Trámite de la visa estadounidense: un robo adelantado.
Por Adán Salgado Andrade
La brutal polarización que ha creado el proceso globalizador, en el que unos cuantos países, los desarrollados, junto con sus corporaciones, han concentrado la mayor parte de las actividades económicas mundiales, ha llevado a una generalizada desindustrialización en los llamados países “emergentes”, cuyas consecuencias han sido, entre otras, un fuerte aumento del desempleo, debido al cierre de las empresas y negocios locales. Los trabajadores despedidos tienen muy pocas posibilidades de volver a recontratarse en el corto plazo y para muchos la única alternativa real es emigrar a aquellos países a quienes deben precisamente el ser despedidos. Tal es el caso de México, en donde las impuestas, equivocadas políticas neoliberales seguidas dócilmente por los gobiernos priístas y ahora panistas, no sólo han afectado la actividad industrial, sino también al campo (Ver mi artículo en Internet “Apertura total del TLC… o de cómo se sigue matando al campo en México), dejando un creciente ejército de obreros desempleados, campesinos míseros, profesionistas inactivos… y así, siendo para muchos de ellos la única, verdadera “alternativa”, viajar a los Estados Unidos, con tal de obtener un empleo que alivie sus fuertes necesidades económicas.
Y como ese país ha endurecido cada vez más la frontera que comparte con México (muros metálicos, más policías fronterizos, tolerados grupos civiles caza-ilegales, leyes más severas por entrar ilegalmente…), muchos de los potenciales inmigrantes tratan de obtener una visa legal con tal de minimizar los riesgos de una captura y una deportación que podrían sufrir si se fueran como ilegales, además de que tendrían que cruzar un desierto en donde varios de los que lo intentan mueren, alrededor de 400 por año. Y es cuando otro vía crucis comienza, pues aunque el solicitar una visa como turista, la más común, (noninmigrant visa, según se aclara en la página de la embajada estadounidense), no pone en peligro la existencia de los peticionarios, sí constituye un trámite que en la mayoría de los casos es humillante, indigno y, además, un velado negocio que más se asemeja a un robo que al pago por un “trámite legal”.
En la página electrónica de EU que indica cómo tramitar un visado (www.unitedstatesvisas.gov), se define que una visa “puede permitir” al portador el libre paso hacia ese país (no siempre, porque, ya estando allá, se le puede ocurrir al oficial de inmigración que el portador del visado no es confiable y simplemente se le niegue la entrada), el cual puede ser permanente, si el visado que se pide es de tal categoría (inmigrant visa) o temporal, si el visado es turístico o por tiempo limitado. Este es el que se solicita en la mayoría de los países en donde existen embajadas estadounidenses, ya que al entrar como turista, se facilita encontrar un trabajo y permanecer allí aún cuando el permiso de estancia haya vencido (el problema será a la salida del país, pues el infractor queda vetado para siempre de entrar de nuevo a EU). Los trámites son tardados, además de onerosos y costosos para muchos países con ingresos mensuales bajos, pero además se rechaza a la mayoría de los solicitantes, más del ochenta por ciento. Se debe, primero, obtener el pasaporte, el cual tiene un costo, en México, de alrededor de 80 dólares (con una nueva, absurda modalidad ahora, de que el mínimo obtenible es para tres años, en lugar de un año, como en el 2007 aún se expedía), que además, cada año es más oneroso de tramitar (también se debe de concertar una cita). Ya con el pasaporte en mano, se debe de hacer una cita telefónica a la embajada, la cual tiene su costo, alrededor de cinco dólares, para cuya asignación de la fecha, no parece haber un orden claro, sino que aparentemente es aleatoria (a decir de los entrevistados que consulté para este artículo), quienes hablaban el mismo día y a unos les era asignada una semana después de la llamada, en tanto que a otros, dos semanas, un mes, dos meses después… sí, se necesita, sobre todo, mucha paciencia. En seguida, debe de accederse a la página electrónica que contiene la forma DS-156, un cuestionario cuya versión en inglés es la más accesible, así que quien no sepa ese idioma, pues tendrá problemas, sobre todo porque muchas de las preguntas francamente o son capciosas o, de plano, evidencian la doble personalidad que poseen los estadounidenses, quienes o pueden ser muy prepotentes y autoritarios o pueden pecar de ingenuos, pensando que los solicitantes puedan contestar preguntas como las siguientes: 1. Do you seek to enter the United States to engage in export control violations, subversive or terrorist activities, or any other unlawful purpose? 2. Are you a member or representative of a terrorist organization as currently designated by the U.S. Secretary of State? 3. Have you ever participated in persecutions directed by the Nazi government of Germany; or have you ever participated in genocide?, las que traducidas significan lo siguiente: 1. ¿Está usted tratando de entrar a los Estados Unidos para inmiscuirse en violaciones a los controles de exportaciones, en actividades subversivas o terroristas?, 2. ¿Pertenece usted a una organización terrorista de las que así ha catalogado el Departamento de Estado?, 3. ¿Ha participado alguna vez en persecuciones llevadas a cabo por el gobierno nazi de Alemania o ha usted alguna vez participado en genocidios?
Como se ve, el problema es que si el solicitante no entiende inglés, difícilmente sabrá qué contestar. Así, en la primera, la referente a las actividades terroristas, por ejemplo, pudiera pensar el solicitante que desconoce el idioma que se le está preguntando si está en contra de los terroristas, pues, como dije antes, estas tres preguntas o son capciosas o son estúpidamente ingenuas. Y si contesta sí, pues ya no será elegible, de entrada, para obtener la visa, pues habrá caído en la trampa y estará afirmando que sí piensa inmiscuirse en actividades ilegales o terroristas. La segunda pregunta, es de plano para dar risa, ya que nadie, aún siéndolo, contestaría que es miembro de Al-qaeda, por ejemplo. Y la tercera, pues hace mucho que Alemania dejó de ser nazi, cuando finalizó la segunda guerra mundial, lo que evidencia el anacronismo de muchas de las cosas que pretenden defender los estadounidenses (su pasión por las armas, por ejemplo, derecho constitucional inalienable), además de que en este caso, el mayor genocida de la historia reciente ha sido justamente EU, como puede comprobarse en la invasión hecha a Irak, en donde han sido asesinadas más de 1,600,000 personas desde el 2003 que comenzó ese infame conflicto, así que esta pregunta muy bien sería aplicable a los militares y funcionarios estadounidenses que han contribuido al ingerente belicismo yanqui.
Respondido ese capcioso o ingenuo cuestionario, ya se avanzó otro paso, pero antes de acudir a la cita, el solicitante debe de pagar el derecho por trámite que en todo el mundo cuesta actualmente ¡131 dólares!, tal y como se indica en el sitio citado. Se estima, conservadoramente hablando, que cada día son solicitadas en el mundo entre 700,000 y un millón de visas estadounidenses de todo tipo, las cuales, a ese costo, rendirían ¡entre 91,000,000 y 131,000,000 de dólares diarios!, que para un país en recesión, como EU, con fuertes deudas inmobiliarias y alto déficit fiscal y comercial, pues son muy buenos, sobre todo con tantos gastos militares, como la invasión a Irak, la cual le cuesta ¡87 millones de dólares por día! (mil dólares cada segundo), así que con lo que obtienen mañosamente las embajadas y los consulados estadounidenses diariamente de las visas, se pagaría dicha invasión, las que, como señalé antes, son otorgadas a menos del 20% de los solicitantes. En las “justificaciones” que se dan para tan alto, fraudulento cobro, se cita la siguiente: “El Departamento de Estado incrementó el valor del costo de los trámites del visado de 100 dólares a 131, debido a los costos que implican las medidas de seguridad, así como las tecnologías informáticas empleadas”, justificativo que, sinceramente, es muy pobre y absurdo, dado que de antemano dichas embajadas y consulados, así como las “tecnologías informáticas empleadas”, cuentan con un presupuesto anual para sus labores, que de ninguna forma se paga con lo obtenido por la venta de visas, dinero que es, en todo caso, un ingreso adicional, bastante importante, como se señala arriba. Así pues, ese pago es meramente mercantilista, un método fácil de obtener “easy money”, disfrazado de “trámite serio”.
Como dije, se deben de pagar antes de la cita, de lo contrario no se atiende al solicitante. En México, ese pago se debe hacer a Banamex, antiguo banco mexicano que hace unos años adquirió Citicorp, quebrado banco estadounidense que, se rumora, participa en el blanqueo de dinero obtenido de la venta de droga colombiana y que por eso adquirió al citado Banamex, para ejercer un control más firme de las narcooperaciones que se llevan a cabo en México. Hace poco, en octubre del año pasado, la analista económica estadounidense Meredith Whitney calificó de institución financiera insegura a Citicorp, degradando sus funciones, luego de lo cual, el banco precipitó pérdidas (que no pudieron ocultarse más) por $15,000 millones de dólares, así que, de paso, el dinero obtenido por las visas, es bueno también para dicho banco, que podrá siempre “jinetearlo” un poco y quedarse con algo (por eso de los manejos operativos), más en ese momento que está en crisis, antes de que llegue a las arcas estadounidenses.
Además, el pago de la visa turística es el más bajo, pues otros pagos son más caros. Las visas para inmigrantes van de los 355 a los 500 dólares, según se pretenda estudiar o trabajar en EU. En estos casos, la sola petición cuesta 190 dólares, el procesarla, 335, “otros cargos”, 45, costos de envío, 165, el gafete, 265, el costo por expedición, si es concedida, 375… amén de gastos “notariales”, otros 100 dólares. Sí, el tesoro estadounidense se embolsa ¡$1475 dólares por cada solicitud aceptada para trabajar o estudiar allí! No cabe duda que este alto costo parece, más bien, que se está solicitando la entrada a un caro concierto o espectáculo público, más que a un país, y que sólo los verdaderamente pudientes podrán “comprar la entrada”.
Por ello, no es de extrañar que se pida a los solicitantes de visa que posean cuentas bancarias, tarjetas de crédito, comprobantes de empleo… como si con eso se midiera su capacidad económica, como diciendo ¿cuanto dinero posee usted para consumir cuanta cosa se le ponga enfrente? No importan papeles que comprueben los estudios realizados, menciones honoríficas, diplomas… eso, por ejemplo, le sucedió a Miguel, quien obtuvo el título de la licenciatura de guitarrista concertista en la escuela de música de la UNAM. Estaba invitado a un concurso en Brownsville. Aunque no tiene actualmente un trabajo estable, mostró al oficial consular que lo “entrevistó” su título, sus menciones honoríficas, sus diplomas, que avalan su buena, notable educación (requisito que se estipula en un boletín que se entrega al final a los solicitantes a quienes no se les concede la visa). Más que entrevistarlo, el oficial, un latino, dice Miguel, lo humilló, haciendo a un lado sus documentos con profundo, marcado desprecio, diciéndole que eso no le importaba, que dónde estaban las cuentas, las tarjetas, el comprobante de trabajo. Sólo cuando Miguel le mostró la invitación formal para el concurso (de la Universidad de Brownsville), el tipo se “dignó” a concederle, no una visa, sino únicamente un permiso temporal por tres meses, pues es sólo “para lo que usted puede calificar”, le sentenció, en apochado español.
José Luis, amigo de Miguel, quien igualmente debía de ir al concurso de cuartetos de guitarra, nos platica que antes de estar enfrente del oficial consular, a todos los tratan como si fueran convictos ingresando a un penal, pues son despojados absolutamente de todos los objetos considerados “peligrosos”: monedas, llaves, cortaúñas, cinturones, celulares, aretes, pulseras, cadenas… luego de lo cual pasan a un lugar en donde les son tomadas sus huellas digitales (claro, así se hace EU muy fácilmente de un inmenso banco de huellas, con lo que, arbitrariamente, estará apoderándose de información confidencial que podrá manejar a su entero antojo, es decir, así conforma sus propios “antecedentes penales” de los millones de solicitantes de visas estadounidenses. Por supuesto que se justifica para hacerlo que ello es en bien de la “lucha contra el terrorismo”). De allí, sus ropas son escaneadas en una máquina de visión de rayos “X”, a pesar de que antes ya los han revisado minuciosa y manualmente policías mexicanos de seguridad y se les obliga a pasar por un arco electrónico (máquina que puede detectar objetos “peligrosos” que estén escondidos dentro del cuerpo). No es todo, una vez más, dice José Luis, a quien cada rato se le estaban cayendo casi los pantalones por la falta del cinturón (“Deveras que te sientes bien humillado”, platica), los obligan de nuevo a imprimir sus huellas digitales en escáners… y ya, habiéndose comprobado fehacientemente que no son “terroristas”, se les permite el paso a una amplia sala, en donde hay unas quinientas sillas, dice, todas ocupadas, al final de la cual están las ventanillas de los oficiales consulares, y encima de éstas, un gran tablero electrónico en donde se muestra el turno de ese instante, la ficha que le corresponde, el nombre del poseedor y la ventanilla que le toca para efectuar la entrevista-humillación.
José Luis nos cuenta, todavía con mucho coraje: “Pues a mí, ese cabrón me dijo que no le importaban mis papeles de la escuela, que le demostrara en dónde trabajaba yo… ni siquiera cuando le enseñé la invitación para el concurso (hecha por un tal Michael Quantz, profesor asociado de la Universidad de Texas en Brownsville), se ablandó, pero ya se puso a leerla”. Como antes José Luis había ido a otro concurso a España, el oficial, un chicano, aclara el joven, “me preguntó, así, muy despectivo, que quién me había pagado ese viaje, porque como soy músico y sin trabajo, pues no creía que me hubiera pagado yo el viaje, y yo le dije que yo mero, que nadie me lo había pagado… ¡me daban ganas de decirle que qué chingados le importaba al cabrón!”. Aquí puede notarse una discriminatoria, racista actitud por parte de ese hombre, en el sentido de que, obtusos en mentalidad como son la mayoría de los estadounidenses o sus sucedáneos, le parecía increíble que un “pobre músico mexicano” ya hubiera ido antes a un lejano país, a donde, quizá, ese tipo nunca había ido en su cuadrada, rutinaria vida. También, a duras penas, a José Luis le concedieron sólo un permiso de tres meses, al igual que Miguel. “No necesitas más tiempo”, dice que sentenció el oficial consular. “¡Con trabajos me la dieron, pero a muchos no se las daban, yo creo que como a unos siete de cada diez. Uno que iba delante de mí, les comprobó que tenía trabajo, que ganaba como cien mil pesos al mes, que tenía cuentas en el banco, y ni así se la dieron!”, agrega José Luis, enojado.
El caso de Ricardo, quien también iba a asistir al mismo concurso, es más emblemático. Él ya hace años había obtenido una visa, pero como estaba vencida, pues era sólo cuestión de renovarla, pensó muy lógicamente. Sin embargo, cuando todo parecía ir bien con la mujer que lo atendió, una estadounidense de unos 35 años, le pidió un momento, el cual se extendió a unos diez minutos, cuenta Ricardo. Cuando regresó, la amabilidad dibujada hacía unos minutos en su rostro, se había transformado en consternación. “¿Nunca antes ha estado en Estados Unidos, no ha tenido problemas con la justicia?”, le pregunto con inglesado, mal pronunciado español. Ricardo, un tanto turbado, recordó el infame caso ocurrido veinte años antes. Sucede que en ese entonces él y unos amigos pretendían entrar a Estados Unidos para comprar instrumentos, razón por la cual no consideraron necesario obtener un visado, imaginando que habría formas más fáciles de ingresar, pues sólo estarían unas horas. A Ricardo, por su aspecto físico (es blanco, ojiverde), alguien le dijo que le sería fácil pasar la aduana estadounidense diciendo que era “american citizen”… grave error, que le costó a Ricardo, aparte de humillaciones, golpes, amenazas y un fuerte daño psicológico, pues todavía tiembla al recordar el desdichado evento, que lo encarcelaran una tarde y una noche en un penal de “alta seguridad” en Brownsville, por el imputado delito de “suplantación de ciudadanía”. Fue llevado allí en una camioneta de la “migra”, oyendo todo el tiempo que duró el traslado al par de agentes que lo arrestaron, burlarse todo el tiempo de él y profiriendo falsas amenazas de que le iba a ir muy mal, lo que, por fortuna, no pasaron de ser simples amedrantamientos para espantarlo. Al día siguiente de su detención, fue llevado a un condado cercano, en donde fue obligado a pedir perdón de rodillas a “un pendejo juez que tenía peluca blanca”, refiere con avivado rencor Ricardo, quien, luego de concederle el perdón por su “horrible crimen”, lo sentencio a no pisar territorio estadounidense, ni a solicitar visa los siguientes tres años. Tan seguro estaba Ricardo de que su delito ya había prescrito, que por eso, pensó, le habían concedido una visa hace unos 12 años, luego del incidente, así que no tendría problema en renovarla, razonó. Pero en esta ocasión, no fue así. Como la mujer insistiera, Ricardo confesó su “felonía” (¡Como si eso hubiera sido un gran delito, el tratar de ingresar a EU sólo para comprar instrumentos, acción totalmente conveniente para tan mercantilista país!), pero aclarando que la condena ya había prescrito y que por eso no lo había apuntado en la forma DS-156. A partir de ese lamentable instante, ningún argumento valió para la cerrada mentalidad de la mujer (consecuencia, claro está, de la cerrazón de su sistema político), la que no dejó de señalarle su “grave falta” y que estaba vetado “de por vida” para entrar a EU, a pesar de que Ricardo le enseñó cuanto papel tenía a su favor para demostrarle que sólo estaría allá quince días, principalmente para concursar en el evento universitario. En este caso, se comprueba la falta de ética y seriedad de las leyes estadounidenses, que cambian a su antojo sus legaloides argumentos, con tal de clasificar como non gratos al mayor número de extranjeros posibles, no así el dinero que previamente pagaron por tan tramposo, mañoso trámite, ¡esos 131 dólares son welcome! “¡Lo que más me duele es que me hayan vuelto a humillar y que me echaron a perder un proyecto que venía preparando desde hace seis meses, ya tenía mis boletos de avión y todo listo, son chingaderas!”, exclama Ricardo, denotando todo el rencor que la nueva afrenta le ha provocado, además, claro, de que “¡les regalé a esos cabrones 131 dólares!”.
Lo mismo le sucedió a otro de los entrevistados, Carlos, ingeniero en computación, quien también debía ir allá por un curso. “¡No me la dieron, el tipo ese me alegó que de dónde era, y le dije que del Estado de México, y estaba necio en que ese estado no existía, que de dónde era, hazme favor, pinche ignorante, y que no, que no me la daba porque había falseado de dónde era!”. Sí, Carlos, a pesar de tener un negocio propio, un café-internet, y haber comprobado sus estudios, no obtuvo tampoco el “permiso” para viajar a EU. “¡Yo le grité que qué lástima que siendo mexicano, porque a leguas se le veía lo naco, que no supiera que había el estado de México!”, agrega Carlos, también muy enojado. Sí, se siente el rencor de él y de decenas que son rechazados a diario, pues además pagaron por la humillación, aunado al que ya, de por sí, se ha ido forjando con el correr del tiempo, de carácter histórico, incluso, remontándose al siglo 19, cuando nuestro territorio sufrió los primeros embates del expansionismo yanqui, al perder el estado de Texas y poco tiempo después California y el resto de lo que por entonces era México, que significó más de la mitad de su extensión territorial arrebatada por la superior fuerza militar (encima de la invasión que los mariners llevaron a cabo en varias ocasiones).
A quienes sin problemas les es concedida la visa, los menos, se ufanan de su “buena suerte”. Uno de ellos es Agustín, de unos 60 años, ferrocarrilero jubilado, quien está contento de haber recibido el permiso. “Pues yo quiero ir a Nueva Orleáns, porque quiero llevar allá a mi vieja y comprarme una camionetita, pero necesito traérmela antes del primero de marzo, para que así no me cobren el doble por legalizármela”, dice, muy contento. Se refiere a una nueva ley que recientemente se expidió en el congreso mexicano, tratando de proteger a la “industria automotriz mexicana” (sí así se le puede llamar a las ensambladoras de empresas automovilísticas extranjeras que sólo aprovechan nuestras mano de obra y materias primas baratas para reducir sus costos de fabricación), que gravará a partir de marzo con cien por ciento a todos los autos usados que se compren en EU y se pretendan legalizar aquí, para evitar la “competencia desleal” de unidades que salen relativamente más baratas en comparación con los autos “mexicanos”. Pero, por otro lado, mentalidades consumistas como las de Agustín, acríticas y permisivas de los abusos referidos, por desgracia contribuyen a seguir estimulando el criterio mercantilista empleado por EU para establecer quién puede ir a su país, que solamente será aquella persona que demuestre tener mucho dinero para comprar cuanto le ofrezcan los aparadores de los muy surtidos malls, esos megacentros comerciales en donde puede adquirirse de todo, desde hot dogs, hasta autos…
Dentro de mi propia experiencia, de las veces que he visitado EU, puedo afirmar que sin muchos dólares en el bolsillo, uno será siempre mal visto. Si, en cambio, se compra de todo y bastante, será considerado uno todo un “Mister Money” y las puertas de cuanto negocio haya estarán siempre abiertas (de hecho hay aquí tours especiales de fin de semana, en donde se lleva a pudientes turistas mexicanos, en cortos viajes organizados por agencias turísticas, de compras a, por ejemplo, megaplazas comerciales a Miami o Nueva York, quienes muy fácilmente obtienen su visado gracias a que tienen fastuosas cuentas bancarias en dólares).
Cabe aquí hacer la reflexión siguiente, que los países que hoy en día se consideran “ricos y desarrollados”, como EU, deben buena parte de su existencia a toda la historia de robo y latrocinio que practicaron en el pasado contra naciones que antes fueron sus colonias y que debido a dolorosas imposiciones imperialistas, se mantuvieron estancadas y atrofiadas económica, política y socialmente hasta la fecha, razones que en gran medida explican el actual éxodo de tantos desposeídos que buscan el tan cacareado “modelo occidental de vida”.
En el “documento” que se entrega a todos los solicitantes de visa rechazados (un simple, mal redactado machote fotocopiado que se les da a todos por igual), puede leerse que el motivo por el cual no se otorgó el permiso se debe a que no pudo demostrarse que “se tienen lazos sociales, económicos y/o familiares sólidos en el país en que se reside y que no se pretende abandonarlo. Los aplicantes que cumplen con este requisito, lo hacen mostrando lazos fuertes que los unan a su país y aseguren su regreso a éste mismo al finalizar su visita a los Estados Unidos. Otros aspectos que se consideran son: tener un trabajo estable y una buena educación. Lamentablemente usted no los demostró durante la entrevista” (corregí los errores de redacción y de puntuación de los que adolece el “documento” referido). Pero desgraciadamente, con los modernos controles neocolonialistas que EU y sus compinches (el resto de los “países desarrollados”) siguen ejerciendo en el mundo subdesarrollado, dependiente de los caprichos económicos y militares de aquéllos, esos “lazos fuertes” que unan a los desposeídos del mundo con sus empobrecidos países cada vez se irán debilitando más y más.
Contacto: studillac@hotmail.com
sábado, 16 de febrero de 2008
jueves, 17 de enero de 2008
La "sociología de la guerra", nueva estrategia de dominación estadounidense en Irak.
La “sociología de la guerra”, nueva estrategia
de dominación estadounidense en Irak
por Adán Salgado Andrade
La invasión a Irak, se reconoce ya por la propia CIA y el mismo Bush, se hizo empleando infames, alevosas mentiras, como las supuestas “armas de destrucción masivas” poseídas por ese país árabe, que recientemente se ha demostrado que no fueron más que eso, simples argucias para justificar la neocolonización que Estados Unidos, junto con Inglaterra, se propusieron llevar a cabo, sobre todo para, así, apropiarse ilegalmente de la segunda reserva petrolera mundial, poseída precisamente por los iraquíes, y que por tal hecho, están siendo hoy victimados y sometidos a esa moderna manera de conquistar a un país por la sola fuerza de las armas y el poder militar. La batalla, si así se le puede llamar a la invasión, que llevaron a cabo conjuntamente estadounidenses e ingleses fue muy breve. El Pentágono empleó algo que dos militares, Arthur Cebrowsky y John Garstka (el primero, matemático del Pentágono, y el segundo, diseñador de algoritmos para rastrear misiles), indicaron en un artículo que escribieron entre los dos en el número de enero de 1998 de la revista Proceedings, publicada por la marina estadounidense, titulado “Network-Centric Warfare: Its Origin and Future” (La guerra como sistema centralizado: su origen y su futuro). En dicho artículo afirmaban que era posible conducir una batalla mediante un sistema computarizado en el cual las órdenes se efectuaran a través de un comando central, empleando pocos hombres y muchas computadoras, perfectamente coordinado, y que de esa forma debían realizarse las nuevas guerras del siglo XXI demandadas por la modernidad. Se inspiraron, a decir suyo, en el sistema Wal-Mart, según el cual, la supuesta eficiencia con que trabaja esa corporación de centros comerciales que están por todo el mundo, se debe a una organización centralizada que logra surtir en el menor tiempo posible los artículos que se van vaciando de sus estantes, coordinando “perfectamente” las operaciones de compra y de entrega de mercancías con sus proveedores. Eso, dijeron tan “brillantes militares”, podría aplicarse en el ejército, organizando centralizadamente todo, desde la compra y recibo de armas, hasta las operaciones militares que se efectuaran. Así, por ejemplo, los bombardeos que se hicieron en Irak, en el 2003, fueron coordinados desde el comando central, en los cuales, los soldados simplemente le enviaban a aquél las coordenadas de los objetivos militares o “sospechosos” que debían destruirse. Con ellas, el “alto mando” alimentaba a las así llamadas “bombas inteligentes” que eran programadas desde los aviones que las debían lanzar, a los cuales les llegaba la información y, ¡así de fácil!, casi con un chasquido de dedos, en diez minutos o menos, se arrojaban tales bombas, y así se efectuaron cientos de bombardeos, los que no discriminaban entre blancos civiles (la mayoría) o militares (los menos) y que significaron la supuesta rápida y certera derrota del ejército iraquí. La guerra, desde el comando central, parecía más una especie de juego bélico en donde los objetivos se iban determinando en mapas electrónicos y en el cual aparecían también los aviones bombarderos (sus imágenes virtuales, claro) y los estallidos que iban produciendo las bombas arrojadas se mostraban como puntos rojos o targets que se iban cumpliendo de acuerdo con la bitácora prevista (se les llamó carpet bombings, debido a que en las pantallas de las computadoras, las áreas que debían atacarse parecían tapetes territoriales, los cuales debían abarcarse centímetro a centímetro, con los bombardeos. Por eso yo llamo a esta nueva clase de guerra “descalificada”, pues los soldados han dejado casi todo el trabajo a las computadoras, igual que un obrero descalificado deja a merced de las máquinas la producción. Ver mi artículo en Internet “Los nuevos soldados descalificados”, en el buscador Google, bajo ese título). Esa, digamos, “centralización y computarización” de la guerra fue acogida de inmediato por el Pentágono, debido a la supuesta reducción de costos que ello tendría, sobre todo porque con unos cuantos soldados y mandos militares sería posible llevar a efecto las batallas. Claro que tanta tecnificación tuvo su costo, alrededor de $230,000 millones de dólares entre 1999 y 2002 para crear la infraestructura requerida, aparte, por supuesto, de los gastos militares corrientes que dedican los EU cada año a mantener sus ejércitos y cuerpos militares (cerca de 600,000 millones de dólares por año, a lo que hay que sumar los grandes costos que la invasión a Irak sigue teniendo, aproximadamente ¡$275 millones de dólares diariamente, casi mil dólares cada segundo que pasa!).
Esa guerra electrónica a distancia aparentó terminar en un santiamén con el ejército iraquí, el que ni siquiera pudo lanzar sus viejos cohetes soviéticos Scud, a pesar de que en algunos casos los soldados iraquíes superaban en 500 a cada soldado enemigo, además de que no hubo prácticamente enfrentamientos en tierra firme, como en las guerras de antes. Eso supuso para EU e Inglaterra un “gran triunfo”, luego de que durante la primera invasión multinacional a Irak (en 1990, cuando este país invadió Kuwait, territorio que arbitrariamente se le había despojado al término de la segunda guerra mundial para fundar justo a Kuwait, que siempre ha sido un país árabe pro occidental), ni siquiera logró derrocarse a Saddam Hussein, a pesar de que más países tomaron parte en la invasión y ésta duró más tiempo.
Por tanto, se supuso, una vez que declaró Bush el término de la guerra, el primero de junio del 2003, que había significado una “victoria total”, con “muy pocas bajas” que lamentar entre los soldados estadounidenses e ingleses. De allí se creyó que la “domesticación” de Irak sería pronta y muy fácil (ésta se pensó llevar a cabo muy a estilo de lo que se hizo en Japón, luego de haber destruido dos de sus ciudades industriales más importantes mediante bombas atómicas en 1945, casi al final de la segunda guerra mundial, con lo que ese país capituló. La llamada Ocupación, dirigida por EU, además de que le prohibió a los japoneses tener un ejército – medida que se derogó en 1952 –, estableció un plan de reconstrucción para Japón, que incluyó transferencia de capitales y tecnología que americanizó a esa nación, dejándola bastante dócil para los intereses comerciales e industriales expansionistas que después EU consolidó allí).
Pero para la mala suerte de Bush y sus halcones, luego de casi cinco años de la invasión, no sólo Irak no se ha pacificado, sino que los soldados invasores siguen muriendo por ataques insurgentes (casi 4000 han perecido desde el inicio de la invasión y unos 30,000 han sido heridos), además de que la violencia interna continúa cobrando también víctimas civiles (mueren alrededor de 100 personas en promedio al día debido a todos los actos violentos, incluidos tanto los ataques de las fuerzas invasoras, la guerra interétnica, los ataques suicidas, la violencia urbana y la delincuencia, entre otras causas. En total, se estima que han muerto casi ¡un millón, doscientos mil iraquíes desde la invasión!), aparte, como ya mencioné, de los costosos gastos que está generando la arbitraria invasión (casi ¡500,000 millones de dólares gastados desde el inicio de la guerra!, en enero del 2003). Y ello a pesar de que se han incrementado los soldados estadounidenses acantonados en Irak, unos 150,000 permanentemente (los que se renuevan cada dos o tres meses, claro), y se han tratado de emplear tácticas contrainsurgentes por parte de los estadounidenses, entrenando a sus tropas en combate a las guerrillas (ver mi artículo en Internet “Bienvenidos a Arabialandia”, en el que analizo la especie de “parques de guerra” que se han establecido en varios centros militares de EU para simular pueblos iraquíes en donde los mariners “juegan” a combatir a extras quienes se hacen pasar por insurgentes árabes). Ni siquiera Afganistán, invadido desde el 2001, se ha “pacificado”completamente, y todo indica que los derrocados talibanes se están reorganizando (quizá por esos malos resultados, Bush se haya visto obligado a remover a Donald Rumsfeld del Pentágono). Sí, nada de las tácticas empleadas en la “guerra científica” están funcionando para la “pacificación”, ya no digamos de todo Irak, pues ni siquiera sirven para calmar pequeños poblados en los cuales los insurgentes se mezclan con la población local, la que los protege, y constantemente andan atacando a los soldados invasores, provocando frecuentes bajas entre ellos. Lo peor para EU es que los insurgentes ya están sirviéndose de las mismas tácticas guerreras empleadas por el Pentágono, tales como el Internet, computadoras, correo electrónico, laptops, celulares... para combatir a los invasores, tecnologías que los mismos estadounidenses han ido mejorando al incrementar la calidad de las telecomunicaciones en ese país, tan necesarias para su “guerra centralizada” (Además, en esta época en que todo se vuelve un espectáculo, como la guerra, los insurgentes también han sacado provecho de ello. Sí, si las grandes batallas de EU combatiendo a Irak se transmiten, digamos, por YouTube, como si fueran heroicas proezas, en lugar de deleznables, prepotentes actos de dominación, pues de la misma forma, los insurgentes transmiten los ataques que provocan a las fuerzas invasoras, los atentados que realizan, exhiben a los secuestrados, en fin, con eso de alguna manera también se trata de legitimar la insurgencia iraquí frente al mundo).
Ni siquiera ha servido que, con tal de lograr ciertas “alianzas” con los locales, el Pentágono haya debido recurrir a los “colaboracionistas”, mercenarios iraquíes dispuestos a dar información sobre los insurgentes o, incluso, a combatirlos, claro, si se les ofrece buena paga, por lo menos unos $50 dólares al mes (es poco dinero, ya que un obrero gana allá alrededor de 8 dólares diarios, pero como hay tanto desempleo, algunas personas, no muchas, aceptan). Se les conoce a tales mercenarios como “cocodrilos”, debido a que emplean camisas azul claro, color que distingue la rugosa piel de tales lagartos. Incluso, se ha llegado al extremo de excarcelar a delincuentes, tales como Sayeed Jassem, ex alcalde de la población de Tarmiya, quien fue aprehendido por actos de corrupción y por supuestamente ayudar a los insurgentes con dinero (véase, pues, qué tan desesperados están los estadounidenses, de incluso colaborar con delincuentes, como si fuera esto un clásico plot de cinta hollywoodesca de espionaje, en donde se le ofrece a un prisionero su libertad y hasta un buen trabajo, con tal de que “colabore” a encontrar a los “malos de la historia”). Pero eso no garantiza una incondicional lealtad de los “cocodrilos”, pues muchos de ellos son insurgentes que se hacen pasar por colaboracionistas, para así enterarse de los planes de los enemigos.
Pero como hasta ahora todas esas tácticas han resultado inútiles, en adelante se dará paso no a más soldados, ni a más comandos centrales de combate, ni a tantos “cocodrilos”, ni a asociaciones con delincuentes locales, sino nada menos que a científicos sociales, sociólogos, programadores, psicólogos, expertos en cultura local... y así, para formar lo que el Pentágono eufemísticamente ha dado en llamar Human Terrain Teams (Equipos de reconocimiento humano), que pretenderán entender y comprender más a fondo a la invadida sociedad iraquí, inmiscuirse, entrelazarse en los problemas que afectan a los sometidos. Pero de entrada, no parece que fuera a ser efectiva esa nueva estrategia, dado que los iraquíes están invadidos y la insurgencia que día a día se fortalece más y más, es una muy particular forma de esa nación de expresar su desacuerdo (con todos los errores que ello conlleve, como, por ejemplo, los ataques suicidas hechos entre la propia población civil, que nada tiene de culpa, aunque probablemente varios de esos ataques quizá sean dirigidos a colaboracionistas que se encuentren en determinado sitio público y se conviertan en blanco de los atacantes). Para ello, o sea, darle una orientación sociológica a la guerra, se están destinando 41 millones de devaluados dólares con tal de lograr un primer acercamiento a las “necesidades de la población local”.
Uno de tales miembros del ejército que están practicando ya las llamadas operaciones psicológicas (conocidas en la jerga militar como psyops, abreviatura de psychological operations) es el sargento Joe Colabuno, quien, de nuevo, empleando tácticas que más parecerían de cintas de acción, que estrategias reales, trata de disuadir a los iraquíes para que se unan a los estadounidenses en sus “esfuerzos” por pacificar Irak. “Lo que trato de hacer es hallar a las personas correctas para adecuarlas y que luego ellas nos ayuden a adecuar al resto”. Así, Colabuno emplea cuantas tácticas psicológicas puedan auxiliarlo, afirma, para convencer a los iraquíes de que los insurgentes deben de ser contrarrestados e incluso eliminados para que haya “paz” en su nación. Ha puesto, por ejemplo, carteles propagandísticos, similares a los colocados por los insurgentes, en los que denuncia las “atrocidades” que éstos cometen. En uno de ellos expuso el caso de un niño que se había hecho detonar en un atentado suicida con el cinturón de explosivos adherido a su cintura, a lo que alegó: “hay verdaderos criminales en esa deplorable acción y eso es algo que Alá no dice en el Corán y quien lo haga tiene su lugar en el infierno”. Colabuno emplea logotipos muy parecidos a los de los insurgentes con tal de que provoquen el mismo impacto en la población, para que ésta sea atraída y los lea, como ha sucedido con varios de los habitantes de Faluja, que es el poblado en donde está experimentando el “ingenioso” sargento su “sociología de la guerra”. Tan efectivo resultó ese poster, en particular, que incluso varios insurgentes se quejaron de la publicación, según algunos pobladores le informaron a Colabuno, pensando que el libelo era obra de otras facciones guerrilleras. Pero también Colabuno echa mano de una generalizada ignorancia que parece imperar, junto con pobreza, enfermedades y otras calamidades, entre los iraquíes. Por ejemplo, cuando enfrentó a un líder local en el pueblo de Askeri, ayudado por un intérprete, claro (Colabuno no se ha involucrado tanto aún como para haber aprendido ya árabe, a pesar de que lleva cuatro años en Irak. Quizá pese sobre él el síndrome del conquistador, que obliga a los conquistados a hablar el impuesto idioma), sobre la razón por la cual no había muchos voluntarios allí, deseosos de convertirse en “cocodrilos” (o sea, soplones, dicho simple y llanamente), pues se requerían 125 y no llevaban reclutados ni la mitad, el citado líder le objetó que la paga era poca (como dije antes, son 50 dólares al mes lo que reciben los “cocodrilos”), ante lo que, indignado, Colabuno le espetó que: “¿¡Ah, sí!?... ¡pues fíjese que ésa es una muy pobre excusa. He leído el Corán y en ningún lado vi que Mahoma demandara un mejor salario para predicar la palabra de Dios. Nada más dejen que se entere el Sheikh Hamsa de esto, a ver si no se avergüenzan!”. Al referirse al Sheikh Hamsa, Colabuno dio a entender cuan metido está en la vida de los locales al conocer a Hamsa, otro líder local, pero, además, al involucrar cuestiones religiosas, como a Mahoma y el Corán, es decir, hablarles a los iraquíes con sus propios símbolos culturales, y además tan directamente, sin escrúpulos, resulta que aquéllos caen redonditos. En esa misma plática, uno de los árabes trató de objetar la acción de los estadounidenses, reclamando: “Ustedes, americanos, están aquí porque no quieren más que nuestro petróleo”, a lo que el sargento, empleando un irónico tono, respondió, de nueva cuenta muy cinematográficamente, como si hubiera estado en una escena de película en la que actuara como un abogado defensor de un inocente, injustamente inculpado, ante un jurado: “Sí, sí, claro, queremos su petróleo – refiere que dijo, lo que provocó ojos de sorpresa entre los iraquíes – , sí... pero queremos comprarles su petróleo, claro, para que ustedes puedan tener trabajos, para que puedan pagar su luz, su agua, para que a ustedes les vaya mejor y se hagan ricos”. Y así, con ese trillado, barato, común discurso, la gente pareció convencerse y con buenos apretones de manos, se llegó a un compromiso. Al día siguiente, refiere Colabuno, se completaron las solicitudes y hasta sobraron “voluntarios” para hacerse “cocodrilos”. Como puede verse, si el iraquí que objetó lo de que los estadounidenses desean sólo el petróleo, hubiera estado más informado, es decir, hubiera tenido más cultura, leído más periódicos, revistas políticas, libros… muy fácilmente hubiera refutado los pobres argumentos de Colabuno, replicándole que a cinco años de la invasión a Irak, la referida riqueza, los mentados empleos, los celebrados servicios de los que el sargento habló, por ningún sitio se ven y sólo se han beneficiado las empresas constructoras, de seguridad, automotrices, petroleras… y tantas otras pertenecientes a los invasores, como Halliburton, de la que el vicepresidente estadounidense Dick Cheney es accionista. Pero no defendió más su correcta opinión por falta de argumentos y suficientes conocimientos que validaran lo que se aventuró a decir (por lo menos se atrevió a hacerlo). Así que la ignorancia sería otro enemigo de los iraquíes en esta etapa de neocolonialismo. Como aparentemente los operativos psicológicos funcionaron en esa ocasión, más gente local pretendió denunciar a los insurgentes, a través sobre todo de celulares. La respuesta de los guerrilleros fue la voladura de las torres que permiten la comunicación telefónica. La respuesta de Colabuno fueron nuevos carteles en donde criticaba el comportamiento destructivo guerrillero, arguyendo que ya que ellos mismos, los insurgentes, empleaban celulares, pues era como si se hicieran daño a sí mismos. Esto podría ser cierto, pero son las tácticas que se emplean en la guerra, como cuando los soldados de un bando dinamitaban un puente, con tal de que el contrario no pudiera pasar por allí, pero que al final ni ellos mismos, los destructores, podían luego emplear. Quizá es cierto que se bloquean los insurgentes destruyendo las torres de telecomunicaciones, pero probablemente sea mayor el beneficio que el perjuicio que con ello logran (por ejemplo, bloquear por algunos días las comunicaciones enemigas).
Sea como sea, en resumen, el Pentágono está cambiando soldados y mandos castrenses por sociólogos, psicólogos, científicos sociales... o militares como Colabuno y sus cinematográficos argumentos, con tal de “ganarse” a los iraquíes en su intento por apoderarse pacíficamente de su petróleo. Esas tácticas integracionistas dieron resultado en el Japón de la posguerra, sí, pues se trató de un pueblo humillado, destruido, con el que se probó la energía nuclear de manera infame y alevosa. Nada tenían los japoneses, más que destrucción, muerte y cientos de miles de enfermos radiados que no tardaron en morir, y por eso tan dócilmente aceptaron la “ayuda” norteamericana.
Pero el Irak invadido de hoy día no es Japón y aunque también están sus habitantes padeciendo destrucción y muertos, son árabes y los árabes son más firmes en sus bases culturales, más orgullosos y, sobre todo, más belicosos. Además, la invasión ha despertado muchos otros problemas, como los odios raciales que están tomando fuerza especialmente entre sunitas y chiítas (los ataques a mezquitas de uno y otro bando son muestras de ello), además del separatismo promovido por los kurdos, así que es muy probable que eso pueda generar una guerra civil que tampoco contribuirá a la ansiada “pacificación”. Y por ello, la “sociología de la guerra” pareciera ser la nueva esperanza, pero francamente dudo que aquélla logre todos los resultados esperados por el Pentágono.
Por todos los problemas que la invasión estadounidense a Irak ha provocado, los cuales no han generado beneficios reales hasta la fecha, al contrario, más gastos y soldados muertos, ya una buena parte de los congresistas de EU, tanto demócratas, como republicanos, le han pedido a Bush que fije una fecha para la salida de las tropas norteamericanas de Irak. Quizá sólo así logre pacificarse esa nación... o no, quizá, también, cuando eso suceda, los problemas se agraven y sea el fin de Irak como un solo país.
Contacto: studillac@hotmail.com
de dominación estadounidense en Irak
por Adán Salgado Andrade
La invasión a Irak, se reconoce ya por la propia CIA y el mismo Bush, se hizo empleando infames, alevosas mentiras, como las supuestas “armas de destrucción masivas” poseídas por ese país árabe, que recientemente se ha demostrado que no fueron más que eso, simples argucias para justificar la neocolonización que Estados Unidos, junto con Inglaterra, se propusieron llevar a cabo, sobre todo para, así, apropiarse ilegalmente de la segunda reserva petrolera mundial, poseída precisamente por los iraquíes, y que por tal hecho, están siendo hoy victimados y sometidos a esa moderna manera de conquistar a un país por la sola fuerza de las armas y el poder militar. La batalla, si así se le puede llamar a la invasión, que llevaron a cabo conjuntamente estadounidenses e ingleses fue muy breve. El Pentágono empleó algo que dos militares, Arthur Cebrowsky y John Garstka (el primero, matemático del Pentágono, y el segundo, diseñador de algoritmos para rastrear misiles), indicaron en un artículo que escribieron entre los dos en el número de enero de 1998 de la revista Proceedings, publicada por la marina estadounidense, titulado “Network-Centric Warfare: Its Origin and Future” (La guerra como sistema centralizado: su origen y su futuro). En dicho artículo afirmaban que era posible conducir una batalla mediante un sistema computarizado en el cual las órdenes se efectuaran a través de un comando central, empleando pocos hombres y muchas computadoras, perfectamente coordinado, y que de esa forma debían realizarse las nuevas guerras del siglo XXI demandadas por la modernidad. Se inspiraron, a decir suyo, en el sistema Wal-Mart, según el cual, la supuesta eficiencia con que trabaja esa corporación de centros comerciales que están por todo el mundo, se debe a una organización centralizada que logra surtir en el menor tiempo posible los artículos que se van vaciando de sus estantes, coordinando “perfectamente” las operaciones de compra y de entrega de mercancías con sus proveedores. Eso, dijeron tan “brillantes militares”, podría aplicarse en el ejército, organizando centralizadamente todo, desde la compra y recibo de armas, hasta las operaciones militares que se efectuaran. Así, por ejemplo, los bombardeos que se hicieron en Irak, en el 2003, fueron coordinados desde el comando central, en los cuales, los soldados simplemente le enviaban a aquél las coordenadas de los objetivos militares o “sospechosos” que debían destruirse. Con ellas, el “alto mando” alimentaba a las así llamadas “bombas inteligentes” que eran programadas desde los aviones que las debían lanzar, a los cuales les llegaba la información y, ¡así de fácil!, casi con un chasquido de dedos, en diez minutos o menos, se arrojaban tales bombas, y así se efectuaron cientos de bombardeos, los que no discriminaban entre blancos civiles (la mayoría) o militares (los menos) y que significaron la supuesta rápida y certera derrota del ejército iraquí. La guerra, desde el comando central, parecía más una especie de juego bélico en donde los objetivos se iban determinando en mapas electrónicos y en el cual aparecían también los aviones bombarderos (sus imágenes virtuales, claro) y los estallidos que iban produciendo las bombas arrojadas se mostraban como puntos rojos o targets que se iban cumpliendo de acuerdo con la bitácora prevista (se les llamó carpet bombings, debido a que en las pantallas de las computadoras, las áreas que debían atacarse parecían tapetes territoriales, los cuales debían abarcarse centímetro a centímetro, con los bombardeos. Por eso yo llamo a esta nueva clase de guerra “descalificada”, pues los soldados han dejado casi todo el trabajo a las computadoras, igual que un obrero descalificado deja a merced de las máquinas la producción. Ver mi artículo en Internet “Los nuevos soldados descalificados”, en el buscador Google, bajo ese título). Esa, digamos, “centralización y computarización” de la guerra fue acogida de inmediato por el Pentágono, debido a la supuesta reducción de costos que ello tendría, sobre todo porque con unos cuantos soldados y mandos militares sería posible llevar a efecto las batallas. Claro que tanta tecnificación tuvo su costo, alrededor de $230,000 millones de dólares entre 1999 y 2002 para crear la infraestructura requerida, aparte, por supuesto, de los gastos militares corrientes que dedican los EU cada año a mantener sus ejércitos y cuerpos militares (cerca de 600,000 millones de dólares por año, a lo que hay que sumar los grandes costos que la invasión a Irak sigue teniendo, aproximadamente ¡$275 millones de dólares diariamente, casi mil dólares cada segundo que pasa!).
Esa guerra electrónica a distancia aparentó terminar en un santiamén con el ejército iraquí, el que ni siquiera pudo lanzar sus viejos cohetes soviéticos Scud, a pesar de que en algunos casos los soldados iraquíes superaban en 500 a cada soldado enemigo, además de que no hubo prácticamente enfrentamientos en tierra firme, como en las guerras de antes. Eso supuso para EU e Inglaterra un “gran triunfo”, luego de que durante la primera invasión multinacional a Irak (en 1990, cuando este país invadió Kuwait, territorio que arbitrariamente se le había despojado al término de la segunda guerra mundial para fundar justo a Kuwait, que siempre ha sido un país árabe pro occidental), ni siquiera logró derrocarse a Saddam Hussein, a pesar de que más países tomaron parte en la invasión y ésta duró más tiempo.
Por tanto, se supuso, una vez que declaró Bush el término de la guerra, el primero de junio del 2003, que había significado una “victoria total”, con “muy pocas bajas” que lamentar entre los soldados estadounidenses e ingleses. De allí se creyó que la “domesticación” de Irak sería pronta y muy fácil (ésta se pensó llevar a cabo muy a estilo de lo que se hizo en Japón, luego de haber destruido dos de sus ciudades industriales más importantes mediante bombas atómicas en 1945, casi al final de la segunda guerra mundial, con lo que ese país capituló. La llamada Ocupación, dirigida por EU, además de que le prohibió a los japoneses tener un ejército – medida que se derogó en 1952 –, estableció un plan de reconstrucción para Japón, que incluyó transferencia de capitales y tecnología que americanizó a esa nación, dejándola bastante dócil para los intereses comerciales e industriales expansionistas que después EU consolidó allí).
Pero para la mala suerte de Bush y sus halcones, luego de casi cinco años de la invasión, no sólo Irak no se ha pacificado, sino que los soldados invasores siguen muriendo por ataques insurgentes (casi 4000 han perecido desde el inicio de la invasión y unos 30,000 han sido heridos), además de que la violencia interna continúa cobrando también víctimas civiles (mueren alrededor de 100 personas en promedio al día debido a todos los actos violentos, incluidos tanto los ataques de las fuerzas invasoras, la guerra interétnica, los ataques suicidas, la violencia urbana y la delincuencia, entre otras causas. En total, se estima que han muerto casi ¡un millón, doscientos mil iraquíes desde la invasión!), aparte, como ya mencioné, de los costosos gastos que está generando la arbitraria invasión (casi ¡500,000 millones de dólares gastados desde el inicio de la guerra!, en enero del 2003). Y ello a pesar de que se han incrementado los soldados estadounidenses acantonados en Irak, unos 150,000 permanentemente (los que se renuevan cada dos o tres meses, claro), y se han tratado de emplear tácticas contrainsurgentes por parte de los estadounidenses, entrenando a sus tropas en combate a las guerrillas (ver mi artículo en Internet “Bienvenidos a Arabialandia”, en el que analizo la especie de “parques de guerra” que se han establecido en varios centros militares de EU para simular pueblos iraquíes en donde los mariners “juegan” a combatir a extras quienes se hacen pasar por insurgentes árabes). Ni siquiera Afganistán, invadido desde el 2001, se ha “pacificado”completamente, y todo indica que los derrocados talibanes se están reorganizando (quizá por esos malos resultados, Bush se haya visto obligado a remover a Donald Rumsfeld del Pentágono). Sí, nada de las tácticas empleadas en la “guerra científica” están funcionando para la “pacificación”, ya no digamos de todo Irak, pues ni siquiera sirven para calmar pequeños poblados en los cuales los insurgentes se mezclan con la población local, la que los protege, y constantemente andan atacando a los soldados invasores, provocando frecuentes bajas entre ellos. Lo peor para EU es que los insurgentes ya están sirviéndose de las mismas tácticas guerreras empleadas por el Pentágono, tales como el Internet, computadoras, correo electrónico, laptops, celulares... para combatir a los invasores, tecnologías que los mismos estadounidenses han ido mejorando al incrementar la calidad de las telecomunicaciones en ese país, tan necesarias para su “guerra centralizada” (Además, en esta época en que todo se vuelve un espectáculo, como la guerra, los insurgentes también han sacado provecho de ello. Sí, si las grandes batallas de EU combatiendo a Irak se transmiten, digamos, por YouTube, como si fueran heroicas proezas, en lugar de deleznables, prepotentes actos de dominación, pues de la misma forma, los insurgentes transmiten los ataques que provocan a las fuerzas invasoras, los atentados que realizan, exhiben a los secuestrados, en fin, con eso de alguna manera también se trata de legitimar la insurgencia iraquí frente al mundo).
Ni siquiera ha servido que, con tal de lograr ciertas “alianzas” con los locales, el Pentágono haya debido recurrir a los “colaboracionistas”, mercenarios iraquíes dispuestos a dar información sobre los insurgentes o, incluso, a combatirlos, claro, si se les ofrece buena paga, por lo menos unos $50 dólares al mes (es poco dinero, ya que un obrero gana allá alrededor de 8 dólares diarios, pero como hay tanto desempleo, algunas personas, no muchas, aceptan). Se les conoce a tales mercenarios como “cocodrilos”, debido a que emplean camisas azul claro, color que distingue la rugosa piel de tales lagartos. Incluso, se ha llegado al extremo de excarcelar a delincuentes, tales como Sayeed Jassem, ex alcalde de la población de Tarmiya, quien fue aprehendido por actos de corrupción y por supuestamente ayudar a los insurgentes con dinero (véase, pues, qué tan desesperados están los estadounidenses, de incluso colaborar con delincuentes, como si fuera esto un clásico plot de cinta hollywoodesca de espionaje, en donde se le ofrece a un prisionero su libertad y hasta un buen trabajo, con tal de que “colabore” a encontrar a los “malos de la historia”). Pero eso no garantiza una incondicional lealtad de los “cocodrilos”, pues muchos de ellos son insurgentes que se hacen pasar por colaboracionistas, para así enterarse de los planes de los enemigos.
Pero como hasta ahora todas esas tácticas han resultado inútiles, en adelante se dará paso no a más soldados, ni a más comandos centrales de combate, ni a tantos “cocodrilos”, ni a asociaciones con delincuentes locales, sino nada menos que a científicos sociales, sociólogos, programadores, psicólogos, expertos en cultura local... y así, para formar lo que el Pentágono eufemísticamente ha dado en llamar Human Terrain Teams (Equipos de reconocimiento humano), que pretenderán entender y comprender más a fondo a la invadida sociedad iraquí, inmiscuirse, entrelazarse en los problemas que afectan a los sometidos. Pero de entrada, no parece que fuera a ser efectiva esa nueva estrategia, dado que los iraquíes están invadidos y la insurgencia que día a día se fortalece más y más, es una muy particular forma de esa nación de expresar su desacuerdo (con todos los errores que ello conlleve, como, por ejemplo, los ataques suicidas hechos entre la propia población civil, que nada tiene de culpa, aunque probablemente varios de esos ataques quizá sean dirigidos a colaboracionistas que se encuentren en determinado sitio público y se conviertan en blanco de los atacantes). Para ello, o sea, darle una orientación sociológica a la guerra, se están destinando 41 millones de devaluados dólares con tal de lograr un primer acercamiento a las “necesidades de la población local”.
Uno de tales miembros del ejército que están practicando ya las llamadas operaciones psicológicas (conocidas en la jerga militar como psyops, abreviatura de psychological operations) es el sargento Joe Colabuno, quien, de nuevo, empleando tácticas que más parecerían de cintas de acción, que estrategias reales, trata de disuadir a los iraquíes para que se unan a los estadounidenses en sus “esfuerzos” por pacificar Irak. “Lo que trato de hacer es hallar a las personas correctas para adecuarlas y que luego ellas nos ayuden a adecuar al resto”. Así, Colabuno emplea cuantas tácticas psicológicas puedan auxiliarlo, afirma, para convencer a los iraquíes de que los insurgentes deben de ser contrarrestados e incluso eliminados para que haya “paz” en su nación. Ha puesto, por ejemplo, carteles propagandísticos, similares a los colocados por los insurgentes, en los que denuncia las “atrocidades” que éstos cometen. En uno de ellos expuso el caso de un niño que se había hecho detonar en un atentado suicida con el cinturón de explosivos adherido a su cintura, a lo que alegó: “hay verdaderos criminales en esa deplorable acción y eso es algo que Alá no dice en el Corán y quien lo haga tiene su lugar en el infierno”. Colabuno emplea logotipos muy parecidos a los de los insurgentes con tal de que provoquen el mismo impacto en la población, para que ésta sea atraída y los lea, como ha sucedido con varios de los habitantes de Faluja, que es el poblado en donde está experimentando el “ingenioso” sargento su “sociología de la guerra”. Tan efectivo resultó ese poster, en particular, que incluso varios insurgentes se quejaron de la publicación, según algunos pobladores le informaron a Colabuno, pensando que el libelo era obra de otras facciones guerrilleras. Pero también Colabuno echa mano de una generalizada ignorancia que parece imperar, junto con pobreza, enfermedades y otras calamidades, entre los iraquíes. Por ejemplo, cuando enfrentó a un líder local en el pueblo de Askeri, ayudado por un intérprete, claro (Colabuno no se ha involucrado tanto aún como para haber aprendido ya árabe, a pesar de que lleva cuatro años en Irak. Quizá pese sobre él el síndrome del conquistador, que obliga a los conquistados a hablar el impuesto idioma), sobre la razón por la cual no había muchos voluntarios allí, deseosos de convertirse en “cocodrilos” (o sea, soplones, dicho simple y llanamente), pues se requerían 125 y no llevaban reclutados ni la mitad, el citado líder le objetó que la paga era poca (como dije antes, son 50 dólares al mes lo que reciben los “cocodrilos”), ante lo que, indignado, Colabuno le espetó que: “¿¡Ah, sí!?... ¡pues fíjese que ésa es una muy pobre excusa. He leído el Corán y en ningún lado vi que Mahoma demandara un mejor salario para predicar la palabra de Dios. Nada más dejen que se entere el Sheikh Hamsa de esto, a ver si no se avergüenzan!”. Al referirse al Sheikh Hamsa, Colabuno dio a entender cuan metido está en la vida de los locales al conocer a Hamsa, otro líder local, pero, además, al involucrar cuestiones religiosas, como a Mahoma y el Corán, es decir, hablarles a los iraquíes con sus propios símbolos culturales, y además tan directamente, sin escrúpulos, resulta que aquéllos caen redonditos. En esa misma plática, uno de los árabes trató de objetar la acción de los estadounidenses, reclamando: “Ustedes, americanos, están aquí porque no quieren más que nuestro petróleo”, a lo que el sargento, empleando un irónico tono, respondió, de nueva cuenta muy cinematográficamente, como si hubiera estado en una escena de película en la que actuara como un abogado defensor de un inocente, injustamente inculpado, ante un jurado: “Sí, sí, claro, queremos su petróleo – refiere que dijo, lo que provocó ojos de sorpresa entre los iraquíes – , sí... pero queremos comprarles su petróleo, claro, para que ustedes puedan tener trabajos, para que puedan pagar su luz, su agua, para que a ustedes les vaya mejor y se hagan ricos”. Y así, con ese trillado, barato, común discurso, la gente pareció convencerse y con buenos apretones de manos, se llegó a un compromiso. Al día siguiente, refiere Colabuno, se completaron las solicitudes y hasta sobraron “voluntarios” para hacerse “cocodrilos”. Como puede verse, si el iraquí que objetó lo de que los estadounidenses desean sólo el petróleo, hubiera estado más informado, es decir, hubiera tenido más cultura, leído más periódicos, revistas políticas, libros… muy fácilmente hubiera refutado los pobres argumentos de Colabuno, replicándole que a cinco años de la invasión a Irak, la referida riqueza, los mentados empleos, los celebrados servicios de los que el sargento habló, por ningún sitio se ven y sólo se han beneficiado las empresas constructoras, de seguridad, automotrices, petroleras… y tantas otras pertenecientes a los invasores, como Halliburton, de la que el vicepresidente estadounidense Dick Cheney es accionista. Pero no defendió más su correcta opinión por falta de argumentos y suficientes conocimientos que validaran lo que se aventuró a decir (por lo menos se atrevió a hacerlo). Así que la ignorancia sería otro enemigo de los iraquíes en esta etapa de neocolonialismo. Como aparentemente los operativos psicológicos funcionaron en esa ocasión, más gente local pretendió denunciar a los insurgentes, a través sobre todo de celulares. La respuesta de los guerrilleros fue la voladura de las torres que permiten la comunicación telefónica. La respuesta de Colabuno fueron nuevos carteles en donde criticaba el comportamiento destructivo guerrillero, arguyendo que ya que ellos mismos, los insurgentes, empleaban celulares, pues era como si se hicieran daño a sí mismos. Esto podría ser cierto, pero son las tácticas que se emplean en la guerra, como cuando los soldados de un bando dinamitaban un puente, con tal de que el contrario no pudiera pasar por allí, pero que al final ni ellos mismos, los destructores, podían luego emplear. Quizá es cierto que se bloquean los insurgentes destruyendo las torres de telecomunicaciones, pero probablemente sea mayor el beneficio que el perjuicio que con ello logran (por ejemplo, bloquear por algunos días las comunicaciones enemigas).
Sea como sea, en resumen, el Pentágono está cambiando soldados y mandos castrenses por sociólogos, psicólogos, científicos sociales... o militares como Colabuno y sus cinematográficos argumentos, con tal de “ganarse” a los iraquíes en su intento por apoderarse pacíficamente de su petróleo. Esas tácticas integracionistas dieron resultado en el Japón de la posguerra, sí, pues se trató de un pueblo humillado, destruido, con el que se probó la energía nuclear de manera infame y alevosa. Nada tenían los japoneses, más que destrucción, muerte y cientos de miles de enfermos radiados que no tardaron en morir, y por eso tan dócilmente aceptaron la “ayuda” norteamericana.
Pero el Irak invadido de hoy día no es Japón y aunque también están sus habitantes padeciendo destrucción y muertos, son árabes y los árabes son más firmes en sus bases culturales, más orgullosos y, sobre todo, más belicosos. Además, la invasión ha despertado muchos otros problemas, como los odios raciales que están tomando fuerza especialmente entre sunitas y chiítas (los ataques a mezquitas de uno y otro bando son muestras de ello), además del separatismo promovido por los kurdos, así que es muy probable que eso pueda generar una guerra civil que tampoco contribuirá a la ansiada “pacificación”. Y por ello, la “sociología de la guerra” pareciera ser la nueva esperanza, pero francamente dudo que aquélla logre todos los resultados esperados por el Pentágono.
Por todos los problemas que la invasión estadounidense a Irak ha provocado, los cuales no han generado beneficios reales hasta la fecha, al contrario, más gastos y soldados muertos, ya una buena parte de los congresistas de EU, tanto demócratas, como republicanos, le han pedido a Bush que fije una fecha para la salida de las tropas norteamericanas de Irak. Quizá sólo así logre pacificarse esa nación... o no, quizá, también, cuando eso suceda, los problemas se agraven y sea el fin de Irak como un solo país.
Contacto: studillac@hotmail.com
viernes, 28 de diciembre de 2007
Los aficionados contraterroristas o de cómo se sigue extendiendo la paranoia "antiterrorista".
Los aficionados contraterroristas o de cómo se sigue
extendiendo la paranoia “antiterrorista”.
Por Adán Salgado Andrade
No cabe duda de que el control mediático del gobierno de George Bush y sus halcones, así como de las grandes cadenas noticiosas estadounidenses, siguen ejerciendo una fuerte dominación tanto en la forma de pensar, así como en el comportamiento de buena parte de los individuos en este mundo tan convenientemente globalizado. Por ejemplo, en México, tomando cómo pretexto el “combate al narcotráfico y al crimen organizado”, recientemente se aprobaron infames leyes que, antes que nada son denigrantes para la dignidad humana y los más elementales derechos de los ciudadanos, quienes, entre otras cosas, ya no podrán oponerse a que un simple policía que “sospeche” que allí se realizan actividades ilegales (esto quedó a “criterio”, así que las actividades ilegales pueden ser desde venta de estupefacientes, hasta activismo político), pueda allanar su domicilio sin ninguna orden de cateo (o sea, el requisito legal que antes era indispensable para tal acción y que era emitido por un juez). También es legal ya el espionaje telefónico y las grabaciones ilegales que de éste se obtengan, con las que se podría incriminar sin ningún problema a cualquiera. Es ya constitucional, en el mismo orden de cosas, la caución carcelaria preventiva ¡hasta por dos años! Si alguien es considerado “sospechoso”. Como puede verse, cualquier parecido con la ilegal, absurda y dictatorial “Ley patriótica” de EU, ejercida por el Department of Homeland Security, no es mera coincidencia, ya que México siempre ha sido considerado por aquel país como una zona de contención de las posibles “amenazas terroristas” que pudieran provenir desde allí. Debido a esa ley, todo ciudadano estadounidense puede ser legalmente investigado y allanado en sus actividades diarias, sin que sea eso considerado una violación a sus garantías individuales, todo en aras de la seguridad del país.
Por si fuera poco, se instrumentó un Plan México (eufemísticamente llamado Plan Mérida) que pretende combatir también al narcotráfico durante los próximos tres años, muy parecido al Plan Colombia, en el que EU invertirá sólo $1500 millones de dólares, en tanto que México gastará $7000 millones de dólares, todo orquestado, claro, por el gobierno de Bush (además, esto más pareciera un negocio para EU, pues no se entiende como en un plan conjunto, México, con una economía 14 veces menor, gaste casi cinco veces más dinero, el que además será invertido para la compra de material militar y de todo tipo que ayude a “combatir a la violencia criminal organizada”. Seguramente los proveedores de esos equipos “logísticos” serán empresas estadounidenses). Así que si de acuerdo con el tal plan, se llegara a considerar a los zapatistas o a los movimientos políticos como un “potencial peligro”, pues sencillamente se les reprimirá y someterá, y más va por ahí el asunto que por el combate al crimen organizado. Como dije, así a México se le confirma el ser una zona de contención del “terrorismo” (léase activismo social) que pudiera pernear territorio estadounidense.
Sí, el llamado combate al terrorismo es un excelente pretexto y una descarada manera de imponer supuestas “leyes” que lo único que buscan es un mayor control, más eficiente, sobre los gobiernos y las vidas de los ciudadanos de otros países que se encuentren dentro del área de influencia estadounidense y de los suyos propios, por supuesto (Ver mi artículo en Internet “La amenaza terrorista, el nuevo gran negocio para la industria del miedo”, disponible en el buscador Google bajo ese título).
Así pues, cualquier acción que contribuya a “salvaguardar al orden político y social establecido” será bienvenida, aunque sea más un producto de la referida manipulación propagandística, que un verdadero acto que enaltezca a quien lo esté haciendo. Me referiré aquí a una cuestionable actividad, que llamaré el “contraterrorismo amateur”, desarrollado sobre todo (¡en dónde más!) en Estados Unidos, que consiste en que ciudadanos “comunes y corrientes”, poseedores de una computadora, conexión a Internet y un patológico sentido de “patriotismo”, así como dominados por un paranoico pánico a la amenaza terrorista, se han dado a la ociosa tarea de rastrear terroristas o potenciales terroristas a través de la red. Sí, en efecto, estos cazaterroristas, imbuidos por los lineamientos que la propia “Ley patriótica” ha determinado en cuanto a qué es un terrorista, de dónde proviene y cómo podría actuar, se han obsesionado en “localizar” y, de ser posible, “mandar tras las rejas” a personas que potencialmente puedan representar un peligro para la estabilidad y las paz de la América de George Bush. Así, el terrorismo pareciera representar el máximo peligro al que los estadounidenses se enfrentan. Frente a él, otros problemas le quedan chicos. No es de preocuparse que haya unos 200 millones aproximadamente de armas en poder de los estadounidenses, es decir, por cada tres personas existen dos armas, ni que mueran poco más de 30,000 ciudadanos cada año por disparos producidos por esas armas, muchos de ellos profesores y alumnos, debido a que muchos tiroteos son en centros escolares (Ver mi artículo “La locura por las armas en EU”, en Internet. El documental de Michael Moore “Masacre en Colombine”, muestra muy bien esa situación). Tampoco es grave que 6 de cada 10 estadounidenses no cuenten en absoluto con algún tipo de servicios de salud y que muchos mueran a falta de una operación, debido a que no tenían un seguro médico (como también lo muestra otro reciente documental de Moore, “Sicko”, en el que expone los pésimos servicios médicos con que cuentan sus paisanos pobres). Ni tampoco es problema la grave crisis de los créditos inmobiliarios, lo cual está provocando una nueva debacle económica que está arrastrando consigo a otros sectores productivos y al resto del mundo… no, nada es peor que la amenaza terrorista.
Así, para realizar su “noble labor”, los ociosos cazaterroristas parten del clásico “perfil racial”, que ha puesto como los primeros terroristas del mundo a cuanto árabe o islámico exista en éste (sí, de nueva cuenta, se impone el prejuicio racial de que todo lo blanco, sajón, es bueno y todo lo demás, es malo. Ver mi artículo en Internet “Bienvenidos a Arabialandia, disponible en el buscador Google bajo ese título). El siguiente ejemplo que refiero es uno de esos lamentables casos de fanatismo patriotero.
Shannen Rossmiller es una estadounidense nacida en Montana, de profesión abogada, que, según refiere, se dio a la “noble tarea” de pescar terroristas desde que vio cómo las torres gemelas en septiembre del 2001 se colapsaban (sospechoso caso de terrorismo que un día seguramente la historia demostrará, cuando deje de ser top secret, que se trató de un complot urdido dentro de las esferas mismas del poder político y económico de los EU, y que tan buenos frutos le ha dado, entre otros, la plena justificación para invadir Irak y quedarse con su petróleo, que representa la segunda más grande reserva mundial, el cual le alcanzaría unos 25 años para satisfacer sus necesidades energéticas). “Eso me provocó mucha rabia, ver cómo esos miserables árabes nos dañaron así”, dice, en tono de profundo desprecio. De allí, presa, como dije, de su alto sentido del “deber patriótico”, esta mujer se fanatizó tanto, que decidió emprender una “lucha frontal” contra los terroristas. “¡Me dije que esto no iba a volver a pasar!”, declara, con emocionada voz. Y así, su “valiosísima labor” comenzó. Prejuiciada de que había que comenzar por los árabes, Rossmiller empezó a frecuentar los foros de esos grupos en el Internet, aunque comprendió que para que surtieran efectos sus indagaciones “pues debía de aprender árabe, pensar como árabe, sentir como árabe, conocer su religión, el Corán, acercarme al islamismo y todo cuanto pudiera hacerme pasar como un árabe deseoso de morir por la causa”. Y aunque no se crea, esto que parece más un plot de cintas de espionaje, la abnegada, patriota abogada se puso a estudiar árabe, se metió a leer el Corán, buscó cuanto pudo saber acerca de la sociedad árabe… ¡incluso localizó fotos de supuestos “terroristas árabes” para suplantar sus personalidades y asumirlas, con tal de que al presentarse en los foros árabes de chateo, pasara ella, ya fuera como una potencial terrorista o como alguien que estuviera buscando a “mártires” para posibles atentados suicidas. Llegó al extremo de estudiar, a través de mapas y guías turísticas, lugares y barrios, para hacerse pasar como habitante de esos lugares, en caso de que necesitara, por ejemplo, citarse en algún sitio.
Esta eficientísima cazaterroristas lleva casi seis años haciéndose pasar por árabe y apenas si ha logrado cuatro magros resultados. Pero en el análisis de las personas que supuestamente fueron atrapadas por la policía gracias a sus indagaciones, podrá verse que, en todo caso, muchas fueron más una influencia manipuladora de Rossmiller, que verdaderos terroristas. Incluso, dos de ellos eran, ¡increíble!, compatriotas de esta mujer. Uno de ellos es el militar de nombre Ryan Anderson (aquí cabe recordar que uno de los más graves atentados efectuados en EU, antes de las torres gemelas, fue el perpetrado por Timothy McVeigh, ex mariner condecorado, que en 1996 dinamitó un edificio público, y quien no tuvo reparos en declarar que él lo había hecho y que había sido una venganza contra el gobierno por haber asesinado al señor David Koresh, líder de la secta de los davidianos, en Waco, Texas, en 1994, al cual McVeigh admiraba). Este soldado pertenecía al cuerpo de infantería de la guardia nacional estadounidense, que en el 2003 tomó parte en la invasión estadounidense-inglesa a Irak. El soldado, operador de tanques, estaba tratando de ponerse en contacto con grupos árabes, más que con terroristas, pues estaban por mandarlo a combatir a ese país. Para su desgracia se enlazó con Rossmiller, la que se hizo pasar por Ahu Khadija, un supuesto activista árabe que, le dijo a Anderson, estaba organizando algunos campos de entrenamiento militar en Pakistán. Probablemente Anderson pertenecía a la minoría de estadounidenses con cierta conciencia que en ese entonces estaban en contra de una injustificada invasión al país árabe, pues en alguno de los correos electrónicos que le envió a Rossmiller, le confesó: “¿Podría haber alguna oportunidad de que un hermano que en este momento está en el lado equivocado pudiera unírseles en su lucha… digamos, desertar?”. En un correo posterior, Anderson le escribió: “debido a que estoy por ser mandado a la zona de guerra, voy a tener que disparar contra el enemigo. Pero lo que más siento es dispararle a alguien que me ataque, cuando lo que más desearía es estar de su lado”. Es decir, Anderson deseaba estar del lado de los invadidos. Y estas desafortunadas declaraciones de Anderson bastaron para que la abnegada patriota lo denunciara al FBI, agencia que, ¡increíble!, lo sentenció a cadena perpetua por cargos de intento de espionaje e intento de ayudar al enemigo. Sí, se aplicó aquí el mismo estúpido argumento que se empleó para invadir Irak: el potencial peligro que alguien sospechoso puede representar en el futuro. Muchos de los supuestos argumentos en contra de Anderson fueron inducidos por la funesta influencia del supuesto Khadija, es decir, Rossmiller en su suplantada personalidad. Sí, esto equivale a platicar con, por ejemplo, una mujer golpeada por su esposo, y que tras de una nueva golpiza, con muy conveniente grabadora oculta, le preguntáramos qué haría, si no le gustaría golpear ella también a su marido o, ¿por qué no?, matarlo, y que en vista de su coraje y su dolor, la mujer lo aceptara, matarlo, y que le metiéramos más cizaña para que nos dijera cómo lo mataría, que abundara en detalles, sí, “díganos cómo se desharía de ese desgraciado”. Y ya con su inducida “declaración” fuéramos con un juez para denunciarla, “sí, mire, su señoría, cómo esta mala mujer está planeando asesinar a su amoroso marido”.
Por sí misma la invasión a Irak fue una verdadera infamia, un simple acto de fuerza militar y de barbarie llevado a cabo mediante vulgares mentiras y manipulación de Bush, sus halcones y las corporaciones noticiosas, así que se condenó a Anderson por el simple hecho de cuestionar tal invasión, que para nada era un acto de nobleza o de salvaguarda de los intereses estadounidenses, sino un montaje que, como dije antes, logró para EU el apoderarse del petróleo iraquí gracias al gobierno títere que desde entonces impuso Bush. Así que no me parece un acto heroico lo hecho por Rossmiller, quien, en todo caso, lo hizo poseída de ese patrioterismo hipócrita que ha establecido la perorata de la “Ley patriótica” que señala que es un deber ciudadano denunciar cualquier acción o individuo sospechoso que pudiera atentar contra la seguridad de América. Baste recordar que el famoso Ted Kazinsky, mejor conocido como el Unabomber (este extravagante doctor en física mandó algunas cartas explosivas a científicos que él consideraba “peligrosos”), autor del “Manifiesto a la sociedad postindustrial” (en éste, condenaba Kazinsky a la sociedad capitalista-industrial que está destruyendo día a día al mundo), fue denunciado nada menos que por su propio hermano, quien consideró “patriótico” hacerlo, ya que su país era más importante que su “loco” pariente. Como digo, es la falsa, hipócrita rectitud de gente que presume de ser muy respetuosa de las leyes y el orden establecidos, pero que no dudó en lanzar bombas incendiarias en Vietnam o bombas de fragmentación contra inocentes ciudadanos iraquíes. Pero esto no le interesa a Rossmiller, más ocupada en fabricar terroristas que en cazarlos.
Otro supuesto triunfo de la falsa árabe, es haber denunciado a un aparente traficante de armas que estaba vendiendo viejos cohetes Stinger que los estadounidenses habrían entregado en los ochentas a los guerrilleros afganos mujahideen, quienes en aquel entonces combatían contra los soviéticos, los cuales apoyaban al gabinete marxista que gobernaba el Afganistán de esos años. Seguramente debido al mercado negro mundial de armas que existe en la actualidad, habían caído en las manos del citado traficante esos cohetes. Rossmiller se hizo pasar por Abu Issa, un supuesto activista que le “reveló” al traficante haber participado en el atentado con bombas que había dañado la sede de la ONU en Afganistán en 2003. La mujer le exigió, claro, en su personalidad árabe, que le diera pruebas de que aquél poseía las armas. Y el traficante le mandó unas fotos de él junto a los cohetes, las que Rossmiller mostró luego al FBI, quien los identificó por los números de serie como los ya citados Stinger proporcionados hacía años por el Pentágono. Pero no se sabe qué pasó con el traficante, así que en este caso, no resultó tan efectiva la labor de Rossmiller. Claro, pues muchos de esos traficantes de armas son “tolerados” por EU o Rusia u otros países fabricantes de armamento, ya que son parte esencial del tráfico de armas, tan necesario a la economía de tales países, dado que el negocio militar es una industria mundial que asciende a un billón de dólares ($1,000,000,000,000) por año.
Un caso más de los destapes fue justamente el de otro estadounidense, Michael Reynolds, una especie de Timothy McVeigh, quien estaba planeando, según Rossmiller, muy meticulosamente volar gasoductos en EU. Reynolds pensaba comprar camiones pipa usados para materializar sus objetivos. Más que un terrorista, pareciera que Reynolds es el tipo de psicópatas estadounidenses, cada vez más frecuentes, quienes frustrados sobre todo por cuestiones económicas, entran a una escuela, al metro o a un centro comercial a balacear a cuanta persona esté a su alcance. Y seguramente deseaba que su atentado fuera aún más impresionante que el realizado por Mc Veigh en 1996 (debe de haber leído algo de cómo Mc Veigh realizó su atentado, el que efectuó cargando una camioneta tipo van con cientos de kilogramos de fertilizante y litros de diesel y estallándola a distancia). Rossmiller se hizo pasar por un árabe terrorista financiador de “causas santas”, Abu Musa, que estaba dispuesto a apoyar los planes de Reynolds. Éste, que vivía en Pensilvania, viajó 3200 kilómetros hasta Idaho, sonsacado por Rossmiller, pues allí le dijo que le daría el dinero suficiente, pero en lugar de encontrarse con la falsa árabe, se halló al FBI. Está siendo juzgado en Pensilvania, pendiente de ser sentenciado. De nuevo, no cuesta mucho imaginar que fue la propia Rossmiller quien alimentó los sueños psicópatas de ese hombre, quien probablemente tendría sus planes, pero que se vieron magnificados por la influencia tendenciosa y manipuladora de aquélla.
Por último, otro de sus “logros” fue haber “descubierto” una conspiración de un grupo de novatos terroristas que vivían en algún país árabe, quizá Pakistán, y que anhelaban realizar algún acto terrorista en contra de las tropas invasoras estadounidenses en Irak. De alguna manera, esto podría entenderse no como un “acto terrorista”, sino como una protesta ante una invasión tan infame, humillante y tramposa, como fue la de Irak. Es como si en su momento se hubieran juzgado mal los atentados efectuados por la resistencia francesa contra los nazis, cuando éstos invadieron París. Rossmiller esta vez se hizo pasar por otro terrorista, Abu Musa, supuestamente peligrosísimo. El grupo de neoterroristas de nueva cuenta influenciados por las trampas de Rossmiller, llegaron incluso a pedirle materiales para su atentado, entre los que le mencionaron cerillos, permanganato de potasio y celulares. La mujer, conocedora del lugar en donde operaba el grupo (gracias, como mencioné antes, a que se informa de todo, mediante mapas locales y localización satelital), les dio como referencia una bodega en donde los esperaría con el material pedido. Y en ese lugar se supone que las autoridades locales los arrestaron.
Como puede verse, más que cazar terroristas, pareciera que Rossmiller los creara, porque en los mencionados casos, los avances en los supuestos planes e ideas “terroristas” de los involucrados, fueron alentados y retroalimentados por ella.
Como Rossmiller hay, por desgracia, cientos de cazaterroristas en EU, unos 400, según recientes recuentos. Pero ninguno de ellos, con todo y su meticulosa, patriotera labor, pudo descubrir los (también sospechosos) atentados efectuados en los metros de Madrid, el 11 de marzo de 2004, ni en el de Londres, el 7 de julio del 2005. Tampoco esos sagaces rastreadores del terrorismo mundial, pudieron prevenir los dos atentados que la ex primer ministra de Pakistán, la señora Benazir Bhutto, sufrió en días pasados, el segundo de ellos (el del jueves 27 de diciembre) lamentablemente mortal.
Contacto: studillac@hotmail.com
Derechos reservados, 2007.
extendiendo la paranoia “antiterrorista”.
Por Adán Salgado Andrade
No cabe duda de que el control mediático del gobierno de George Bush y sus halcones, así como de las grandes cadenas noticiosas estadounidenses, siguen ejerciendo una fuerte dominación tanto en la forma de pensar, así como en el comportamiento de buena parte de los individuos en este mundo tan convenientemente globalizado. Por ejemplo, en México, tomando cómo pretexto el “combate al narcotráfico y al crimen organizado”, recientemente se aprobaron infames leyes que, antes que nada son denigrantes para la dignidad humana y los más elementales derechos de los ciudadanos, quienes, entre otras cosas, ya no podrán oponerse a que un simple policía que “sospeche” que allí se realizan actividades ilegales (esto quedó a “criterio”, así que las actividades ilegales pueden ser desde venta de estupefacientes, hasta activismo político), pueda allanar su domicilio sin ninguna orden de cateo (o sea, el requisito legal que antes era indispensable para tal acción y que era emitido por un juez). También es legal ya el espionaje telefónico y las grabaciones ilegales que de éste se obtengan, con las que se podría incriminar sin ningún problema a cualquiera. Es ya constitucional, en el mismo orden de cosas, la caución carcelaria preventiva ¡hasta por dos años! Si alguien es considerado “sospechoso”. Como puede verse, cualquier parecido con la ilegal, absurda y dictatorial “Ley patriótica” de EU, ejercida por el Department of Homeland Security, no es mera coincidencia, ya que México siempre ha sido considerado por aquel país como una zona de contención de las posibles “amenazas terroristas” que pudieran provenir desde allí. Debido a esa ley, todo ciudadano estadounidense puede ser legalmente investigado y allanado en sus actividades diarias, sin que sea eso considerado una violación a sus garantías individuales, todo en aras de la seguridad del país.
Por si fuera poco, se instrumentó un Plan México (eufemísticamente llamado Plan Mérida) que pretende combatir también al narcotráfico durante los próximos tres años, muy parecido al Plan Colombia, en el que EU invertirá sólo $1500 millones de dólares, en tanto que México gastará $7000 millones de dólares, todo orquestado, claro, por el gobierno de Bush (además, esto más pareciera un negocio para EU, pues no se entiende como en un plan conjunto, México, con una economía 14 veces menor, gaste casi cinco veces más dinero, el que además será invertido para la compra de material militar y de todo tipo que ayude a “combatir a la violencia criminal organizada”. Seguramente los proveedores de esos equipos “logísticos” serán empresas estadounidenses). Así que si de acuerdo con el tal plan, se llegara a considerar a los zapatistas o a los movimientos políticos como un “potencial peligro”, pues sencillamente se les reprimirá y someterá, y más va por ahí el asunto que por el combate al crimen organizado. Como dije, así a México se le confirma el ser una zona de contención del “terrorismo” (léase activismo social) que pudiera pernear territorio estadounidense.
Sí, el llamado combate al terrorismo es un excelente pretexto y una descarada manera de imponer supuestas “leyes” que lo único que buscan es un mayor control, más eficiente, sobre los gobiernos y las vidas de los ciudadanos de otros países que se encuentren dentro del área de influencia estadounidense y de los suyos propios, por supuesto (Ver mi artículo en Internet “La amenaza terrorista, el nuevo gran negocio para la industria del miedo”, disponible en el buscador Google bajo ese título).
Así pues, cualquier acción que contribuya a “salvaguardar al orden político y social establecido” será bienvenida, aunque sea más un producto de la referida manipulación propagandística, que un verdadero acto que enaltezca a quien lo esté haciendo. Me referiré aquí a una cuestionable actividad, que llamaré el “contraterrorismo amateur”, desarrollado sobre todo (¡en dónde más!) en Estados Unidos, que consiste en que ciudadanos “comunes y corrientes”, poseedores de una computadora, conexión a Internet y un patológico sentido de “patriotismo”, así como dominados por un paranoico pánico a la amenaza terrorista, se han dado a la ociosa tarea de rastrear terroristas o potenciales terroristas a través de la red. Sí, en efecto, estos cazaterroristas, imbuidos por los lineamientos que la propia “Ley patriótica” ha determinado en cuanto a qué es un terrorista, de dónde proviene y cómo podría actuar, se han obsesionado en “localizar” y, de ser posible, “mandar tras las rejas” a personas que potencialmente puedan representar un peligro para la estabilidad y las paz de la América de George Bush. Así, el terrorismo pareciera representar el máximo peligro al que los estadounidenses se enfrentan. Frente a él, otros problemas le quedan chicos. No es de preocuparse que haya unos 200 millones aproximadamente de armas en poder de los estadounidenses, es decir, por cada tres personas existen dos armas, ni que mueran poco más de 30,000 ciudadanos cada año por disparos producidos por esas armas, muchos de ellos profesores y alumnos, debido a que muchos tiroteos son en centros escolares (Ver mi artículo “La locura por las armas en EU”, en Internet. El documental de Michael Moore “Masacre en Colombine”, muestra muy bien esa situación). Tampoco es grave que 6 de cada 10 estadounidenses no cuenten en absoluto con algún tipo de servicios de salud y que muchos mueran a falta de una operación, debido a que no tenían un seguro médico (como también lo muestra otro reciente documental de Moore, “Sicko”, en el que expone los pésimos servicios médicos con que cuentan sus paisanos pobres). Ni tampoco es problema la grave crisis de los créditos inmobiliarios, lo cual está provocando una nueva debacle económica que está arrastrando consigo a otros sectores productivos y al resto del mundo… no, nada es peor que la amenaza terrorista.
Así, para realizar su “noble labor”, los ociosos cazaterroristas parten del clásico “perfil racial”, que ha puesto como los primeros terroristas del mundo a cuanto árabe o islámico exista en éste (sí, de nueva cuenta, se impone el prejuicio racial de que todo lo blanco, sajón, es bueno y todo lo demás, es malo. Ver mi artículo en Internet “Bienvenidos a Arabialandia, disponible en el buscador Google bajo ese título). El siguiente ejemplo que refiero es uno de esos lamentables casos de fanatismo patriotero.
Shannen Rossmiller es una estadounidense nacida en Montana, de profesión abogada, que, según refiere, se dio a la “noble tarea” de pescar terroristas desde que vio cómo las torres gemelas en septiembre del 2001 se colapsaban (sospechoso caso de terrorismo que un día seguramente la historia demostrará, cuando deje de ser top secret, que se trató de un complot urdido dentro de las esferas mismas del poder político y económico de los EU, y que tan buenos frutos le ha dado, entre otros, la plena justificación para invadir Irak y quedarse con su petróleo, que representa la segunda más grande reserva mundial, el cual le alcanzaría unos 25 años para satisfacer sus necesidades energéticas). “Eso me provocó mucha rabia, ver cómo esos miserables árabes nos dañaron así”, dice, en tono de profundo desprecio. De allí, presa, como dije, de su alto sentido del “deber patriótico”, esta mujer se fanatizó tanto, que decidió emprender una “lucha frontal” contra los terroristas. “¡Me dije que esto no iba a volver a pasar!”, declara, con emocionada voz. Y así, su “valiosísima labor” comenzó. Prejuiciada de que había que comenzar por los árabes, Rossmiller empezó a frecuentar los foros de esos grupos en el Internet, aunque comprendió que para que surtieran efectos sus indagaciones “pues debía de aprender árabe, pensar como árabe, sentir como árabe, conocer su religión, el Corán, acercarme al islamismo y todo cuanto pudiera hacerme pasar como un árabe deseoso de morir por la causa”. Y aunque no se crea, esto que parece más un plot de cintas de espionaje, la abnegada, patriota abogada se puso a estudiar árabe, se metió a leer el Corán, buscó cuanto pudo saber acerca de la sociedad árabe… ¡incluso localizó fotos de supuestos “terroristas árabes” para suplantar sus personalidades y asumirlas, con tal de que al presentarse en los foros árabes de chateo, pasara ella, ya fuera como una potencial terrorista o como alguien que estuviera buscando a “mártires” para posibles atentados suicidas. Llegó al extremo de estudiar, a través de mapas y guías turísticas, lugares y barrios, para hacerse pasar como habitante de esos lugares, en caso de que necesitara, por ejemplo, citarse en algún sitio.
Esta eficientísima cazaterroristas lleva casi seis años haciéndose pasar por árabe y apenas si ha logrado cuatro magros resultados. Pero en el análisis de las personas que supuestamente fueron atrapadas por la policía gracias a sus indagaciones, podrá verse que, en todo caso, muchas fueron más una influencia manipuladora de Rossmiller, que verdaderos terroristas. Incluso, dos de ellos eran, ¡increíble!, compatriotas de esta mujer. Uno de ellos es el militar de nombre Ryan Anderson (aquí cabe recordar que uno de los más graves atentados efectuados en EU, antes de las torres gemelas, fue el perpetrado por Timothy McVeigh, ex mariner condecorado, que en 1996 dinamitó un edificio público, y quien no tuvo reparos en declarar que él lo había hecho y que había sido una venganza contra el gobierno por haber asesinado al señor David Koresh, líder de la secta de los davidianos, en Waco, Texas, en 1994, al cual McVeigh admiraba). Este soldado pertenecía al cuerpo de infantería de la guardia nacional estadounidense, que en el 2003 tomó parte en la invasión estadounidense-inglesa a Irak. El soldado, operador de tanques, estaba tratando de ponerse en contacto con grupos árabes, más que con terroristas, pues estaban por mandarlo a combatir a ese país. Para su desgracia se enlazó con Rossmiller, la que se hizo pasar por Ahu Khadija, un supuesto activista árabe que, le dijo a Anderson, estaba organizando algunos campos de entrenamiento militar en Pakistán. Probablemente Anderson pertenecía a la minoría de estadounidenses con cierta conciencia que en ese entonces estaban en contra de una injustificada invasión al país árabe, pues en alguno de los correos electrónicos que le envió a Rossmiller, le confesó: “¿Podría haber alguna oportunidad de que un hermano que en este momento está en el lado equivocado pudiera unírseles en su lucha… digamos, desertar?”. En un correo posterior, Anderson le escribió: “debido a que estoy por ser mandado a la zona de guerra, voy a tener que disparar contra el enemigo. Pero lo que más siento es dispararle a alguien que me ataque, cuando lo que más desearía es estar de su lado”. Es decir, Anderson deseaba estar del lado de los invadidos. Y estas desafortunadas declaraciones de Anderson bastaron para que la abnegada patriota lo denunciara al FBI, agencia que, ¡increíble!, lo sentenció a cadena perpetua por cargos de intento de espionaje e intento de ayudar al enemigo. Sí, se aplicó aquí el mismo estúpido argumento que se empleó para invadir Irak: el potencial peligro que alguien sospechoso puede representar en el futuro. Muchos de los supuestos argumentos en contra de Anderson fueron inducidos por la funesta influencia del supuesto Khadija, es decir, Rossmiller en su suplantada personalidad. Sí, esto equivale a platicar con, por ejemplo, una mujer golpeada por su esposo, y que tras de una nueva golpiza, con muy conveniente grabadora oculta, le preguntáramos qué haría, si no le gustaría golpear ella también a su marido o, ¿por qué no?, matarlo, y que en vista de su coraje y su dolor, la mujer lo aceptara, matarlo, y que le metiéramos más cizaña para que nos dijera cómo lo mataría, que abundara en detalles, sí, “díganos cómo se desharía de ese desgraciado”. Y ya con su inducida “declaración” fuéramos con un juez para denunciarla, “sí, mire, su señoría, cómo esta mala mujer está planeando asesinar a su amoroso marido”.
Por sí misma la invasión a Irak fue una verdadera infamia, un simple acto de fuerza militar y de barbarie llevado a cabo mediante vulgares mentiras y manipulación de Bush, sus halcones y las corporaciones noticiosas, así que se condenó a Anderson por el simple hecho de cuestionar tal invasión, que para nada era un acto de nobleza o de salvaguarda de los intereses estadounidenses, sino un montaje que, como dije antes, logró para EU el apoderarse del petróleo iraquí gracias al gobierno títere que desde entonces impuso Bush. Así que no me parece un acto heroico lo hecho por Rossmiller, quien, en todo caso, lo hizo poseída de ese patrioterismo hipócrita que ha establecido la perorata de la “Ley patriótica” que señala que es un deber ciudadano denunciar cualquier acción o individuo sospechoso que pudiera atentar contra la seguridad de América. Baste recordar que el famoso Ted Kazinsky, mejor conocido como el Unabomber (este extravagante doctor en física mandó algunas cartas explosivas a científicos que él consideraba “peligrosos”), autor del “Manifiesto a la sociedad postindustrial” (en éste, condenaba Kazinsky a la sociedad capitalista-industrial que está destruyendo día a día al mundo), fue denunciado nada menos que por su propio hermano, quien consideró “patriótico” hacerlo, ya que su país era más importante que su “loco” pariente. Como digo, es la falsa, hipócrita rectitud de gente que presume de ser muy respetuosa de las leyes y el orden establecidos, pero que no dudó en lanzar bombas incendiarias en Vietnam o bombas de fragmentación contra inocentes ciudadanos iraquíes. Pero esto no le interesa a Rossmiller, más ocupada en fabricar terroristas que en cazarlos.
Otro supuesto triunfo de la falsa árabe, es haber denunciado a un aparente traficante de armas que estaba vendiendo viejos cohetes Stinger que los estadounidenses habrían entregado en los ochentas a los guerrilleros afganos mujahideen, quienes en aquel entonces combatían contra los soviéticos, los cuales apoyaban al gabinete marxista que gobernaba el Afganistán de esos años. Seguramente debido al mercado negro mundial de armas que existe en la actualidad, habían caído en las manos del citado traficante esos cohetes. Rossmiller se hizo pasar por Abu Issa, un supuesto activista que le “reveló” al traficante haber participado en el atentado con bombas que había dañado la sede de la ONU en Afganistán en 2003. La mujer le exigió, claro, en su personalidad árabe, que le diera pruebas de que aquél poseía las armas. Y el traficante le mandó unas fotos de él junto a los cohetes, las que Rossmiller mostró luego al FBI, quien los identificó por los números de serie como los ya citados Stinger proporcionados hacía años por el Pentágono. Pero no se sabe qué pasó con el traficante, así que en este caso, no resultó tan efectiva la labor de Rossmiller. Claro, pues muchos de esos traficantes de armas son “tolerados” por EU o Rusia u otros países fabricantes de armamento, ya que son parte esencial del tráfico de armas, tan necesario a la economía de tales países, dado que el negocio militar es una industria mundial que asciende a un billón de dólares ($1,000,000,000,000) por año.
Un caso más de los destapes fue justamente el de otro estadounidense, Michael Reynolds, una especie de Timothy McVeigh, quien estaba planeando, según Rossmiller, muy meticulosamente volar gasoductos en EU. Reynolds pensaba comprar camiones pipa usados para materializar sus objetivos. Más que un terrorista, pareciera que Reynolds es el tipo de psicópatas estadounidenses, cada vez más frecuentes, quienes frustrados sobre todo por cuestiones económicas, entran a una escuela, al metro o a un centro comercial a balacear a cuanta persona esté a su alcance. Y seguramente deseaba que su atentado fuera aún más impresionante que el realizado por Mc Veigh en 1996 (debe de haber leído algo de cómo Mc Veigh realizó su atentado, el que efectuó cargando una camioneta tipo van con cientos de kilogramos de fertilizante y litros de diesel y estallándola a distancia). Rossmiller se hizo pasar por un árabe terrorista financiador de “causas santas”, Abu Musa, que estaba dispuesto a apoyar los planes de Reynolds. Éste, que vivía en Pensilvania, viajó 3200 kilómetros hasta Idaho, sonsacado por Rossmiller, pues allí le dijo que le daría el dinero suficiente, pero en lugar de encontrarse con la falsa árabe, se halló al FBI. Está siendo juzgado en Pensilvania, pendiente de ser sentenciado. De nuevo, no cuesta mucho imaginar que fue la propia Rossmiller quien alimentó los sueños psicópatas de ese hombre, quien probablemente tendría sus planes, pero que se vieron magnificados por la influencia tendenciosa y manipuladora de aquélla.
Por último, otro de sus “logros” fue haber “descubierto” una conspiración de un grupo de novatos terroristas que vivían en algún país árabe, quizá Pakistán, y que anhelaban realizar algún acto terrorista en contra de las tropas invasoras estadounidenses en Irak. De alguna manera, esto podría entenderse no como un “acto terrorista”, sino como una protesta ante una invasión tan infame, humillante y tramposa, como fue la de Irak. Es como si en su momento se hubieran juzgado mal los atentados efectuados por la resistencia francesa contra los nazis, cuando éstos invadieron París. Rossmiller esta vez se hizo pasar por otro terrorista, Abu Musa, supuestamente peligrosísimo. El grupo de neoterroristas de nueva cuenta influenciados por las trampas de Rossmiller, llegaron incluso a pedirle materiales para su atentado, entre los que le mencionaron cerillos, permanganato de potasio y celulares. La mujer, conocedora del lugar en donde operaba el grupo (gracias, como mencioné antes, a que se informa de todo, mediante mapas locales y localización satelital), les dio como referencia una bodega en donde los esperaría con el material pedido. Y en ese lugar se supone que las autoridades locales los arrestaron.
Como puede verse, más que cazar terroristas, pareciera que Rossmiller los creara, porque en los mencionados casos, los avances en los supuestos planes e ideas “terroristas” de los involucrados, fueron alentados y retroalimentados por ella.
Como Rossmiller hay, por desgracia, cientos de cazaterroristas en EU, unos 400, según recientes recuentos. Pero ninguno de ellos, con todo y su meticulosa, patriotera labor, pudo descubrir los (también sospechosos) atentados efectuados en los metros de Madrid, el 11 de marzo de 2004, ni en el de Londres, el 7 de julio del 2005. Tampoco esos sagaces rastreadores del terrorismo mundial, pudieron prevenir los dos atentados que la ex primer ministra de Pakistán, la señora Benazir Bhutto, sufrió en días pasados, el segundo de ellos (el del jueves 27 de diciembre) lamentablemente mortal.
Contacto: studillac@hotmail.com
Derechos reservados, 2007.
lunes, 24 de diciembre de 2007
"Como animales rabiosos se trata a los indocumentados capturados en EU"
COMO ANIMALES RABIOSOS SE TRATA
A LOS ILEGALES CAPTURADOS EN EU
Por Adán Salgado Andrade
“¿Verdad que van a volver?”, refiere Marcos, un adolescente de 17 años, originario de Guadalupe Victoria la Asunción, Puebla, que les dijo el fiscal “acusador” que interviene en los juicios del “Estado contra los ilegales” que, por norma, se les hace en EU a todos los inmigrantes ilegales que son capturados, ya sea en su intento por penetrar las resguardadas fronteras de ese país o al estar trabajando, cuando alguien da el “pitazo” de que allí hay “ilegales chambiando”. Dice que él y los otros “transgresores de la ley” nada más bajaron la cabeza, sin decir nada. Pero, como dicen, el silencio otorga. “Pues yo mejor les aconsejo que no lo hagan, porque entonces sí les va a ir peor”, dice Marcos que agregó aquel, en intimidatorio tono. “A nosotros nos denunciaron unos peruanos”, comenta. Sí, por increíble que parezca, fueron “hermanos” latinoamericanos, en este caso peruanos que supuestamente trabajaban legalmente allí, en Belgrade, condado del estado de Montana, en donde trabajaba Marcos, quienes los denunciaron a él y a otros cuatro mexicanos, entre ellos a un primo y a tres tíos.
La obligada pregunta que le hago es el principal motivo por el cual se van para “el otro lado”. “Pus porque aquí no hay en qué chambiar y allí, sí”, responde, cabizbajo. Efectivamente, en su pueblo pocas cosas hay en qué ocuparse, fuera de la “sembrada y la pizcada” y algún ocasional trabajo de pintura, albañilería o de carpintería, no mucho. Y hasta eso, sembrar, se está terminando, pues al decir de Rómulo, el padre de Marcos, quien también aceptó ser entrevistado, “pos cada vez llueve menos y como las tierras son de temporal, pos a veces ya ni sembrar maicito ni frijolitos podemos”. Sí, las lluvias, debido a los trastornos climáticos que el calentamiento global está provocando, se retrasan cada vez más año con año. “A veces va lloviendo hasta por julio y ya pa’ entonces, pos el maiz no se da ya bien... y aluego llueve reteduro y ya nomás echa a perder lo que se alcanzó a dar en las pocas tierras de riego que hay por aquí”. Y si se arriesgan con otro tipo de cultivos, como flores o legumbres, muchas veces pierden todo, quedan endeudadísimos y hasta las tierras pierden. “Pa’ sembrar una hectárea de clavel se necesitan como sesenta mil pesos... y si no le atinas a la fecha en que se venden, como el 10 de mayo o las salidas de las escuelas o si se te malogra, pos ya te jodistes”, afirma Rómulo, con resignado tono.
Sí, por tantos problemas que padecen los campesinos pobres del campo marginado, del que difícilmente entra en los programas de “apoyo gubernamental” o con míseros “subsidios”, con los que de todas formas, ni costea ya sembrar, como dice Rómulo, es que México se ha convertido en el primer exportador mundial de mano de obra barata hacia los Estados Unidos, constituyendo la actividad de los millones de paisanos que están trabajando allá o que lo hacen año con año, la segunda importante entrada neta de divisas (o sea, dinero que realmente entra, no como el de las exportaciones maquiladoras, que sólo reexportan lo que previamente importaron para ensamblar aquí), la cual monta en lo que va del presente año, poco menos de 20,000 millones de dólares, que con todo y estar en proceso devaluatorio, son tan caros a nuestra dependiente, frágil economía (la primera entrada la sigue constituyendo el petróleo, pero poco a poco tenderá a declinar, por el agotamiento de nuestros mantos petroleros y seguramente será rebasado por las remesas que llegan de EU).
Y por ello es que tantos miles de compatriotas deciden aventurarse a buscar trabajo entre los estadounidenses, a sabiendas de los peligros que, desde antes de llegar a tierras extrañas deben de pasar, tal como refiere Marcos. El joven poblano trabajó como peón de Rómulo, de oficio albañil, en “chambitas” por aquí y por allá, gracias a lo cual pudo reunir algún dinero, parte del cual lo invirtió en el boleto del avión, 3000 pesos, que lo llevó del aeropuerto de la ciudad de México hasta el aeropuerto de Hermosillo, en el estado de Sonora. De allí, un taxi los condujo justamente al pequeño poblado de Altar (¡vaya nombre!, quizá para que se den valor los potenciales ilegales) en donde los esperaban dos polleros. Estos les cobraron la no despreciable suma de ¡$1500 dólares! a cada uno, $16,500 pesos (sobre todo, tomando en cuenta que la gente va allá por una tremenda necesidad y no está para derrochar el poco o mucho dinero que con grandes sufrimientos percibirán allá... ¡si logran llegar!), que debieron pagar una vez que llegaron hasta Belgrade, en Montana, el lugar elegido por Marcos y sus parientes para ir a trabajar allá (normalmente los indocumentados se dirigen a donde tienen parientes o amigos, pues de esa forma, consideran, se les facilitan las cosas una vez que logran llegar, lo que de alguna forma es cierto). De allí, de Altar, se trasladaron, esta vez a pie, a Sasabe, poco habitado sonorense poblado, limítrofe con la frontera entre Sonora y los Estados Unidos y a unos 65 kilómetros de Nogales. Allí pasaron una mala noche en una humilde vivienda, durmiendo en el suelo y comiendo algunos de los alimentos que los polleros indicaron que compraran en Altar, sobre todo comida enlatada, como frijoles, atún, sardinas... y varias botellas de agua. Al siguiente día, sábado, a eso de las nueve de la noche, al cobijo de la oscuridad, comenzó propiamente la travesía por el desierto sonorense (he ahí el por qué les aconsejó el pollero proveerse de mucha agua), pero como tuvieron problemas para cruzar (inusual vigilancia de la Border patrol esa noche), decidieron apostarse en un cerro cercano a la “línea” y allí pasaron una segunda mala noche, peor que la anterior, pues debieron de cuidarse de todo tipo de alimañas y animales ponzoñosos, tales como culebras o escorpiones, y debieron soportar el caluroso día que vino después, soportando las altas temperaturas del desierto, cobijados a la enclenque sombra de arbustos y cactáceas arbóreas. Ya cuando de nuevo la noche lo ocupó todo, reemprendieron la dura marcha, logrando cruzar, por fin, la frontera, caminando entre las dificultades propias que la falta de caminos o de sendas ofrecen a esos desesperados buscadores del decadente american dream. Sí, espinosos matorrales, zarzales, hendiduras, hoyos, piedras, suelo arenoso y resbaloso, riachuelos... además, claro, la constante amenaza de ser atrapados y deportados en cualquier momento si son descubiertos por la “migra”. ¡Encima de eso, deben de mitigar lo mejor posible las ampollas de los pies que les salen, el cansancio y la tremenda sed que luego de una, dos horas caminando, inevitablemente sobrevienen, pues no pueden darse el lujo de detenerse a cada rato, so pena de ser atrapados más fácilmente por los autoritarios policías fronterizos estadounidenses si lo hacen! Y entonces se sacan las botellas, las cantimploras, y se sacia la sequedad del sediento organismo, debilitado por la falta del vital líquido, que en esos momentos resulta mucho más reparador que cualquier alimento sólido, que “pus además ni hambre te da”, dice Marcos. ¿Y si se les acaba el agua, qué hacen?, pregunto. “Ah, pues como allí son puros ranchos, pus llenabas las botellas vacías en unos tambos que hay con agua, pero es en donde beben las vacas, así que pus es agua sucia la que tomas de allí”, responde Marcos, pero aclarando que el y su tío, con quien iba, se previnieron con varias botellas del vital líquido, pero que los otros compañeros del grupo, tuvieron que hacerlo, beber de los tambos, a pesar de que esa agua despedía el característico olor a estiércol que emiten los bebederos de las vacas. En ese grupo iban quince personas, incluidos ellos dos, más el par de “coyotes”. El menor era un adolescente de unos 14 años y el mayor, un hombre de unos cuarenta años. Iba sólo una mujer, hermana del chico de 14 años, a la que, dice Marcos, “pus la íbamos cuidando mucho, pa’ que nadie se pasara de lanza con ella”. También dice que los coyotes se apartaban del grupo durante el día, que era cuando todos descansaban, para que así sólo los atraparan a ellos, a los “coyoteados”, digamos, en caso de ser descubiertos. Supongo que han de considerarse los coyotes muy valiosos como para ser atrapados, pues en caso de que así fuera, nadie, dirán ellos, podría sustituir los “valiosos” servicios que prestan a tanto indocumentado que, como ya dije, por mera necesidad económica, se arriesga a contratarlos y a padecer y sufrir tantos peligros que la aventurada travesía implica.
Una de las recomendaciones que los mencionados coyotes, muy seriamente, les dieron, fue la de que en caso de que apareciera un helicóptero de la Border Patrol en medio de la noche y les aventara sus potentes luces para detectarlos aún en medio de los arbustos, que por ningún motivo voltearan hacia arriba para verlo y además que se agacharan. “Es que nos dijo que así se dan cuenta si es una persona la que va caminando, por los ojos, porque brillan con las luces”. Sí, de esa forma, a la altura a la que vuelan esos aparatos, aún mediante sus potentes reflectores, en medio de los arbustos no es fácil detectar a los indocumentados, a los que pueden tomar por vacas o caballos pastando, como sucedió, por fortuna, con el grupo en el que iba Marcos, los cuales siguieron la estricta recomendación de no mirar hacia arriba, no así con otros “compas”, que fueron detectados y varios fueron atrapados por las camionetas policíacas, a las que se avisó su posición. ¿Cómo se dieron cuenta de que los agarraron? “Ah, pus porque miras cómo se para el helicóptero sobre un lugar y ya luego oyes las sirenas de las patrullas que se van acercando”, responde Marcos, abstraído, quizá recordando esos momentos tan alarmantes. “Yo sí sentí mucho miedo de que nos descubrieran, pero lo bueno que no nos agarraron”, dice Marcos, narrando el momento en que el helicóptero los enfocó con sus potentes reflectores y ellos, bien agachados, siguieron caminando.
Y de todos modos el miedo lo acompañó durante toda la travesía, tanto por el constante temor a ser descubiertos y aprehendidos, como porque las alimañas, los coyotes (los verdaderos, de cuatro patas), las víboras acechan también al apresurado, inexperto caminante... ¡todo eso son peligros latentes que, incluso, pueden resultar mortales! El coyote les platicó que en una ocasión uno de los indocumentados que él llevaba, fue mordido por una “cascabel” y se murió en el camino. “Y pos a’i lo dejamos, ni modos de que nos lo cargáramos”, dice Marcos que les dijo el hombre, muy quitado de la pena. “Pus más miedo nos metió ese cuate”, dice, algo divertido. Y así se la pasaron caminando, durante cuatro noches, a partir de las seis de la tarde, hora en que ya obscurecía, para cuando ellos andaban por allá (noviembre), y hasta las seis de la mañana, escondiéndose durante el día, como dije, entre la maleza, dejados a su suerte por los coyotes, tratando de curarse las sangrantes ampollas de sus pies con saliva, sobándoselos, para mitigar el dolor, comiendo lo que llevaban, bebiendo racionadamente el agua embotellada que cargaban en sus mochilas, para que no se les fuera a terminar, pues no sabían qué tanto durarían todavía por aquellos inhóspitos parajes desérticos.
Por fin, con bastante suerte, pues no fueron atrapados por la “migra”, como el otro grupo que salió casi junto con ellos, llegaron a Tucson, Arizona, una madrugada, luego de esa dura caminata de cuatro noches, habiendo recorrido casi cien kilómetros, exhaustos, pero ya un tanto más animados, pues según ellos, lo “peor”, el peligroso recorrido por el desierto, ya había pasado. Allí, se escondieron entre matorrales cercanos a una carretera, para esperar el “levantón”, como llaman a las camionetas que por las noches, rápida y sigilosamente, “de volada” dice Marcos, recogen a todos los ilegales que logran llegar hasta allí. Son camionetas tipo “pick up”, conducidas por chicanos, quienes ya conocen los sitios específicos en donde deben de recoger su humana carga. Ya de ese sitio, son llevados los nerviosos y asustados ilegales a lo que le llaman la “traila”, que es un remolque (casa rodante o RV’s, Recreational Vehicles, como se les llama en EU), en donde “nos acomodaron todos amontonados, como cupimos”. Aunque el vehículo tiene ventanas, por orden de los polleros, todas deben de permanecer cerradas, a pesar del calor diurno que hace en el lugar y “nadie puede salir de allí, como si estuvieras encerrado te tienen”. Y explica Marcos que ahí se la pasaron varios días, esperando la siguiente etapa de su sufrido vía crucis hacia la prosperidad económica... al menos, esa es la esperanza que los mueve en todo momento. Por toda comodidad, había baño y ya, nada más. Se dormía sobre el piso, haciéndose espacio entre tanto cuerpo deseoso de tomarse un nocturno descanso, a pesar de la incomodidad del piso de recubrimiento plástico, recargando sus cabezas sobre sus mochilas. Y nada hay que se pueda hacer en ese encierro, más que esperar a que alguien los recoja. Y si aún les sobraban latas de comida o agua, pues podían comer o beber, de lo contrario, si contaban con dinero, debían pedirles a los coyotes que les compraran alimentos o bebidas, pero dado que todos van con lo indispensable de dinero, pues algunos forzados ayunos debían auto-imponerse. “Si te da sed o hambre y ya no tienes qué o ya no tienes dinero pus ya te jodistes”, dice Marcos, de nuevo un tanto divertido.
Ya luego de tres días, fueron otros “compas” a la “traila” y ya les preguntaron que para dónde iba cada quien. Marcos y su tío se dirigían, como menciono arriba, hasta Montana. El mismo hombre que a ellos los recogió de entre los arbustos, cerca de la carretera, los llevó hasta allá, sólo a Marcos y a su tío, pues eran los únicos que iban tan lejos. “Pus salimos como a las cinco de la tarde, era martes, me acuerdo, y ya en la madrugada, como a las cinco, que se detiene en una gasolinería, y nomás durmió dos horas, y que le sigue”, señala Marcos. Comieron “burritos” (tortillas de harina con carne) durante todo el camino, que el conductor les compraba, y hacían sus “necesidades” en los baños de las gasolineras en donde se detenían. Luego de 25 largas, pesadas horas a bordo de esa camioneta, debiendo de viajar siempre agachados, no fuera a ser que se encontraran con alguna patrulla, tras haber recorrido casi 1500 kilómetros más, llegaron hasta Belgrade, un poblado semirural de Montana, ubicado a unos 70 kilómetros del parque nacional Yellowstone, cerca de la frontera con Wyoming, en donde dos primos que ya tenían allí un par de años trabajando, pagaron los 1500 dólares acordados, 3000 por ambos, al conductor de la camioneta. Fueron en calidad de préstamo, que ya luego ambos debieron de pagar con sus sueldos, una vez que les dieron trabajo en la misma constructora en donde laboraban sus parientes.
Sí, es de sorprender que, a pesar de tantos peligros y supuesta vigilancia y logística estadounidense, existan esas redes de tráfico de ilegales, aparentemente tan bien organizadas, las cuales, en cierto modo, pues son necesarias, como se puede apreciar del relato de Marcos, porque de no existir, sería aún mucho más difícil para nuestros paisanos penetrar ese no tan impenetrable, hostil territorio estadounidense. Como que se resalta el ingenio del mexicano ante la aparente rígida autoridad de allá, quien logra franquear todas las barreras, a pesar de miles de kilómetros de muros, policías armados hasta los dientes, helicópteros, aviones robots vigilantes, violentos grupos xenófobos (los minute man proyect, por ejemplo)... sí, a eso conduce la necesidad de un empleo que proporcione unos cuantos dólares para sobrevivir y no morirse en su propia patria de hambre aquellos sufridos ilegales.
Sí, y ya fue que Marcos y su tío, Salomé se llama, fueron contratados por el dueño de la constructora, conocido como OJ, un buen tipo, amable, a decir del muchacho, con quien ya habían hablado los primos y que, sin objetar nada, les dio trabajo, a Marcos de labor, como se les llama allá a los ayudantes de construcción, los “chalanes” aquí, y a su primo de mason, albañil. Marcos ganaba la no despreciable cantidad de 16 dólares la hora y Salomé, 20 dólares. Así que en ocho horas, el muchacho percibía 128 dólares diarios y su tío, 160. Con ese regular sueldo, debieron pagarle el préstamo al primo (tardaron un mes en saldar esa deuda), así como los gastos que tuvieron que sufragar, tales como su alimentación, 200 dólares al mes, la renta del lugar en donde vivían, otros 200 dólares, los gastos de luz, agua, los bills que le llaman, otros 200 dólares (son todos gastos compartidos, ya que vivían en un sólo departamento, por eso aparentemente no eran tan elevados), así que de fijo eran alrededor de 600 dólares mensuales, de los aproximadamente 2500 dólares ganados al mes (no siempre trabajaban ocho horas o todos los días), de donde también ahorraban el dinero que mandaban a sus parientes, unos 700 dólares por mes (lo enviaban por Western Union, empresa que hace el gran negocio con las remesas de los mexicanos, pues cobra la nada despreciable suma de 30 dólares por envío, lo que le reporta millones de dólares anuales de ganancia por tantas remesas enviadas a México). Incluso también pagaron de su sueldo la ropa especial para el intenso frío que OJ les compró, y que luego les fue descontando, pues desde noviembre hasta marzo, Montana es azotada por fuertes nevadas, por lo que la ropa común y corriente que llevaban desde aquí, de nada sirve allá. Así, la chamarra especial térmica costó 100 dólares (una de las prendas más importantes que deben emplearse), los pantalones, 50 dólares, zapatos tipo botines, 80 dólares, guantes, 10 dólares. ¿Y los calcetines?, pregunto. “Ah, pus esos sí, nos sirvieron los que llevábamos desde aquí”, contesta Marcos, así que al menos se ahorraron esa compra.
Y en cuanto a las labores que estuvieron desempeñando, pues primero Marcos acarreaba piedras para los cimientos de las residencias de lujo que la empresa estaba construyendo en un desarrollo habitacional cerca del lugar. También ayudaba a hacer la mezcla de cemento y arena para colocarlas y la llevaba al lugar en donde se necesitara. Ya más tarde, el primo le enseñó a manejar los montacargas que se empleaban par levantar los materiales de construcción. “Sí, él me enseñó a manejarlos, el vodka y el forklift, que les dicen allá a esas máquinas”. O sea, el buen Marcos hacía de todo, como puede verse. “Como en un mes ya sabía yo manejar el vodka”. Las casas residenciales que se estaban construyendo se localizaban cerca del parque Yellowstone, como a una hora de Belgrade, en View sky. Una camioneta tipo van (de las del tipo que emplean las empresas de mensajería, cerradas) pasaba todos los días, de lunes a sábado, por ellos a las cinco de la mañana en punto. Entre sus primos, el tío, Marcos y otros mexicanos, eran ocho los trabajadores que aquélla recogía. Y allí había que estar, a pesar del intenso frío y otras inclemencias climáticas. Pero, como dice Marcos, con tal de demostrarle a OJ que eran buenos trabajadores y que no se “rajaban”, allí se presentaban, en el sitio acordado, siempre a la misma hora. “Sí, OJ estaba muy contento con nosotros... nos decía que éramos hard workers”, comenta Marcos, con cierto orgullo. Dice que la gran residencia que estaban haciendo en View sky pertenecía al magnate de la programación, el señor Bill Gates, y que “pus no se midió ese señor en lujos”, declara, suspirando, imaginando en que él nunca se hará de una “casotota “ como esa. “Allí cerca estaba la casa de Arnold Schwarzenegger (sí, el famoso gobernator) y de otras personas muy ricas... es que era un fraccionamiento de lujo”, agrega. Sí, será de lujo, considero, pero bien que se sirven tales magnates de la explotada, ilegal, humillada, aguantadora fuerza de trabajo mexicana. Dice Marcos que eran una especie de grandes cabañas, con esqueleto de madera, que ellos iban forrando de piedra, yeso, pasta... “Había pasteros, yeseros, pintores... de todo porque hay muchas casas que se estaban haciendo allí”, comenta el muchacho de triste mirar, un tanto nostálgico, quizá porque les estaba yendo bien, de alguna manera, laborando entre tantas casas de pudientes, influyentes estadounidenses. “Pus si no me hubieran agarrado, pus yo seguiría chambiando allí”.
La paga la recibían quincenalmente, en forma de cheques que “cashiaban” en el banco del pueblo. Una vez establecidos en el lugar, en donde permanecieron cinco meses, se desenvolvían con cierta naturalidad, pues es común que varias compañías contraten extranjeros, sobre todo latinos, muchos de los cuales cuentan con supuestos permisos que les tramitan los patrones, así que aparentemente los lugareños están acostumbrados a eso. Pero además porque sólo los latinos son quienes aceptan ese tipo de trabajos tan pesados, que muy pocos estadounidenses, blancos sobre todo, accederían realizar. Por eso, dice Marcos, se atrevían a ir al banco o a comprar a las tiendas o, incluso, a fiestas a las que luego eran invitados, una vez rebasados los iniciales temores, sobre todo porque estaban en un estado tan distante de la frontera con México, colindante con el canadiense estado de Alberta, por lo que el peligro de una redada por la “migra”, como se hace en California, por ejemplo, parecía tan distante. “No, pus éramos puros mexicanos los que le trabajábamos al OJ... casi no había gringos”, señala Marcos. “Yo hasta me hice de una amiguita, una gringuita como de 15 años”, señala, riendo de buena gana.
Como dije, cinco meses se estuvieron en Belgrade, cuando se concluyó la construcción de la mansión de Gates. Luego, a OJ le ofrecieron otra obra en la ciudad de Deer Lodge, como a unos 120 kilómetros de Belgrade, también de acabados de residencias. Y para allá se fue, con todo y sus fieles, eficientes trabajadores mexicanos. Por la lejanía, se consideró que era mejor quedarse allí, así que Marcos, su tío y sus primos buscaron un hotel regular y todo pareció ir bien, sin problemas, durante un mes... hasta el día en que OJ, por tanto trabajo que debía terminar, contrató a unos peruanos, quienes supuestamente, sí contaban con permisos para trabajar, emitidos por el gobierno estadounidense. Un día, refiere Marcos, uno de ellos, se metió a un bar local y se emborrachó tanto, que comenzó a hacer el típico escándalo de una persona tomada. Llegaron patrullas, lo arrestaron, le preguntaron en dónde vivía, qué hacía y, con tal de salir bien librado, les dijo que él tenía papeles legales para trabajar allí, pero que si lo perdonaban, les diría en dónde había trabajadores mexicanos ilegales... ¡y así fue como los denunció a todos! Rómulo interviene en la plática para comentar la versión que Salomé, el tío de Marcos, hermano de Rómulo, le contó, que también se especuló que el peruano, celoso de que él, por ser legal, ganaba menos dinero, 14 dólares por hora, que los mexicanos ilegales, los denunció directamente, sin mediar escándalo alguno. ¿Es cierto?, pregunto a Marcos. Éste se encoge de hombros, agregando “pus quién sabe... eso también nos dijeron, que aquél rajó”. ¿Pero si así fuera, por qué ganaba menos, siendo supuestamente legal?, insisto. Y ya dice Marcos que OJ les decía que porque ellos, los ilegales, por su condición de outlaw labors, o sea, de trabajadores fuera de la ley, se exponían a más peligros y que por eso él les pagaba más, para que la mayor paga resultara un efectivo atractivo, a pesar de tantos inconvenientes y peligros de ser atrapados en cualquier momento, como ellos. Sí, es de comprenderse la posición de OJ, pues ya que se va a pasar por tantos problemas, pues que valga a pena. Y si resulta la segunda versión la verdadera, considero, que el peruano simplemente los denunció por envidia, pues es un acto verdaderamente deleznable que indica hasta qué grado de deshumanización, egoísmo y bajeza el ser humano ha llegado, de incluso, hasta en las situaciones más comprometidas, delicadas y peligrosas, es capaz de mostrar su lado más perverso y ruin, como aquel peruano hizo. No me parece justificable su acción, pues no le estaban quitando su trabajo aquellos mexicanos, quienes ya estaban laborando antes que él con el contratista, sino que sólo por ganar menos actuó tan miserablemente. Pero Marcos, con todo, no le guarda rencor, dice, quizá porque aún no está lleno aún de la malicia que se va acumulando en la vida por tanta arbitrariedad e injusticia que pululan por este mundo. Al contrario, peca de una ingenua frescura, gracias a la cual prefiere no pensar en cuál fue la verdad de lo acontecido. “Pus allá él”, dice, sin dolo, ni resentimiento alguno. Luego supieron que el peruano los había denunciado por la noche, indicando, cuarto por cuarto del hotel en que se hallaban, en donde había indocumentados, así que los policías hasta se dieron el lujo de dejarlos una noche más, quizá esperando que todos estuvieran juntos, para allanar las habitaciones hasta la mañana siguiente, como sucedió. Dice Marcos que en el cuarto en donde estaba eran cuatro: él, su tío y dos primos, y que en otra habitación estaban otros cuatro.
. Le pregunto que si los amenazaron con sus pistolas, pero Marcos dice que no, que allí todo fue normal, que no los maltrataron, ni nada, pero que ya después que los sacaron del lugar, les dieron el primer humillante trato que se da a los ilegales, que es el de esposarlos con las manos al frente, como vulgares criminales. En ese momento, narra Marcos, se produjo otro dramático hecho. Uno de sus otros primos, que estaba en las habitaciones contiguas, abrió en el momento en que los policías estaban tocando en una de las puertas de al lado, por lo cual intentó huir, sin conseguirlo, por supuesto, pues no se percató de que había varios sherifes esperando al final del pasillo, quienes lo atraparon, lo tiraron sin consideraciones de ningún tipo al piso, le aplicaron varias zancadillas, para sujetarlo, le doblaron los brazos hacia atrás y le esposaron las manos, luego de lo cual, lo levantaron rudamente, y a empujones lo condujeron hacia la salida del hotel, en donde a todos los esperaban las patrullas. En éstas, los llevaron a la cárcel de Deer Lodge, en donde los tuvieron encerrados tres horas, portándose indiferentes los policías con ellos, o sea, no los maltrataron, pero tampoco les merecieron ningún tipo de especial consideración, a pesar de que Marcos era menor de edad y de que le llamaron a OJ, quien envió a uno de sus ayudantes, para ver qué se podía hacer, pero nada, los “peligrosos” mexicanos ilegales, ya estaban boletinados por el servicio de inmigración, y los trámites para su enjuiciamiento y humillante deportación del país se habían iniciado ya.
De esa cárcel, los llevaron a Helena, distante un par de horas de Deer Lodge, en donde hay una estación de inmigración. Y fue en la cárcel en donde los “delincuentes” como Marcos y los otros, que están allí ilegalmente sólo por necesidad, comenzaron a recibir trato de peligrosos criminales. Por medio de un déspota intérprete, les preguntaron de todo: nombre, edad, procedencia, por dónde habían cruzado, quién los había ayudado, cuánto habían pagado, qué hacían allí, en donde trabajaron, con quién, cuánto ganaban, cuánto tiempo llevaban allí, si conocían a otras personas en su misma situación (en esto, por supuesto que nadie de ellos hubiera rajado, aclara Marcos)... les tomaron fotos de frente, de perfil, de tres cuartos... les tomaron las huellas digitales de los diez dedos... todo eso, narra Marcos, hecho de una manera bastante prepotente, gritándoles en todo momento, exigiendo rapidez en las respuestas, nada de titubeos, menospreciándolos, dando a entender que para ellos, los respetables, legales american citizens de Montana, tener que lidiar con molestos outlaw greasers como ellos, era disgusting, sí, patético, más en ese estado, tan lejano de la frontera mexicana, en donde seguramente es lo que menos pudieran esperar las autoridades locales de todos esos pueblos estadounidenses bicicleteros (me parece adecuada esta acepción, sobre todo porque se trata de pequeñas poblaciones en donde tampoco abundan las ocupaciones, la vida social es limitada y la principal diversión es tomarse unas cervezas en el bar local y watch TV allí) en donde el racismo sigue siendo cosa corriente.
Ya que hubieron averiguado hasta el número de calzoncillos que empleaban, nuevamente los trasladaron a otra cárcel en Three Forks, lugar distante unos 85 kilómetros de Helena, pero apenas a unos 30 kilómetros de Belgrade, en donde estuvo Marcos originalmente. De Three Forks son deportados propiamente los ilegales capturados en ese estado, así que, como puede verse, no estaban muy lejos Marcos y sus parientes y amigos de la cueva del lobo. El arresto fue hecho un lunes, cuenta Marcos, y ese mismo día, por la noche, estaban ya en aquel sitio. Al primo que ya tenía tiempo trabajando allá, el mismo que les prestó el dinero, a él, dos días más tarde, el miércoles, se lo llevaron, junto con otros indocumentados, en vans al estado de Yuta. Marcos y su tío permanecieron en Three Forks una semana entera, padeciendo los malos tratos que desde el principio les dieron, confinados en una pequeña, fría celda, dotada de incómodas literas y sanitario a la vista de todos, comiendo una clásica dieta fast food, sí, ham sandwich and coke, vestidos con el uniforme anaranjado que emplean la mayoría de las prisiones estadounidenses, obligados a bañarse todos los días... y sometidos al constante estrés de no saber qué iban a hacer con ellos y a dónde los iban a llevar después.
Ya al siguiente miércoles, sacaron a Marcos, a su tío y a los que quedaban de su grupo de arrestados, de esa cárcel y los condujeron en camionetas de la migra también hacia Yuta, a un sitio distante unas seis horas de Three Forks. Y allí, el trato que estaban recibiendo de peligrosos criminales se acentuó aún más, pues los encerraron ¡nada menos que en una cárcel de alta seguridad!, algo así como una Almoloya de dicho estado. “¡Nos pusieron con asesinos, con rateros, con narcos... sí, nos juntaron con puros delincuentes de allá, que ni pa’ mirarlos porque ya te la andaban haciendo cansada!”, declara Marcos, en excitado tono, quizá recordando las escenas de terror que un chico de su edad, no maleado, ingenuo aún, debió vivir y el temor de que alguno de esos criminales pudiera hacerles algo, agredirlos, quizá hasta asesinarlos. De nueva cuenta, los uniformaron con la ropa anaranjada reglamentaria, y los confinaron en celdas que compartían con los presos que purgaban allí condenas de varios años. Sí, de donde se concluye que, por un lado, en ese país, a pesar de que los ilegales son un supuesto “grave problema de seguridad nacional”, no se cuenta con instalaciones adecuadas para recluirlos cuando son capturados y puestos en los trámites de deportación. Tanto hombres, como mujeres (Sí, también hay mujeres, aunque las apartan, dice Marcos) ilegales son puestos en reclusión allí, sin importar su edad y condición. Por otro lado, es absolutamente reprobable que, a falta de esas instalaciones adecuadas, se les encierre a los ilegales en cárceles de máxima seguridad, en donde, además de convivir por el tiempo que sea con peligrosos criminales, muchos de ellos asesinos que los matarían sin contemplaciones, quizá sean mal influenciados por aquéllos y los obliguen, incluso, a ser involuntarios partícipes de los ilícitos que aún dentro de la cárcel, varios de tales criminales cometen. En el caso específico de Marcos, se trata de un menor de edad que recibió trato de criminal y de adulto, algo que va en contra de las normas mundiales del respeto a los derechos humanos más elementales de justicia internacional. Sí, comprendo, pues, la especie de excitación que Marcos manifiesta en su voz al recordar tan lamentables, deleznables hechos.
Y no termina allí esta narración que pareciera extraída de los anales de lo surrealista, de lo aunque usted no lo crea, de lo ¡increíble que haya sucedido!, pues Marcos, junto con un primo, debió pasarse ¡una semana más encerrado allí porque supuestamente no había llenado una solicitud de deportación, que los burocráticos trámites de la inmigración estadounidense requerían que hiciera! Su tío Salomé y otro de los primos, como ya habían llenado tal solicitud (algo que Marcos no recuerda que hayan hecho, diciendo que “pus a mí no me dieron nada”), fueron excarcelados al otro día, jueves, y puestos en un avión que los llevó desde Yuta hasta Laredo.
Y sigue contando Marcos cómo vivió una semana en esa cárcel de máxima seguridad: “Nos levantaban a las seis de la mañana para darnos el desayuno, que era comida fea... huevo de harina, que le dicen por allá (es una simulación de huevo estrellado que se hace con harina de trigo y pintura vegetal), y papa molida... y una tasa de agua como amarga, muy fea que sabía (es una especie de té que inhibe en algo las inclinaciones criminales de los presos)... y unos cachitos de pan tostado, pero duros y sin sabor, pero te lo tenías que comer, porque no había de otra. Luego, a las once, otra vez te daban el lonche, que le dicen, lo mismo, papa molida y huevo de harina... y a las cinco de la tarde te daban la última comida. Nos llevaban a unos comedores y nos sentábamos en mesas metálicas, frías, y tenías que ir por tus platos y hacer fila pa’ que te sirvieran eso... yo la verdad estaba muy desesperado, asustado, temeroso de lo que fuera a pasar... y rogándole a Dios que pronto nos sacaran de allí...”
¿Y alguien te hizo daño, te agredió?, pregunto. “Pus no... yo pus procuraba no meterme con nadie, me la pasaba callado o platicando con mi primo cuando nos veíamos... pero sí vi como varios de los presos se peleaban, por cualquier cosa, y nadie los separaba... ¡hasta les daba rete harto gusto que se pusieran a madrearse allí! Una vez un mexicano se madreó con un gringo y le ganó... le puso una madriza que hasta le sacó sangre de la boca al gringo”. Supongo que su corta edad, en su caso, fue la que le ayudó a Marcos, además de su aspecto, el cual conserva todavía cierta inocencia infantil, propia de un muchacho que apenas si va saliendo de la etapa adolescente.
Y si Marcos no estuvo más tiempo allí fue gracias a que declararon el día en que los capturaron, que pedían “repatriación voluntaria” y no “presentación ante el juez”, para que éste revisara su caso, pues el primo que les había prestado el dinero, habiendo él ya experimentado una captura previa dos años antes, les aconsejó que solicitaran eso, pues era menor el tiempo de encierro, ya que de lo contrario, pedir presentación ante el juez, habría requerido de más tiempo encerrados, a veces de hasta un mes tan sólo el de ser llevados a la corte, amén del resto de burocráticos trámites que precisan de muchos más meses encarcelados (puede alegar un ilegal, con justa razón, que sus derechos humanos fueron violados, además de los maltratos a que se le someten, lo cual abriría un caso de él o ella contra el estado, que involucraría un abogado, trámites legales, mucha burocracia... además, por supuesto de los gastos que tal acción implicaría, lo que requeriría dinero, con que el ilegal, en la mayoría de los casos, no cuenta). Por tal hecho, sólo se la pasó una semana en esa cárcel de máxima seguridad Marcos.
Por fin llegó el siguiente miércoles. “Nos despertaron en la noche, como a las doce, y nos sacaron de la celda en donde estábamos... y ya nos regresaron nuestra ropa pa’ que nos quitáramos los uniformes y nos la pusiéramos, y luego nos sacaron al patio en donde juegan básquetbol los presos y nos juntaron con los otros ilegales que también iban a deportar. Nos dieron una cobijita bien delgada y un colchoncito también bien delgado... ¡ni te quitan el frío! (era abril, a esas alturas, pero aún hacía bastante frío)... y así nos tuvimos que dormir, a la intemperie, porque al otro día, que era jueves, ya nos iban a llevar al aeropuerto, pus es el único día que hay vuelo pa’ llevarse a los ilegales pa’ la frontera. Y ya cuando amaneció, pus que nos encadenan a todos de la cintura, de las manos y de los pies, parejo, hombres, mujeres, chamacos... parejo te encadenan de la cintura y te hacen que vayas en fila... ¡yo hasta a un chamaquito vi que tenían encadenado, por Dios!”. Marcos se refiere a la infame costumbre que tienen los estadounidenses de colocar una larga cadena con eslabones que se cierran alrededor de la cintura de los reos, de las manos y de los pies, de tal forma que todas esas partes quedan interligadas y apenas si pueden caminar. Sí, muy excesivo el maltrato y el rigor con que tratan a los pobres indocumentados, como si a esas alturas de su confinamiento aún tuvieran ánimos para escapar. Por eso el título de la presente crónica, pues parecieran animales rabiosos, leones, panteras, los que se encadenan, en lugar de simples, asustados, humillados, cansados humanos...
Y así, encadenados “hasta los dientes”, rudamente, despóticamente tratados, aquellos peligrosísimos criminales son sacados de esa infame prisión y llevados a un autobús, sin mayor protocolo, sin el menor gesto de amabilidad, mostrándose sus fieros, estrictos, celosos de su deber guardianes, en todo momento inconmovibles, inmisericordes, cumpliendo la ejecutoria sentencia de deshacerse de esas humanas molestias que tantos problemas le ocasionan a su acariciado american dream de paz y prosperidad económica y de estricta “aplicación de la justicia”.
Así, encadenado, escoriándose sus tobillos y sus muñecas por el movimiento de las cadenas, viajó Marcos, junto con los otros, un par de horas en el autobús hasta el aeropuerto, en donde, a eso de las diez de la mañana llegó el avión que los repatriaría a la tierra llena de carencias y sufrimientos que los vio nacer. Al llegar la aeronave, continúa Marcos, la narración,. Dice Marcos que es un avión normal, con filas de dos asientos de un lado y de tres, del otro. De un lado sientan a las mujeres y del otro, a los hombres. Le pregunto si tenía algún letrero el avión y me responde que no, que totalmente en blanco, seguramente para que los traslados de ilegales no llamen mucho la atención, sobre todo por la cuestión de la violación a los derechos humanos que, de todos modos, tienen los ilegales. Y dentro del avión, los marshals siguen con su rudeza, su maltrato físico y verbal, empujándolos para que se acomoden lo más rápido posible, amenazándolos con propinarles un golpe si no obedecen... “Nos dijeron que no nos moviéramos y que ni volteáramos a ver a las mujeres porque nos daban en la madre”, continúa Marcos evocando esos humillantes recuerdos, evidenciando que en ningún momento las autoridades estadounidenses se muestran amables con aquellos pobres ilegales, a quienes siguen hostigando hasta el final de ese suplicio que es el ser deportado. Quizá para meterles más miedo y que así reconsideren su intento de volver a cruzar la frontera en busca del american dream actúen con tanta prepotencia. Cuenta Marcos que él fue testigo de la golpiza que le dieron a uno de los ilegales que iban en el avión. “La mera verdad no sé por qué o qué le dijo el ilegal a uno de los marshals, pero cuando volteamos pa’ ver, el marshal ya lo tenía agarrado del cuello y luego lo azotó contra la pared y se puso a darle de golpes en el estómago, fuertes, en serio, se oía cómo le pegaba, y ya luego lo tiró al piso y lo levantó y ya lo sentó otra vez, pero se veía bien enojado ese cuate”. Me pregunto, ¿dónde quedan el respeto a los derechos humanos que tanto alardean en los Estados Unidos, país en donde alguien puede hablar al 911, emergencias, si un gato está sobre un tejado y no puede bajarse, para que sea rescatado por los bomberos? Sí, hipócritamente se conmueven con el maltrato a las mascotas, pero no se conmueven con el maltrato a los ilegales, cuyo único delito es ir allá a ganarse unos cuantos dólares para paliar su enorme necesidad económica. Me recuerda, lo que platica Marcos, las escenas de la cinta “Camino a Guantánamo”, la que narra las desventuras de unos pobres paquistaníes naturalizados en Inglaterra, quienes son tomados por combatientes talibanes y son llevados de manera arbitraria, ilegal y violenta a la infame prisión de Guantánamo, la cual, el mundo entero clama que desaparezca ya debido a tantas violaciones a los derechos humanos que, en aras de la seguridad estadounidense, se cometen allí, incluidas torturas físicas y psicológicas, vejaciones, deformantes encadenamientos, amenazas... en fin, toda una moderna práctica inquisitoria. “¡Eso es pa’que vean que no se pueden pasar de listos con nosotros, cabrones!”, dice Marcos que gritó ese rudo representante de la ley. Cuenta e muchacho que el avión va haciendo escalas y que cuando llegó allí, ya iban algunos indocumentados a bordo. Algunos bajaron ahí antes de que subieran Marcos y el resto del grupo, unos cuarenta ilegales, entre hombres y mujeres. Luego hizo una escala más en Colorado, en donde de nueva cuenta subieron y bajaron ilegales. Eso porque no todos son deportados, sino que como varios son reincidentes, pues ya son juzgados más severamente, incluso sentenciados a varios meses de cárcel. En Laredo, por ejemplo, se acaban de aprobar leyes que multan hasta con 250 dólares a los ilegales que traten de cruzar por primera vez la frontera, además de que durante cinco años no podrán obtener un permiso legal para trabajar allá. Si reinciden, la multa es de 1000 dólares y 20 años de pena para no obtener el permiso legal de trabajo (a los coyotes, les cobrarán hasta tres mil dólares y los sentenciarán hasta por seis años de prisión). Pero por más leyes que hagan o promulguen, nada podrá impedir que los ilegales sigan intentando entrar a los Estados Unidos, pues es mayor su necesidad que su miedo a ser atrapados por la migra y deportados o encarcelados.
En Colorado les dieron de comer, unas bolsas de plástico conteniendo un sandwich y un tetrapack con agua, nada más, “pero el marshal que nos daba la comida, la iba botando, así, como si fuéramos perros, y si la agarraste, bien, y si no, pus también, y si se te cai, pus ya te fregabas porque no podías juntarla y ellos no eran para pasártela, y te quedabas sin comer”, dice Marcos. “Y nada de que le dijeras que se te había caído la comida, porque te iba peor”, agrega, con la misma excitada voz de hace rato.
Por fin llegaron a Laredo, Texas, y allí, con la misma rudeza, los hicieron descender los marshals. De allí, ya se encargaron agentes de migración estadounidenses de ellos, pero, cuenta Marcos, que fueron igualmente rudos y déspotas. “Y ya nos fueron quitando las esposas, pero a mi primo, como no podía subir bien el pie para que se las quitaran, uno de los agentes le dijo en inglés, medio le entendí, le dijo motherfucker... eres un pendejo, sube la pata, cabrón, o te dejo así... y pus que lo deja así, porque mi primo, por la cadena, pus no pudo subir su pie el pobre, porque ya le lastimaba”. Hasta pasado un rato fue que otro guardia pasó y le preguntó a su compañero que por qué no le habían quitado las esposas al primo de Marcos y aquél le “explicó” que porque el mexicano era un tonto que no había podido subir el pie y sólo hasta ese momento el otro guardia lo desesposó. Allí es donde, como último humillante trámite, pasan por la oficina de inmigración local, en donde un fiscal acusador fue el que les dijo: “¿Verdad que van a volver? Pues yo mejor les aconsejo que no lo hagan, porque entonces, sí, les va a ir pior”, con americanizado acento, refiere Marcos, y que todos ellos nada más agacharon sus cabezas. Ya luego les refirió los “graves crímenes” que habían cometido, principalmente haber entrado ilegalmente al país y haber trabajado ilegalmente, y que durante los siguientes cinco años no tendrían derecho a obtener un permiso de trabajo legal estadounidense.
Finalmente, las pocas pertenencias que tenían al momento de la captura, les fueron devueltas. Si tienen muy buena suerte, les regresan el dinero que les hubieran encontrado en ese instante, si no es mucho, claro. “Pus yo llevaba 250 dólares cuando me agarraron y sí me los devolvieron, pero a mi tío Salomé, a él le quitaron 800 dólares y a él no le devolvieron nada, ni un centavo”. Dice que les dan un cheque para “evitar”, les explican, hipócritamente, que les roben el efectivo, el cual, en muchos casos las mismas autoridades les roban, como los 800 dólares que no le devolvieron a Salomé. Y ya, completados todos los trámites de la deportación, son conducidos en grupos por los oficiales estadounidenses a través del puente internacional para depositarlos, felizmente, en territorio mexicano, en donde podríamos suponer que ya todo termina, pero no, aún les queda enfrentar la deleznable corrupción y bajeza de los policías de Ciudad Juárez, quienes sabedores de que muchos indocumentados cargan dinero, se les acercan, alegando mentirosas violaciones al “reglamento” policiaco y prácticamente los asaltan. “Pus como muchos fuimos al banco y cambiamos nuestros cheques, pus que se nos acercan unos policías y nos dijeron que eso no era legal y que teníamos que darles dinero y como uno ni sabe, pus te lo roban”... no basta, pues, para esos corruptos, inmorales “policías” tantas humillaciones, maltratos y vejaciones sufridas por sus compatriotas. No, esos asaltantes uniformados tienen que cobrar su propia cuota de miserable comportamiento hacia ellos, extorsionándolos y maltratándolos aún más.
Ya, luego de ese asalto policiaco, dice Marcos que tomaron un taxi a la terminal de autobuses para comprar los boletos y trasladarse a su pueblo, una vez que ese penoso vía crucis había concluido. Concluye que él, por su parte, ya no se arriesgaría nuevamente a ir allá. “No, al menos de ilegal, pus ya no me voy, en serio, te tratan muy mal cuando te agarran, sufres mucho cuando cruzas, los pies se te allagan, te salen ampollas, te sangran... no, mejor le busco aquí, sí, pus a’i, a ver qué sale”...
Sí, pienso, al menos tiene el consuelo de que algo saldrá aquí para trabajar... ¡pero si por eso se van allá, reflexiono, porque aquí no hay nada qué hacer!... muy mal comienzo de ese regreso sin gloria para Marcos.
Contacto: studillac@hotmail.com
A LOS ILEGALES CAPTURADOS EN EU
Por Adán Salgado Andrade
“¿Verdad que van a volver?”, refiere Marcos, un adolescente de 17 años, originario de Guadalupe Victoria la Asunción, Puebla, que les dijo el fiscal “acusador” que interviene en los juicios del “Estado contra los ilegales” que, por norma, se les hace en EU a todos los inmigrantes ilegales que son capturados, ya sea en su intento por penetrar las resguardadas fronteras de ese país o al estar trabajando, cuando alguien da el “pitazo” de que allí hay “ilegales chambiando”. Dice que él y los otros “transgresores de la ley” nada más bajaron la cabeza, sin decir nada. Pero, como dicen, el silencio otorga. “Pues yo mejor les aconsejo que no lo hagan, porque entonces sí les va a ir peor”, dice Marcos que agregó aquel, en intimidatorio tono. “A nosotros nos denunciaron unos peruanos”, comenta. Sí, por increíble que parezca, fueron “hermanos” latinoamericanos, en este caso peruanos que supuestamente trabajaban legalmente allí, en Belgrade, condado del estado de Montana, en donde trabajaba Marcos, quienes los denunciaron a él y a otros cuatro mexicanos, entre ellos a un primo y a tres tíos.
La obligada pregunta que le hago es el principal motivo por el cual se van para “el otro lado”. “Pus porque aquí no hay en qué chambiar y allí, sí”, responde, cabizbajo. Efectivamente, en su pueblo pocas cosas hay en qué ocuparse, fuera de la “sembrada y la pizcada” y algún ocasional trabajo de pintura, albañilería o de carpintería, no mucho. Y hasta eso, sembrar, se está terminando, pues al decir de Rómulo, el padre de Marcos, quien también aceptó ser entrevistado, “pos cada vez llueve menos y como las tierras son de temporal, pos a veces ya ni sembrar maicito ni frijolitos podemos”. Sí, las lluvias, debido a los trastornos climáticos que el calentamiento global está provocando, se retrasan cada vez más año con año. “A veces va lloviendo hasta por julio y ya pa’ entonces, pos el maiz no se da ya bien... y aluego llueve reteduro y ya nomás echa a perder lo que se alcanzó a dar en las pocas tierras de riego que hay por aquí”. Y si se arriesgan con otro tipo de cultivos, como flores o legumbres, muchas veces pierden todo, quedan endeudadísimos y hasta las tierras pierden. “Pa’ sembrar una hectárea de clavel se necesitan como sesenta mil pesos... y si no le atinas a la fecha en que se venden, como el 10 de mayo o las salidas de las escuelas o si se te malogra, pos ya te jodistes”, afirma Rómulo, con resignado tono.
Sí, por tantos problemas que padecen los campesinos pobres del campo marginado, del que difícilmente entra en los programas de “apoyo gubernamental” o con míseros “subsidios”, con los que de todas formas, ni costea ya sembrar, como dice Rómulo, es que México se ha convertido en el primer exportador mundial de mano de obra barata hacia los Estados Unidos, constituyendo la actividad de los millones de paisanos que están trabajando allá o que lo hacen año con año, la segunda importante entrada neta de divisas (o sea, dinero que realmente entra, no como el de las exportaciones maquiladoras, que sólo reexportan lo que previamente importaron para ensamblar aquí), la cual monta en lo que va del presente año, poco menos de 20,000 millones de dólares, que con todo y estar en proceso devaluatorio, son tan caros a nuestra dependiente, frágil economía (la primera entrada la sigue constituyendo el petróleo, pero poco a poco tenderá a declinar, por el agotamiento de nuestros mantos petroleros y seguramente será rebasado por las remesas que llegan de EU).
Y por ello es que tantos miles de compatriotas deciden aventurarse a buscar trabajo entre los estadounidenses, a sabiendas de los peligros que, desde antes de llegar a tierras extrañas deben de pasar, tal como refiere Marcos. El joven poblano trabajó como peón de Rómulo, de oficio albañil, en “chambitas” por aquí y por allá, gracias a lo cual pudo reunir algún dinero, parte del cual lo invirtió en el boleto del avión, 3000 pesos, que lo llevó del aeropuerto de la ciudad de México hasta el aeropuerto de Hermosillo, en el estado de Sonora. De allí, un taxi los condujo justamente al pequeño poblado de Altar (¡vaya nombre!, quizá para que se den valor los potenciales ilegales) en donde los esperaban dos polleros. Estos les cobraron la no despreciable suma de ¡$1500 dólares! a cada uno, $16,500 pesos (sobre todo, tomando en cuenta que la gente va allá por una tremenda necesidad y no está para derrochar el poco o mucho dinero que con grandes sufrimientos percibirán allá... ¡si logran llegar!), que debieron pagar una vez que llegaron hasta Belgrade, en Montana, el lugar elegido por Marcos y sus parientes para ir a trabajar allá (normalmente los indocumentados se dirigen a donde tienen parientes o amigos, pues de esa forma, consideran, se les facilitan las cosas una vez que logran llegar, lo que de alguna forma es cierto). De allí, de Altar, se trasladaron, esta vez a pie, a Sasabe, poco habitado sonorense poblado, limítrofe con la frontera entre Sonora y los Estados Unidos y a unos 65 kilómetros de Nogales. Allí pasaron una mala noche en una humilde vivienda, durmiendo en el suelo y comiendo algunos de los alimentos que los polleros indicaron que compraran en Altar, sobre todo comida enlatada, como frijoles, atún, sardinas... y varias botellas de agua. Al siguiente día, sábado, a eso de las nueve de la noche, al cobijo de la oscuridad, comenzó propiamente la travesía por el desierto sonorense (he ahí el por qué les aconsejó el pollero proveerse de mucha agua), pero como tuvieron problemas para cruzar (inusual vigilancia de la Border patrol esa noche), decidieron apostarse en un cerro cercano a la “línea” y allí pasaron una segunda mala noche, peor que la anterior, pues debieron de cuidarse de todo tipo de alimañas y animales ponzoñosos, tales como culebras o escorpiones, y debieron soportar el caluroso día que vino después, soportando las altas temperaturas del desierto, cobijados a la enclenque sombra de arbustos y cactáceas arbóreas. Ya cuando de nuevo la noche lo ocupó todo, reemprendieron la dura marcha, logrando cruzar, por fin, la frontera, caminando entre las dificultades propias que la falta de caminos o de sendas ofrecen a esos desesperados buscadores del decadente american dream. Sí, espinosos matorrales, zarzales, hendiduras, hoyos, piedras, suelo arenoso y resbaloso, riachuelos... además, claro, la constante amenaza de ser atrapados y deportados en cualquier momento si son descubiertos por la “migra”. ¡Encima de eso, deben de mitigar lo mejor posible las ampollas de los pies que les salen, el cansancio y la tremenda sed que luego de una, dos horas caminando, inevitablemente sobrevienen, pues no pueden darse el lujo de detenerse a cada rato, so pena de ser atrapados más fácilmente por los autoritarios policías fronterizos estadounidenses si lo hacen! Y entonces se sacan las botellas, las cantimploras, y se sacia la sequedad del sediento organismo, debilitado por la falta del vital líquido, que en esos momentos resulta mucho más reparador que cualquier alimento sólido, que “pus además ni hambre te da”, dice Marcos. ¿Y si se les acaba el agua, qué hacen?, pregunto. “Ah, pues como allí son puros ranchos, pus llenabas las botellas vacías en unos tambos que hay con agua, pero es en donde beben las vacas, así que pus es agua sucia la que tomas de allí”, responde Marcos, pero aclarando que el y su tío, con quien iba, se previnieron con varias botellas del vital líquido, pero que los otros compañeros del grupo, tuvieron que hacerlo, beber de los tambos, a pesar de que esa agua despedía el característico olor a estiércol que emiten los bebederos de las vacas. En ese grupo iban quince personas, incluidos ellos dos, más el par de “coyotes”. El menor era un adolescente de unos 14 años y el mayor, un hombre de unos cuarenta años. Iba sólo una mujer, hermana del chico de 14 años, a la que, dice Marcos, “pus la íbamos cuidando mucho, pa’ que nadie se pasara de lanza con ella”. También dice que los coyotes se apartaban del grupo durante el día, que era cuando todos descansaban, para que así sólo los atraparan a ellos, a los “coyoteados”, digamos, en caso de ser descubiertos. Supongo que han de considerarse los coyotes muy valiosos como para ser atrapados, pues en caso de que así fuera, nadie, dirán ellos, podría sustituir los “valiosos” servicios que prestan a tanto indocumentado que, como ya dije, por mera necesidad económica, se arriesga a contratarlos y a padecer y sufrir tantos peligros que la aventurada travesía implica.
Una de las recomendaciones que los mencionados coyotes, muy seriamente, les dieron, fue la de que en caso de que apareciera un helicóptero de la Border Patrol en medio de la noche y les aventara sus potentes luces para detectarlos aún en medio de los arbustos, que por ningún motivo voltearan hacia arriba para verlo y además que se agacharan. “Es que nos dijo que así se dan cuenta si es una persona la que va caminando, por los ojos, porque brillan con las luces”. Sí, de esa forma, a la altura a la que vuelan esos aparatos, aún mediante sus potentes reflectores, en medio de los arbustos no es fácil detectar a los indocumentados, a los que pueden tomar por vacas o caballos pastando, como sucedió, por fortuna, con el grupo en el que iba Marcos, los cuales siguieron la estricta recomendación de no mirar hacia arriba, no así con otros “compas”, que fueron detectados y varios fueron atrapados por las camionetas policíacas, a las que se avisó su posición. ¿Cómo se dieron cuenta de que los agarraron? “Ah, pus porque miras cómo se para el helicóptero sobre un lugar y ya luego oyes las sirenas de las patrullas que se van acercando”, responde Marcos, abstraído, quizá recordando esos momentos tan alarmantes. “Yo sí sentí mucho miedo de que nos descubrieran, pero lo bueno que no nos agarraron”, dice Marcos, narrando el momento en que el helicóptero los enfocó con sus potentes reflectores y ellos, bien agachados, siguieron caminando.
Y de todos modos el miedo lo acompañó durante toda la travesía, tanto por el constante temor a ser descubiertos y aprehendidos, como porque las alimañas, los coyotes (los verdaderos, de cuatro patas), las víboras acechan también al apresurado, inexperto caminante... ¡todo eso son peligros latentes que, incluso, pueden resultar mortales! El coyote les platicó que en una ocasión uno de los indocumentados que él llevaba, fue mordido por una “cascabel” y se murió en el camino. “Y pos a’i lo dejamos, ni modos de que nos lo cargáramos”, dice Marcos que les dijo el hombre, muy quitado de la pena. “Pus más miedo nos metió ese cuate”, dice, algo divertido. Y así se la pasaron caminando, durante cuatro noches, a partir de las seis de la tarde, hora en que ya obscurecía, para cuando ellos andaban por allá (noviembre), y hasta las seis de la mañana, escondiéndose durante el día, como dije, entre la maleza, dejados a su suerte por los coyotes, tratando de curarse las sangrantes ampollas de sus pies con saliva, sobándoselos, para mitigar el dolor, comiendo lo que llevaban, bebiendo racionadamente el agua embotellada que cargaban en sus mochilas, para que no se les fuera a terminar, pues no sabían qué tanto durarían todavía por aquellos inhóspitos parajes desérticos.
Por fin, con bastante suerte, pues no fueron atrapados por la “migra”, como el otro grupo que salió casi junto con ellos, llegaron a Tucson, Arizona, una madrugada, luego de esa dura caminata de cuatro noches, habiendo recorrido casi cien kilómetros, exhaustos, pero ya un tanto más animados, pues según ellos, lo “peor”, el peligroso recorrido por el desierto, ya había pasado. Allí, se escondieron entre matorrales cercanos a una carretera, para esperar el “levantón”, como llaman a las camionetas que por las noches, rápida y sigilosamente, “de volada” dice Marcos, recogen a todos los ilegales que logran llegar hasta allí. Son camionetas tipo “pick up”, conducidas por chicanos, quienes ya conocen los sitios específicos en donde deben de recoger su humana carga. Ya de ese sitio, son llevados los nerviosos y asustados ilegales a lo que le llaman la “traila”, que es un remolque (casa rodante o RV’s, Recreational Vehicles, como se les llama en EU), en donde “nos acomodaron todos amontonados, como cupimos”. Aunque el vehículo tiene ventanas, por orden de los polleros, todas deben de permanecer cerradas, a pesar del calor diurno que hace en el lugar y “nadie puede salir de allí, como si estuvieras encerrado te tienen”. Y explica Marcos que ahí se la pasaron varios días, esperando la siguiente etapa de su sufrido vía crucis hacia la prosperidad económica... al menos, esa es la esperanza que los mueve en todo momento. Por toda comodidad, había baño y ya, nada más. Se dormía sobre el piso, haciéndose espacio entre tanto cuerpo deseoso de tomarse un nocturno descanso, a pesar de la incomodidad del piso de recubrimiento plástico, recargando sus cabezas sobre sus mochilas. Y nada hay que se pueda hacer en ese encierro, más que esperar a que alguien los recoja. Y si aún les sobraban latas de comida o agua, pues podían comer o beber, de lo contrario, si contaban con dinero, debían pedirles a los coyotes que les compraran alimentos o bebidas, pero dado que todos van con lo indispensable de dinero, pues algunos forzados ayunos debían auto-imponerse. “Si te da sed o hambre y ya no tienes qué o ya no tienes dinero pus ya te jodistes”, dice Marcos, de nuevo un tanto divertido.
Ya luego de tres días, fueron otros “compas” a la “traila” y ya les preguntaron que para dónde iba cada quien. Marcos y su tío se dirigían, como menciono arriba, hasta Montana. El mismo hombre que a ellos los recogió de entre los arbustos, cerca de la carretera, los llevó hasta allá, sólo a Marcos y a su tío, pues eran los únicos que iban tan lejos. “Pus salimos como a las cinco de la tarde, era martes, me acuerdo, y ya en la madrugada, como a las cinco, que se detiene en una gasolinería, y nomás durmió dos horas, y que le sigue”, señala Marcos. Comieron “burritos” (tortillas de harina con carne) durante todo el camino, que el conductor les compraba, y hacían sus “necesidades” en los baños de las gasolineras en donde se detenían. Luego de 25 largas, pesadas horas a bordo de esa camioneta, debiendo de viajar siempre agachados, no fuera a ser que se encontraran con alguna patrulla, tras haber recorrido casi 1500 kilómetros más, llegaron hasta Belgrade, un poblado semirural de Montana, ubicado a unos 70 kilómetros del parque nacional Yellowstone, cerca de la frontera con Wyoming, en donde dos primos que ya tenían allí un par de años trabajando, pagaron los 1500 dólares acordados, 3000 por ambos, al conductor de la camioneta. Fueron en calidad de préstamo, que ya luego ambos debieron de pagar con sus sueldos, una vez que les dieron trabajo en la misma constructora en donde laboraban sus parientes.
Sí, es de sorprender que, a pesar de tantos peligros y supuesta vigilancia y logística estadounidense, existan esas redes de tráfico de ilegales, aparentemente tan bien organizadas, las cuales, en cierto modo, pues son necesarias, como se puede apreciar del relato de Marcos, porque de no existir, sería aún mucho más difícil para nuestros paisanos penetrar ese no tan impenetrable, hostil territorio estadounidense. Como que se resalta el ingenio del mexicano ante la aparente rígida autoridad de allá, quien logra franquear todas las barreras, a pesar de miles de kilómetros de muros, policías armados hasta los dientes, helicópteros, aviones robots vigilantes, violentos grupos xenófobos (los minute man proyect, por ejemplo)... sí, a eso conduce la necesidad de un empleo que proporcione unos cuantos dólares para sobrevivir y no morirse en su propia patria de hambre aquellos sufridos ilegales.
Sí, y ya fue que Marcos y su tío, Salomé se llama, fueron contratados por el dueño de la constructora, conocido como OJ, un buen tipo, amable, a decir del muchacho, con quien ya habían hablado los primos y que, sin objetar nada, les dio trabajo, a Marcos de labor, como se les llama allá a los ayudantes de construcción, los “chalanes” aquí, y a su primo de mason, albañil. Marcos ganaba la no despreciable cantidad de 16 dólares la hora y Salomé, 20 dólares. Así que en ocho horas, el muchacho percibía 128 dólares diarios y su tío, 160. Con ese regular sueldo, debieron pagarle el préstamo al primo (tardaron un mes en saldar esa deuda), así como los gastos que tuvieron que sufragar, tales como su alimentación, 200 dólares al mes, la renta del lugar en donde vivían, otros 200 dólares, los gastos de luz, agua, los bills que le llaman, otros 200 dólares (son todos gastos compartidos, ya que vivían en un sólo departamento, por eso aparentemente no eran tan elevados), así que de fijo eran alrededor de 600 dólares mensuales, de los aproximadamente 2500 dólares ganados al mes (no siempre trabajaban ocho horas o todos los días), de donde también ahorraban el dinero que mandaban a sus parientes, unos 700 dólares por mes (lo enviaban por Western Union, empresa que hace el gran negocio con las remesas de los mexicanos, pues cobra la nada despreciable suma de 30 dólares por envío, lo que le reporta millones de dólares anuales de ganancia por tantas remesas enviadas a México). Incluso también pagaron de su sueldo la ropa especial para el intenso frío que OJ les compró, y que luego les fue descontando, pues desde noviembre hasta marzo, Montana es azotada por fuertes nevadas, por lo que la ropa común y corriente que llevaban desde aquí, de nada sirve allá. Así, la chamarra especial térmica costó 100 dólares (una de las prendas más importantes que deben emplearse), los pantalones, 50 dólares, zapatos tipo botines, 80 dólares, guantes, 10 dólares. ¿Y los calcetines?, pregunto. “Ah, pus esos sí, nos sirvieron los que llevábamos desde aquí”, contesta Marcos, así que al menos se ahorraron esa compra.
Y en cuanto a las labores que estuvieron desempeñando, pues primero Marcos acarreaba piedras para los cimientos de las residencias de lujo que la empresa estaba construyendo en un desarrollo habitacional cerca del lugar. También ayudaba a hacer la mezcla de cemento y arena para colocarlas y la llevaba al lugar en donde se necesitara. Ya más tarde, el primo le enseñó a manejar los montacargas que se empleaban par levantar los materiales de construcción. “Sí, él me enseñó a manejarlos, el vodka y el forklift, que les dicen allá a esas máquinas”. O sea, el buen Marcos hacía de todo, como puede verse. “Como en un mes ya sabía yo manejar el vodka”. Las casas residenciales que se estaban construyendo se localizaban cerca del parque Yellowstone, como a una hora de Belgrade, en View sky. Una camioneta tipo van (de las del tipo que emplean las empresas de mensajería, cerradas) pasaba todos los días, de lunes a sábado, por ellos a las cinco de la mañana en punto. Entre sus primos, el tío, Marcos y otros mexicanos, eran ocho los trabajadores que aquélla recogía. Y allí había que estar, a pesar del intenso frío y otras inclemencias climáticas. Pero, como dice Marcos, con tal de demostrarle a OJ que eran buenos trabajadores y que no se “rajaban”, allí se presentaban, en el sitio acordado, siempre a la misma hora. “Sí, OJ estaba muy contento con nosotros... nos decía que éramos hard workers”, comenta Marcos, con cierto orgullo. Dice que la gran residencia que estaban haciendo en View sky pertenecía al magnate de la programación, el señor Bill Gates, y que “pus no se midió ese señor en lujos”, declara, suspirando, imaginando en que él nunca se hará de una “casotota “ como esa. “Allí cerca estaba la casa de Arnold Schwarzenegger (sí, el famoso gobernator) y de otras personas muy ricas... es que era un fraccionamiento de lujo”, agrega. Sí, será de lujo, considero, pero bien que se sirven tales magnates de la explotada, ilegal, humillada, aguantadora fuerza de trabajo mexicana. Dice Marcos que eran una especie de grandes cabañas, con esqueleto de madera, que ellos iban forrando de piedra, yeso, pasta... “Había pasteros, yeseros, pintores... de todo porque hay muchas casas que se estaban haciendo allí”, comenta el muchacho de triste mirar, un tanto nostálgico, quizá porque les estaba yendo bien, de alguna manera, laborando entre tantas casas de pudientes, influyentes estadounidenses. “Pus si no me hubieran agarrado, pus yo seguiría chambiando allí”.
La paga la recibían quincenalmente, en forma de cheques que “cashiaban” en el banco del pueblo. Una vez establecidos en el lugar, en donde permanecieron cinco meses, se desenvolvían con cierta naturalidad, pues es común que varias compañías contraten extranjeros, sobre todo latinos, muchos de los cuales cuentan con supuestos permisos que les tramitan los patrones, así que aparentemente los lugareños están acostumbrados a eso. Pero además porque sólo los latinos son quienes aceptan ese tipo de trabajos tan pesados, que muy pocos estadounidenses, blancos sobre todo, accederían realizar. Por eso, dice Marcos, se atrevían a ir al banco o a comprar a las tiendas o, incluso, a fiestas a las que luego eran invitados, una vez rebasados los iniciales temores, sobre todo porque estaban en un estado tan distante de la frontera con México, colindante con el canadiense estado de Alberta, por lo que el peligro de una redada por la “migra”, como se hace en California, por ejemplo, parecía tan distante. “No, pus éramos puros mexicanos los que le trabajábamos al OJ... casi no había gringos”, señala Marcos. “Yo hasta me hice de una amiguita, una gringuita como de 15 años”, señala, riendo de buena gana.
Como dije, cinco meses se estuvieron en Belgrade, cuando se concluyó la construcción de la mansión de Gates. Luego, a OJ le ofrecieron otra obra en la ciudad de Deer Lodge, como a unos 120 kilómetros de Belgrade, también de acabados de residencias. Y para allá se fue, con todo y sus fieles, eficientes trabajadores mexicanos. Por la lejanía, se consideró que era mejor quedarse allí, así que Marcos, su tío y sus primos buscaron un hotel regular y todo pareció ir bien, sin problemas, durante un mes... hasta el día en que OJ, por tanto trabajo que debía terminar, contrató a unos peruanos, quienes supuestamente, sí contaban con permisos para trabajar, emitidos por el gobierno estadounidense. Un día, refiere Marcos, uno de ellos, se metió a un bar local y se emborrachó tanto, que comenzó a hacer el típico escándalo de una persona tomada. Llegaron patrullas, lo arrestaron, le preguntaron en dónde vivía, qué hacía y, con tal de salir bien librado, les dijo que él tenía papeles legales para trabajar allí, pero que si lo perdonaban, les diría en dónde había trabajadores mexicanos ilegales... ¡y así fue como los denunció a todos! Rómulo interviene en la plática para comentar la versión que Salomé, el tío de Marcos, hermano de Rómulo, le contó, que también se especuló que el peruano, celoso de que él, por ser legal, ganaba menos dinero, 14 dólares por hora, que los mexicanos ilegales, los denunció directamente, sin mediar escándalo alguno. ¿Es cierto?, pregunto a Marcos. Éste se encoge de hombros, agregando “pus quién sabe... eso también nos dijeron, que aquél rajó”. ¿Pero si así fuera, por qué ganaba menos, siendo supuestamente legal?, insisto. Y ya dice Marcos que OJ les decía que porque ellos, los ilegales, por su condición de outlaw labors, o sea, de trabajadores fuera de la ley, se exponían a más peligros y que por eso él les pagaba más, para que la mayor paga resultara un efectivo atractivo, a pesar de tantos inconvenientes y peligros de ser atrapados en cualquier momento, como ellos. Sí, es de comprenderse la posición de OJ, pues ya que se va a pasar por tantos problemas, pues que valga a pena. Y si resulta la segunda versión la verdadera, considero, que el peruano simplemente los denunció por envidia, pues es un acto verdaderamente deleznable que indica hasta qué grado de deshumanización, egoísmo y bajeza el ser humano ha llegado, de incluso, hasta en las situaciones más comprometidas, delicadas y peligrosas, es capaz de mostrar su lado más perverso y ruin, como aquel peruano hizo. No me parece justificable su acción, pues no le estaban quitando su trabajo aquellos mexicanos, quienes ya estaban laborando antes que él con el contratista, sino que sólo por ganar menos actuó tan miserablemente. Pero Marcos, con todo, no le guarda rencor, dice, quizá porque aún no está lleno aún de la malicia que se va acumulando en la vida por tanta arbitrariedad e injusticia que pululan por este mundo. Al contrario, peca de una ingenua frescura, gracias a la cual prefiere no pensar en cuál fue la verdad de lo acontecido. “Pus allá él”, dice, sin dolo, ni resentimiento alguno. Luego supieron que el peruano los había denunciado por la noche, indicando, cuarto por cuarto del hotel en que se hallaban, en donde había indocumentados, así que los policías hasta se dieron el lujo de dejarlos una noche más, quizá esperando que todos estuvieran juntos, para allanar las habitaciones hasta la mañana siguiente, como sucedió. Dice Marcos que en el cuarto en donde estaba eran cuatro: él, su tío y dos primos, y que en otra habitación estaban otros cuatro.
De esa cárcel, los llevaron a Helena, distante un par de horas de Deer Lodge, en donde hay una estación de inmigración. Y fue en la cárcel en donde los “delincuentes” como Marcos y los otros, que están allí ilegalmente sólo por necesidad, comenzaron a recibir trato de peligrosos criminales. Por medio de un déspota intérprete, les preguntaron de todo: nombre, edad, procedencia, por dónde habían cruzado, quién los había ayudado, cuánto habían pagado, qué hacían allí, en donde trabajaron, con quién, cuánto ganaban, cuánto tiempo llevaban allí, si conocían a otras personas en su misma situación (en esto, por supuesto que nadie de ellos hubiera rajado, aclara Marcos)... les tomaron fotos de frente, de perfil, de tres cuartos... les tomaron las huellas digitales de los diez dedos... todo eso, narra Marcos, hecho de una manera bastante prepotente, gritándoles en todo momento, exigiendo rapidez en las respuestas, nada de titubeos, menospreciándolos, dando a entender que para ellos, los respetables, legales american citizens de Montana, tener que lidiar con molestos outlaw greasers como ellos, era disgusting, sí, patético, más en ese estado, tan lejano de la frontera mexicana, en donde seguramente es lo que menos pudieran esperar las autoridades locales de todos esos pueblos estadounidenses bicicleteros (me parece adecuada esta acepción, sobre todo porque se trata de pequeñas poblaciones en donde tampoco abundan las ocupaciones, la vida social es limitada y la principal diversión es tomarse unas cervezas en el bar local y watch TV allí) en donde el racismo sigue siendo cosa corriente.
Ya que hubieron averiguado hasta el número de calzoncillos que empleaban, nuevamente los trasladaron a otra cárcel en Three Forks, lugar distante unos 85 kilómetros de Helena, pero apenas a unos 30 kilómetros de Belgrade, en donde estuvo Marcos originalmente. De Three Forks son deportados propiamente los ilegales capturados en ese estado, así que, como puede verse, no estaban muy lejos Marcos y sus parientes y amigos de la cueva del lobo. El arresto fue hecho un lunes, cuenta Marcos, y ese mismo día, por la noche, estaban ya en aquel sitio. Al primo que ya tenía tiempo trabajando allá, el mismo que les prestó el dinero, a él, dos días más tarde, el miércoles, se lo llevaron, junto con otros indocumentados, en vans al estado de Yuta. Marcos y su tío permanecieron en Three Forks una semana entera, padeciendo los malos tratos que desde el principio les dieron, confinados en una pequeña, fría celda, dotada de incómodas literas y sanitario a la vista de todos, comiendo una clásica dieta fast food, sí, ham sandwich and coke, vestidos con el uniforme anaranjado que emplean la mayoría de las prisiones estadounidenses, obligados a bañarse todos los días... y sometidos al constante estrés de no saber qué iban a hacer con ellos y a dónde los iban a llevar después.
Ya al siguiente miércoles, sacaron a Marcos, a su tío y a los que quedaban de su grupo de arrestados, de esa cárcel y los condujeron en camionetas de la migra también hacia Yuta, a un sitio distante unas seis horas de Three Forks. Y allí, el trato que estaban recibiendo de peligrosos criminales se acentuó aún más, pues los encerraron ¡nada menos que en una cárcel de alta seguridad!, algo así como una Almoloya de dicho estado. “¡Nos pusieron con asesinos, con rateros, con narcos... sí, nos juntaron con puros delincuentes de allá, que ni pa’ mirarlos porque ya te la andaban haciendo cansada!”, declara Marcos, en excitado tono, quizá recordando las escenas de terror que un chico de su edad, no maleado, ingenuo aún, debió vivir y el temor de que alguno de esos criminales pudiera hacerles algo, agredirlos, quizá hasta asesinarlos. De nueva cuenta, los uniformaron con la ropa anaranjada reglamentaria, y los confinaron en celdas que compartían con los presos que purgaban allí condenas de varios años. Sí, de donde se concluye que, por un lado, en ese país, a pesar de que los ilegales son un supuesto “grave problema de seguridad nacional”, no se cuenta con instalaciones adecuadas para recluirlos cuando son capturados y puestos en los trámites de deportación. Tanto hombres, como mujeres (Sí, también hay mujeres, aunque las apartan, dice Marcos) ilegales son puestos en reclusión allí, sin importar su edad y condición. Por otro lado, es absolutamente reprobable que, a falta de esas instalaciones adecuadas, se les encierre a los ilegales en cárceles de máxima seguridad, en donde, además de convivir por el tiempo que sea con peligrosos criminales, muchos de ellos asesinos que los matarían sin contemplaciones, quizá sean mal influenciados por aquéllos y los obliguen, incluso, a ser involuntarios partícipes de los ilícitos que aún dentro de la cárcel, varios de tales criminales cometen. En el caso específico de Marcos, se trata de un menor de edad que recibió trato de criminal y de adulto, algo que va en contra de las normas mundiales del respeto a los derechos humanos más elementales de justicia internacional. Sí, comprendo, pues, la especie de excitación que Marcos manifiesta en su voz al recordar tan lamentables, deleznables hechos.
Y no termina allí esta narración que pareciera extraída de los anales de lo surrealista, de lo aunque usted no lo crea, de lo ¡increíble que haya sucedido!, pues Marcos, junto con un primo, debió pasarse ¡una semana más encerrado allí porque supuestamente no había llenado una solicitud de deportación, que los burocráticos trámites de la inmigración estadounidense requerían que hiciera! Su tío Salomé y otro de los primos, como ya habían llenado tal solicitud (algo que Marcos no recuerda que hayan hecho, diciendo que “pus a mí no me dieron nada”), fueron excarcelados al otro día, jueves, y puestos en un avión que los llevó desde Yuta hasta Laredo.
Y sigue contando Marcos cómo vivió una semana en esa cárcel de máxima seguridad: “Nos levantaban a las seis de la mañana para darnos el desayuno, que era comida fea... huevo de harina, que le dicen por allá (es una simulación de huevo estrellado que se hace con harina de trigo y pintura vegetal), y papa molida... y una tasa de agua como amarga, muy fea que sabía (es una especie de té que inhibe en algo las inclinaciones criminales de los presos)... y unos cachitos de pan tostado, pero duros y sin sabor, pero te lo tenías que comer, porque no había de otra. Luego, a las once, otra vez te daban el lonche, que le dicen, lo mismo, papa molida y huevo de harina... y a las cinco de la tarde te daban la última comida. Nos llevaban a unos comedores y nos sentábamos en mesas metálicas, frías, y tenías que ir por tus platos y hacer fila pa’ que te sirvieran eso... yo la verdad estaba muy desesperado, asustado, temeroso de lo que fuera a pasar... y rogándole a Dios que pronto nos sacaran de allí...”
¿Y alguien te hizo daño, te agredió?, pregunto. “Pus no... yo pus procuraba no meterme con nadie, me la pasaba callado o platicando con mi primo cuando nos veíamos... pero sí vi como varios de los presos se peleaban, por cualquier cosa, y nadie los separaba... ¡hasta les daba rete harto gusto que se pusieran a madrearse allí! Una vez un mexicano se madreó con un gringo y le ganó... le puso una madriza que hasta le sacó sangre de la boca al gringo”. Supongo que su corta edad, en su caso, fue la que le ayudó a Marcos, además de su aspecto, el cual conserva todavía cierta inocencia infantil, propia de un muchacho que apenas si va saliendo de la etapa adolescente.
Y si Marcos no estuvo más tiempo allí fue gracias a que declararon el día en que los capturaron, que pedían “repatriación voluntaria” y no “presentación ante el juez”, para que éste revisara su caso, pues el primo que les había prestado el dinero, habiendo él ya experimentado una captura previa dos años antes, les aconsejó que solicitaran eso, pues era menor el tiempo de encierro, ya que de lo contrario, pedir presentación ante el juez, habría requerido de más tiempo encerrados, a veces de hasta un mes tan sólo el de ser llevados a la corte, amén del resto de burocráticos trámites que precisan de muchos más meses encarcelados (puede alegar un ilegal, con justa razón, que sus derechos humanos fueron violados, además de los maltratos a que se le someten, lo cual abriría un caso de él o ella contra el estado, que involucraría un abogado, trámites legales, mucha burocracia... además, por supuesto de los gastos que tal acción implicaría, lo que requeriría dinero, con que el ilegal, en la mayoría de los casos, no cuenta). Por tal hecho, sólo se la pasó una semana en esa cárcel de máxima seguridad Marcos.
Por fin llegó el siguiente miércoles. “Nos despertaron en la noche, como a las doce, y nos sacaron de la celda en donde estábamos... y ya nos regresaron nuestra ropa pa’ que nos quitáramos los uniformes y nos la pusiéramos, y luego nos sacaron al patio en donde juegan básquetbol los presos y nos juntaron con los otros ilegales que también iban a deportar. Nos dieron una cobijita bien delgada y un colchoncito también bien delgado... ¡ni te quitan el frío! (era abril, a esas alturas, pero aún hacía bastante frío)... y así nos tuvimos que dormir, a la intemperie, porque al otro día, que era jueves, ya nos iban a llevar al aeropuerto, pus es el único día que hay vuelo pa’ llevarse a los ilegales pa’ la frontera. Y ya cuando amaneció, pus que nos encadenan a todos de la cintura, de las manos y de los pies, parejo, hombres, mujeres, chamacos... parejo te encadenan de la cintura y te hacen que vayas en fila... ¡yo hasta a un chamaquito vi que tenían encadenado, por Dios!”. Marcos se refiere a la infame costumbre que tienen los estadounidenses de colocar una larga cadena con eslabones que se cierran alrededor de la cintura de los reos, de las manos y de los pies, de tal forma que todas esas partes quedan interligadas y apenas si pueden caminar. Sí, muy excesivo el maltrato y el rigor con que tratan a los pobres indocumentados, como si a esas alturas de su confinamiento aún tuvieran ánimos para escapar. Por eso el título de la presente crónica, pues parecieran animales rabiosos, leones, panteras, los que se encadenan, en lugar de simples, asustados, humillados, cansados humanos...
Y así, encadenados “hasta los dientes”, rudamente, despóticamente tratados, aquellos peligrosísimos criminales son sacados de esa infame prisión y llevados a un autobús, sin mayor protocolo, sin el menor gesto de amabilidad, mostrándose sus fieros, estrictos, celosos de su deber guardianes, en todo momento inconmovibles, inmisericordes, cumpliendo la ejecutoria sentencia de deshacerse de esas humanas molestias que tantos problemas le ocasionan a su acariciado american dream de paz y prosperidad económica y de estricta “aplicación de la justicia”.
Así, encadenado, escoriándose sus tobillos y sus muñecas por el movimiento de las cadenas, viajó Marcos, junto con los otros, un par de horas en el autobús hasta el aeropuerto, en donde, a eso de las diez de la mañana llegó el avión que los repatriaría a la tierra llena de carencias y sufrimientos que los vio nacer. Al llegar la aeronave, continúa Marcos, la narración,
En Colorado les dieron de comer, unas bolsas de plástico conteniendo un sandwich y un tetrapack con agua, nada más, “pero el marshal que nos daba la comida, la iba botando, así, como si fuéramos perros, y si la agarraste, bien, y si no, pus también, y si se te cai, pus ya te fregabas porque no podías juntarla y ellos no eran para pasártela, y te quedabas sin comer”, dice Marcos. “Y nada de que le dijeras que se te había caído la comida, porque te iba peor”, agrega, con la misma excitada voz de hace rato.
Por fin llegaron a Laredo, Texas, y allí, con la misma rudeza, los hicieron descender los marshals. De allí, ya se encargaron agentes de migración estadounidenses de ellos, pero, cuenta Marcos, que fueron igualmente rudos y déspotas. “Y ya nos fueron quitando las esposas, pero a mi primo, como no podía subir bien el pie para que se las quitaran, uno de los agentes le dijo en inglés, medio le entendí, le dijo motherfucker... eres un pendejo, sube la pata, cabrón, o te dejo así... y pus que lo deja así, porque mi primo, por la cadena, pus no pudo subir su pie el pobre, porque ya le lastimaba”. Hasta pasado un rato fue que otro guardia pasó y le preguntó a su compañero que por qué no le habían quitado las esposas al primo de Marcos y aquél le “explicó” que porque el mexicano era un tonto que no había podido subir el pie y sólo hasta ese momento el otro guardia lo desesposó. Allí es donde, como último humillante trámite, pasan por la oficina de inmigración local, en donde un fiscal acusador fue el que les dijo: “¿Verdad que van a volver? Pues yo mejor les aconsejo que no lo hagan, porque entonces, sí, les va a ir pior”, con americanizado acento, refiere Marcos, y que todos ellos nada más agacharon sus cabezas. Ya luego les refirió los “graves crímenes” que habían cometido, principalmente haber entrado ilegalmente al país y haber trabajado ilegalmente, y que durante los siguientes cinco años no tendrían derecho a obtener un permiso de trabajo legal estadounidense.
Finalmente, las pocas pertenencias que tenían al momento de la captura, les fueron devueltas. Si tienen muy buena suerte, les regresan el dinero que les hubieran encontrado en ese instante, si no es mucho, claro. “Pus yo llevaba 250 dólares cuando me agarraron y sí me los devolvieron, pero a mi tío Salomé, a él le quitaron 800 dólares y a él no le devolvieron nada, ni un centavo”. Dice que les dan un cheque para “evitar”, les explican, hipócritamente, que les roben el efectivo, el cual, en muchos casos las mismas autoridades les roban, como los 800 dólares que no le devolvieron a Salomé. Y ya, completados todos los trámites de la deportación, son conducidos en grupos por los oficiales estadounidenses a través del puente internacional para depositarlos, felizmente, en territorio mexicano, en donde podríamos suponer que ya todo termina, pero no, aún les queda enfrentar la deleznable corrupción y bajeza de los policías de Ciudad Juárez, quienes sabedores de que muchos indocumentados cargan dinero, se les acercan, alegando mentirosas violaciones al “reglamento” policiaco y prácticamente los asaltan. “Pus como muchos fuimos al banco y cambiamos nuestros cheques, pus que se nos acercan unos policías y nos dijeron que eso no era legal y que teníamos que darles dinero y como uno ni sabe, pus te lo roban”... no basta, pues, para esos corruptos, inmorales “policías” tantas humillaciones, maltratos y vejaciones sufridas por sus compatriotas. No, esos asaltantes uniformados tienen que cobrar su propia cuota de miserable comportamiento hacia ellos, extorsionándolos y maltratándolos aún más.
Ya, luego de ese asalto policiaco, dice Marcos que tomaron un taxi a la terminal de autobuses para comprar los boletos y trasladarse a su pueblo, una vez que ese penoso vía crucis había concluido. Concluye que él, por su parte, ya no se arriesgaría nuevamente a ir allá. “No, al menos de ilegal, pus ya no me voy, en serio, te tratan muy mal cuando te agarran, sufres mucho cuando cruzas, los pies se te allagan, te salen ampollas, te sangran... no, mejor le busco aquí, sí, pus a’i, a ver qué sale”...
Sí, pienso, al menos tiene el consuelo de que algo saldrá aquí para trabajar... ¡pero si por eso se van allá, reflexiono, porque aquí no hay nada qué hacer!... muy mal comienzo de ese regreso sin gloria para Marcos.
Contacto: studillac@hotmail.com
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