lunes, 10 de junio de 2024

Cirugía de la cabeza

 

Cirugía de la cabeza

Por Adán Salgado Andrade

 

Hay eventos en la vida que nos dejan marcados, son un, digamos, parteaguas, que nos permite apreciar muchas cosas, como los avances médicos, la fragilidad del cuerpo humano, lo caro que es acceder a los servicios de salud – claro, si se tiene dinero para hacerlo –, pues los públicos son deficientes (dan citas de especialidades, por ejemplo, a los seis meses. La gente muere en ese lapso), la solidaridad de familiares y amigos – nos damos cuenta con quién contamos y con quién, no – y otras cosas que van surgiendo, como veremos.

El lunes 4 de marzo del presente año, tuve un fuerte accidente, al caer de la bicicleta, cuando me dirigía a mi trabajo. No supe cómo sucedió. Lo último que recuerdo es que iba dando vuelta por una calle y, cuando volví en mí, es que estaba parado junto a mi bicicleta y a una mujer y a un hombre, a un lado. La mujer me dijo, algo alarmada, “¡Ay, se cayó y se dio un golpazo, ¿no se acuerda?, ¿no quiere que llame a una ambulancia?”. Aturdido como estaba, no sospechando siquiera la magnitud de lo que apenas iniciaba, le agradecí, le dije que me sentía bien y me dirigí hacia el Metro, pues encadenaba mi bicicleta en un poste cercano y luego lo abordaba, en la estación Hangares.

Fue al llegar a la escuela, la FES Aragón, que me di cuenta del daño físico sufrido, frente al espejo del baño, media cara, del lado izquierdo, estaba tumefacta, hinchada y, valga la comparación, era una suerte de Harvey dos Caras, ese personaje de Batman. Incluso, un compañero maestro me preguntó que qué me había sucedido. Le dije lo que me pasó. “Tengo paracetamol”, comentó, pero respondí que no era necesario, que era sólo el golpe. ¡Cuán equivocado estaba!

Los siguientes días, fueron de vómitos y convulsiones, a consecuencia del golpe. Pero como me hicieron en el ISSSTE (en el Hospital Zaragoza y en el Veinte de Noviembre) y en uno particular (el Cami, ubicado en la colonia Balbuena), dos tomografías y una resonancia magnética (éste, uno de los más completos estudios para determinar lesiones de todo tipo), en esos días, pareció no existir daño mayor, pues no tenía aparentes lesiones, ni fisura de cráneo.

Así seguí con mi vida, ya aparentemente curado y sin secuelas.

Pero a mediados de abril, cuando estaba dando de nuevo mis clases, comencé a experimentar una especie de mareos y de debilidad en las piernas que me fue impidiendo caminar con normalidad. El problema fue creciendo hasta que, de plano, comencé a emplear bastón. Cada día que transcurría me era más difícil desplazarme. Tuve que recurrir a los taxis de aplicación, para ir de mi casa (su casa, por supuesto) hasta la facultad. Mi cuerpo se iba deteriorando más y más.

Consulté a una doctora cercana, que pensó que podría tratarse de la presión. Por una semana, me la estuve midiendo (pues padezco de hipertensión), y siempre estuvo dentro de los niveles. Al verlos, me dijo “¡no, esto no es cosa de la presión, es consecuencia de la caída. Dígales eso!”.

Me dio el teléfono de la clínica de neurología, cercana a la facultad. De inmediato me comuniqué y me dieron la cita para el 1º de mayo. Fui a la consulta, acompañado de mi esposa. El doctor, de apellido Villegas, me atendió, muy eficiente, y de inmediato ordenó una resonancia magnética para determinar lo que tenía. Fue en el laboratorio médico de El Chopo, sucursal La Villa, en donde, al parecer, tienen algún convenio, pues la realizan muy completa y a un precio relativamente módico ($4,800 pesos, aunque he de decir que todos estos estudios son caros, si se hacen en particulares, porque esperar hasta que los realicen en los hospitales públicos, es, muchas veces, esperar a morir).

De esa resonancia, que el doctor revisó el 3 de mayo (día de La Santa Cruz), se determinó que estaba yo, muy mal. Dos coágulos, llamados hematomas subdurales, rodeaban todo mi cerebro y estaban comprimiéndolo (debidos a que una venas, llamadas puentes, se rompen y comienzan a gotear, lentamente. Por eso, el daño no se nota al principio) y por eso, sus funciones motrices se estaban atrofiando aceleradamente. “Se debe de operar urgentemente”, me advirtió el doctor Villegas, “porque, si no, nada más se va a quedar dormido y a morirse”.

La operación costaría ¡ciento cincuenta mil pesos! Por fortuna, siempre he sido una persona ahorrativa y contaba con esa cantidad y un poco más (he prescindido de comprar autos nuevos, por ejemplo, y he preferido contar con dinero para emergencias médicas).

Y me dijo Villegas que, si quería, ese mismo día podían internarme. Le pedí que fuera hasta el otro, pues tenía varias cosas qué arreglar (entre ellas, como se acercaba el final del semestre, llegar a la conclusión satisfactoria de mis clases con mis alumnos, avisándoles de que me sometería a una cirugía de cabeza, como igualmente hice con todos los coordinadores de las carreras en donde imparto clases).

Al día siguiente, mayo 4, me interné (debo decir que el pago de la primera parte, $75,000 pesos, fue terrible, gracias a que el ineficiente, nefasto banco HSBC, en donde tengo mis ahorros, no me dejaba disponer de más que de $30,000 pesos, siendo que era mi dinero, por supuesta “seguridad”. Me llevó más de una hora, hablando por teléfono, arreglar esa estúpida situación. Llegué al extremo, con una mujer, que me dijo que una pregunta de seguridad “no era la correcta”, de amenazarla de que si me sucedía algo, por estar atrasando mi internamiento, los haría responsables de lo que me sucediera y sólo así, me incrementaron a $99,000 pesos la cantidad que podía transferir a diario, como si hubiera podido hacerlo varias veces. Absurdo).

Y fue matar el tiempo y el nerviosismo, mientras llegaba la hora de la cirugía, platicando con mi esposa, con doctores y enfermeras (iban a realizar las revisiones previas y a sacarme sangre, para los estudios preoperatorios), pues ingresé a las dos y fue hasta las seis y media de la tarde que entré al quirófano. “Señoritas, pongo mi vida en sus manos”, les dije a las enfermeras al entrar. “No se preocupe, señor Adán, nosotras, amamos el quirófano”, respondieron, firmes, dándome la seguridad que en ese momento realmente necesitaba, pues era una operación de cabeza, no de un pie o de una hernia (quizá, peor hubiera sido una de corazón, de alto riesgo, en donde, muchas veces, el operado, ni sobrevive).

Con la certeza que sentí de que todas y todos harían bien su trabajo, cuando me colocaron sobre la cama de operaciones y el anestesiólogo me puso la mascarilla de la anestesia y me dijo “va a sentirse mareado”, dejé que la inconsciencia me fuera envolviendo…

Cuando me despertaron, eran cerca de las diez de la noche.

Me llevaron a mi cama, la que estaba en una especie de pabellón común, en donde había otras camas, casi todas vacías.

Me habían rasurado una franja de cabello (lo uso largo y le pedí al doctor que no quería estar pelón y con una enorme cicatriz). Habían dejado dos drenes (uno, un fuelle y, otro, un guante), conectados a unas mangueras que sobresalían de mi cabeza, para que los coágulos se fueran drenando. De esa forma, era de esperarse, el cerebro se iría liberando, con los días, de la presión de tanta sangre regada y recuperando sus capacidades motrices (he de decir que las intelectuales, por fortuna y extrañamente, no se habían afectado). La cicatriz, en efecto, se veía impresionante, muy a la Frankenstein

Los siguientes días fueron de recuperación.

Como siempre he platicado con la gente, pues sólo así, se sabe más de la vida, lo hice con enfermeras y doctores. Las enfermeras me contaron del tiempo que llevaban trabajando allí (una semana, un mes, un año, tres años, las que más) o que era su segundo trabajo, como una que me dijo que era maestra, Brenda, y que la enfermería le servía para ser más humana con sus alumnos “y hasta los atiendo cuando alguno sufre un desmayo o así”. Su salario es de $5,500 quincenales, en ese hospital. Pero algunas, me dijeron que lo empleaban como “puente” para entrar a trabajar a hospitales del gobierno como los del ISSSTE o IMSS. “Es que allá, hay mejores prestaciones”, me dijo una. Es cierto, pues una vez tuve una conversación con un conductor de un Didi, que también era enfermero en el hospital del IMSS de La Raza y me contó que le iba muy bien con las prestaciones, los aguinaldos, los sueldos o las vacaciones. “Gano $7,500 pesos a la quincena”, me comentó (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.com/2024/05/de-conductores-y-conversaciones.html).

Otra, me platicó que su hijo había iniciado un negocio de comidas porque “estudió gastronomía y le gusta mucho. Yo, cuando puedo, le ayudo”. El chico había estudiado gastronomía. Dejó la carrera de economía “porque no me veo como economista, mamá” y prefirió lo de las comidas. Me dio un volante informativo y, al menos en presentación, los platillos, se veían bien, tipo Tok’s o Vip’s. Le dije que, en cuanto estuviera de regreso a la facultad, le haría un pedido, pues su local, está cerca y reparte a domicilio.

Una afanadora, Karina, me platicó sobre su drama, de que su hija quiere estudiar psicología y ya van dos veces que trata de entrar a la UNAM y no se ha quedado. Le dije que tratara de hacerlo en la Universidad de la Ciudad de México, escuelas inauguradas y ampliadas en la presente administración de AMLO, como alternativa a lo difícil que es ingresar, para la mayoría de los aspirantes, a la UNAM, la UAM, o el IPN. Y es que la chica, quizá no viendo la precariedad en que viven, pues el sueldo de su madre es de apenas siete mil pesos mensuales, siendo la única entrada del hogar, quiere ingresar a la Universidad del Valle de México, en donde, la pura colegiatura es de ocho mil pesos mensuales. “No, pues dígale que no, que usted no le puede costear eso”, señalé y le enfaticé mucho que trate de entrar a uno de esos planteles que inaugurara AMLO, que son casi gratuitos o se paga poco.

Noté que por sus no muy convenientes hábitos alimenticios, la mayoría de las enfermeras, no tienen hora para comer y se alimentan de cualquier cosa, (como las golosinas o bebidas azucaradas que dos máquinas expendedoras, colocadas en la sala de espera de la clínica, venden), casi todas tienen sobrepeso, algo que no está bien, tratándose de trabajadoras de salud, como si un dentista tuviera todos sus dientes careados.

En cuanto a doctores, hay varios que, averigüé, son nicaragüenses. No me dieron muchos detalles, excepto que algunos llevan años viviendo aquí. Qué bueno que en ese hospital les den trabajo y, aparentemente, sin muchas complicaciones.

El doctor Villegas mismo, es sobreviviente, pues superó un cáncer de mandíbula. “Me colocaron una prótesis completa de titanio”, nos confió.

He de decir, también, que todos fueron muy amables, desde doctores, enfermeras, afanadoras, técnicos radiólogos, recepcionistas…

El martes 7 de mayo, luego de quitarme los drenes (pues ya no salía sangre, sólo líquido subdural), realizarme una tomografía (que yo solicité y pagué, pues no era “parte de mi paquete”), a las tres de la tarde, salí, por fin, del hospital, todavía tambaleándome, acompañado de mi hermano.

Pedimos un Didi y a casa.

Han pasado semanas, desde entonces. La recuperación, ha sido lenta, sobre todo, el caminar.

Acudí a una primera cita, luego de la operación. Me realizaron otra tomografía, también pagada por su servidor ($1,800 pesos, la “sencilla”) y determinaron que un coágulo todavía estaba algo presente. Amenazaron con que me volverían a operar, si no cedía.

Le pedí a todas las energías cósmicas y a Ometeotl, el todo mexica, que me ayudaran a superar las secuelas…

En una segunda cita, por fortuna, en una nueva tomografía (también sufragada por mí), el doctor Villegas dijo que ya “está del otro lado, pues ya casi desapareció el coágulo, ya es pura agüita”.

Me sentí contento (quién no, es como si se salvaran de un accidente) y he seguido todas las recomendaciones.

Cada día tengo más fuerza en las piernas, ya camino mejor. Al momento de escribir estas líneas, considero que llevo un 85 por ciento de recuperación. Gracias a los avances médicos, a la solidaridad de familiares y amigos, a las energías colectivas… y a mis ahorros.

Como recomendación adicional, Villegas sugirió que a fines de julio, me haga otra resonancia magnética y un electroencefalograma, para cerciorarse de que todo está bien.

Y espero que así sea.

Quizá ya mi vida no vuelva a ser exactamente como antes, pero aquí estoy.

 

Contacto: studillac@hotmail.com