Conversando con una restauradora de textiles
Por Adán Salgado Andrade
La casa de Karla y Alejandro, ella, restauradora y él, filmador de eventos, podcasts, documentales “y hasta funerales”, está en Tlalpan, muy cerca de la avenida San Fernando, sí, en donde están los icónicos velatorios del Issste.
Allí acudimos porque a mi compañera Viri, el influencer San Buey, especializado en hacer comedia y chistes, la quiere entrevistar pues Viri, con tan solo ocho meses de trabajo, ya es toda una estrella de contenido del TikTok, teniendo cada uno de sus videos sobre cantantes, grupos musicales, doblaje de series, películas, análisis de programas de comedias mexicanos, de los de antes… y otras cosas, millones de vistas mensuales que, gracias a que TikTok comenzó a monetizar a sus creadores, justo luego del debut de Viri, ya ella obtiene un mediano ingreso (aunque, cada vez va disminuyendo, pues no le conviene a esa plataforma que ganen mucho los creadores que ya monetizan).
Y mientras la entrevista es realizada, platico con los dueños de la casa, los mencionados Karla y Alejandro.
Karla estudió en el Instituto Nacional de Antropología e Historia, INAH, la carrera de Restaurador de Bienes Muebles, “pues se abarca de todo, desde cuadros, textiles, estatuas o monumentos”.
Dice que dura cinco años y les dan una “probadita” de todo, pero que en el último año, deben de especializarse en alguna rama de restauración en específico.
Ella lo hizo en textiles, “pues me gusta mucho restaurar prendas antiguas, sean ropa, banderas, retablos… lo que sea”. Dice que muchas veces ha ido a pueblos, a ofrecer sus servicios de restauración. “Voy a iglesias para ver si no tienen cuadros o santos que quieran que restaure”. De hecho, dice que también le va muy bien cuando, cercana la fecha del Dos de Febrero, el famoso Día de la Candelaria, le piden restaurar “Niños Dios”. “Sí, eso también se cobra muy bien y la gente lo busca mucho”.
Claro, es una tradición todavía muy socorrida por las familias predominantemente católicas de este país, que aún siguen profesando esa religión, a pesar de todas las bajezas cometidas por algunos “sacerdotes”, no entregados del todo a la obligada abstinencia.
Dice que lo más complicado de toda restauración es la igualación del color. Me muestra un catálogo en donde guarda muestras de telas de seda (es la más usada), que son las que se deberán teñir al hacer una restauración. Allí también viene una paleta de colores “primarios”, unos veinte, en distintos tonos que “si se combinan, se obtienen todos los colores que se requieren”. Dice que son anilinas, (como las que se usan para teñir el cabello, por cierto, poco recomendadas, pues lo dañan), con tal de tenerlo de varios colores, morado, verde, rojo… lo que, de repente, se pone de moda o se va, pero que ahí persiste esa tendencia.
Y también vienen muestras, en esa especie de currículo, del tipo de telas que ha restaurado, muchas, en lamentable estado. Me muestra las fotos de una bandera revolucionaria. La primera, en el lamentable estado en que la halló. La segunda, ya restaurada. En efecto, parece nueva. Como la bandera original mostraba muchos faltantes de tela (era casi un girón), tuvo que emplear tela llamada crepelina, “que es hecha en Francia, de seda”. El pedazo que me muestra está teñido de verde, “pues el color original es perla, casi blanco”. Esa tela, imaginen la apariencia como el velo que usaban las mujeres antiguamente sobre la cara, cuesta $3,000 pesos el metro cuadrado. “Sí eso también es muy caro, el material que se emplea, las telas, las anilinas o el hilo de seda”, dice Karla.
En efecto, también su catálogo contiene muestras del hilo que se usa, igualmente de seda, de distintos colores, “son los que he utilizado en unas de mis restauraciones”.
En algunos casos, ante la falta de tela de la pieza a restaurar, se emplean pedazos de seda para hacerlo que, como dije, se tiñen del color. “Si es un trabajo muy grande y delicado, hasta vamos al Instituto de Ingeniería de la UNAM para que, con ayuda de la cromatografía, nos ayuden a identificar el color exacto con el que vamos a teñir la tela. Pero cuando son trabajos más sencillos, es a ojo, haciendo muchas pruebas, hasta que dé el color exacto”.
Cuando la tela original está ajada, muy desgastada, de algunas partes, ahí se debe de usar el hilo. “Sí, es muy minucioso, porque debes de hacerlo con mucho cuidado… ¡se te van los ojos!”, dice, señalando los lentes que usa, a sus 37 años.
Me muestra una caja de cartón, dentro de la cual se halla un estandarte (también llamado pódium), perteneciente a una Logia Masónica, que se lo entregó para que lo restaure. La pieza, de más o menos un metro de largo, por medio metro de ancho, muestra los símbolos usados por esa orden (que a lo largo de los siglos, formada inicialmente por los albañiles, masons, ingleses para proteger celosamente su profesión, en la actualidad forma una fuerte e influyente organización mundial y sus miembros, se ayudan mucho entre sí), está desgastada en varias partes. Usando una técnica que emplea un químico, Karla ya logró obtener el color original del estandarte, un amarillo oro. Y tiene un fragmento del fleco que solía rodear todo el perímetro de tal retablo, que también tendrá que colocar. “Me voy a tardar tres meses en restaurarlo. Aquí, lo caro es el material”, dice, cuando le pregunto sobre lo que cobrará, que no me dice, pero imagino que deba de ser bastante. Según la Inteligencia Artificial de Google (que ya ven que ahora casi todas las respuestas las da mediante IA), las restauraciones de un estandarte van desde los $10,000 a los $100,000 pesos, dependiendo del tamaño, los materiales (como hilos de oro o plata), la técnica de bordado y el grado de deterioro. La cotización se realiza exclusivamente tras una evaluación profesional detallada” (ver: https://conservacion.inah.gob.mx/public/preguntas_frecuentes.php).
Me imagino que ella irá a cobrar unos cuarenta mil pesos por esa pieza, pues en verdad está bastante deteriorada y tiene que quedar “como nueva”.
Dice que cuando lleva a casa el objeto para restaurar, “me hacen una auditoría, para ver si todo está en orden, el lugar es adecuado y tengo los materiales y herramientas necesarios. Es más descansado. Pero cuando hay que ir a donde esté la pieza, pues hay que llevar todo allí, casi tienes que vivir allí”.
Claro, porque se pueden llevar meses o años en restaurar un mural, por ejemplo.
Les platico a ella y a su pareja, sobre la restauración que hicieron de la estatua del Caballito , dedicada al rey español Carlos IV (1748-1819), hecha por el arquitecto y escultor español Manuel Tolsá (1757-1816), que está frente al Museo Nacional De Arte, MUNAL, en el Centro de la Ciudad de México. Fue pésima esa “restauración” que hicieron hace algunos años, en un hecho que mostró la corrupción a la que hasta en esos medios se llega. Personal no especializado , en septiembre del 2013, usó ácido nítrico y herramientas abrasivas, “destruyendo irreversiblemente casi el cincuenta por ciento de la pátina y cubierta original de la pieza. Tuvo que ser sometida a un proceso de verdadera restauración, que costó siete y medio millones de pesos” (ver: https://www.chilango.com/ciudad/el-caballito-restauracion/).
“Sí, es que echaron a perder la pátina, porque le echaron ácido”, dice Karla.
He ahí lo que sucede cuando gente no especializada intenta hacer tareas para las que no está calificada. Aunque ya está restaurada completamente, de todos modos, no hay como la pieza original.
También me platica que Álvaro, el San Buey, es restaurador, pero de murales, todavía más difícil. “Cuando van a restaurar un mural, usan una técnica muy especial, como si calcaran la pintura, como si quitaran una calcomanía. Ya, así, ya sea que la vuelvan a colocar sobre las paredes restauradas o la lleven a otro sitio”.
Así debieron de haber restaurado el mural de Diego Rivera (1886-1957), titulado “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”, pintado en 1947, en el que Rivera plasmó distintos personajes, desde acomodados hasta pobres, tratando cada cual de ejercer sus respectivos papeles de la mejor manera posible. Ese mural estaba en el comedor del Hotel del Prado, que se desplomó durante el terremoto de 1985. Esa restauración fue portentosa pues el mural se rescató a pedazos. Se debió de hacer una base especial para colocarlo y restaurarlo, lo que llevó varios años. Y alrededor se edificó el actual museo que lo alberga.
Álvaro dice que su próximo trabajo es restaurar los murales del convento de San Lorenzo Diácono y Mártir, en Dolores Hidalgo, Guanajuato. Me muestra unas fotos, en los que se ven bastante deteriorados, por humedad y los años de exposición al duro medio ambiente. Dice que llevan diez años restaurándolos, “pero sólo un mes al año, así que en realidad llevamos sólo diez meses”. “Y no fui porque nadie se quiso poner con mis boletos”, dice, reprochador.
Muy noble, pero difícil labor la de restaurador, se puede concluir.
“Sobre todo, se necesita mucha paciencia, no es para desesperados, se debe de hacer al detalle”, dice Karla.
Su pareja, Alejandro, le ayuda cuando puede y no tiene filmaciones. “Yo, le ayudo a él para grabar y él me ayuda en restauraciones”, señala Karla.
La plática deriva, luego de la entrevista, en muchas cosas, como en si el reguetón debería o no ser considerado música. “No, para nada”, dice Alejandro, quien a su cuarenta años dice que le interesa la buena música, “no eso que ya hasta se hace con Inteligencia Artificial”.
En efecto. Ricardo, mi hermano, que es guitarrista-concertista de profesión y músico de corazón, desde que era niño, desempeñándose actualmente como profesor de música de dos secundarias públicas, me ha dicho que con programas de IA ya se puede hacer todo, música, arreglos, letra… “ya nada más le dices qué es lo que quieres y te lo hace”. Por eso, ha bajado mucho, señala, la compra de material musical, como instrumentos, mezcladoras, partituras, “pues ya la inteligencia artificial, todo eso lo está sustituyendo”.
Qué lástima que así sea.
Al final concluimos en que el reguetón no es música, “al menos para escuchar, pues más bien es para bailar”, dice San Buey.
Quizá tenga razón. Y agrega que justo en Estados Unidos es tan popular porque “todos los gringos lo bailan”.
Sea como sea, si hasta a esa “música”, la hacen con IA, estamos sufriendo una atrofia cognitiva que nos está haciendo no más inteligentes, sino más dependientes de IA’s como el ChatGPT, el Gemini y otras (ver: https://www.youtube.com/watch?v=NXeTKWsYrzQ&t=1s).
Sin embargo, al ver el trabajo tan minucioso que Karla debe de hacer para restaurar una prenda antigua, un retablo, un estandarte… es de agradecerse que todavía no haya IA que pueda realizar esas labores.
Son las profesiones que aún no pueden hacerse con esos programas de entrenamiento redundante, mal llamados Inteligencia Artificial.
Así que mi consejo para los jóvenes que piensen en estudiar una carrera, es que no lo hagan en una que ya hasta prescinda de sus servicios, como abogacía o arquitectura, que ya hay IA’s, que los sustituyen completamente (ver: https://adansalgadoandrade.blogspot.com/2023/02/inteligencia-artificial-esta.html).
Mejor estudien restauración o mecánica automotriz, albañilería o enfermería.
Pasará mucho tiempo hasta que haya robots, dotados de IA, que puedan efectuar esas dedicadas tareas.
Además, siempre habrá algo qué restaurar en casa, como los viejos vestidos de sus abuelas o cuidarlas cuando estén malas. O autos qué reparar, casas qué edificar o enfermos para cuidad.
Todo, con tal de no humillarnos ante la atrofiadora IA.
Nos despedimos de San Buey, Alejandro y Karla, aprovechando que ha dejado de llover.
“Ahora, ya se inunda”, dice Karla, aclarando que eso se dio por la costosa “remodelación” del Estadio Azteca, que por estos días es la estrella del espectáculo-manipulación masiva que es el “mundial” de ya saben qué.
Tanto que presumió Clara Brugada (1962) esa costosa y hasta corrupta “remodelación”.
Pero así se hacen las cosas en este país, como haber puesto a ineptos a restaurar la estatua del Caballito.
Creo que necesitaríamos restauradores de cerebro, para que se los restauren a todos los que nos controlan.
Contacto: studillac@hotmail.com