Las muy menospreciadas
telenovelas y a veinte años de “Amor Real”
Por Adán Salgado
Andrade
Durante mi ya lejana niñez y adolescencia, era cotidiano ver alguna
telenovela, por ejemplo, dominical, que sólo se transmitía un capítulo los
domingos, a las nueve de la noche, como la famosa “El edificio de enfrente”,
transmitida en el año 1972, producida por Antulio Jiménez Pons (Ciudad de
México, 1928), famoso director y productor del género, todavía activo (ver: https://en.wikipedia.org/wiki/El_edificio_de_enfrente).
Por supuesto que había las transmitidas de lunes a viernes, repartidas,
fuera entre tres y cuatro de la tarde o entre ocho y diez de la noche, los
horarios estelares, con más audiencia (debía de ser así, pues las telenovelas,
además de transmitir mensajes subliminales, tenían que vender productos, por la
publicidad, que eran los anuncios incluidos en varios segmentos de los
capítulos). El canal 2, de lo que entonces era Telesistema Mexicano, luego
convertida en Televisa, era el sitio exclusivo de las telenovelas (por
entonces, los canales eran más específicos, digamos, siendo el 2, el de las
novelas o shows, el 4, el de las películas o noticiarios y el 5, para niños,
adolescentes y jóvenes, en donde eran trasmitidas las series estadounidenses,
como “El Santo” o “El agente de Cipol”).
De esa época, recuerdo algunas que, irónicamente, las veíamos con mi papá,
el profesor Froilán Salgado Álvarez (1910-1982), quien cuando ya estaba jubilado,
adquirió una teleadicción por las novelas para, según él, estudiar la
estructura de las historias, pues deseaba escribir un libro (que nunca lo hizo,
pero sí dejó unas 200 libretas, forma francesa “Atlante”, llenas de anécdotas y
pensamientos filosóficos muy interesantes, que he ido leyendo con los años).
Estaban, por ejemplo, la ultralarga, transmitida de 1969 a 1971, “Simplemente
María”, estelarizada por la actriz peruana Saby Kamalich (1939-2017); otra, “El
retrato de Dorian Gray” (1969), estelarizada por Enrique Álvarez Félix
(1934-1996), sobre la novela homónima del escritor y poeta inglés Oscar Wilde
(1854-1900); “María Isabel”, protagonizada por Silvia Derbez (1932-2002) y Raúl
Ramírez (1927-2014), un “dramón”, de una pobre chica pueblerina que llega a
trabajar como empelada doméstica a una casa de clase media alta, y de ella se
enamora el padre de familia de ese hogar… y así, muchas más.
Vi algunas, como señalé antes, por la influencia de mi papá, más que de la
de mi mamá, la maestra María Andrade Barragán, Macuilxochitl (1927-1998), pero
fue efímero. Más de mi gusto eran las series estadounidenses, como las
mencionadas “El Santo”, “El agente de Cipol”, “El súper agente 86”… y otras.
Desde esa época, sinceramente, no había sido de mi interés, ni ver
televisión, la abierta, sobre todo, ni, mucho menos, ver telenovelas. Y podría
decir que eran competencia telenovelas y series estadounidenses. Se estableció,
casi por convención social, que las telenovelas eran “para mujeres”, en tanto
que las series eran “para los hombres”. Y recuerdo que era muy criticado el
chico que viera telenovelas.
La señora Elena Jiménez, conocedora del género, me había recomendado
especialmente una, “Amor Real”, producida por Televisa y estrenada en el 2003,
hace veinte años. “De verdad, le va a gustar, porque es de época, y está muy
bien la historia”, me comentó.
También aproveché para preguntarle sobre otras novelas. “¡Huy, fíjese que
con la de ‘Quinceañera’, todos los que éramos adolescentes en ese entonces, dejábamos
de hacer lo que estuviéramos haciendo, para ir a verla. Muchachos y muchachas
dejaban que el fútbol o que la plática con el novio, para ir a verla!”,
comenta, entusiasmada, seguramente de recordar esa época. “Quinceañera” (1987),
estelarizada por Adela Noriega (México, 1969), es “considerada por Terra
(empresa española de internet) como una de las 50 mejores telenovelas de todo
el tiempo” (ver: https://en.wikipedia.org/wiki/Quincea%C3%B1era_(1987_TV_series)).
Ella tenía 14 años, en ese entonces y le gustó porque “era imaginarse que
una se iba a enamorar de un hombre guapo y rico. Nos hacía salir de nuestra
realidad”. La Señora Elena tuvo una niñez difícil, pues su padre la abandonó a temprana
edad, por una infidelidad de su madre. Y cuando lo hizo, “nunca se interesó mi
madre por mí, por andar con otros”, dice la señora Elena, con nostálgicos ojos,
reflejando algo de la tristeza que debe de haber sufrido cuando era niña. “Por
eso, no me gustan las novelas que sean, así, muy crudas, que reflejen la
pobreza que yo viví”.
Dice que por eso le desagradan películas mexicanas crudas, como, por
ejemplo, “las de ficheras o de narcos, porque yo estaba muy cerca de esas cosas.
Y lo que quería era huir de todo lo feo que viví. Por eso, en muchas novelas
veía lo que me hubiera gustado ser, meterme en esa historia bonita, en que el
enamorado, se enamora de verdad de quien lo amaba, y llevan una vida feliz”.
La entiendo, porque muchas veces que recomendaba alguna cruda película
mexicana a mis estudiantes (“El asalto al cine”, del 2011, por ejemplo),
algunos me decían que era algo que vivían cotidianamente, los robos, los
barrios bravos, la convivencia con delincuentes. “Es que yo prefiero las
películas que me hagan olvidarme de mi realidad”, me dijo uno de ellos alguna
vez.
“También estaban las de niños, como la de Carrusel (1989), El abuelo y yo
(1992), Mundo de juguete (1974), La gotita de amor (1998)… y otras que no
recuerdo, que eran para niños, muy buenas… bueno, eran para todo público, pero
especialmente dirigidas a niños”, continúa la señora Elena contando.
Le pregunto sobre la publicidad. “Sí, sí, eran tres o cuatro cortes con
varios comerciales y, claro, eran muy hábiles los productores, pues muchas
cosas que se compraban, era porque las anunciaban allí, no sé, el jabón Ariel,
el Knorr Suiza (un sazonador), las tiendas Blanco (muy fuertes en aquellos
tiempos)… sí, eran muy efectivos los anuncios. ¡Ah!, y en las infantiles,
metían puros anuncios de juguetes, claro, sobre todo, cuando se acercaban los
reyes magos, sí, eran muy hábiles”.
Como comento arriba, era el objetivo principal, los anuncios, pues eran,
además, los que pagaban y daban grandes ganancias a esas novelas. Así que entre
más buena estuviera, con todo tipo de situaciones, fueran intrigas, suspenso,
emoción, el romance, el engaño, la desilusión, el amor verdadero que se imponía
sobre todo… mejor.
Incluso, algunas derivaban las tramas de famosas películas, como la de
“Lola la Trailera” (1983), estelarizada por Rosa Gloria Chagoyán (Ciudad de
México, 1953), una especie de justiciera mexicana que combatía a los malos. Le
siguieron varias más. “Yo creo que en esas se basaron para hacer la (novela) de
Dos mujeres un camino (1993), porque era la historia de un trailero que tenía a
su esposa y a otra, de la que también se había enamorado, pero como las ama a
las dos, pues se vuelve muy difícil su vida… y en ésa, metían publicidad de
aceites, de carros y así. Sí, sabían muy bien, como le digo, qué cosas
anunciar, como que iban con el contenido de la novela”.
En efecto, eran muy hábiles los publicistas de entonces (y lo siguen
siendo, claro), pues no todos los canales exhibían la misma publicidad.
Algunos, mostraban más la que influyera mejor al segmento de edad a la que
estuviera dirigido. Y en las novelas, por supuesto que era la misma fórmula.
Y me confirma la señora Elena lo que comento arriba, que estaban destinadas
a un público femenino, siendo “Quinceañera” la excepción. “Ésa, como que fue distinta,
para chicas y chicos, sí, nadie criticaba a nadie que la viera, pues fue todo
un acontecimiento. Pero, desde entonces, ya han ido cambiando”
Le pedí que me enumerara las mejores para ella, aunque aclara que muchas
que les gustaban a otras personas, “a mí, no, la verdad, porque eran muy
irreales, como de que un millonario se casara con una pobre, como la de María
Mercedes (1993), que de eso se trata, de que ella es muy pobre y al final, se
vuelve rica. Eso, la verdad, no sucede en al vida real. O qué, ¿a poco un millonario
se casaría con una pobre? ¡No, claro que no, ellos, tienen sus círculos, no se
van a meter con un pobre o con una pobre!, ¿no?”.
Tienen razón, son eventos extremadamente raros, que alimentan la esperanza
de los pobres cuando ven alguna telenovela o alguna película que trate sobre
ese tema. Algo así como la Cenicienta, que de ser una humilde criada, se casa
con un maravilloso y rico príncipe azul.
“Pero cuando eran muy bonitas, como la de Muchachitas (1991) o la de Vivir
un poco (1985), yo las veía una y otra vez, porque me gustaban mucho, me sentía
como la protagonista, que se enamoraba de alguien que realmente la amaba”.
Obviamente, no era tan sencillo, pues el, digamos, “verdadero amor”, se
conseguía tras una serie de desgracias, de inesperadas situaciones, de engaños,
de muertes… incluso, en las más elaboradas, hasta complicados eventos que
salían totalmente de la trama romántica.
De todos modos, era lo central, el lance romántico entre la protagonista y
el protagonista, que desafía todos los obstáculos, todos los impedimentos,
para, al final, triunfar…
“Y nos sentíamos como vacías, cuando se terminaba una novela, porque todo
lo que hacíamos giraba alrededor de la novela. Si era a las ocho, teníamos que
estar a esa hora o antes en la casa o en donde hubiera una televisión para ver
el siguiente capítulo. Y cuando se acababa, pues… sí, era un vacío. ¡Ah!, pero
como iban anunciando que eran los últimos
capítulos, y la que seguía, pues nos íbamos preparando, porque nunca
dejaban de transmitir alguna, si se acababa en viernes, ya, para el lunes
siguiente, estaba la otra. Y yo, a los dos, tres capítulos, me daba cuenta si
me interesaba y si iba a estar buena. Como le digo, a veces me gustaban unas,
que a otros, no. O no me gustaban otras que a casi todos, sí. Como que siempre
he sido de gustos difíciles, tiene que ser una buena historia, no cruda, bien
hecha, buenos diálogos, para que me envuelva”.
Unas, eran muy largas, con más de 150 capítulos. Otras, no tanto, con 80,
90.
Curiosamente, comenzaban en un año y terminaban hasta el siguiente. Supongo
que eso era para abarcar las épocas de consumismo masivo, como la Navidad o los
Reyes Magos, que es cuando, recuerdo, era cuando se excedían en publicidad los
programas, tratase de una novela, una serie, una película… en todo pensaban los
publicistas, como bien afirma la señora Elena.
Le pedí que me enumerara las más memorables y mejores, en su opinión. “Ah,
pues Quinceañera, Vivir un poco, Muchachitas, Corazón salvaje (1993), El
extraño retorno de Diana Salazar (1988, ésta, una afortunada variación de
estilo, de una mujer que vive en dos épocas, pues reencarna y finalmente logra
quedarse con su verdadero amor), Cuando llega el amor (1990), Lazos de amor
(1995), La usurpadora (1998), Valeria y Maximiliano (1991)… ésta, buenísima,
sí, que, se me hace un poco como ‘Lo que el viento se llevó’ (ésta, una novela
escrita por la supremacista Margaret Mitchell – 1900-1949 – en 1939), Mirada de
mujer (1997), Café con aroma de mujer (1994, novela colombiana), Betty la fea
(muy exitosa, también, novela colombiana de 1999), Hasta que el dinero nos
separe (2009, novela cómica, en la que, por conveniencia, un hombre, Rafael, se
ve obligado a vender autos nuevos, a cambio de pagar una deuda a una mujer,
Alejandra, que tuvo un accidente por culpa de aquél. Pero a raíz de ese pacto,
nace el amor entre ellos. Como ven, el romance siempre es lo importante, sea
drama, comedia, relato histórico…), Cuando seas mía (2001)… yo creo que esas
son las que más me gustaron”.
Y en todas, al revisar el tiempo de transmisión, en efecto, comenzaban en
abril de un año y terminaban el siguiente, en febrero o marzo, como señalé,
para aprovechar los eventos consumistas más fuertes del año, como el Día de la
madres, el día del Niño, el Día del Padre, la Navidad, los Reyes Magos…
Una en especial, la mencionada “Valeria y Maximiliano”, un enredado, pero
exitoso drama romántico (la que la señora Elena me comenta que, a su parecer, está
influenciada la novela de “Lo que el viento se llevó”, se estrenó hasta el jueves
26 de diciembre de 1991, y “a pesar de que ejecutivos de Televisa accedieron a
la transmisión de este melodrama, eran pocas las expectativas de éxito, pero
desde su inicio la telenovela marcó los más altos niveles de audiencia del canal.
Fue repetida por el mismo canal de julio de 2000 a septiembre de 2000 con
buenos índices de audiencia aún para una repetición, fue también un éxito
mundial vendida por Televisa a otros países como Italia, España, Rusia,
Alemania, Francia, Estados Unidos y Brasil” (ver: https://es.wikipedia.org/wiki/Valeria_y_Maximiliano).
Dice que las que no le gustaron para nada, fueron las que eran muy crudas,
las que, como señalé, le recordaban su infancia, como la mencionada “María
Mercedes”, “Rosa Salvaje” (1987), “La Fiera” (1983), “Cuando llega el amor”
(1990), “porque, como le dije, me recordaban mi pobreza y además de que se me
hacían muy irreales”, agrega.
De las novelas actuales, “no veo muchas, pues ya no son tan buenas como
antes, irreales y con situaciones inverosímiles que, la verdad, no atrapan”.
Dice que se dispuso a ver la de “Mi camino es amarte”, estrenada en el 2022, en
la que actúa la mencionada Rosa Gloria Chagoyán, “pero al tercer capítulo, dejé
de verla, porque uno que es trailero, se mete con todo y el tráiler a una casa
para ver a su amor, como si fuera carro… eso es irreal, no se hace en la
realidad, ¿no?”.
Y tanto me insistió en que viera “Amor real”, “porque, de verdad, está muy
bonita, es ambientada y es una buena historia”, que me animé a hacerlo, luego
de más de 45 años de no ver ni televisión abierta, ni novelas, en absoluto. Y,
curiosamente, lo hice a veinte años de su estreno, que fue en el 2003. “Y
cuando terminó, como toda la gente pidió que se retransmitiera, luego luego lo
hizo Televisa”, me dice la señora Elena.
Fue producida por Carla Estrada (México, 1956), una de las más reconocidas
productoras de telenovelas. Su guionista de cabecera, la escritora ítalo-mexicana
María Zarattini (1955-2019), escribió el excelente argumento. Está basada en la
novela “Bodas de Odio”, escrita en 1983 por la novelista mexicana Caridad Bravo
Adams (1908-1990), algo menospreciada, desde mi punto de vista, pues siempre se
le relacionó con las telenovelas, pero logró historias sobresalientes, justo
como la mencionada. De hecho, “Amor real” es un remake de la de “Bodas de odio”,
que fue estrenada justo en 1983.
Para hacerlo lo más rápidamente posible y no estar a las expensas de alguna
plataforma televisiva, llena de publicidad, me decidí a comprar los DVD’s, pues
fue tan exitosa, que hasta la sacaron en ese formato y con subtítulos en
inglés, porque también se transmitió exitosamente a Estados Unidos y a países
europeos, como España, logrando gran popularidad y audiencia (ver: https://es.wikipedia.org/wiki/Amor_real).
La copia que me vendieron, en quinientos pesos, no es original, sino una
de, digamos, “piratería certificada”, que aseguran los que las distribuyen que
se ven bien, aceptables, como, en efecto, así fue.
Y me dispuse a verla.
Confieso que fue tan fuertemente adictiva, que vi, en no más de cuatro
semanas, los 95 capítulos de los que consta.
Ya lo dije, fue muy interesante. Primero, por la magnífica ambientación.
Las casas, los lugares, los vestidos de las damas, los trajes de los caballeros,
la ropa del pueblo, las haciendas, los cuarteles, las cárceles… todas, muy bien,
a la usanza de los 1850’s. Aunque es histórica, no se cae en el, a veces,
problemático recurso, de nombrar sitios, eventos y personajes reales, con tal
de no caer en contradicciones.
Era lo que hacía, por ejemplo, el escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia
(1928-1983), quien en su novela “Los pasos de López”, publicada en México en
1982, narra las penurias del cura Miguel Hidalgo y Costilla (1753-1811), en su
intento por independizar a México del yugo español, pero cambiando nombres del
personajes y lugares (ver: https://es.wikipedia.org/wiki/Los_pasos_de_L%C3%B3pez).
Supongo que los interesados ya la habrán visto y sabrán su argumento. Lo
comento muy brevemente.
Los protagonistas principales son Manuel Fuentes Guerra, un hacendado que
se convierte en eso, gracias a que su padre lo hereda antes de morir, Matilde Peñalver
y Beristáin, aristócrata hija de un general y Adolfo Solís Gallardo, teniente
de clase media. Como ya he dicho, las telenovelas, se centran en el romance, es
alrededor de lo que gira lo demás.
Y se establece un triángulo, en el que, primero, Matilde se enamora del
pobre teniente. Pero como su familia quiere que sea un rico, impide su amor,
menos el padre de Matilde, el coronel Hilario Peñalver, quien de nada se enteró.
La que lo hace es su esposa, doña Augusta, muy ambiciosa y prejuiciosa mujer,
siempre cuidando las apariencias de la rancia clase de por entonces.
Como ya señalé, la novela abarca muchas cosas, no sólo centrada en el
romance, sino, por ejemplo, en las costumbres, los prejuicios, los arreglos de
la época, que la mayor parte de las veces, se establecían, no importaba si a la
hija aristócrata se le casaba con un viejo hacendado, con que éste tuviera gran
fortuna, bastaba, “aunque le apestara la boca y oliera a viejo”, como
Prudencia, hermana de Augusta y tía de Matilde, le decía a ésta.
El matrimonio se consuma, pero el día de la fiesta, vuelve Adolfo, a quien
injustamente había encarcelado en la prisión de San Juan de Ulúa, para evitar
que se casara con Matilde. Augusta se lo pidió al general Prisco Domínguez.
Manuel no cede a las súplicas de Matilde, de que la dejara huir con su
enamorado. “¡No, te compré y ahora, te llevo, aunque sea a la fuerza!”, le
espeta, furioso. Y la lleva a San
Cayetano, la hacienda de él. Los primeros días, Matilde era la mujer más
infeliz del mundo, pensando en Adolfo, pero poco a poco se va conformando,
viendo que era mejor hacerlo así. Mas, para su desgracia, llega Adolfo, tomando
el lugar del nuevo administrador de la hacienda. Éste, había ido a sustituir al
anterior, asesinado por criminales que estaban en contubernio con el corrupto
regidor local. Pero también es asesinado antes de llegar a la hacienda.
La hija del anterior administrador, Antonia, entra en rivalidad con Matilde
y hace lo imposible por lograr el amor de Manuel, quien va cediendo, poco a
poco, sobre todo, cuando se da cuenta de que Matilde no lo quiere y no desea
estar más con él, aún sin saber que Adolfo es el antiguo novio de ella.
Pero como Matilde se va encariñando, poco a poco Manuel se convence de su
cariño, lo que se rompe cuando se entera por Sixto, un amigo de la infancia, de
que el administrador no es joven, sino viejo.
Eso sucede cuando Adolfo ya se había ido y, por azares del destino, se fuga
con una chica muy joven, hija también de familia aristocrática, conocida de
Manuel, Catalina, que se había enamorado de él. La chica tenía tuberculosis y
quería vivir bien, conocer el amor, en los últimos meses de vida que le
quedaban. Y así fue, vivió casada con Adolfo hasta el final, con la familia de
ella y su madrina, doña Juana, quedando muy agradecidas con el teniente. A
éste, gracias a la intervención de doña Juana, le reparan el injusto arresto y
lo ascienden a Capitán, “pero borrón y cuenta nueva”, le dijo el general Prisco
Domínguez, sobrino de doña Juana, cuando lo restituyó en el cargo.
Manuel echa a Matilde, quien ya está embarazada del hijo de ambos, que
Manuel duda que sea de él. Aquí hay que decir, que Manuel representa al hombre
extremadamente celoso, que puede ser muy bueno, pero, también, muy malo, pues
le gritó, cuando la echó, que “¡y da gracias que no te mato, porque debería de
hacerlo, zorra!”.
Regresa Matilde a Ciudad Trinidad en donde tiene a su hijo, sufriendo
porque ya quería y hasta se había enamorado de Manuel.
La novela sigue el curso tradicional en esos romances, tan llenos de
obstáculos y circunstancias que los vuelven muy difíciles, casi imposibles de
consumar y de llegar a buen final.
Rosario es la madre que dejó a Manuel chico, éste, víctima de la violación
que Joaquín Fuentes Guerra cometió contra ella. Llega como empleada de la hacienda,
oponiéndose a que el padre Urbano, padrino de Manuel, le confiese a éste que
ella era su madre.
Rosario, al tratar a fondo a Matilde, convence a Manuel de que ésta lo
quiere y que Adolfo es cosa del pasado.
Manuel decide perdonarla y va a la casa que tiene en Ciudad Trinidad. Las
cosas se van componiendo entre los dos, pero sucede un evento que cortaría por
algunos años esa felicidad.
Eso fue la llegada de Marianne, una francesa que se hizo pasar por prima de
Manuel. Junto con Yves, su cómplice, urden un plan para quitarle todas las
posesiones a Manuel. Está de acuerdo Ramón, el encargado de la seguridad de
Trinidad, un corrupto, gordo hombre. Y lo logran. Como Rosario tiene un turbio
pasado al haber trabajado como “prostituta”, con tal de ocultarlo, la obligan a
negar que Manuel era hijo de Joaquín Fuentes Guerra. Así que acusan a Manuel,
por artimañas de Ramón, de ser un impostor y deciden aprehenderlo.
Todo se complica porque, como el país está en guerra, Manuel también es
acusado de haber vendido ganado a Amadeo Corona, un líder de los “rebeldes”.
Así que decide unirse a éstos, los que eran comandados por Juan Álvarez, el
líder de los pobres, contra las fuerzas del usurpador Baranda, que se había
robado la presidencia y era al que apoyaban los burgueses y hacendados.
Aquí, muy probablemente se haya hecho alusión al fraude cometido durante
las elecciones presidenciales de 1988, que dieron el “triunfo” al corrupto y
nefasto Carlos Salinas de Gortari (México, 1948), cuando descaradamente, se
“cayó” el sistema. El contrincante, Cuauhtémoc Cárdenas (México, 1934), fue el verdadero ganador,
pero por maquinaciones de la mafia priísta de entonces, “perdió” (ver: https://es.wikipedia.org/wiki/Cuauht%C3%A9moc_C%C3%A1rdenas).
En fin, regresando a la sinopsis, luego de tres años de lucha, se descubre
el engaño de Marianne, pues visita a México la verdadera prima de Manuel, una
monja francesa, en lo que ayudaron mucho Renato, un amigo del hermano de
Matilde, Humberto, y éste. Y se reconoce que habían urdido un fraude, así que
sí es reconocido Manuel como legítimo heredero de Joaquín Fuentes Guerra.
También muere la madre de Manuel, por un balazo que había sido dirigido a
él, por un infiltrado en el ejército de Ramón, A éste, lo mata Yves en un
arrebato. Y Marianne e Yves, se van a la cárcel
Antonia se reconcilia con Matilde. Pero sucede que se pierde el hijo de
Manuel y Matilde, que se había perdido y estaba en una humilde choza de campesinos,
quienes lo querían para ellos.
Los ayuda a tratar de recuperarlo Adolfo. Ramón, antes de que lo
asesinaran, se aprovecha de eso, para engañar a Manuel de que si no se entregaba,
no volvería a verlo. Manuel se entrega y, por considerarlo traidor, lo van a
fusilar, pero Adolfo, en un muy noble, final acto lo libera.
En esta parte, el niño aparece, devuelto por una de las campesinas que lo
tenían en la choza.
El coronel Adolfo es condenado a ser fusilado, por desacato. Manuel trata
de rescatarlo, pero, finalmente, lo mata uno de los soldados, de un certero
tiro en el corazón. Antes de morir, Adolfo ve acercarse, muy sonriente, a una
feliz Catalina, pues ya estarán juntos.
En esta parte, debo decir que es un recurso literario frecuente, reunir a
los vivos con los muertos cuando aquéllos fallecen.
Finalmente, se reencuentran todos, Manuel, Matilde, su hijo, Augusta,
Prudencia, Humberto, Josefina, la esposa de éste (tuvieron muchos problemas
iniciales, pues Humberto sólo se había casado por su dinero, pero las cosas
cambiaron y comenzaron a quererse, sobre todo, cuando él se curó de su
impotencia algo terrible para los hombres-machos de entonces) y Renato, que
corrige su vida frívola y superficial cuando se casa con la inteligente Hanna
de la Corcuera (ésta, representó a una mujer feminista de entonces, vistiendo
de hombre, sin importarle las críticas que la consideraban una “marimacha”.
Tuvo también mucho que ver con la aclaración de que Manuel era legítimo
heredero de Joaquín Fuentes Guerra y el encarcelamiento de Marianne, la que
paga con creces, su engaño, junto con Yves).
Así, luego de tantos obstáculos, tantos azares del destino, buenos y malos,
tantas peleas, disputas, desencuentros, decepciones, aclaraciones, traiciones,
muertes… Manuel y Matilde, por fin, están juntos…
Ojalá así fuera la vida, de
telenovela.
Desgraciadamente,
todo ese talento, tanto actoral, técnico, de vestuario, de mobiliario,
de dirección de cámaras, artística... ya quedó atrás. Televisa y sus
errores de todo tipo, han ido acabando con lo grandioso que tenía, como
las telenovelas, menospreciadas injustamente, sólo porque se
consideraban para las mujeres y, encima, pobres. Muy mal que las hayan
estigmatizado tanto.
No
nos queda más que volver a verlas, sobre todo las que, de verdad,
fueron tan bien hechas y tan exitosas, así, como la de "Amor real"
Contacto: studillac@hotmail.com