sábado, 20 de junio de 2026

Conversando con una restauradora de textiles

 

Conversando con una restauradora de textiles

Por Adán Salgado Andrade

 

La casa de Karla y Alejandro, ella, restauradora y él, filmador de eventos, podcasts, documentales “y hasta funerales”, está en Tlalpan, muy cerca de la avenida San Fernando, sí, en donde están los icónicos velatorios del Issste.

Allí acudimos porque a mi compañera Viri, el influencer San Buey, especializado en hacer comedia y chistes, la quiere entrevistar pues Viri, con tan solo ocho meses de trabajo, ya es toda una estrella de contenido del TikTok, teniendo cada uno de sus videos sobre cantantes, grupos musicales, doblaje de series, películas, análisis de programas de comedias mexicanos, de los de antes… y otras cosas, millones de vistas mensuales que, gracias a que TikTok comenzó a monetizar a sus creadores, justo luego del debut de Viri, ya ella obtiene un mediano ingreso (aunque, cada vez va disminuyendo, pues no le conviene a esa plataforma que ganen mucho los creadores que ya monetizan).

Y mientras la entrevista es realizada, platico con los dueños de la casa, los mencionados Karla y Alejandro.

Karla estudió en el Instituto Nacional de Antropología e Historia, INAH, la carrera de Restaurador de Bienes Muebles, “pues se abarca de todo, desde cuadros, textiles, estatuas o monumentos”.

Dice que dura cinco años y les dan una “probadita” de todo, pero que en el último año, deben de especializarse en alguna rama de restauración en específico.

Ella lo hizo en textiles, “pues me gusta mucho restaurar prendas antiguas, sean ropa, banderas, retablos… lo que sea”. Dice que muchas veces ha ido a pueblos, a ofrecer sus servicios de restauración. “Voy a iglesias para ver si no tienen cuadros o santos que quieran que restaure”. De hecho, dice que también le va muy bien cuando, cercana la fecha del Dos de Febrero, el famoso Día de la Candelaria, le piden restaurar “Niños Dios”. “Sí, eso también se cobra muy bien y la gente lo busca mucho”.

Claro, es una tradición todavía muy socorrida por las familias predominantemente católicas de este país, que aún siguen profesando esa religión, a pesar de todas las bajezas cometidas por algunos “sacerdotes”, no entregados del todo a la obligada abstinencia.

Dice que lo más complicado de toda restauración es la igualación del color. Me muestra un catálogo en donde guarda muestras de telas de seda (es la más usada), que son las que se deberán teñir al hacer una restauración. Allí también viene una paleta de colores “primarios”, unos veinte, en distintos tonos que “si se combinan, se obtienen todos los colores que se requieren”. Dice que son anilinas, (como las que se usan para teñir el cabello, por cierto, poco recomendadas, pues lo dañan), con tal de tenerlo de varios colores, morado, verde, rojo… lo que, de repente, se pone de moda o se va, pero que ahí persiste esa tendencia.

Y también vienen muestras, en esa especie de currículo, del tipo de telas que ha restaurado, muchas, en lamentable estado. Me muestra las fotos de una bandera revolucionaria. La primera, en el lamentable estado en que la halló. La segunda, ya restaurada. En efecto, parece nueva. Como la bandera original mostraba muchos faltantes de tela (era casi un girón), tuvo que emplear tela llamada crepelina, “que es hecha en Francia, de seda”. El pedazo que me muestra está teñido de verde, “pues el color original es perla, casi blanco”. Esa tela, imaginen la apariencia como el velo que usaban las mujeres antiguamente sobre la cara, cuesta $3,000 pesos el metro cuadrado. “Sí eso también es muy caro, el material que se emplea, las telas, las anilinas o el hilo de seda”, dice Karla.

En efecto, también su catálogo contiene muestras del hilo que se usa, igualmente de seda, de distintos colores, “son los que he utilizado en unas de mis restauraciones”.

En algunos casos, ante la falta de tela de la pieza a restaurar, se emplean pedazos de seda para hacerlo que, como dije, se tiñen del color. “Si es un trabajo muy grande y delicado, hasta vamos al Instituto de Ingeniería de la UNAM para que, con ayuda de la cromatografía, nos ayuden a identificar el color exacto con el que vamos a teñir la tela. Pero cuando son trabajos  más sencillos, es a ojo, haciendo muchas pruebas, hasta que dé el color exacto”.

Cuando la tela original está ajada, muy desgastada, de algunas partes, ahí se debe de usar el hilo. “Sí, es muy minucioso, porque debes de hacerlo con mucho cuidado… ¡se te van los ojos!”, dice, señalando los lentes que usa, a sus 37 años.

Me muestra una caja de cartón, dentro de la cual se halla un estandarte (también llamado pódium), perteneciente a una Logia Masónica, que se lo entregó para que lo restaure. La pieza, de más o menos un metro de largo, por medio metro de ancho, muestra los símbolos usados por esa orden (que a lo largo de los siglos, formada inicialmente por los albañiles, masons, ingleses para proteger celosamente su profesión, en la actualidad forma una fuerte e influyente organización mundial y sus miembros, se ayudan mucho entre sí), está desgastada en varias partes. Usando una técnica que emplea un químico, Karla ya logró obtener el color original del estandarte, un amarillo oro. Y tiene un fragmento del fleco que solía rodear todo el perímetro de tal retablo, que también tendrá que colocar. “Me voy a tardar tres meses en restaurarlo. Aquí, lo caro es el material”, dice, cuando le pregunto sobre lo que cobrará, que no me dice, pero imagino que deba de ser bastante. Según  la Inteligencia Artificial de Google (que ya ven que ahora casi todas las respuestas las da mediante IA), las restauraciones de un estandarte van desde los $10,000 a los $100,000 pesos, dependiendo del tamaño, los materiales (como hilos de oro o plata), la técnica de bordado y el grado de deterioro. La cotización se realiza exclusivamente tras una evaluación profesional detallada” (ver: https://conservacion.inah.gob.mx/public/preguntas_frecuentes.php).

Me imagino que ella irá a cobrar unos cuarenta mil pesos por esa pieza, pues en verdad está bastante deteriorada y tiene que quedar “como nueva”.

Dice que cuando lleva a casa el objeto para restaurar, “me hacen una auditoría, para ver si todo está en orden, el lugar es adecuado y tengo los materiales y herramientas necesarios. Es más descansado. Pero cuando hay que ir a donde esté la pieza, pues hay que llevar todo allí, casi tienes que vivir allí”.

Claro, porque se pueden llevar meses o años en restaurar un mural, por ejemplo.

Les platico a ella y a su pareja, sobre la restauración que hicieron de la estatua del Caballito , dedicada al rey español Carlos IV (1748-1819), hecha por el arquitecto y escultor español Manuel Tolsá (1757-1816), que está frente al Museo Nacional De Arte, MUNAL, en el Centro de la Ciudad de México. Fue pésima esa “restauración” que hicieron hace algunos años, en un hecho que mostró la corrupción a la que hasta en esos medios se llega. Personal no especializado , en septiembre del 2013, usó ácido nítrico y herramientas abrasivas, “destruyendo irreversiblemente casi el cincuenta por ciento de la pátina y cubierta original de la pieza. Tuvo que ser sometida a un proceso de verdadera restauración, que costó siete y medio millones de pesos” (ver: https://www.chilango.com/ciudad/el-caballito-restauracion/).

“Sí, es que echaron a perder la pátina, porque le echaron ácido”, dice Karla.

He ahí lo que sucede cuando gente no especializada intenta hacer tareas para las que no está calificada. Aunque ya está restaurada completamente, de todos modos, no hay como la pieza original.

También me platica que Álvaro, el San Buey, es restaurador, pero de murales, todavía más difícil. “Cuando van a restaurar un mural, usan una técnica muy especial, como si calcaran la pintura, como si quitaran una calcomanía. Ya, así, ya sea que la vuelvan a colocar sobre las paredes restauradas o la lleven a otro sitio”.

Así debieron de haber restaurado el mural de Diego Rivera (1886-1957), titulado “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”, pintado en 1947, en el que Rivera plasmó distintos personajes, desde acomodados hasta pobres, tratando cada cual de ejercer sus respectivos papeles de la mejor manera posible. Ese mural estaba en el comedor del Hotel del Prado, que se desplomó durante el terremoto de 1985. Esa restauración fue portentosa pues el mural se rescató a pedazos. Se debió de hacer una base especial para colocarlo y restaurarlo, lo que llevó varios años. Y alrededor se edificó el actual museo que lo alberga.

Álvaro dice que su próximo trabajo es restaurar los murales del convento de San Lorenzo Diácono y Mártir, en Dolores Hidalgo, Guanajuato. Me muestra unas fotos, en los que se ven bastante deteriorados, por humedad y los años de exposición al duro medio ambiente. Dice que llevan diez años restaurándolos, “pero sólo un mes al año, así que en realidad llevamos sólo diez meses”. “Y no fui porque nadie se quiso poner con mis boletos”, dice, reprochador.

Muy noble, pero difícil labor la de restaurador, se puede concluir.

“Sobre todo, se necesita mucha paciencia, no es para desesperados, se debe de hacer al detalle”, dice Karla.

Su pareja, Alejandro, le ayuda cuando puede y no tiene filmaciones. “Yo, le ayudo a él para grabar y él me ayuda en restauraciones”, señala Karla.

La plática deriva, luego de la entrevista, en muchas cosas, como en si el reguetón debería o no ser considerado música. “No, para nada”, dice Alejandro, quien a su cuarenta años dice que le interesa la buena música, “no eso que ya hasta se hace con Inteligencia Artificial”.

En efecto. Ricardo, mi hermano, que es guitarrista-concertista de profesión y músico de corazón, desde que era niño, desempeñándose actualmente como profesor de música de dos secundarias públicas, me ha dicho que con programas de IA ya se puede hacer todo, música, arreglos, letra… “ya nada más le dices qué es lo que quieres y te lo hace”. Por eso, ha bajado mucho, señala, la compra de material musical, como instrumentos, mezcladoras, partituras, “pues ya la inteligencia artificial, todo eso lo está sustituyendo”.

Qué lástima que así sea.

Al final concluimos en que el reguetón no es música, “al menos para escuchar, pues más bien es para bailar”, dice San Buey.

Quizá tenga razón. Y agrega que justo en Estados Unidos es tan popular porque “todos los gringos lo bailan”.

Sea como sea, si hasta a esa “música”, la hacen con IA, estamos sufriendo una atrofia cognitiva que nos está haciendo no más inteligentes, sino más dependientes de IA’s como el ChatGPT, el Gemini y otras (ver: https://www.youtube.com/watch?v=NXeTKWsYrzQ&t=1s).

Sin embargo, al ver el trabajo tan minucioso que Karla debe de hacer para restaurar una prenda antigua, un retablo, un estandarte… es de agradecerse que todavía no haya IA que pueda realizar esas labores.

Son las profesiones que aún no pueden hacerse con esos programas de entrenamiento redundante, mal llamados Inteligencia Artificial.

Así que mi consejo para los jóvenes que piensen en estudiar una carrera, es que no lo hagan en una que ya hasta prescinda de sus servicios, como abogacía o arquitectura, que ya hay IA’s, que los sustituyen completamente (ver: https://adansalgadoandrade.blogspot.com/2023/02/inteligencia-artificial-esta.html).

Mejor estudien restauración o mecánica automotriz, albañilería o enfermería.

Pasará mucho tiempo hasta que haya robots, dotados de IA, que puedan efectuar esas dedicadas tareas.

Además, siempre habrá algo qué restaurar en casa, como los viejos vestidos de sus abuelas o cuidarlas cuando estén malas. O autos qué reparar, casas qué edificar o enfermos para cuidad.

Todo, con tal de no humillarnos ante la atrofiadora IA.

Nos despedimos de San Buey, Alejandro y Karla, aprovechando que ha dejado de llover.

“Ahora, ya se inunda”, dice Karla, aclarando que eso se dio por la costosa “remodelación” del Estadio Azteca, que por estos días es la estrella del espectáculo-manipulación masiva que es el “mundial” de ya saben qué.

Tanto que presumió Clara Brugada (1962) esa costosa y hasta corrupta “remodelación”.

Pero así se hacen las cosas en este país, como haber puesto a ineptos a restaurar la estatua del Caballito.

Creo que necesitaríamos restauradores de cerebro, para que se los restauren a todos los que nos controlan.

 

Contacto: studillac@hotmail.com  

miércoles, 17 de junio de 2026

Los contaminantes y depredadores centros de datos

 

Los contaminantes y depredadores centros de datos

Por Adán Salgado Andrade

 

El frenesí por alcanzar la AGI (Artificial General Intelligence), Inteligencia General Artificial, sobre todo por empresas estadounidenses (Meta, OpenAI, Google, Apple, Anthropic…), así como chinas, está llevando a un furor por construir centros de datos, los cuales son sumamente contaminantes y depredadores. Eso, independientemente de que no saben ni siquiera esas empresas los efectos que ocasionará esa AGI en la sociedad (ver: https://adansalgadoandrade.blogspot.com/2025/12/ni-los-que-estan-desarrollando.html).

De por sí, la Inteligencia Artificial, IA, normal, incrementará bastante el gasto en electricidad, no sólo por su funcionamiento (que requiere buscar entre millones de respuestas posibles, la mejor y contextualizarla), sino que para entrenarla (pues no pensando por sí misma, gente a la que pagan centavos de dólar por hora, la debe de alimentar con millones de datos de información cada día), millones de computadoras funcionan cada día para hacerlo (ver: https://adansalgadoandrade.blogspot.com/2023/02/la-inteligencia-artificial-incrementara.html).

Imaginen, una pregunta al ChatGPT, por ejemplo, requiere cien veces más electricidad que una consulta normal por Google y un chip de Nvidia, que hace funcionar a los servidores de los LLM (Large Language Models, que son la base de la mal llamada Inteligencia Artificial), usa 300 veces más energía que un chip convencional, pues debe de responder más rápido. Se estima que sólo en Estados Unidos, el consumo de energía por utilizar IA se eleve de 3 por ciento del total que representa actualmente a 8 por ciento en cinco años y a escala global, el uso de esta tecnología, genera un gasto energético de 0.5 por ciento, lo cual equivale al consumo total que hace Argentina en un año (ver: https://www.jornada.com.mx/2024/10/06/economia/013n1eco).

Y por estarla desarrollando, es que empresas como Google, que hace 8 años señaló que iba a reducir su consumo eléctrico a la mitad, ahora ya lo duplicó (ver: https://adansalgadoandrade.blogspot.com/2023/02/la-inteligencia-artificial-incrementara.html).

El impacto ambiental de los centros de datos se equipara a los de grandes países, de acuerdo al reporte de la Universidad de las Naciones Unidas, la que también predice que “su consumo de agua y energía se duplicará en sólo cuatro años, al crecer el empleo de inteligencia artificial”. Se indica que en el 2025, los centros de datos globales usaron 448 billones de watts-hora de electricidad, más de todos los países del mundo, a excepción de diez. Ese consumo de electricidad produjo cerca de 189 millones de toneladas métricas de bióxido de carbono, justo como el de Argentina, que mencioné arriba. Y para producir tanta energía, se consumieron 4.5 billones (4,500,000,000,000) de litros de agua, según reportó la ONU. Y para el 2030, los centros de datos consumirán cerca del tres por ciento de electricidad, equivalentes a 935 billones (935,000,000,000,000) de watts-horas. Indican que si los centros de datos fueran un país, tal país sería el sexto en alto consumo. Eso produciría cerca de 399 millones de toneladas métricas de bióxido de carbono y ni qué decir del extremo uso de agua (ver: https://apnews.com/article/ai-data-centers-environment-climate-footprint-a792f184a9f2833b5388dbae8b41ca95).

Por ejemplo, un centro de datos que se está construyendo en Utah, Estados Unidos, generará electricidad, la que consumirá, que equivaldrá al doble de todo ese estado. Serán 9 Gigawatts de electricidad que ese centro, ávido de electricidad, requerirá (ver: https://www.tomshardware.com/tech-industry/kevin-o-learys-9-gw-utah-data-center-campus-approved).

También están generando problemas en los sitios en donde los están imponiendo. En Estados Unidos, que es el país en donde existen más centros de datos, los construyen, a pesar de que los habitantes de esos sitios se oponen, cerca de localidades rurales, en donde la regulación de los usos de las tierras son laxas. Y aunque los dueños de tales tierras dicen que ellos pueden hacer lo que deseen con ellas, los vecinos se oponen, por todos los problemas que acarrean los centros de datos, desde un encarecimiento de la electricidad, hasta la escasez de agua que ocasionarán, sobre todo en las zonas secas (ver: https://www.theguardian.com/us-news/2026/mar/02/amazon-data-centers-small-towns?CMP=GTUK_email).

Aquí, por ejemplo, Claudia Shianbaum (1962) ya concertó con Amazon la construcción de un centro de datos en una zona árida de Querétaro, de cinco mil mdd. Seguramente eso estresará aún más la falta de agua (ver: https://www.jornada.com.mx/noticia/2025/01/15/economia/pacta-amazon-web-invertir-5-mil-mdd-6260).

En Chile, por los seis centros de datos existentes en la región de Quilicura, de por sí, seca (y que una sequía de 15 años ha exacerbado), la gente local se está quejando mucho de que planicies que antes estaban todas verdes y aptas para las siembras, ahora ya están amarillentas, pues las agua subterráneas se están agotando, por el alto consumo de tales centros. En el 2015, Google abrió su primer, gran centro de datos en Quilicura, y desde entonces, cinco más se han establecido, operados por la brasileña Ascenty, la chilena Sonda, la estadounidense Cirio y Microsoft, que ésta, no podía faltar. Y cada uno de tales centros, se estima que consuman alrededor de 1,500 millones de litros de agua anualmente. Tan sólo las instalaciones de Google, consumen 50 litros de agua por segundo, equivalentes al consumo anual de 8,500 hogares chilenos. Por ello, activistas señalan que “no necesitamos más centros de datos aquí, llevándose nuestra agua para que el Norte Global pueda crear fotos cómicas con IA” (ver: https://www.theguardian.com/global-development/2026/may/26/chile-datacentres-water-tech-companies-mega-drought?CMP=GTUK_email).

Por tal razón, estados como Illinois están aprobando leyes que obliguen a los centros de datos a revelar cómo funcionan, los daños ambientales que puedan ocasionar a las comunidades cercanas a ellos, el consumo energético, el del agua y la contaminación que producirán. Esos requerimientos no son obligatorios, hasta ahora, sobre todo porque Trump ha echado atrás leyes que Joe Biden (1942) promulgó, con tal de controlar a los centros de datos, que no se les dejara actuar tan libremente (ver: https://www.wired.com/story/illinois-pass-major-ai-safety-law-pritzker/).

Incluso, empleados de Amazon, en Seattle, Washington, se manifestaron porque los centros de datos sean más restringidos, que no se les den tantas facilidades para que sean construidos, que respondan por la energía que consuman, el agua que gasten, las emisiones contaminantes y tóxicas y así. Y es que es tal el frenesí, que empleados de Meta, que está forzándolos a dar todo por el desarrollo de la IA y que incluso ha despedido a varios, también protestaron de que hace poco había introducido un programa que espiaba su tecleo, con tal de alimentar a su IA. Y en Inglaterra, empleados de Google de ese país, han protestado porque la empresa se ha prestado para emplear su IA en aplicaciones militares. Muy bien que sean los propios empleados de tales corporaciones, los que demanden más claridad de sus empresas (ver: https://www.wired.com/story/amazon-employees-publicly-demand-regulations-on-data-centers/).

Por tantos problemas de oposición que han tenido, justamente corporaciones como Google o Microsoft están diciendo que, en efecto, la disponibilidad de agua puede ser un grave problema que impida que un centro de datos sea construido. Sobre todo porque usan el método de enfriamiento por evaporación de agua, que consiste en que el aire caliente producido por los servidores, circule por una especie de panel de enfriamiento, en donde agua evaporada lo enfría, combinado con un ventilador. El aire ya se enfría y se suelta al medio ambiente. Pero es un método que requiere de millones de litros de agua anuales para que funcione. Por eso es que las mismas empresas, en una especie de mea culpa, reconocen la cuestión del agua y se están tratando de mostrar como “más responsables”. Sin embargo, es sólo en apariencia, con tal de calmar los ánimos de muchas comunidades que están en contra de los centros de datos (ver: https://www.wired.com/story/data-center-operators-fix-water-use-problems/).

Una figura como la activista Erin Brockovich (1960), quien se hiciera famosa por su lucha, en 1993, contra la empresa Gas & Electric Company, la cual había contaminado aguas subterráneas, lo que había dañado la salud de la gente de la comunidad local (incluso, se hizo una cinta del mismo nombre en el 2000), ya también está enfocándose en el activismo en contra de los centros de datos, a los que ella, personalmente no se opone, pero exigiéndoles que no sólo controlen lo del ruido que producen, el agua que gastan o la electricidad que emplean, sino “que sean transparentes”. Y está creando un sitio, el brockovichdatacenter.com, en donde la gente afectada puede compartir sus quejas, con tal de que exista un mejor conocimiento de todos los daños que esos centros están provocando en Estados Unidos (ver. https://www.yahoo.com/news/us/articles/erin-brockovich-activist-defeated-utility-175600894.html).

Por ello ya hay un movimiento que está tratando de que la ente disminuya su empleo de la IA o lo corte totalmente. El QuitGPT justamente está tratando de que la gente comprenda el enorme gasto en electricidad  y en agua que hacer una pregunta a un ChatGPT o pedir que un texto se convierta en imagen o el que se cree una melodía, requiere, muchas veces más que hacer una pregunta normal en un buscador. Incluso, como ya hace Google, cuando le preguntamos algo, que nos responde con IA, se puede agregar al final de dicha pregunta -AI, para que no dé la respuesta con IA (ver: https://www.theguardian.com/australia-news/2026/mar/13/ai-datacentres-environmental-impacts).  

Es que nos quieren acostumbrar a eso, a que ya dependamos totalmente e la IA, que ya no pensemos por nosotros mismos, sino que la IA, piense por nosotros. No está atrofiando el cerebro (ver: https://www.youtube.com/watch?v=NXeTKWsYrzQ).

De todos modos, las críticas no parecen afectar a las empresas que están desarrollando la IA y varias han sido las que han ofrecido acciones de sus empresas a través de la Bolsa de Valores, lo que se conoce como IPO’s (Initial Public Ofrerings). Entre ellas están SpaceX, del sudafricano Elon Musk (1971), quien está lanzando Grok, su IA, a la que respalda su empresa Space X, valuada en $1.25 billones de dólares ($1,250,000,000,000). Vendió recientemente 555.6 millones de acciones de la empresa, valuadas cada una en $135 dólares, con lo que recabó más de $75,000 millones de dólares, lo que incrementó ya su fortuna personal en $1.3 billones de dólares ($1,300,000,000,000), lo que lo hace el hombre más obscenamente acaudalado del planeta (en varias generaciones, no se acabaría todo ese dinero. Es la enfermedad de los capitalistas, que quieren seguir teniendo más y más).

Otra empresa es Anthropic, valuada en $965,000 millones de dólares, la que con su plataforma Claude (que por estos días el gobierno le hizo que quitara de la red el modelo más poderoso), está generalizando el uso de la IA para todo tipo de usos y empresas. Otra empresa es OpenAI, valuada en $852,000 millones de dólares, la que compite con su ChatGPT. También Google, con su Gemini AI assistant y Meta, con su Llama, la menos desarrollada (sus empleados le han dicho que es un “mierda”, pues ha despedido a miles y los está sometiendo a gran explotación, con tal de desarrollar una súper IA), pero que sigue allí, tratando de ser el mejor. Y les sigue Microsoft, que tampoco se quiere quedar atrás en el desarrollo de la contaminante y depredadora IA (ver: https://apnews.com/article/ai-artificial-intelligence-ipo-openai-spacex-anthropic-2694431c5cf8850cad940731a38eb188).

Por lo mismo, por esa carrera de desarrollar la mejor, la súper IA, es que se está formando una burbuja que podría estallar. Ya han caído las acciones de muchas empresas. Y muchos inversionistas las están vendiendo y están colocando su dinero en sectores tradicionales, como alimentos, medicamentos y otros que sí son indispensables. No podríamos dejar de comer, pero sí dejar de usar la IA (ver: https://www.bbc.com/news/articles/cwy2yq0dj58o).

Ese es, por tanto, el legado que dejará la IA, un mundo más depredado y contaminado, con tal de crear a la madre de todas las Inteligencias Artificiales.

Dejaremos de pensar y las máquinas lo harán por nosotros, aunque se equivoquen y nos destruyan.

 

Contacto: studillac@hotmail.com