La patriarcal yakuza, tuvo a una mujer entre sus filas
Por Adán Salgado Andrade
La yakuza, como se le conoce a una parte de los criminales organizados de Japón, surgió desde el siglo 17, durante el periodo Edo, alrededor del año 1603. Comenzaron como vendedores que iban de casa en casa, ofreciendo mercancías. Cuando se hacían ferias, se organizaban para cuidarse. Poco a poco, con esas organizaciones, se fueron encargando de labores administrativas, relacionadas con el comercio. Luego, sus organización comenzó a crecer y se formaron jerarquías hasta que, con el tiempo, se inmiscuyeron en actividades delictivas y “comenzaron adoptar estrictos códigos de conducta, una estructura de mando feudal, y muchos rituales no convencionales, como el yubitsume, que es la amputación del meñique izquierdo. Los miembros se muestran con cuerpos tatuados y vistiendo tangas, algunas veces con un kimono o, en años recientes, con un traje muy occidental, ajustado, que los cubre. En sus mejores momentos, la yakuza mantuvo una larga presencia en los medios japoneses y también operaba internacionalmente. En 1963, el número de miembros de la yakuza llego a un pico de 184,100. Sin embargo, ese número ha caído drásticamente, debido a cambiantes condiciones de mercado y muchas restricciones gubernamentales que han desalentado el crecimiento de la yakuza. En 1991, había 63,800 miembros y 27,200 cuasi miembros, pero para el 2025, sólo 9,400 miembros y 8.200 cuasi miembros. Y también ya está formada casi de pura gente mayor, pues más de la mitad de sus miembros son de al menos 50 años o mayores y un 26 por ciento, son gente en sus cuarentas. Sólo 5 por ciento están en sus veintes” (ver: https://en.wikipedia.org/wiki/Yakuza).
Justamente entre sus estrictas normas estaba que sólo hombres podían ser miembros. Sin embargo, hubo una excepción. Y esa excepción es Moka Nishimura, quien actualmente tiene 59 años.
Aún luce todos los tatuajes corporales que le cubren buena parte de brazos, piernas, hombros, pecho, espalda, manos y pies. Es baja de estatura, midiendo 1.50 metros y delgada. El periodista Sean Williams la entrevistó y escribió el artículo, publicado por The Guardian, titulado “La niña del diablo: el ascenso y descenso de la única mujer yakuza”, al que agrega como subtítulo que “Mako Nishimura luchó por entrar al submundo japonés, pero la adicción a las drogas y el lento debilitamiento de las bandas del crimen organizado, casi la destruyeron” (ver: https://www.theguardian.com/news/2026/may/21/the-devils-child-the-rise-and-fall-of-the-only-female-yakuza).
Le comenta a Williams, sin ambages que “derroté a varios hombres gánsteres. Primero, les doblaba las piernas con un garrote o pedazo de madera y luego hacía mi trabajo”.
Comenzó a integrarse con la mafia en 1986, cuando tenía 19 años, que había salido de prisión. “Sí, se interesaron en mí cuando una amiga, Aya, que estaba embarazada, me llamó, que tenía problemas con unos tipos. Tomé un bate y corrí a donde ella estaba. La rodeaban cinco tipos y cuando uno de ellos le pegó una patada en el vientre, le dije a ella que corriera y a todos los agarré a batazos. Los dejé todos ensangrentados y cuando llegó la policía, yo ya había escapado”, dice, con gracia, sin inmutarse, no se ve que la violencia haya afectado su forma de ser.
De allí, la buscaron miembros de la yakuza local, para reclutarla y en efecto, la convencieron y comenzó haciendo tareas, simples. “Tenía que lavar ropa, cocinar – les gustaba mucho mi comida – limpiar la oficina y pasear a los perros de mi jefe”.
Pero luego ya tuvo más responsabilidades.
Se enroló con la mafia Sugino. Su madre, Hiroko, cuando descubrió que Nishimura se había unido a esa banda, más tolerante que su padre (pues éste, para nada toleraba que su hija anduviera en malos pasos), fue a ver al jefe y sólo le pidió que cuidara mucho de su hija. “Mi madre siempre fue más tolerante y me dejó hacer lo que quisiera, pues pensaba que era mejor saber en dónde estaba yo a que un día desapareciera”
Dice que se arrepiente de muchas cosas que hizo. “Tuve que ver con el negocio de la prostitución. Yo reclutaba a mujeres que tuvieran muchas deudas con nosotros y las obligaba a trabajar. Un día, una, huyó, pero la fui a buscar y a la fuerza la traje de regreso. Años después la volví a ver y estaba irreconocible. Arreglé para que la soltaran porque, la verdad, me dio mucha tristeza verla así. Y también de muchas otras cosas que hice, me arrepiento”.
Conforme pasaron los años, Nishimura se iba encargando de otras cosas, hasta que comenzó a enredarse con el negocio de las drogas, que ella misma comenzó a emplear.
“Sí, tomaba metanfetaminas y otras cosas, que sólo me embrutecían. Un día, mi jefe me regañó y como castigo, me dijo que tenía que cortarme la yema del dedo meñique izquierdo con una espada. Pero cuando di el sablazo, me corté hasta la segunda falange, casi la mitad del dedo”.
En efecto, luce, sin pena, el dedo amputado, con el que se acostumbró a vivir desde entonces.
En dos ocasiones estuvo encarcelada justo por vender drogas. Uno de esos encarcelamientos fue de dos años y medio. Pero cada que salía, en lugar de reformarse, regresaba con la yakuza.
Luego, conoció a un miembro de la banda, del que se enamoró. “Yo era muy difícil para los hombres, pero de él, sí me enamoré”.
Tuvieron dos hijos. Pero como la adicción de ella por las drogas iba en aumento, cuando se divorciaron, su esposo, ya reformado, se quedó con la tutela de los niños, quienes ahora andan en sus veintes.
“Yo, la verdad, me avergoncé con ellos por la vida que llevaba y evité acercarme, por su bien, pero sí me sentía mal de no haber sido una madre normal con ellos”.
Su ventaja, digamos, fue cuando en los años 1990’s el gobierno japonés aprobó una serie de medidas que quitaron gran poder a la yakuza, impidiéndola de tener cuentas bancarias, negocios y otros giros que eran los que le daban el poder económico que tuvo por décadas.
Justamente esa decadencia la aprovechó Nishimura para irse desligando de la yakuza.
Y, de hecho, lo logró. En el 2010, en plena decadencia de la yakuza, se desligó por completo de la banda.
Williams señala que fue tanta la decadencia de la yakuza, que cuando en febrero del 2020, en plena pandemia, un crucero se quedó en cuarentena en el puerto de Yokohama, “la yakuza ofreció desinfectarlo sin cargo alguno, pero el gobierno declinó su propuesta”.
Vaya si ha llegado a la decadencia casi total la yakuza, que otrora fuera tan poderosa y hasta tema de famosas cintas, de las que Nishimura era gran fanática. “Sí, gozaba ver esas cintas en donde se glamurizaba a la yakuza”.
En efecto eran cintas que, a la manera de “El Padrino”, mostraban a los miembros de la yakuza como grandes héroes. Y es algo que nunca se debió de hacer, pues muchos gánsteres estadounidenses, en plena decadencia, tomaban a la figura de Don Corleone como el modelo a seguir.
Luego de que por sus problemas de drogadicción, hasta su madre prefirió no seguir viéndola, en la actualidad, se ha regenerado. Hace trabajos de limpieza y cosas así.
Con sus dos hermanos, una hermana menor y un hermano mayor, ya también “he hecho las paces”.
Su padre, murió hace años, “pero no le tengo resentimiento”.
Y ya logró reunirse con el menor de sus hijos. “Con el mayor, dice que aún no está preparado, pues siente cierto resentimiento todavía conmigo, pero no lo culpo”.
Hiroko, luego de ver cómo se reunió Nishimura con su hijo menor, dice que “nunca me imaginé que ella volvería a ver a sus hijos. Estoy muy feliz, todos los días pensaba en ella, porque es tan linda mi hija”, dice, llorando de felicidad, la nonagenaria mujer.
Cierto, seguramente, con la vida que llevaba su hija, resultó para ella un milagro que sus nietos la volvieran a ver.
Nishimura es una sobreviviente.
Lo que seguramente cientos de otros miembros de la yakuza no tuvieron ese privilegio, de llegar a viejos.
Son los gajes de una violenta existencia.
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