prólogo del libro, que EU, en ese momento, estaba en una encrucijada, y tenía que decidirse si irse a la derecha o a la izquierda, “pero que cual sea el camino elegido, será la escena de amargas disputas entre el trabajo y el capital y entre los revolucionarios o los conservadores sindicatos y luchas obreras”. Y debe destacarse que en eso fue visionario, pues EU actualmente es un país de derecha, en donde todo se ha institucionalizado, más ahora, con la absurda “presidencia” del impedido mental, racista, xenófobo Donald Trump (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2017/02/trump-y-la-politica-del-far-west.html).
Ya, en cuanto a la lucha obrera, señala que, al principio, las huelgas eran muy raras y muy contadas, pacíficos movimientos que se daban con unos cuantos obreros, quienes no se atrevían a alzar ni el puño. Eran consideradas ilegales y se aplicaban antiguas leyes inglesas, las cuales las señalaban como movimientos opuestos al libre comercio y, por tanto, eran delitos que se perseguían con cárcel. Señala Adamic que, gracias a que en ese tiempo tantos inmigrantes llegaban a EU, era fácil para los empleadores romperlas, pues se despedía a los huelguistas y se contrataban extranjeros, sobre todo, de los más miserables, a los que podía tratarse con la punta del pie, y ni protestaban.
Eso podría compararse con lo que ahora se hace con los mexicanos ilegales en EU, que aceptan cualquier trato, con tal de que los contraten y les paguen lo que quieran los abusivos patrones que les dan empleo. No todos los empleadores son así, por algunos testimonios de ilegales que conozco, pero muchos, incluso, llaman a los agentes de Inmigración para que los detengan y se ahorren sus salarios. Vaya forma tan mezquina de actuar (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2007/12/como-animales-rabiosos-se-trata-los.html).  
Luego, conforme se van dando adelantos tecnológicos, o sea, la incorporación a las máquinas del know how de los obreros, fue más fácil prescindir de los revoltosos, pues los contratados no requerían gran capacitación. Justamente, señala Marx, que tales incorporaciones son hechas, tanto para aumentar la productividad (explotación) del obrero, así como para ir prescindiendo de los más hábiles, aquéllos cuya sapiencia aún es muy necesaria. Había algunos utópicos intentos de intelectuales que trataban de abogar por los trabajadores, como los Brook Farm, que eran un grupo de idealistas que “pronosticaban” que las infectas fábricas se convertirían en “palacios dedicados al Amor y al Trabajo”, pero, por supuesto, no pasaron de románticas ideas.
Más adelante, Adamic habla de los Molly Maguires, una especie de grupos de “justicieros”, constituidos por trabajadores despedidos, principalmente, quienes atacaban a negocios que trataran mal o corrieran a obreros. Podían atacar físicamente a los dueños, incluso, asesinarlos y dañar o destruir totalmente las instalaciones. Estaban inspirados en una mujer, Molly Maguire, una irlandesa energética quien fundó una secreta sociedad de mineros que mataban o golpeaban severamente al patrón que abusara de los mineros. También atacaban a terratenientes, sus representantes y administradores. Era toda una justiciera de sus tiempos, hasta que comenzó a ser perseguida y huyó a EU, en donde se formaron grupos que copiaban sus tácticas, llamados, justamente, Molly Maguires. Y para pertenecer a esas órdenes, los solicitantes debían de ser irlandeses, católicos y de íntegra moral. Vaya requisitos, para ser, literalmente, golpeadores, claro, pero por la causa obrera.
Aunque comenzaron a desacreditarse porque eran muy severos en sus “castigos” o incluso los usaban de pretexto para saquear a las empresas abusivas. Fueron desmembradas esas bandas hacia 1875, cuando ya eran excesivos los crímenes cometidos en nombre de la “causa obrera”. No dudo que sus fines, de la mayoría, eran nobles, como señala Adamic, pero, como siempre sucede, hay oportunistas que se aprovechan.
Luego, Adamic se centra en las huelgas y movimientos que comenzaron a dar forma al movimiento obrero. Menciona a Theodore Dreiser (1871-1945), escritor de izquierda que tocaba temas a favor de los marginados y que sirvió de inspiración para varios de esos movimientos. La huelga de 1872 es el primer movimiento que podría denominarse así y se dio entre los constructores (albañiles), quienes tenían las peores condiciones de todos, y aunque lograron imponerla, luego vino una de tantas recesiones capitalistas, que duró 6 años y lo conquistado, se perdió. La represión era constante, mediante cargadas de prepotentes policías y pistoleros con sus caballos, contra los miserables obreros, que ni para comer tenían y, por consiguiente, poca era la resistencia que oponían hacia esos violentos ataques. Luego vienen las huelgas de 1877, por la misma razón, pues los obreros buscaban una mejor situación laboral, ya que los sobrexplotaban, les pagaban una miseria, no tenían ninguna prestación y, si se enfermaban, los reemplazaban fácilmente.
La forma en que lo describe es dramática, pues acentúa Adamic la pobreza, la miseria tan brutal en que vivían los obreros, nada que ver con el aceptable, digamos, nivel económico que hoy existe entre los obreros de EU, al menos en cuanto a condiciones de sanidad y otros, digamos, “adelantos”, debidos a la modernidad.
Menciona a Mary Harris Mother Jones (1837-1930), quien ayudó a fundar la IWW (Industrial workers of the world), otra, igualmente, enérgica irlandesa que anduvo en muchas huelgas y varias veces la encarcelaron y golpearon. Lo peor era que los patrones no sólo daban bajos salarios, sino que los bajaban aún más. Eso, al menos, ya no se ve hoy, pero es que son tan de hambre muchos salarios, como aquí, el salario mínimo, el cual no alcanza para nada, que ya sería mucho cinismo que lo redujeran todavía más. Ejemplifica Adamic que en el caso de los ferrocarrileros, ganaban 65 dólares y les bajaron a 55. Por eso las huelgas, las que eran aplastadas por piquetes de soldados y gatilleros al servicio de las explotadoras, corruptas empresas. De hecho, por el fracaso de la huelga de 1877, los obreros tuvieron que regresar en peores condiciones. Y, claro, como los reprimían, aquéllos respondían con violencia. De allí que varios se dedicaron a buscar formas para vengarse, por lo que recurrieron a dinamita y a armas. Por ello, buena parte de la lucha obrera de esos años, enfatiza Adamic, fue guiada por el anarquismo y la violencia, en donde eran frecuentes los bombazos, dirigidos a instalaciones e, incluso, a patrones represores.
Una organización que, digamos, comienza a ser algo así como una especie de, más que sindicato, congregación de obreros, fue la Noble Orden de Caballeros del Trabajo (Knights of Labor, K of L), fundada en 1869 por un cortador de prendas, Uriah S. Stephens, quien se asoció con radicales, sobre todo alemanes, que buscaban dar fuerza a los movimientos obreros, mediante el empleo de la violencia. Esta organización ganó algún movimiento, como contra el magnate ferrocarrilero Jay Gould, quien decía que “si una mitad de los obreros se va a huelga, tengo la otra mitad para acabar con ellos”, así de prepotente. Pero con las ideas medievales de los patrones, de que el trabajador debía de ser dócil y conformarse con el mísero salario recibido, se fue gestando una radicalización que, en los 1890’s, surgió como algo aceptado, que realmente pesó en el actuar de los oprimidos, dado que muchos estadounidenses estaban así, sin nada que perder, y abrazaron la causa obrera y el radicalismo.
Por desgracia, en un desfile de trabajadores, realizado en Chicago, en mayo de 1886, se dio el famoso bombazo, que quizá fue operado por provocadores, especula Adamic, y que dio lugar a una sangrienta represión policial. Es lo que se conoce históricamente como “Los mártires de Chicago”, que dio lugar a su celebración mundial, instaurando el primero de mayo, como el Día del Trabajo (curiosamente, esa fecha no se celebra en EU, seguramente como medida instaurada para que el hecho se fuera olvidando).
Los hechos que llevaron a ello fueron que la K of L apoyó que se redujera el día laboral a ocho horas, como proponía George A. Schilling, un socialista. Como apoyo a la medida, se promovió una marcha el 3 de mayo, que terminó mal a causa del bombazo, por el cual fueron heridos varios policías, quienes, en la confusión, dispararon a los obreros, varios de los cuales fallecieron. De allí, se inició juicio contra algunos de los dirigentes. Se le llamó el atentado de la plaza Haymarket, y lo más probable es que, en efecto, haya sido planeado por los patrones, quienes con eso querían desacreditar para siempre al movimiento obrero. Por eso fueron arrestados varios trabajadores y al final, a cuatro los sentenciaron a la horca: Fisher, Engel, Spies y Parsons, quienes pronunciaron elocuentes frases antes de morir, exaltando las glorias de la lucha proletaria y que su sacrificio valía la pena. Por desgracia, el movimiento obrero ha sido muy golpeado desde entonces. Y aunque en décadas posteriores se lograron varias conquistas, el capitalismo salvaje ha tratado de ir eliminándolas.  
Luego, Adamic se refiere a la creación, también en 1886, de la American Federation of Labor, AFL, que surge como un inicial movimiento destinado a sustituir a la ya, por entonces, decadente y falta de representatividad K of L, que comenzó a gestarse desde 1883. Su inicial nombre fue “Federación de Comercios y Uniones de trabajadores organizados de Canadá y Estados Unidos”, fundada por Samuel Gompers, quien era líder de los fabricantes de puros. Y en 1886 la bautizó con el nombre como desde entonces se le conoce.
La AFL, señala Adamic, fue una organización ambigua, que a veces apoyaba radicalmente a las huelgas y otras veces, sobre todo luego del llamado “Juicio a McNamara”, como veremos más adelante, se volvió muy suave.
De todos modos, los llamados “anarquistas” siguieron en la lucha, tanto grupal, como individualmente. Adamic señala la actuación de uno de ellos, Henry Berkman, quien por su cuenta se encargó de vengar la derrota sufrida por los obreros de la empresa Carnegie Steel Company, cuyo dueño, Andrew Carnegie, dejó todo en poder de su superintendente, Henry C. Frick, quien pidió ayuda al gobernador de Pensilvania para aplastar el movimiento. Berkman, sin ninguna vacilación, acudió a la oficina de Frick, quien se encontraba en una junta, y aunque el portero le negó la entrada, decidido, aquél entró, sacó su revólver y de un tiro en la frente, mató a Frick. Eran los impulsivos actos de los anarquistas, que, se entiende, como señala Adamic, eran simplemente venganzas contra tanto sufrimiento, humillación, explotación, asesinatos y tantas atrocidades cometidos contra ellos por los abusivos patrones.
El problema en EU siguió siendo la profunda desigualdad, pues mientras los obreros se morían literalmente de hambre y había alrededor de 4 millones sin trabajo y formando gran parte de la masa de pobres, los privilegiados estadounidenses, los menos, eran muy ricos, y eso llevó a los excesos, muy bien comentados, en la novela “El gran Gatsby”, de F. Scott Fitzgerald.
Cita Adamic un párrafo que retoma del libro escrito por Charles y Mary Beard, titulado la Ascensión de la civilización americana, en donde se da cuenta de los absurdos excesos a los que llegaban los ricos: “En una cena celebrada montando caballos, el corcel favorito era alimentado con flores y champaña; a un perrito con manchas que usaba un collar de diamantes de 15,000 dólares, un dispendioso banquete se le servía; en una función de teatro, puros eran distribuidos en envolturas de billetes de cien dólares; en otra, finas perlas negras eran regaladas a los asistentes en sus madreperlas; en una tercera, un elaborado banquete se servía a importantes asistentes en la mina que era la fuente de la riqueza del anfitrión. Entonces, cansada la plutocracia de esas limitadas diversiones, propuso cosas más fenomenales, con monos sentados entre los invitados, humanos peces dorados (chicas disfrazadas), nadando en albercas o coristas saltando de pasteles. En dispendiosos gastos, así como en exóticas funciones, placeres eran afanosamente buscados por los insatisfechos ricos, surgidos del trabajo y la responsabilidad (de sus trabajadores). Diamantes eran colocados en dientes; un carruaje personal y un sirviente eran dedicados a un mono mascota; perros eran amarrados con listones al asiento trasero de Victorias y llevados al parque para que tomaran el aire; un collar de 600 mil dólares fue comprado para la hija de un súper rico; 65 mil dólares para un tocador, 75 mil para un par de binoculares de ópera (¿pues de qué serían, de oro, engarzados con diamantes?). Toda una compañía teatral fue llevada de Nueva York a Chicago para entretener a los amigos de un magnate y una orquesta completa para arrullar a un recién nacido (¡qué noble detalle!)” Bueno, las anotaciones son mías, pero da el texto una idea de los excesos, así, tipo Sodoma y Gomorra, que fueron trazando el camino para la brutal crisis de 1929, que dejó a muchos de esos millonarios, pobres de la noche a la mañana. Muy merecido lo tuvieron.
Menciona también Adamic el efímero movimiento de Jacob Selcher Coxey, que buscó mejorar las condiciones de los obreros y llamó a una “gran marcha” a la que sólo asistieron 600, llamados los Coxeyitas.
Luego, refiere la rebelión llevada a cabo por Eugene V. Debs, en los ferrocarriles, que fue capaz de derrotar incluso al magnate Jay Gould. Por desgracia, siempre había elementos extremos y patronales que interferían en los movimientos y eran aplastados. Como el de los mineros de la mina Bunker Hill Company, que fue destruida de un dinamitazo. El gobernador de Idaho, Frank Steunemberg, había sido apoyado por los obreros durante las elecciones, pero en lugar de ayudarlos, mandó tropas de soldados negros a combatirlos. Ya que se retiró de la política y se fue a cuidar su rancho, un día, al abrir una puerta, fue volado en pedazos por una carga de dinamita, colocada por algún obrero anarquista, cuya única consigna era la de “ojo por ojo”. Y por algunos años, esa fue la forma de desquite obrero, con la dinamita.
De todos modos, el control capitalista garantizó que se “hiciera justicia”, fueran inocentes o no, los obreros que eran arrestados. Cita Adamic que el presidente Garfield decía que “Quienquiera que controle el volumen de dinero en cualquier país, es el amo de su legislación y comercio”. Y así era, y es, pues, señala Adamic que “un puñado de capitalistas controlaban los gobiernos nacionales, estatales y municipales, así como sus departamentos judiciales, ejecutivos y legislativos”. Dice que como ya los EU competían internacionalmente con sus mercancías, debían de mantener los precios bajos, con tal de que se vendieran y eso sólo podían lograrlo con bajos salarios (y después fue buscar zonas salariales más bajas en países atrasados, como el nuestro, con tal de seguir constriñendo gastos, competir en el precio y mantener la declinante ganancia).
Durante los años 1910’s, ante la evidencia que ni aún los actos violentos y dinamiteros daban resultados para avanzar, hubo un cambio de tácticas de la lucha obrera. Poco a poco, los sindicatos fueron logrando que las empresas los aceptaran y adoptaron tácticas “socialistas”, sobre todo, antes de que Rusia se convirtiera en la URSS, cuando ya fue tomada como modelo de todo lo malo que significaba el socialismo. Pero, mientras tanto, se dieron victorias obreras e, incluso, en San Francisco, dominaron todo, llegando, incluso, al nivel mafioso, pues se boicoteaba a toda empresa que no contratara a obreros sindicalizados.
Incluso, figuras internacionales, de la talla de Máximo Gorki, apoyaron al movimiento obrero. Aquél escritor ruso visitó los EU, particularmente a Bill Haywood y a su hermano, a quienes se acusó falsamente de la muerte del ya mencionado Steunemberg. Extrañamente, escritores de la talla de Mark Twain, lo atacaron porque vivía en unión libre con su mujer y no estaba casado con ella. Y fue una de tantas críticas estúpidas hechas contra Gorki, quien sólo manifestó su apoyo a los falsamente acusados y a las luchas obreras. Como siempre, se trata de atacar la razón con prejuicios y tonterías.
Sigue el recuento histórico de Adamic, mencionando a los wobblies, que eran un grupo muy radical de obreros que trataron de contrarrestar los brutales golpes del capitalismo que se dieron entre 1906 y 1916, y eran aquéllos parte de la IWW. Fue significativa la huelga de Lawrence, un pueblo minero, y aunque resistieron bastante, el movimiento fue aplastado, usando a gatilleros y cosacos que mataban sin miramientos a los obreros, fueran hombres o mujeres.
Lo absurdo era que ni entre los obreros había unidad. Reseña Adamic los choques que se dieron entre los wobblies de la IWW y los miembros de la AFL, pues los primeros representaban a lo más bajo y vulnerable de la clase obrera, casi todos inmigrantes que no tenían una posición social, ni familia, ni nada qué defender. Eran algo así como la carne de cañón obrera, en tanto que los de la AFL eran, digamos, la élite obrera, los que ya tenían posición, familia, años en sus trabajos, mucha experiencia y no estaban dispuestos a echar a perder todo eso por sumarse a los anarquistas. De allí que la AFL sirvió como cómplice de patrones para deshacerse de los wobblies y su influencia.
Aun así, la AFL encabezó algunas huelgas y boicots, como el hecho a una empresa que fabricaba estufas, la Buck Stove and Range Company, que por negarse a contratar obreros sindicalizados, fue boicoteada en 1906. El boicot se trataba, simplemente, de ejercer presión para que nadie, ni los obreros sindicalizados, ni otras empresas, compraran sus estufas. Así, la empresa bajó su producción de 1 millón de aparatos a casi ninguno en unos cuantos meses. Con eso, la AFL se reivindicó, pero sólo en eso.
No hacía caso, por ejemplo, de las terribles condiciones laborales de los obreros que hacían edificios, los que eran considerados la escoria obrera, los cuales, en cambio, alentados por la IWW, realizaban sabotajes, incluso, atacando a obreros no sindicalizados, con tal de mejorar su salario. Insiste Adamic en que no era algo espontáneo, sino producto de tanta explotación, humillación, represión patronal.
Lo que luego hizo perder peso nuevamente al movimiento obrero, sobre todo a la AFL, fue el caso de los hermanos John y James McNamara, quienes fueron acusados de dinamitar el edificio propiedad del general Harrison Gray Otis. El tipo era un miserable conservador arrogante, que siempre estaba acusando a los obreros y atacándolos con su periódico, el Times, cuyas instalaciones fueron dinamitadas el 1º de octubre de 1910, cuando Otis estaba en México completando un contrato de compra de tierras con Díaz (vale recordar que Díaz también subastó al país, como desde siempre han hecho las mafias políticas que nos han dominado durante décadas).
Aun así, el periódico salió a tiempo, pues Otis tenía otras instalaciones y ya “sospechaba algo”, y acusó directamente a los obreros y a la AFL que, por entonces, se había radicalizado algo, de ser los artífices de tan “deleznable acto”, en el que murieron 20 empleados de los cien que había y varios heridos. Gompers y muchos líderes obreros apoyaron a los hermanos McNamara, a quienes directamente se responsabilizó, y decían de que eran sólo chivos expiatorios, que la explosión había sido provocada por malas instalaciones eléctricas, que ocasionaron un corto circuito, el cual originó el incendio. Pero, al final, sorpresivamente para Gompers, los hermanos se dijeron responsables del acto. Uno fue sentenciado a cadena perpetua y el otro a quince años, pero fue liberado a los diez. Adamic teoriza que aunque Gompers sabía del atentado y quería sostener que habían sido infiltrados del propio Otis, quizá los McNamara se declararon culpables para encubrir a Gompers. De todos modos, no se salvó de las críticas de Otis, quien sostenía que era el responsable intelectual del atentado y seguramente sí, con tal de reivindicar a la tambaleante AFL. Ésta, ahora lo vemos, no tiene realmente gran fuerza como sindicato, comparable a la CTM mexicana, un mero membrete, que ha ido perdiendo credibilidad y miembros con los años en EU, aun cuando actualmente se le liga a la CIO, Confederation of Industrial Organizations.
De allí, el movimiento obrero se desradicalizó de nuevo y perdió fuerza. Los patrones tomaron más energías y las condiciones obreras fueron otra vez muy malas, obligándolos a trabajar por bajos salarios, como en los inicios, contratando los patrones a pistoleros que mataban sin ningún remordimiento a los pobres obreros, fueran, como dije, hombres o mujeres. Y era ya 1916.
Hubo nuevamente sabotajes hechos por los patrones, como el de un desfile en la calle Steuart, cerca de Market, en San Francisco, en donde seis personas resultaron muertas y otras cuatro en los siguientes días. Y eso fue para deshacerse de las oficinas de la IWW. Se acusó a Tom Mooney, a su esposa, Rena, a Warren K. Billings, Israel Weinberg y Edward D. Nolan. Esa fue una treta de los empresarios de Los Ángeles para que no se establecieran allí sindicatos y lograron, con los arrestos, que se obstaculizaran todos los intentos por hacerlo. Aludían que era mejor trabajar con obreros libres, pues eso podía determinar sus salarios, sobre todo para mantener los precios bajos. Hasta el momento en que Adamic publicó el libro, Mooney y Billings seguían en la cárcel, cumpliendo ya 19 años de un juicio amañado –  en sus biografías, se menciona que Mooney (1882-1942) estuvo encerrado 22 años, hasta que fue “perdonado” en 1939. Billings (1893-1972) también fue liberado en 1939, sirviendo 23 años. Y fue “perdonado” en 1961 por el gobernador Edmund G. Brown de California.
En 1919 se dio la huelga minera, pero fue muy atacada por los patrones, pues ya existía la URSS y con su mensaje de la “revolución mundial”, creó gran psicosis entre los patrones, los que no dudaron en aplastarla y cometer atrocidades, como asesinar a mansalva. Menciona Adamic el caso de la líder Fannie Sellins (1872-1919), en Pensilvania, quien al apoyar la citada huelga minera, en West Natrona, en particular, a un minero gravemente herido, fue atacada por pistoleros. Uno de los pistoleros (llamados, aberrantemente, “oficiales encargados de la paz”), la golpeó en la cabeza. Ella cayó y trató de alejarse, arrastrándose hacia el portón, pero uno de los asesinos a sueldo gritó “¡Maten a esa maldita puta!”. Le dispararon tres veces, pero aquél matón exigió “¡Denle más!”. Entonces, de acuerdo con un testigo, “uno de los matones se paró sobre el cuerpo inmóvil de la mujer, la miró de frente y le disparó una vez más. Otro de los sádicos asesinos, le quitó su sombrero, se lo puso, bailó y dijo a la multitud ‘Ahora, yo soy Fannie Sellins’”. La señora Sellins tenía 49 años, era abuela, madre de un hijo matado en Francia, en la 1ª guerra mundial, la que, dice Adamic, irónico, era una “lucha para hacer el mundo más seguro para la democracia”. Y cita un párrafo del libro escrito por William Z. Foster, The great Steel strike and its lessons, en el que señala que ninguno de los pistoleros fue inmediatamente encarcelado y los pocos que estuvieron encerrados, fueron liberados casi de inmediato, pues no se consideraron sus crímenes graves, siendo más “graves” los hechos por obreros en huelgas, según consideró la “justicia”. Eso mismo es lo que sucede con los actuales “policías”, quienes no son juzgados por sus crímenes. No cabe duda que la represión siempre ha sido igual de corrupta e impune a lo largo de la historia.
Foster trató de liderar la huelga del acero, calculando que dejaría muchas pérdidas de hacerse, pues ascendía el valor de la actividad a 253 millones de dólares en 1917, por lo que habría sido muy importante arreglarla lo antes posible para los patrones. Por desgracia, la AFL esquiroleó el movimiento y éste fracasó. Y lo señala Adamic como otro factor que llevó a los obreros a crear hampas, con tal de vengarse de los patrones. Según él, fue lo que llevó a la creación de los gánsteres. Menciona también la huelga de cordeleros y aserraderos de Centralia, que, igualmente, fue aplastada e incluso se dio un atentado para acabar con las oficinas de la IWW.
Luego, se centra en la lucha de Nicola Sacco (1891-1927), un zapatero experto y Bartolomeo Vanzetti (1888-1927), un cordelero también muy hábil, quienes se consagraron como líderes obreros, los que fueron tan exitosos, que la mafia en el poder los acusó falsamente de crímenes que no cometieron. Pasaron más de 4 años en la cárcel, hasta que, finalmente, el prepotente gobernador procapitalista de Massachusetts en ese entonces, Alvan T. Fuller, negó el perdón e insistió en que eran criminales. Ni el clamor mundial pudo evitar que fueran asesinados en la silla eléctrica. Fue tan famoso el caso que se ha documentado mediante libros y filmes, como el 1971, dirigido por Giuliano Montaldo, cuyo tema es muy famoso. Sacco y Vanzetti son considerados íconos históricos de la lucha obrera.
Sigue Adamic describiendo cómo después de la derrota de la gran huelga acerera de 1919, durante la cual, los explotadores patrones reprimieron brutalmente, hasta asesinando, a los huelguistas, los obreros recurrieron nuevamente a los actos dinamiteros, además de las golpizas “disuasorias” y, las menos veces, a asesinar a algunos patrones u obreros esquiroles. También se quemaron varios cines, por el problema de que no querían ya contratar a músicos. Esto, debido a la, por entonces, nueva tecnología del cine sonoro, al que se llamaba “talkies”, ya que, a causa de su arribo ya no se contrataban a músicos para que amenizaran al cine mudo, como se acostumbraba hacer cuando el cine era silente.
Y era que los músicos de entonces, proporcionaban el “soundtrack” de los filmes. Quizá lo hicieran con canciones conocidas o improvisando, pero su trabajo era necesario y cuando salieron las películas sonoras, dejaron de usarlos. Por eso, las tácticas dinamiteras también hicieron objetivos a los cines.
Aunque, podría decirse, eso era ir en contra del avance tecnológico, porque ya no tenía caso la función del músico, al menos en los cines. Es algo como lo que está pasando ahora, de que están sustituyendo en los salones de fiestas a los conjuntos con música del Internet. Son las consecuencias de los “avances tecnológicos”, los que están quitando paulatinamente muchos empleos. Y aunque se diga que se crearán otros, no es tan fácil realizar tal sustitución. Por ejemplo, pensemos, ¿qué empleos pueden crearse al hacer autónomos a los taxis de Uber u otros? Porque los mecánicos que les darán mantenimiento o repararán, ya están allí en las agencias. Sólo los capacitarán, no será inmediata la contratación de más mecánicos o no demasiados. Es decir, no se contratarán en gran cantidad mecánicos de inmediato, o sea, el impacto de tener autos autónomos, no implicaría la creación de empleos en proporción de los que estarán desplazando. Y ese es uno de los detonantes de las crisis capitalistas, pues al haber menos gente empleada, disminuye el consumo, que es el objetivo primordial del capitalismo salvaje.
En lo que sigue, es realmente sorprendente que los famosos gánsteres de los años 1930’s como Al Capone, por ejemplo, hayan tenido sus orígenes en la lucha obrera, porque, como ha referido Adamic, justamente porque a los obreros no se les hacía caso por las buenas, los abusivos y asesinos patrones hacían de ellos lo que querían, los golpeaban cuando hacían huelgas, los asesinaban, dichos obreros recurrían a los bombazos, a la violencia por violencia, no quedaba de otra.
Una declaración reciente del reverendo estadounidense William Barber, mencionado por David Brooks, en su espacio American Curious, de la Jornada, hizo hincapié en que "no es suficiente ser testigo. Si vamos a salvar el alma de este país (EU) de la pobreza que nos está matando, tenemos que actuar, tenemos que agitar, tenemos que causar líos justificados". Es decir, es un llamado a actuar con energía, no dinamitando, claro, pero sí con acciones contundentes, pacíficas o no, para que la plutocracia deje de hacer de las suyas y seguir con el privilegio de los grupos más fuertes, como está haciendo justo el megalómano Trump (ver: http://www.jornada.unam.mx/2017/12/18/opinion/021o1mun).
Los gánsteres, incluso, eran instruidos en el uso de dinamita por los mismos obreros. Como aquéllos vieran que era un gran negocio “proteger” los intereses de los obreros, fueron evolucionando, tanto en sus tácticas de ataque, así como en su organización. Irónicamente, construyeron sus principales cárteles del crimen ofreciendo “protección forzosa” a todos los que tenían negocios de cualquier tipo. Algo así como lo que hace, o hacía, la Familia Michoacana.  Capone, dice Adamic, llegó a ganar 100 millones de dólares al año, gracias a la protección de los sindicatos obreros. O sea, gracias a los obreros, los grandes imperios de los capos crecieron.
Continúa Adamic con explicaciones que dan los propios obreros de por qué se metían a gánsteres. Cita la de un amigo, que de obrero, se pasó a vender licor ilegal – era la época de la prohibición – y le dice que sí, son “ilegales”, pero las leyes que volvieron ilegal el alcohol “son leyes malas, vistas así por más de la mitad de la población”. También le dice que ellos forzaban a las empresas a emplear obreros sindicalizados mediante bombas, pero ese amigo, un yugoslavo, le pone ejemplos de que hasta los “capitalistas legales” recurrían, y recurren, a la fuerza, y refiere el caso de una cadena hotelera que se sirvió de bombazos a otros hoteles, para comprarlos baratos y agregarlos a su lista. Otro ejemplo que le menciona es el de Ford, “la que hace un par de años forzó a todos sus distribuidores a comprarle obligatoriamente determinado número de autos, más de los que podían vender, y que se los pagaran porque, si no lo hacían, les quitaba la distribución. Así que, dime, compañero, ¿no es eso también ser ilegal?”.
Eso lo vemos en la actualidad, la actuación monopolista, ilegal, con que actúan muchas empresas. Apple, por ejemplo, les pone candados a sus celulares para que se usen sólo sus programas. O que de repente Microsoft nos mete a la fuerza sus “actualizaciones”, sin que queramos porque, si no, nos bloquea la máquina. Y muchas cosas así. Realmente todo el poder, finalmente, es mafioso, fáctico (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2014/08/la-estructura-mafiosa-de-los-poderes.html).
Sigue narrando Adamic sobre las tácticas de sabotaje o “huelga durante el trabajo” que hacían los obreros, que consistían en descomponer las máquinas o hacer que estuvieran casi por fallar para cuando, en el caso de una huelga, el patrón usara esquiroles, a éstos tipos se les descompusieran. Y la “huelga durante el trabajo” consistía en trabajar menos, echar menos producto a algo, es decir, no ir al ritmo de la máquina, sino ir haciendo menos cosas. Y es que lo que refiere de la violencia social, es como sucede en la actualidad, que como los desposeídos ven a los capitalistas poseerlo todo, es fácil que se metan a robar o a secuestrar o se conviertan en sicarios, como hacen, con tal de acceder a ese estatus. Antes, era convertirse en gánsteres, ahora, en narcos o sicarios de los narcos. Todos son cambios cosméticos, pero, en esencia, la naturaleza humana ha sido la misma a través de la historia. También refiere Adamic lo que pasaba con los barcos mercantes estadounidenses, que los dueños no querían pagar salarios decentes, pero que les salía carísimo eso, pues los sabotajes eran muy frecuentes. Esos sabotajes encarecían bastante el costo de las transportación marina. Refiere el viaje que él mismo hizo en uno de esos mercantes, que por los sabotajes, se averió la refrigeración y se echó a perder un cargamento completo de carne; luego, tuvieron problemas con los motores, hasta que llegaron a un puerto europeo, en donde más o menos arreglaron el barco para que pudiera regresar a EU y allí, ya, de plano, fue puesto fuera de acción y desarmado. Y era que en algunos casos, se pasaban de sabotaje los marinos, muchos de los cuales no actuaban con base en una acción de clase, sino por su propio rencor, como en el que narra Adamic, que hasta un incendio involuntario hubo en plena altamar.
En el último capítulo, Adamic pone en duda a la organización obrera, debido a que la debilidad de la AFL y la recesión de 1929 la obstaculizaban bastante. Cita que, también, había los “locos” que atacaban a las máquinas porque decían que eran para matar a los hombres. Referencia a un soldado, poco después de la 1ª guerra, que creía que las máquinas estaban matando hombres en venganza del trabajo que éstos les ponían a hacer: “Paren las máquinas, y no habrá más guerra. Las máquinas hacen las guerras, las máquinas nos matarán”, dijo, herido, desde su cama de hospital. Aunque dicha “lunática” declaración, sí que fue visionaria, pues, no precisamente máquinas industriales, como los robots ensambladores, pero, sí, se están ideando mortíferos artilugios militares, los que dotados de inteligencia artificial, puedan convertirse en letales armas de destrucción masiva (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2015/08/inteligencia-artificial-otra.html).    
Enseguida, Adamic se refiere a la crisis de 1929, sus causas y cómo para muchos ricos, no les afectó en absoluto, pues a varios, al contrario, les favoreció. Como ya referí arriba, esa crisis, simplemente, se debió – y se deben – a la sobreproducción, pues los empresarios incorporaron más y más tecnología para aumentar la producción y la productividad obrera, pero en el ínterin, no les importó o no pensaron en las consecuencias, ya que al hacerlo, fueron disminuyendo brutalmente a los obreros empleados y, con ello, se fue reduciendo el consumo. Así que, supongamos, si se hubieran conservado los empleos, el aumento de producción habría sido difícil de consumir, pero con menos gente empleada, menos fue posible. Y menciona cómo, ante el desempleo, la AFL, encabezada luego de la muerte de Samuel Gompers, por William Green – un blandengue personaje, que puro verbo y nula acción –, nada importante hizo, contentándose con simples amenazas. Green decía que los obreros requerían salarios decentes y que dar salarios decentes era una obligación de los empleadores y que los obreros tenían derecho a ellos, pero nunca se atrevió, ni siquiera, a convocar a una huelga general, para presionar a los patrones.
Menciona que a los empresarios eso no les importaba, el desempleo, llegando a hacer declaraciones como la siguiente, que se publicó nada menos que en la revista Forbes, la que ya, desde entonces, era editada, y se tituló: “¿Son los líderes industriales de EU idiotas?”, que transcribo: “Negocios son negocios. El objetivo de la industria es hacer dinero, estamos determinados a hacer dinero. Nos concentramos solo en ese objetivo. Si estamos satisfechos con que una fusión de un billón de dólares va a significar mayores ganancias, nos encargaremos de realizar todos los procedimientos. Uno de los sistemas más fáciles de cortar sueldos es reduciendo el salario y los turnos. Y despedimos obreros para que esto sea así. Si los obreros más viejos se han vuelto más lentos en su trabajo, es, justo, por sus años de trabajo, así que lógicamente son los primeros a los que despedimos (nótese la mezquindad, pareciera de una película distópica). Por supuesto que los mayores recursos resultantes de grandes conglomerados son empleados para adquirir lo último en maquinaria, que emplee menos gente, por lo cual, aumentan los despidos. En nuestra opinión, el mejor ejecutivo es aquél que puede producir lo más que se pueda, con el menor número posible de trabajadores – a menor número de trabajadores, corresponde una menor nómina. Nuestra tecnología de punta nos permite prescindir de muchos obreros. Es frecuente ahora realizar con una máquina, operada con sólo doce hombres, lo que antes hacían 50 o 100 de ellos. Y, sí, sabemos que a causa de nuestra creación de gigantescas empresas – manufactura, distribución, venta al menudeo y otras – y a través de nuestros enormes gastos en investigación, invención, maquinaria, hemos causado una grave ruptura en el empleo, pero en lugar de ser criticados por todo este desempleo tecnológico, deberían de celebrarnos, pues es prueba conclusiva de nuestra maestría en la ciencia de la administración. Lo que pase con todas las hordas de trabajadores que despedimos, no nos concierne (vean, otra vez, una declaración de verdaderos dictadores, muy distópica). Nuestra responsabilidad comienza y termina con administrar nuestros negocios con incomparable eficiencia, lo que significa con un mínimo de labor humana (filosofía pura del egoísta capitalismo salvaje). No, el desempleo por esas causas creado, de ninguna manera entra en nuestros cálculos. Nuestro limitado deber es ejercer toda onza de ingenuidad que poseamos para disminuir los empleos, no crearlos. Nuestro objetivo es dinero, más y más dinero, no más y más hombres, pero menos y menos hombres. Estamos tan absortos en obtener ganancias, como para pensar en qué sucede a causa de la reducción de los hombres empleados. Como encargarse del desempleo, es cosa para otros de resolver, dejemos que George lo haga (se referían a George Washington, o sea, al Estado). No tenemos el tiempo para preocuparnos de eso. No es nuestro problema”. Véase que hasta en eso eran estúpidamente miserables, pues el capitalismo tiene como base el consumismo, y entre más alto, mejor, en cambio, lo que estaban haciendo con despedir a más y más obreros – como se sigue haciendo –, era disminuir la base de consumidores posibles y con eso se auto destruían, lo que sigue sucediendo con la forma tan irracional de actuar del capitalismo salvaje.
Pero era mentira de que sólo con “avances tecnológicos” lograban aumentar la producción, si, muchas veces, sólo incrementaban la velocidad de las máquinas, como siguen haciendo muchas empresas. Por ejemplo, Adamic menciona el siguiente caso, citado por el investigador industrial Robert W. Dunn: “en 1919, en la planta de ensamblado de Ford, en ciertas bandas, los motores inacabados se movían a la velocidad de 40 por hora. Para 1925, lo hacían a 60 por hora. En otras líneas, en 1919, la velocidad era de 120 por hora, y en 1925, se incrementó a 180 por hora. Pero esto se hizo con las mismas máquinas. La diferencia se lograba gracias a la energía humana, pero ni así los trabajadores recibían aumentos de sueldo sustanciales o nada, de plano”. Un trabajador declaraba “los hombres trabajan como esclavos, el sudor les corre por sus mejillas, sus quijadas y los ojos están rojos, como fuego. Nada para ellos existe en el mundo, excepto la línea de chasises que se mueve frente a ellos sin final. Algunos están sobre sus espaldas, acostados en unas bases que ruedan, deslizándose debajo de los chasises, propulsándose con sus talones todo el día, fijando algo debajo de aquéllos todo el tiempo”. Así que lo que declaraban en el panfleto mencionado los empleadores era una reverenda estupidez.
Aunque, sobre ese editorial, el artículo de Forbes, más adelante, trató de matizar, diciendo que ni la industria, ni el gobierno, se habían preocupado por checar qué tan graves habían sido los efectos de los avances tecnológicos en el empleo hacia los “ganadores de pan”, como se refirió a los pobres obreros, a los que sólo alcanzaba para eso, para comer, y casi puro pan. Como que era una forma sensiblera, despectiva de referirse a los pobres obreros. Incluso, entre los mafiosos en el poder de la época, no sabían decir o, más bien, no les importaba en absoluto, la situación del obrero. Menciona una ocasión en que en los años 1910’s, le preguntaron al entonces presidente William Howard Taff, “¿Qué debe de hacer un hombre que está muriendo de hambre y que no puede encontrar trabajo?”. Y el insensible ése sólo contestó “Sólo Dios sabe”, como diciendo, “me vale un carajo”. Qué respuesta tan indolente y estúpida, de un supuesto “presidente”, muy a la Donald Trump, que presenta, justamente, lo que los mafiosos poderes fácticos piensan de sus dominados y lo despreocupados que están de su suerte.
Algunos analistas decían que para que se mantuviera el consumo, se debía de pagar más a la gente empleada, pero no tomaban en cuenta que para producir más, prescindiendo del obrero, se prescinde también del capital variable, que es el que genera la plusvalía, por el trabajo no pagado. Así que al haber menos ganancia, no se pueden subir de la misma forma los salarios, y por eso se buscan las zonas salariales más bajas. También indica cómo las corporaciones adoptan cambios o imposiciones públicas, sólo si los benefician. Por ejemplo, se acepta la verificación vehicular, pues las automotrices se benefician de ella y todas las empresas que le entran a esa actividad, como los verificentros, las máquinas verificadoras, la emisión de multas, las patrullas “de vigilancia ambiental” (se compran esos autos) y así.
Menciona Adamic que durante el New Deal los obreros siguieron muy mal pagados, justificando los patrones que era por la crisis que no podían pagar más. Vaya tonta justificación. Sí, porque, seguro, decían que para dar trabajo a más y más obreros y superar la crisis, debían de dar bajos salarios, para que alcanzara el empleo para todos. Era tan alto el desempleo, realmente, que un empleador, en febrero de 1930, anunció una vacante y se presentaron 5000 hombres. Y era algo muy común. Por eso, como señala  Adamic, se metían los desempleados a traficar licor ilegal o a hacerlo.       
La crisis afectó incluso a clases medias, pero los ricos siguieron con sus gastos. Por ejemplo, sobre cómo los ricos seguían con sus lujos, menciona que en 1930, cuando Detroit estaba mayoritariamente sumido en desempleo y pobreza, el señor John N. Willys, embajador de EU en Polonia y anterior presidente de la empresa Willys-Overland, había comprado 5 carpetas muy raras y un altar por 30 mil dólares. En la sección de sociales de los periódicos, se mencionaban bodas de ricos que hacían fiestas por cien mil dólares, cuando millones de trabajadores andaban en harapos y sin zapatos y dormían en bancas. Es como ahora, que mientras hay gente que no tiene qué comer o ni agua para beber, hay ricachones luciendo sus yates de lujo o suites de lujo en Arabia y así.
Los suicidios eran frecuentes, hechos por el padre de familia o de parejas, como la nota que menciona sobre un chico que mató a su novia y él se suicidó porque “eran irremediablemente pobres, como para casarse”. Y remata diciendo “en breve, existía, por un lado, extrema miseria y necesidad para millones. Por otro, insultante riqueza y lujo para unos cuantos. Un lunático sistema”. Es la brutal desigualdad que desde entonces, y mucho antes, se ha seguido perpetuando, como en la actualidad que sólo 8 ricos del planeta poseen la riqueza de los 3600 millones de personas más pobres. Ya ni podemos hablar del 1%, pues en muchos casos, es menos del 1% (ver: http://www.jornada.unam.mx/2018/01/17/politica/018n1pol).   
Y así como describió Adamic las causas de la crisis capitalista de entonces, siguen siendo, en esencia, las mismas que han provocado las subsecuentes, como la actual, originada en el 2008, igualmente profunda e insuperable (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2008/11/el-convenenciero-capitalismo-salvaje.html).
Y las consecuencias provocadas son también las mismas, cada vez más y más millones de pobres, cada vez más extremadamente pobres y un puñado, cada vez más pequeño, de ricos más inmensamente ricos. Y, de corolario, la depredación ambiental planetaria que ha ido arrasando los recursos naturales, lo que pauperiza aún más a esa, de por sí, provocada precariedad social.
Por último, la conclusión a la que Adamic llegó fue que no veía un gran futuro en la lucha obrera, si seguía tal lucha boicoteada por organismos como la AFL. Dice que “la clase obrera estadounidense será violenta hasta que los trabajadores se vuelvan revolucionarios en sus mentes y motivos y organicen su espíritu revolucionario en fuerza, en sindicatos con objetivos revolucionarios para alcanzar el poder. Hasta entonces, serán capaces de prescindir de la pura fuerza bruta, como la descrita en la presente obra”.
Tiene razón, pues si la clase trabajadora, de todo tipo, no deja de pensar en meros movimientos reformistas y, más bien, se centra en una forma que realmente revolucione y cambie muchas estructuras de poder, incluyendo al decadente sistema capitalista, sus “luchas” sólo serán breves conquistas de muy corto plazo, innocuas para las mafias políticas y empresariales dominantes. Hay que aplicar la fuerza explosiva de la dinamita en las ideas.