domingo, 1 de agosto de 2010

La muy lucrativa, adictiva, engordante y poco nutritiva comida procesada

La muy lucrativa, adictiva, engordante y poco nutritiva comida procesada

Por Adán Salgado Andrade

A pesar de que vivimos en un mundo tan controlado mediáticamente, en el cual la verdadera y objetiva información fluye a cuentagotas, hay trabajos de productores independientes que tratan de mostrarnos los hechos tal cual, claro, con sus limitaciones, pues es muy difícil acceder a secretos tan celosamente guardados por las grandes corporaciones y los gobiernos, sus dóciles cómplices. En este caso, la industria de los alimentos, tanto los procesados, como los, digamos, “naturales”, está tan controlada, que sólo un puñado de gigantescas compañías controlan a nivel mundial la producción y distribución de lo que nos comemos, las cuales esconden celosamente muchos hechos que mostrarían cuan dañinos son a la salud la mayoría de los productos que prácticamente “fabrican”, como si fueran televisiones o cámaras. Contraviniendo esa tendencia mediática, presencié hace poco un notable trabajo que muestra las terribles verdades que, como dije, nos oculta justo la “industria de la alimentación”. Me refiero a la cinta “Comida S A” (Food Inc. título en inglés), controvertido documental del realizador Robert Kenner, que ha sido muy polémica, tanto por lo que en ella muestra, como porque ha sido blanco de fuertes críticas, sobre todo por parte de las corporaciones agroalimentarias que allí se exponen y critican. Ya había un antecedente que también criticaba el tipo de dieta a que dichas corporaciones nos han tratado de acostumbrar, con mucho éxito, por desgracia. Se trata de “Superengórdame” (Super size me!, título en inglés), documental en el que su realizador, Morgan Spurlock, se somete a una infame dieta durante seis meses de fast food (hamburguesas, hot dogs, pollo frito, papas fritas, refrescos) elaboradas por corporaciones tales como McDonald’s, KFC, Burger King… que casi le provoca un infarto por el altísimo nivel de colesterol que contenía su sangre y de otras tóxicas sustancias que tanta descontrolada ingesta de grasas saturadas y carbohidratos, principales componentes de la “comida rápida”, había saturado su organismo. Spurlock muestra muy convincentemente cómo las grandes corporaciones manipulan la información de las etiquetas del contenido nutrimental para mostrar que sus productos son “muy saludables”, cuando la realidad es que la así llamada dieta occidental está aumentando dramáticamente los porcentajes de personas obesas, de desnutrición, de problemas cardiovasculares, de ataques al corazón y, muy especialmente, de diabetes, ya que en Estados Unidos, las personas nacidas a partir del 2002, una de cada tres, contraerá algún tipo de diabetes en alguna etapa de su vida, en tanto que entre las llamadas “minorías raciales” estadounidenses, la tendencia será de dos por cada tres.

Esas cifras dan idea de los dramáticos problemas de salud que se enfrentarán no sólo allí, sino en todo el mundo, de seguir consintiendo los dóciles gobiernos el que las corporaciones agroindustriales y alimenticias sigan haciendo de las suyas (en México, a pesar de que recientemente se cuestionó la venta de productos chatarra en las escuelas, causantes de gordura y diabetes entre los niños, como refrescos y golosinas endulzadas con alto contenido de fructuosa de maíz, sustancia que en altos niveles ocasiona, además, huesos quebradizos, frituras de maíz o de trigo, pastelillos super endulzados… al final las empresas que los distribuyen, tales como Coca-Cola, Bimbo, Pepsi-Cola, General Foods… ganaron la batalla legal, alegando que no es lo mismo el contenido calorífico de lo que se vende que la masa calórica… o sea, que eso es porque los niños comen más de una bolsa de, digamos, papas fritas, y que por eso engordaban y tenían problemas de salud. O sea, emplearon el estúpido argumento de que “poco veneno no mata”).

Y si de alguna manera el documental de Spurlock da una mediana idea del poder de las corporaciones y de las condiciones físicas por las cuales son preparados los alimentos que se comercializan casi por todos lados, el trabajo de Kenner es más específico justamente en la forma en que la producción agroalimentaria se ha convertido prácticamente en una industria en serie, en la cual sistemas fordistas de producción se emplean para “fabricar” millones de toneladas diariamente de productos cárnicos, cereales y vegetales y que muchos no cumplen con los estándares sanitarios requeridos debido, justamente, a la velocidad con que deben de ser obtenidos y puestos en el mercado… sobre todo en los anaqueles de tiendas de autoservicio, como Wal-Mart, muy aparentemente limpios y saludables, sin que el consumidor realmente sepa lo que muchas veces hay detrás de ese, por ejemplo, “higiénicamente” empaquetado kilogramo de bisteces de res o de puerco o cortes de pollo.

De hecho, así abre la cinta, con un recorrido por la sección de carnes y lácticos de un supermercado cualquiera… el que puede ser el que tengamos a unas cuantas calles de nuestro hogar.

Pero enseguida saltan a la pantalla escenas de una “fábrica” de gallinas, perteneciente al conglomerado Perdue Farms, en donde pollitos son maltratados duramente al pasar por bandas sin fin, cual si fueran muñecos de peluche, y con rudeza trabajadores los van manipulando para certificar que sólo los “perfectos” salgan de las bandas hacia las granjas subcontratadas por la empresa (escenas similares también se habían mostrado ya en el documental “Baraka”, producido por el estadounidense Ron Fricke en el año de 1992, que no fue exhibido en México, sino hasta una muestra cinematográfica del 2003). Esos polluelos son luego llevados a dichas granjas, en las cuales, bajo insalubres condiciones, se hacinan a cientos de aves en gallineros totalmente cerrados (dice la empresa que así se garantiza un mejor “crecimiento” de las pobres aves), alimentándolas con comida enriquecida llena de muchas hormonas y carbohidratos, con tal de que las aves crezcan lo antes posible. Así, se logra en unos 52 días que cada ave tenga un crecimiento mayor al que es el normal, que requiere de unos 72 días. Cada gallina, a pesar del menor número de días de engorda, pesa casi 40% más. Así, las aves resultantes son gordos fenómenos, muchos de los cuales, difícilmente pueden sostenerse de pie, mucho menos aletear. Pero además las condiciones, como dije, son totalmente insalubres, pues las aves deben de respirar en un ambiente cerrado, inhalando el olor del engordante alimento, combinado con sus excrementos y todo lo que implica ser tratadas como objetos inanimados, y no como seres vivos. Según la única persona que se atrevió a dar su testimonio para el documental, la granjera Carole Morison, es tal el hacinamiento, que diariamente debe de recoger de diez a quince pollos muertos por sofocación y otros problemas y enfermedades provocados por crecer en ese ambiente saturado e insalubre (además Morison declaró que la empresa ha implementado una muy desventajosa “estrategia de negocios”, bajo la cual, además de estar permanentemente endeudados los granjeros que firman contratos para engordar gallinas con Perdue, obtienen magras ganancias en relación al crédito invertido. A todos se les obliga a cumplir con una cuota de producción, por debajo de la cual, se les paga menos o se les rescinde el contrato. También se les obliga constantemente a realizar “mejoras”, a costa, claro, del bolsillo de los granjeros, y si no las hacen, también es pretexto para terminación de contrato. En un testimonio de Morison dirigido al procurador general de justicia de EU y al procurador del Departamento de Agricultura, fechado el 30 de diciembre de 2009, denuncia que Perdue le exigía unas “mejoras” por $150,000 dólares que, además de aumentar su ya abultada deuda, no se justificaban, ni elevarían la producción de la granja de ella, y por rehusarse, la empresa finiquitó el contrato, dejando a la granjera a su suerte, con deudas, infraestructura que ya no habrá de emplear y todo lo que ello implique. Se da como ejemplo en la cinta que alguien que se endeuda con 500,000 dólares en un año, apenas ganará ridículos 18,000 dólares, menos del 4% del préstamo invertido).

Pero esa masiva producción de aves, como dije, obedece a la imposición de la dieta occidental, que exige millones de ellas para ser sacrificadas y llenar los anaqueles de supermercados, de franquicias de fast food de pollo frito, hamburguesas… Perdue Farms tiene ventas anuales superiores a los 4600 millones de dólares (mdd), lo que significa que debe de procesar millones de pollos en canal para satisfacer a una hambrienta sociedad a la que cada vez se habitúa más a la mencionada dieta occidental. Eso son casi treinta millones de kilogramos de aves muertas ¡listas para cocinar! (está en tercer lugar, luego de Pilgrim’s Pride, segundo sitio, que produce 73.9 millones de kilogramos anualmente, y de Tyson, primer lugar en la producción de pollos para cocinar, quien procesa más de 74 millones de kilogramos por año).

Y lo mismo sucede con otros animales, tales como reses o cerdos, a los que las prácticas de “industrializar y serializar” su producción, también tratan como inanimadas mercancías a las que se sacrifica sin el más mínimo remordimiento y luego se procesa para su pronta venta. Una escena verdaderamente gore, es la que una cámara escondida en un anónimo trabajador que aceptó participar en el filme, se presenta y que toma lugar en el mayor rastro del mundo, el perteneciente a la empresa Smithfield Foods, ubicado en Tar Heel, en el estado de Carolina del Norte, el mayor matadero de reses en el mundo (Smithfield tiene ventas anuales por 11,000 mdd, posee 51,000 trabajadores por todo el mundo, opera en nueve países y produce anualmente casi 1500 millones de kilogramos de carne de cerdo y 700 millones de kilogramos de carne de res).

Como se deben de procesar unas ¡dos mil reses por hora!, ya no se toma esa empresa la tarea de sacrificarlas individualmente con, por ejemplo, una pistola eléctrica aplicada a la nuca del animal, sino que se meten varias reses en una especie de cámara de torturas en donde se cierran las puertas y ejercen una brutal presión sobre los indefensos animales, quienes mueren en cuestión de segundos por compresión de sus cuerpos (realmente es una escena que crispa). Luego de unos instantes, las asesinas compuertas son separadas y asesinados animales van cayendo inermes sobre un piso lleno de su sangre y sus orines, expulsados por el miedo que experimentan en los pocos segundos que están muriendo. Y ya luego los casi 4000 empleados con que cuenta la planta se encargan de limpiar y desollar a las reses para hacer de ellas canales que se empacarán como distintos productos cárnicos o se venderán a otras empacadoras. También, como Perdue, Smithfiled subcontrata granjas que crían y engordan muy rápidamente a los animales (tanto reses como cerdos son procesados por la empresa), bajo condiciones en extremo insalubres, conviviendo todo el tiempo con sus heces, sus orines, comida putrefacta y lodosa, agua estancada… que han dado lugar a la generación de parásitos, tales como el E-Coli 0157-H7, una variedad del parásito entérico escherichia coli, que provoca hemorragias intestinales y daños renales, sobre todo en niños y adultos mayores, más sensibles a sus dañinos efectos. Lo peor es que como se les administran a los animales varios antibióticos supuestamente para combatir posibles enfermedades, esa cepa de E-Coli ya ha adquirido inmunidad casi a todos los antibióticos conocidos.

Como reses o cerdos son procesados tan rápidamente, ni siquiera se les lava a muchos y así se van al matadero en donde se les recibe con mugre, lodo, heces y todo en sus pieles, lo que va contaminando severamente las instalaciones de los rastros, así como, en consecuencia, a la carne empacada “higiénicamente”. Pero además, no sólo se van las infecciones y los parásitos en la carne empacada, sino que también las granjas en donde se crían a los millones de animales que se procesan cada año (denominadas muy convenientemente CAFOS, Confined Animal Feeding Operations), se han convertido en verdaderos focos de infección. Texas, por ejemplo, la tierra del fallido George Bush, que es en donde abundan los CAFOS, se ha transformado en esos sitios en una enorme cloaca, en donde los acuíferos locales están tan contaminados con heces animales, que más de 50,000 partículas coliformes, e incluso millones, son contenidas por cada 100 milímetros del vital líquido. Alrededor de ¡127 millones de toneladas de estiércol son producidas anualmente en Texas!, lo que da un promedio por tejano de 18 kilogramos de heces de vacas o cerdos… muy duro record, ¿no creen? (simultáneamente publico otro artículo titulado “Fabricas de animales, enfermedades en serie”, en el cual comento otros de los graves riesgos que conlleva el manejo industrial de los animales).

En México, para variar, resulta que Smithfield tiene establecidas varias granjas para cría de animales, bajo la razón social “Granjas Carrol”, las cuales tuvieron que ver algo con la sobre exagerada epidemia de influenza que el año pasado, 2009, se presentó en el país (de acuerdo con mis investigaciones periodísticas, más que las causantes de la influenza porcina, como al principio se le llamó a dicha enfermedad, esas granjas lo que sí mostraron era que por tantos antibióticos administrados a los cerdos para “combatir” infecciones, habían sólo logrado que cepas muy resistentes a infinidad de antibióticos y sustancias químicas, como el MARS, se esparcieran junto con la carne de los cerdos, así como con la contaminación de las tierras y los acuíferos locales debido a la masiva producción de animales. Ver en este mismo blog mi artículo “Detrás de la influenza: grandes ganancias y las superbacterias).

Pero por si fuera poco, se comete otra infamia más en ese rastro. Resulta que la empresa contrata a decenas de ilegales, muchas veces, los únicos trabajadores que se atreven a laborar en condiciones tan insalubres y peligrosas, sobre todo cuando tienen que ver con la serie de cortes que son practicados a los cadáveres de los animales. A todos se les infectan las uñas, como consecuencia de que deben de tratar a animales sucios, con heces y lodo impregnado de millones de bacterias, además de otras enfermedades de la piel, intestinales y respiratorias y algunos se mutilan dedos o se provocan heridas graves en manos o brazos. Pero como la empresa pretende mostrar que actúa legalmente, conforme a las leyes de inmigración, de tanto en tanto, aparenta “denunciar” a trabajadores indocumentados. Y en efecto así lo hace, pero sólo a unos cuantos. Como tiene habitaciones para sus empleados, cuando llega la policía migratoria, sólo le señala una o dos de dichas habitaciones, en donde hay durmiendo algunos indocumentados, pero nada más, pues pareciera que se cumple con una cuota, con tal de aparentar, como dije, “legalidad”, que la empresa no emplea a ilegales y los denuncia si llegan a sus instalaciones. Normalmente se deshace de aquellos trabajadores a los que les debe varias semanas de sueldo o a los que sufren de alguna enfermedad y ya no son tan productivos. A ese nivel de bajeza y falta de escrúpulos llegan tales corporaciones, con tal de ahorrarse varios dólares o tener por algunos días trabajadores, sin pagarles, a los que luego se denuncia, con tal de ahorrarse sus salarios (eso es lo que ha permitido el que no se cuente todavía con una ley para legalizar a los inmigrantes, que evite injusticias como las mencionadas o que se les persiga como criminales, como se va proceder cuando entre en acción la ley anti-inmigrantes del racista estado de Arizona).

Otras acaparadoras agroindustrias son mencionadas igualmente. Cargill, Conagra, Monsanto y Tyson, también ocupan un destacable lugar como las corporaciones que controlan más del 80% del mercado mundial de la producción de productos agroindustriales, así como de alimentos procesados.

Por ejemplo las ventas de Conagra Foods, gigante estadounidense de alimentos procesados, durante el 2009 ascendieron a la nada despreciable suma de 12731 mdd, que le proporcionaron ganancias brutas por 2841 mdd. O sea que, muy a pesar de la presente crisis, le ha ido muy bien a esta compañía, sobre todo por el encarecimiento de los alimentos que desde hace dos años también está afectando a la economía mundial (los corredores de bolsa, que son los expertos en aconsejar a la gente en dónde invertir y en dónde no, recomiendan muy encarecidamente comprar acciones de las corporaciones alimentarias, pues son las que más dividendos están dejando).

Además Conagra tiene negocios extras, simulados como “obras filantrópicas o “fundaciones”. Tiene una fundación cuyo lema es “Nutrámonos hoy para florecer mañana”, según se puede leer en su sitio oficial (conagrafoods.com), la cual, como se sabe, es un excelente modo de deducir impuestos a través de supuestos programas filantrópicos, además de una velada manera de aumentar las ventas de sus productos, muchos de los cuales se harán pasar como adecuadas alternativas nutricionales para las personas hambrientas. Sólo por ilustrar su estrategia publicitaria, más que campaña filantrópica, se jacta la empresa de que durante varios años ha donado comida nutritiva a personas hambrientas, pero lo ha hecho con sus productos más conocidos como Snack Pack, que es un muy azucarado pudín, Peter Pan, que no es más que química crema de cacahuate, Healthy Choice, una línea de supuesta “nutritiva” comida procesada, como pastas de sabores, Marie Callender, también línea de alimentos congelados, muy vastos en harinas y calorías, Orville Redenbacher, que son engordantes frituras, Hunts, que es su línea de muy procesados purés y salsas de jitomate, Chef Boyardee, que son pastas enlatadas o para “cocinarse” en horno de microondas, Ro*Tel, que son jitomates picados y procesados que, asegura la empresa, “son mejores que jitomates naturales”, ¡háganme favor!, David, que son simples pepitas empacadas o Egg Beaters, que son huevos procesados – de hecho, este producto en particular se creó para que se pudieran aprovechar tantos huevos que se quiebran durante su empaque y manejo –, que nada más se destapa el envase, se vierten en el sartén y listo, nada de molestos cascarones, además de que, también presume la empresa, no contienen el colesterol ni la grasa de las yemas de huevo naturales – lo cual es mentira, pues recientes estudios han demostrado que el huevo contiene bajos niveles de colesterol –, pero se cuida de decir la cantidad de sustancias químicas que ese y todos sus productos chatarra y fast food contienen. Así, más que caritativas donaciones, sus campañas en realidad pueden verse como estrategias publicitarias para aumentar sus ventas. Incluso no siempre dona, sino que a veces se ofrecen “nutritivos paquetes” a los niños en sus escuelas a muy “módicos precios”.

Tyson Foods Inc. es otra de las empresas mostradas en la cinta, la cual también es un gigante de los alimentos “naturales” y semiprocesados, la cual en el año 2009 tuvo ventas por nada menos que 26700 millones de dólares. Esta compañía estadounidense que tiene sus cuarteles generales en Springdale, Arkansas, es la segunda compañía más grande productora de alimentos en el mundo, la mayor procesadora de carne y una de las 100 mayores empresas de EU, de acuerdo con la revista Fortune (esta elitista publicación se encarga de promocionar la fama de las mayores corporaciones y empresas del mundo. Pero no sólo eso, sino también resalta a los hombres más ricos, y este año y el pasado ha colocado al capo caro Quintero como uno de esos millonarios, con mil millones de dólares de ¿¡bien ganada!? fortuna).

Tyson cuenta con 107000 empleados en más de 300 filiales que posee en todo el mundo. Vende cortes de carne de res, cerdo y pollo a supermercados y menudistas, a distribuidores de alimentos procesados y a múltiples cadenas de compañías de la llamada comida rápida (fast food), tales como KFC, Taco Bell, Mc Donald’s, Burger King, Wendy’s, Wal-Mart, Coger, Costco, IGA, Beef’s O’Brady’s, entre muchas otras. Pero también procesa alimentos y cuenta con una gran variedad de productos de cárnicos ya elaborados que “sólo tiene que calentarse en el microondas”. Y por si fuera poco es la compañía que surte a todas las prisiones en Estados Unidos, país en donde es un gran negocio la custodia de prisioneros para las cárceles, la mayoría de las cuales son ya privadas. Se calcula que el número de internos crece a razón de 13% anualmente, así que tener a un delincuente en la cárcel es muy lucrativo pues el gobierno paga en promedio 30,000 dólares por año por cada uno (es mucho más caro que tener a un niño en la escuela, pues éste cuesta 3000 dólares solamente, pero no le parece tan importante eso a los estadounidenses, quienes han preferido que crezcan el número de cárceles en relación con las escuelas. Pew Charitable Trusts, organización no gubernamental, estima que el crecimiento del negocio de las prisiones privadas entre el 2006 y el 2011 les costará en impuestos a los estadounidenses alrededor de 27500 mdd, así que a Tyson también le seguirá yendo muy bien en ese rubro).

Esta masiva entrega de productos cárnicos implica también una producción masiva. Cada semana, sus 54 plantas procesadoras de pollos establecidas en EU procesan 42.5 millones de gallinas, las13 que procesan ganado, matan 171000 reses y las 6 que producen carne de cerdo, matan casi 348000 marranos, así que se requieren también prácticas industriales para ello. Y al igual que las formas tan inhumanas de criar pollos que practica la empresa Perdue Farms mencionada arriba, Tyson obliga a los granjeros que le quieren entrar a ese negocio a hacinar en gallineros de 12 metros por 120 metros a 24,000 aves, las que permanecen a obscuras en un espacio de 0.065 metros cuadrados, suficiente para que quepan sentadas sobre su propio excremento durante siete a ocho semanas (el excremento sólo se limpia cada 18 meses). A diario de 10 a 15 pollos mueren tanto de asfixia, como porque son atacados por otras aves. Obviamente que tales granjas son una fuente constante de contaminación fecal y otros contaminantes que ensucian gravemente tierras, ríos y acuíferos.

Sin embargo, de las varias veces que Tyson ha sido demandada, en realidad pocas veces han surtido acción legal dichas demandas, lo que prueba que tan consecuente es el gobierno con sus grandes empresas, a pesar de que sus prácticas dañen el medio ambiente u ocasionen otros problemas. Y al igual que Smithfield, Tyson contrata muchísimos ilegales, a los cuales les paga en promedio 30% menos salario que a los trabajadores legales, además de que les ofrece menos o ninguna prestación (esto demuestra hasta qué nivel le son útiles a la economía estadounidense los tan vilipendiados ilegales, que al seguir siendo tan estigmatizados y perseguidos, lo único que se consigue es que sean cada vez más baratos y dóciles).

Cargill sale también a relucir en la cinta de Food Inc., pues además de que igualmente practica la, digamos, fabricación de animales, como Tyson o Perdue, sus monopolizadoras estrategias han logrado que acapare alrededor de un tercio de la comercialización mundial de granos. Tan es así, que a partir del año 2008, que han comenzado a subir vertiginosamente los precios de los alimentos, dicha empresa ha visto multiplicarse en muy buenos porcentajes sus ganancias. Sobre todo le está entrando al gran negocio que son los llamados biocombustibles, una insensatez tecnológica, ya que se están empleando alimentos, como maíz o soya, para producir nada menos que combustibles para los engullidores autos, en vista de que los combustibles fósiles están acabándose cada vez más rápido de lo que se pensaba. Y eso, el que buena parte de cereales producidos en el mundo se vayan a dedicar a hacer gasolinas, en parte explica por qué han subido tanto sus precios y seguirán haciéndolo. La otra razón es que pocas empresas, justo como las que aquí mencionamos, con sus acaparadoras prácticas controlan a su libre albedrío el precio de los alimentos en todo el mundo, digamos que al hambrearnos, nos dejan a su merced (Ver mi artículo en este mismo blog: Biocombustibles, imposición transgénica, no alternativa ecológica). Los ingresos de Cargill dan una buena idea del poder que tiene esa empresa: sus ventas en el año 2009 se estiman en $116,600 mdd, de los cuales obtuvo ganancias netas por $3300 mdd (2.83%, muy baja tasa de ganancia, tendencia que en general presenta el capitalismo salvaje, de que a pesar de sus monopolios y acaparamientos, no logra revertir esa decreciente situación). Es responsable del 25% de las exportaciones estadounidenses de granos, cuenta con 160,000 empleados en 1100 instalaciones ubicadas en 67 países y produce el 22% de la carne consumida en EU. Sus plantas en Argentina son las mayores exportadoras de carne de res que cualquier otra, al igual que sus plantas en Tailandia, que son las que más exportan pollo. Y por si fuera poco, todos los restaurantes de Mc Donald’s emplean huevos producidos por Cargill. La empresa ha resultado siempre ser muy oportunista, sin importar que viole ciertas éticas de conducta o comportamiento. Como dije antes, se ha beneficiado bastante del control que tiene sobre buena parte de la producción de granos en todo el mundo para controlar y subir los precios a su antojo. Y en su historia, así lo ha hecho. Por ejemplo, durante la primera guerra mundial, sus ganancias subieron constantemente durante los cuatro años del conflicto, ya que era prácticamente la única compañía que seguía surtiendo alimentos. Lo mismo hizo durante la segunda guerra mundial, cuando tuvo contratos exclusivos con la marina estadounidense, para surtirle la alimentación de sus tropas, además de que también le construyó barcos (sí, hasta en esos negocios se metió, con tal de ganar mucho). Pero acorde con su arrogancia (como es una empresa familiar, el despotismo con que se comportan sus dueños, también se manifiesta en sus prácticas empresariales), manifestó su desacuerdo con la cinta, sobre todo expresando que si todos los alimentos se obtuvieran orgánicamente, se requerirían el triple de tierras de las que actualmente se emplean para fabricar alimentos.

Otra compañía en la cual se hace mucho énfasis, además de que se demuestra el poder tan enorme que tiene tanto económica, como política y judicialmente, es Monsanto, la cual produce cultivos transgénicos, o sea, que son plantas modificadas desde sus genes, introduciéndoles materiales genéticos de otros organismos, con tal de proporcionarles, dice la compañía, “mejoras” (¡esto es jugar a ser un Dios!). En particular, uno de sus cultivos, la soya transgénica bautizada como Roundup Ready, es la que prácticamente se siembra en todos los EU, desplazando a la natural, debido justo a las prácticas monopólicas que dicha corporación ejerce, en muy alegre contubernio con el gobierno (pero además el monocultivo a gran escala de esa soya transgénica implica fuertes daños ambientales, ya que se usan millones de litros de glifosato, el muy tóxico herbicida que se le aplica a dicha soya, el que además de estar contaminando tierras, ríos y acuíferos en gran escala, está haciendo resistentes a malezas que ya no se matan con dicho veneno y entonces la “solución” para Monsanto es “crear” otra nueva soya transgénica, pero ahora “resistente” al dicamba, sustancia aún mucho más tóxica que el mencionado glifosato. Ese grave problema ya está sucediendo en Argentina, en donde casi el 100% de la soya cultivada es la de Monsanto).

En alusión a gran poder de Monsanto, se da cuenta en la cinta de un juicio que la empresa emprendió contra un granjero, Maurice Parr, quien poseía una de las únicas seis máquinas que quedan en ese país para limpiar granos, quien justamente limpiaba los granos de los granjeros que sembraban la soya transgénica. Como la compañía alegó que “su” soya transgénica “está patentada” (como si hubiera sido una cámara fotográfica, por ejemplo, en lo que valdría preguntarse, ¿¡de cuándo acá el simple hombre puede inventar y patentar a la naturaleza!?), se le obligó al pobre granjero a desistir de sus “criminales prácticas” de limpiar la semilla de la soya transgénica, so pena de cobrarle altísima multa y mandarlo a la cárcel (eso hizo con un pobre granjero canadiense, cuyos cultivos se contaminaron accidentalmente con maíz transgénico de Monsanto, en un caso que la empresa sigue alegando que el hombre lo había hecho a propósito). Lo peor de todo, se queja el granjero en una parte, es que la empresa sabía todo sobre él, a quiénes les limpiaba la semilla, cuánto les cobraba, dónde vivía él, cuánto valía su máquina, qué compraba… ¡sí, el poder de esas grandes corporaciones, con la ayuda del gobierno, claro, es ilimitado!

Y, bueno, el daño tan enorme que ha provocado, y seguirá provocando, la industria alimentaria en EU y en todo el mundo con sus industrializadoras, monopolistas prácticas, tanto al medio ambiente, así como a la economía, el metabolismo de las plantas y animales que “fabrica” y al medio ambiente también se traduce, como dije antes, en un grave daño a la salud, debido a las alteraciones fisiológicas que induce tan descontrolada ingesta de carbohidratos y grasas saturadas.

En la cinta se evidencia dicha situación cuando una parte se concentra en mostrar a una familia de migrantes, padre, madre y dos hijos, que ganan lo suficiente para irla llevando, o sea, apenas subsisten con los magros sueldos que reciben. Absorbidos por sus tareas y ocupaciones, al final de la jornada, acuden a una sucursal de comida rápida, en la que compran seis paquetes de hamburguesas con papas y un refresco de más de dos litros por menos de diez dólares todo y esa es su comida de casi todos los días. La madre es entrevistada y se queja de que su marido es diabético y debería de seguir una dieta de alimentos saludables (no engordantes, pues), además de que tiene que tomar un par de costosos medicamentos, pero que con lo que ganan, pues no pueden darse el lujo de comprar alimentos naturales, como vegetales frescos, ya que si van al supermercado a adquirir una lechuga, por ejemplo, ésta vale casi siete dólares, poco menos de lo que les cuestan las hamburguesas y el refresco mencionados antes. Y como sus medicamentos le cuestan uno 170 dólares y el otro más o menos lo mismo, la mujer lamenta que no puedan hacer a veces ninguna de las dos cosas, o sea, ni comprar medicina o seguir la dieta y que ello tenga la consecuencia de que su marido pueda empeorar en su salud, que se quede ciego y no pudiera seguir trabajando como chofer, que es a lo que se dedica.

Como ese caso, hay millones, no sólo en EU, sino por todo el mundo, que la engordante, poco nutritiva dieta occidental ha ocasionado, pero es algo que a las grandes corporaciones “alimentarias” las tiene sin cuidado. Seguirán matando y procesando millones de animales (pollos, cerdos y reses) y cultivando millones de toneladas de granos y uno que otro tubérculo (maíz, trigo, soya, papa) a diario, guiadas por un lema que podría ser: “al mundo engordemos, enfermemos y contaminemos y de las consecuencias no nos preocupemos”.

Contacto: studillac@hotmail.com

Fábricas de animales: enfermedades en serie

Fábricas de animales: enfermedades en serie

Por Adán Salgado Andrade

En los notables documentales “Baraka”, del cineasta estadounidense Ron Fricke, producido en 1992 –extrañamente exhibido en México apenas en el año 2003, probablemente por la censura – y el de “Food Inc.”, de Robert Kenner, 2009, se muestran las tendencias a la sobreproducción que el capitalismo salvaje requiere para su agónica sobrevivencia. En la cinta de Fricke, en una imagen se observa a un individuo ensamblando varias partes de grabadoras por minuto. En seguida, se presenta una “fábrica” de pollos, en la cual, finalizada la incubación de cientos de huevos que diariamente aovan, a su vez, cientos de gallinas, los pobres polluelos resultantes, de unas cuantas horas de nacidos, son transportados sobre una banda sin fin metálica, como si fueran juguetes de peluche, hacinados, muy apretados y encimados, sofocándose. A continuación, aparecen las manos de un hombre, seleccionando las aves que, a su parecer, están defectuosas, jalándolas cruelmente de un ala fuera de la banda, y echándolas a otro sitio, supongo que a un bote de desperdicios. Los afortunados polluelos que pasan la prueba, siguen su asfixiante curso, hasta toparse con las manos de otro hombre, quien, también salvajemente, muy rápido, los sostiene de las alas y, como si fueran seres inanimados, los acerca a una especie de cautín que les quema toda la punta de sus pequeños picos. Eso lo hacen los “fabricantes de animales”, sobre todo con las hembras, para que cuando crezcan, no se vayan a comer los huevos que aoven.

Escenas similares a las descritas se muestran en el polémico documental de Kenner (quizá inspirado en algo por el trabajo de Fricke, muy anterior), en donde también se observan polluelos deslizándose en bandas continuas, en una planta de la empresa Perdue Farms, cual si fueran celulares ensamblándose, revisados en una parte del proceso por una mujer que sella a los buenos y descarta a los malos. De allí, la empresa los transporta a las distintas granjas que subcontrata para que por métodos muy insalubres, hacinantes, dentro de enormes gallineros cerrados, sean puestos a crecer y a engordar, para que en menos tiempo del habitual (se requieren normalmente 72 días para que crezca un pollo, pero con tantas hormonas que se les dan, crecen en 52 días, pesando casi un 40% más de lo habitual), sean grandes y gordas aves listas para irse al matadero.

Lo que muestran tanto Fricke, como Kenner en las escenas descritas, es la actual tendencia del capitalista salvaje de producir absolutamente todo en cantidades industriales (sobreproducción), incluidos los animales, acentuada aún más por la implantación globalizadora de consumistas estilos de vida de los llamados países desarrollados, como la así llamada “dieta occidental”. Por supuesto que, en el caso de los animales, producirlos en grandes cantidades está teniendo funestas consecuencias, como veremos.

Naciones como Estados Unidos, Francia o Inglaterra – grandes productores, de por sí, de alimentos –, merced a la falacia del libre mercado, han salido ganando con la imposición de tratados comerciales por los cuales se obliga al resto de los países a comprarles de acuerdo a cuotas establecidas, desde maquinaria, productos industriales y, por supuesto, alimentos, en especial, los de origen animal, de los que las dietas de esas naciones, principalmente, se componen. Así, gracias a la obligada demanda alimentaria mundial, que ha crecido debido a la citada globalización un 9% anual durante la década pasada, los países abastecedores se ven en la necesidad de maximizar la producción, transportación, sacrificio y distribución de los animales, al menor costo posible, con tal de obtener la ganancia óptima. Esto ha ocasionado que se apliquen verdaderos procedimientos industriales para la “fabricación” de animales. Gallinas, vacas, borregos, conejos y todos aquellos animales que los estándares occidentalizadores determinen como comestibles, son tratados como grabadoras o DVD’s, hechos en serie. Las granjas se han convertido en verdaderas factorías en las cuales a los animales se les maneja igual que a metros de tela destinados a confeccionar vestidos. Mediante artificiales procesos hormonales y genéticos, se les obliga a sobre-reproducirse, se les alimenta con sus propios excrementos y cadáveres “enriquecidos”, se les apretuja en reducidísimas áreas, se les transporta hacinados, ahogándose con su propio calor y sudor, y se les sacrifica bárbaramente, sin la más mínima consideración humanitaria. Sin embargo, para desgracia de esos “fabricantes de animales”, tanto eficientismo ha atraído con el tiempo graves consecuencias. Una de ellas son las que denominaré “enfermedades en serie” (justamente el mencionado documental Food Inc. presenta algunos aspectos de los problemas que la masiva producción de reses y cerdos han atraído, lo cual comento en otro artículo que simultáneamente publico junto con este: La muy engordante y lucrativa comida procesada).

Los polluelos mencionados arriba, sufren los efectos de la “fabricación de animales” y actualmente están contagiándose a niveles industriales. La llamada influenza aviar que ha afectado frecuentemente a varios países asiáticos, incluyendo ya a Estados Unidos y Canadá, ha ocasionado grandes estragos, tanto entre las gallinas, como entre los humanos, a quienes fácilmente contagia al ingerir la carne contaminada e, incluso, se han contabilizado varias muertes de humanos. Japón, por ejemplo, cuando en el año 2004 fue afectado por la esa pandemia aviar, destruyó la totalidad de sus aves de corral, no sólo matándolas, sino, además, incinerándolas. Como ya dije, la velocidad en la propagación del mal se debe a la forma fabril como se manejan las aves, lo que muestran las cintas de Fricke y Kenner. Y aunque siempre se había minimizado esa enfermedad y se aseguraba que estaba siendo controlada, ciertos epidemiólogos, como Richard Webby, ya habían anticipado que el virus de la influenza aviar mutaría, lo que en efecto sucedió, pues como se recordará, luego de afectar a las aves, una cepa se transmitió a los cerdos, por lo que se le denominó influenza porcina, que luego tuvo suficiente poder de adaptación como para mutar nuevamente y atacar a humanos, algo nunca antes visto. Esa fue la cepa, la H1N1, que en el 2009, originándose muy sospechosamente en México, causó una pandemia mundial, muy convenientemente exagerada en cuanto a su letalidad, ya que no fueron millones los decesos, sino unos cientos en todo el mundo (esto más bien significó un excelente negocio para empresas como Roche, de las cuales es accionista nada menos que el ex secretario de la defensa de EU, durante la presidencia de Bush, ya que fue la empresa que se dedicó a comercializar el medicamento Tamiflu, que, se aseguró, es el único retroviral que podía curar a la H1N1, aunque luego se supo que muchas personas murieron de ese mal, a pesar de haberlo tomado, sobre todo en EU, pues no se dijo que el virus es tan resistente y adaptable, que ha generado ya también resistencia al Tamiflu y no sólo éste, sino que infinidad de bacterias y otros virus también han logrado una fuerte resistencia a cuanto medicamento se les aplique para combatirlos, tales como el MARS. Ver en este mismo blog mi artículo: Detrás de la influenza, grandes ganancias y las superbacterias).

De todos modos, aunque la cepa H1N1, influenza humana, mutada desde la aviar, no haya sido tan maligna y mortal (como señalé, por fortuna, no resultó tan devastadora como la influenza española, la H5N1, desatada allá por el año de 1918, la cual aniquiló a veinte millones de personas), por las prácticas industrializadoras hacia los animales, el peligro está latente de que se generen nuevo males que sean fácilmente transmisibles en el futuro a los humanos, pues sí es evidente que aquélla se originó así. El epidemiólogo Webby, ya mencionado, fue quien desarrolló una vacuna para erradicar el virus H5N1, el que atacó en 1997 a Hong Kong. Webby pensó que el mal ya estaría erradicado, pero luego de seis años, por desgracia, otra vez fue detectado allí en el 2003, en carne de pato importada de China, Corea y Japón, lo que demuestra que las cepas de esos males, no sólo es imposible erradicarlas, sino, como dije, mutarán en muchas otras, mucho más adaptables a nuevos organismos y, peor aún, muy resistentes a cuanta sustancia se emplee para combatirlas.

Otro de los males provocados por esa locura industrializadora es el mal de las “vacas locas”, así llamado porque las reses afectadas comienzan a tener comportamientos dispares, agresivos, debidos a la degeneración cerebral que la enfermedad les ocasiona. Su nombre científico es encefalopatía espongiforme bovina (BSE, por sus siglas en inglés, bovine spongiform encephalopathy), y comenzó a manifestarse a mediados de los años 80’s, atacando ganado inglés. Enseguida, sufrió una mutación y una cepa comenzó a enfermar humanos. En Inglaterra han muerto 95 personas desde 1995. Y a partir de la integración europea que ha permitido la libre circulación de personas y mercancías, alimentos incluidos, el mal se ha extendido ya a 12 naciones de ese continente, en donde frecuentemente se reportan brotes, como el de finales del 2003, que luego fue detectado en Estados Unidos y Canadá y estuvo sin control por varios meses, a pesar de los esfuerzos que hicieron los gobiernos de esos países por minimizar sus consecuencias o, peor, negar que sus reses estuvieran enfermas.

De acuerdo con los investigadores, los orígenes del mal se ubican a mediados de los años cincuenta, cuando veterinarios detectaron un rebaño de borregos que tenía un mal cerebral degenerativo llamado scrapie. Este mal es inofensivo a los humanos y, generalmente, inofensivo también para el ganado. Pero las complicaciones comenzaron cuando a borregos sanos se les indujo al canibalismo, comenzándolos a alimentar con restos procesados de los borregos muertos por dicha enfermedad, aplicando la máxima de los negocios de aprovechar hasta la basura. Pero no paró ahí la cosa, sino que también se les dio de comer a las vacas dicho “alimento”, lo cual provocó una mutación en las proteínas formadoras de sus cerebros, especialmente en las reses más susceptibles. Claro, alguna reacción natural debió generarse al obligar a herbívoros a convertirse en carnívoros. La cadena siguió porque los estúpidos granjeros ingleses continuaron alimentando a las vacas sanas con los restos de las que comenzaron a morir, con tal de aprovecharlas. Las consecuencias de esa mezquindad las vemos en la actualidad, al enfrentarnos con un mal que probablemente se siga reproduciendo en el ganado bovino, pues tras varias generaciones de animales nacidos desde entonces, seguramente ya se habrá convertido en varios de ellos en una condición genética, transmitida por herencia. Y los humanos que se han infectado por el mal y muerto como consecuencia, lo contrajeron por ingerir carne de reses enfermas, pues las proteínas mutadas no se destruyen ni cocinándolas. Los científicos han tratado de aminorar el problema, diciendo que solamente aquellos con una inclinación genética, pueden desarrollar la EEV. Pero ¿qué debe entenderse por inclinación genética? Por supuesto, es algo insuficientemente aclarado por aquéllos y ni creo que lo hagan. Por lo pronto, lo que sí se sabe son los síntomas provocados en la gente enferma, manifestados por comportamientos cambiantes del carácter y torpeza, seguidos de alucinaciones, movimientos corporales incontrolables y, finalmente, una demencia progresiva que destruye la mente hasta provocar la muerte, más o menos como sucede con el mal de Alzheimer, excepto porque la EEV puede afectar a cualquier edad. Lo que hicieron con las vacas equivaldría a que se nos alimentara a hombres y mujeres con humanos procesados que hubieran muerto de SIDA o de Alzheimer, mezclados con frijoles, por ejemplo. Seguramente provocaría una serie de males sobre los que no tendríamos ningún control, los cuales, ya desatados, serían incurables. Y todo en nombre de la maximización de la ganancia.

Y por absurdo que parezca, los ahorros en la “fabricación de animales” alcanzan hasta a las medidas preventivas. Es el caso de la fiebre aftosa, enfermedad también del ganado bovino, que provoca una severa pérdida de peso en las reses afectadas y una extrema debilidad, que aunque no las mata las deja, según sus criadores, inservibles y no se pueden vender. El más reciente brote, el del año 2001, se debió a la irresponsable actitud de los “fabricantes de animales” de negarse a vacunarlos contra esa enfermedad a partir de 1990, ya que, alegaban, la vacuna tardaba hasta seis meses en hacer efecto y eso retrasaba la venta, la cual debe hacerse lo más pronto posible, como ya he señalado, además de que, según ellos, la inoculación debilitaba y adelgazaba al ganado. Pero esa retrograda actitud les salió cara: en ese brote, en los peores días, los granjeros ingleses perdieron nada menos que hasta $30 millones de dólares por semana. De haber inoculado a sus animales, a razón de dos dólares por cabeza, les hubiera salido más barato, no más de dos millones de dólares anuales. Nada más faltaría que, siguiendo el mismo ejemplo, nuestros gobiernos dejaran de vacunar a nuestros niños.

Otro agravante más que incrementa la mortandad y prevalencia de las “enfermedades en serie”, son los cambios climáticos inducidos por la excesiva contaminación atmosférica. Tómese en cuenta que, por ejemplo, el 85% de los gases contaminantes se deben a los gases venenosos emitidos por los motores de aproximadamente 700 millones de vehículos que circulan en el mundo “moderno” diariamente. Tantos gases (bióxido de carbono, monóxido de carbono, metano, bióxido de azufre, ozono, entre otros), aparte de su letalidad, están formando una especie de coraza gaseosa que guarda el calor producido por la luz solar y el resultante de nuestra actividad, de tal forma que las temperaturas actuales son superiores en promedio cinco grados centígrados de las existentes hace cien años. Así, el calentamiento del planeta por el llamado efecto invernadero, ha creado las condiciones ideales para que esas enfermedades surjan y se propaguen muy fácilmente. Por ejemplo, en los casos recientes de epidemias entre poblaciones de animales sanos de distintas especies, ha sido el clima anormalmente cálido el que ha provocado desnutrición, debilitado su sistema inmunológico y aumentado la reproducción de distintos virus. Como señala Paul Epstein, epidemiólogo estadounidense, “Una vez que los microbios que ordinariamente son benignos bajo condiciones ecológicas normales, invaden a los animales debilitados, se pueden volver suficientemente mortales como para enfermar también a poblaciones sanas”. Y agrega que el mayor peligro es que se estén generando otro tipo de enfermedades que antes no se conocían. De hecho, desde 1973 han surgido 30 males infecciosos, incluyendo el SIDA, que en esos años ni siquiera se hubiera sospechado de su existencia. O sea, los cambios y trastornos ecológicos que estamos ocasionando, están creando una respuesta natural ante un depredador como el hombre. La madre naturaleza, en su intento por defenderse de este su descarriado hijo, está creando nuevos males contra los que, pronto, no habrá cura alguna (ver en este mismo blog mi artículo: “Detrás de la influenza, grandes ganancias y las superbacterias”).

Obviamente, tiene sus consecuencias ser el mayor exportador de alimentos del mundo, sobre todo, carne y sus derivados. Es el caso de Estados Unidos, especialmente el estado de Texas, el del ex presidente Bush, en el cual existen tantas granjas productoras de leche de vaca, que representan cada vez más un serio problema ambiental y de salud. Los cientos de miles de animales que son confinados en los llamados CAFOS (por sus siglas en inglés, confined animal feeding operations, algunas imágenes de las cuales se muestran en la cinta “Food Inc.”, mencionada antes), generan nada menos que ¡127 millones de toneladas de estiércol anualmente, dos veces más la producción de California!, convirtiéndose ese lugar, por tanto, en la cloaca más grande del mundo. Así, a cada tejano le corresponden ¡18 kg de estiércol por día! Tanta suciedad está yendo a parar a los ríos y mantos acuíferos, contaminando alarmantemente el agua, la cual contiene desde 50,000 hasta ¡millones e incluso miles de millones de partes de fecalismo coliforme! por cada 100 milímetros. Muchas personas declaran que el agua para beber, de plano, sabe a caño… a excremento, pues, aparte de las obligadas enfermedades gastrointestinales que provoca, como la peligrosísima E-Coli 0157-H7, una variedad del parásito entérico escherichia coli, que provoca hemorragias intestinales y daños renales, sobre todo en niños y adultos mayores, más sensibles a sus dañinos efectos. Además, ya no es tan buen negocio tener un CAFO, pues por tantos que hay, se han abaratado demasiado la carne y la leche que proporcionan las vacas, muy por debajo de los costos de producción. Pero eso qué les preocupa a aquellos granjeros, si de todos modos el gobierno les da muy buenos subsidios.

Bueno, para concluir, tal vez sería una óptima solución para resolver el tremendo problema ambiental que ocasionan tantos millones de toneladas de estiércol – puesto que allá les gusta ser muy ahorradores –, que las enriquecieran con vitaminas, les agregaran saborizantes artificiales y se las comieran… ¡Bon appétit!

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sábado, 19 de junio de 2010

Sobrevivencia de los migrantes en Estados Unidos

Sobrevivencia de los migrantes en Estados Unidos

Por Adán Salgado Andrade


Ciudad de México. La debacle económica estadounidense, a pesar de las triunfalistas declaraciones de Barack Obama, continúa haciendo estragos entre la población trabajadora, en especial los migrantes, quienes han debido de resistir condiciones de trabajo más duras, de las que de por sí ya tenían, en especial aquellos que, por fortuna, aún tienen trabajo (es aún tan difícil la situación, que de acuerdo con testimonios de amigos incluso estadounidenses, mucha gente que perdió su trabajo desde hace varios meses, aún no consiguen uno nuevo y los que lo han conseguido, una buena parte ha sido en actividades que nada tienen que ver con su experiencia o los estudios que realizaron, por ejemplo, es el caso de una amiga enfermera que perdió su empleo en un hospital y ahora trabaja como mesera, ganando mucho menos dinero del que antes percibía).

Ese es el testimonio de doña Elena, poblana que está aquí unos días, viviendo con una amiga, realizando unos trámites para obtener su visa canadiense, debido a que su hija, que radica en Canadá, tuvo a su primer hijo, y ella desea visitarla. Pero como a pesar de tener viviendo doña Elena 14 años en EU y trabajar allá desde entonces, aún no tiene la residencia legal – se la ha pasado con visa de turista todo ese tiempo –, debió de venir a México para tramitar desde aquí el visado canadiense, el que también le ha llevado mucho tiempo conseguir. “Fíjese, primero me dijeron en la embajada de Canadá que una semana, luego que quince días, y de plano luego me dijeron que un mes”, nos comenta doña Elena, en resignado tono. Ha sido todo un burocrático trajín el que ha debido realizar, pues además de pagar $1100 pesos por los trámites en la embajada, debió de solicitar una invitación de su hija, enseñar el boleto de viaje redondo del avión, demostrar solvencia económica… y todo para que le hayan concedido únicamente tres meses de permiso. “Ese es el trato que nos dan esos países, a pesar de que explotan nuestros recursos y a nuestros paisanos”, le comento, diciéndole que son mineras canadienses principalmente las que poseen buena parte de las minas de plata o de oro en nuestro país y que varias emplean métodos muy destructivos para obtener el mineral, como es el caso de “Minera San Javier”, filial de “Metallica Resources”, que está destruyendo con dinamita el emblemático cerro de San Pedro en San Luís Potosí, y que usa cianuro para separar el mineral de la piedra, veneno que está contaminando los acuíferos locales.

“¿¡Pues sí, pero, a ver, por qué nuestro gobierno lo permite?!”, replica ella, y ya siguen algunos otros comentarios sobre la corrupción gubernamental y la blandura ante naciones como Canadá o EU, que siempre ha caracterizado a nuestras ineptas, entreguistas autoridades, pero porque, además, lo que menos les interesa a esos países es cuidar el medio ambiente de aquellas naciones en donde hacen muy buenos negocios.

Luego de ese paréntesis de reflexión y crítica política, doña Elena me sigue platicando aspectos de su vida. “Fíjese, es como lo que le digo, que a mí no me han dado mi residencia allá, a pesar de tantos años que llevo trabajando en Estados Unidos y hasta pago impuestos”. “¿Pero por qué no se la han dado?”, le vuelvo a preguntar. “Pues que porque no tengo un trabajo fijo… ¡eso dicen!”, declara, irónica, siendo que casi desde que llegó a ese país ha estado laborando en algún lugar. “¡Y yo no sólo trabajo, sino que están allá dos de mis hijos, ya tengo nietos que nacieron allí, rento un departamento con mi marido, pago impuestos, compro cosas por allá, rento cable, teléfono… y mire, no me han dado nada y por eso tengo que venir hasta acá por mi visa canadiense!”, sigue diciendo, paro ahora un tanto enojada. Es lo que cientos de miles de connacionales y de migrantes de otras nacionalidades esperan desde hace años, una reforma migratoria que les dé certeza jurídica para radicar legalmente en ese país, para que situaciones como la de doña Elena no sucedan y, en general, otras más urgentes, como el hecho de que sean expulsados si son atrapados, sin mayor excusa, luego de años de haber estado trabajando en ese país como ilegales, debido a tanta engorrosa, complicada tramitología (pero, además, esa incertidumbre legal, los hace vulnerables a arbitrariedades de todo tipo, como laborales. Cuando se accidentan en su fuente de trabajo, los indocumentados, cuando mucho, son llevados con un médico, el que le tratará de curar la herida, si se puede, y ya, no se les da una indemnización, ni se les pensiona, nada absolutamente, y por eso las empresas reclutadoras siguen contratando a ilegales para subcontratarlos a otras empresas, pues además de baratos, no se obliga a los patrones a pagar nada, aún en caso de accidente. Eso hace, por ejemplo, la empresa subcontratista The QTI Group).

Nos platica doña Elena que sus dos hijos tienen cada uno una pequeña empresa de limpieza, pues es una gran tendencia en ese país la de convertirlo todo en una mercancía, incluso las labores domésticas. Las empresas prefieren pagar a compañías especializadas servicios de limpieza, en lugar de tener sus propios empleados, pues les sale más barato hacerlo así, ya que no pagan prestaciones, ni tiempo extra, ni nada (y ni tienen que ver con la calidad migratoria del empleado), sólo el servicio proporcionado, y como hay tantas de esas compañías, se han abaratado tanto sus labores, que hasta el lujo se dan aquéllas de elegir las más baratas. “Sí, fíjese, yo antes de venirme, le ayudaba a mi marido a limpiar unas oficinas, que entrábamos a las seis de la mañana y a las siete y media ya estaba todo listo, nos pagaban 900 dólares por mes, pero llegó otra empresa que les cobró 800 y ¿¡usted cree que los patrones tacaños les dieron el trabajo a ellos, con tal de ahorrarse mugrosos cien dólares!?”.

Doña Elena, como dije, es originaria de Puebla, pero de muy niña se vino a la ciudad de México, a la colonia Moctezuma, ubicada al oriente, y allí vivió con sus padres y sus hermanos. “Yo me puse a trabajar desde los 14 años, sí, en un taller de costura. Se hacían baberos, blusas, pantalones… y otras cosas, y yo tenía que poner las telas en unas maquinotas… viera que era pesado, pero a mí siempre me gustó trabajar, porque desde chiquita me gustó tener mi propio dinero”, dice, mostrando cierto dejo de orgullo. “Mi papá era ferrocarrilero, telegrafista, de los que estaban con la maquinita… tic, tic, tac… para avisar a qué hora salían o llegaban los trenes, y como no ganaba tan mal, por eso pudo comprar la casa en la Moctezuma”, continúa platicando esos recuerdos que le parecen tan vivos.

Y nos platica algo de su vida en EU. “Mire, yo vivo en California, en Santa Cruz, cerca de San Francisco, en una calle muy bonita que se llama River. Al final de esa calle está un bosque que se llama Felton, bien cuidado y allí hay unos árboles enormes, bien bonitos, puro ciprés y pinos, pero deveras, unos troncos bien gruesos que tienen y como están tan juntitos, pues todo el día dan sombra y todas las casas de por allí tienen prendidas siempre sus luces”, lo cual compruebo, lo del espeso bosque, en una vista satelital cortesía de Google, que más tarde reviso, (es, hasta cierto punto, la ventaja de este internetizado mundo, reflexiono). Eso me hace pensar en que los estadounidenses se consideran paladines del medio ambiente, y sin embargo, no son así cuando de recursos naturales de otros países, en donde operan sus contaminantes empresas, se trata. Y me viene a la mente el derrame petrolero imparable que está ocurriendo en las costas de Luisiana, en el golfo de México, lo que los está dejando muy mal parados, pues no sólo se afectarán sus costas, sino todos los océanos al final se verán afectados directa o indirectamente, ¡será el peor desastre ecológico marino, no sólo de EU, sino del mundo entero! (al momento de escribir estas líneas, el derrame abarca ya un área de casi 24,000 kilómetros cuadrados, que equivaldría aproximadamente a la superficie de una circunferencia que tuviera unos 175 kilómetros de diámetro, ¡y se incrementa a razón de 140 kilómetros cuadrados por día, equivalentes a la superficie de un cuadrado de más o menos 11 kilómetros por lado!)

“Pues allí vivo, en Santa Cruz, con mi esposo, el segundo. Rentamos un departamento que nos cuesta mil cien dólares… es que no alcanza para comprar una casa, a pesar de que se abarataron mucho y trabajamos los dos, pues ni así. Y ya con lo de la luz, el cable, el teléfono, el agua y el gas… ya con todas nuestras biles, pues pagamos como unos $1500 dólares… más aparte lo que comemos y todo lo demás que se necesita para vivir, ¿no? Mi marido trabaja en las empresas de mis hijos, limpiando oficinas, de noche, sí, es pesado, porque entra a veces a las diez de la noche y sale hasta las siete, ocho de la mañana. Pero además todos los días llega a la casa a la una y media de la mañana o antes, porque él y yo nos vamos a entregar periódico a un asilo, el Dominican, a esa hora. Recogemos los diarios en un local que está como a cuatro calles de donde vivimos, y luego lo llevamos al asilo, que está como a unos cinco kilómetros, en el carro de Juan, mi esposo. Entregamos ciento sesenta periódicos diario, y nos los pagan a cincuenta y ochenta centavos por cada uno… está muy mal pagado, porque al mes sacamos $680 dólares entre mi marido y yo, y nos lo dividimos a la mitad… pero qué se le hace, si no hay trabajo… pero no cualquiera va a aceptar un trabajo en donde diario se deba de levantar a la una y media de la mañana, ¿no?”, nos comenta doña Elena, esperando nuestra confirmación, que le hacemos con un movimiento afirmativo de la cabeza. Y agrega que los diarios que entregan son el New York Times, el Sentinel y el San José Mercury. Dice que en ese asilo, a un lado del hospital Dominican, viven personas que poseen mucho dinero, pero que no tienen ya a nadie que los cuide. Mala combinación, razono, mucho dinero y ninguna compañía. “¡Pagan cada uno cinco mil dólares, pero son cuartos grandes, lujosos, con aire acondicionado y toda la cosa, sí!”, exclama.

“¡Uy… pero si nomás viviéramos de entregar periódico, no nos alcanzaría. Como le digo, mi esposo tiene como otros cuatro empleos, todos de limpieza, unos con mis hijos y otros… pues donde caiga. Y ha de sacar unos tres mil dólares por mes, y ya con eso más o menos la vamos pasando. No, pero para comprar una casa o otras cosas, pues no alcanza”. Dice que por la crisis inmobiliaria, mucha gente perdió su trabajo y sus casas, porque no pudieron seguirlas pagando, debacle de sobra conocida en todo el mundo. “Fíjese, uno de mis hijos, el menor, tenía como quince años pagando dos casas… ¡pues las dos se las quitaron los bancos, así, sin más… hágame favor! Y mi hijo, muy resignado, me dijo que no quería estresarse y que mejor ahí se las dejaba”. Pero no es que se las haya querido dejar, pienso, sino que simplemente se las arrebató el banco y ya no eran de él, aunque hubiera querido pelearlas legalemente, como mucha gente ha debido sufrir. “Mi otro hijo, el mayor, también perdió una de sus casas… y también se la puso en venta el banco. Nada más usted sale y en cada cuadra va a ver que hay dos o tres casas que están en venta… y se han abaratado mucho, ¡pero ni así mi marido y yo podemos comprarnos una!”.

Y regresando a su vida en México, luego de que doña Elena estuvo trabajando en el taller de costura en el Distrito Federal, una prima de Oaxaca llegó a visitarla y como aquélla ya se había quedado sin trabajo, esa prima le propuso irse a trabajar a Tehuantepec, población de ese estado, en una oficina de gobierno, como secretaria. “Y ni lo pensé, que me voy y allá me quedé, hice mi vida. Conocí a mi primer marido, me llevaba 13 años, pero nos queríamos mucho. Tuve a mis tres hijos y estuve muy contenta hasta que él se me murió, de un infarto fulminante. El trabajaba en el gobierno… a los 29 años me quedé viuda, sí, muy joven, y así me estuve ocho años… hasta que me volví a casar… es con el señor con quien ahora vivo en Santa Cruz”, agrega.

Otro de los problemas que enfrentan los migrantes “irregulares”, como ella, o los indocumentados, como ya señalé, es que de todos modos se les sigue empleando, a pesar de que no tengan papeles, lo que implica que se les someta a condiciones verdaderamente muy duras. “Fíjese, una de mis nueras trabaja en una empresa que hace medicina naturista… no recuerdo el nombre, pero ella debe de entrar todos los días a las tres de la mañana y sale a las dos de la tarde, tiene que checar en una computadora que unas máquinas llenen exactamente con las mismas cápsulas cada frasco, le pagan a diez dólares la hora… y si hace overtime, de todos modos no le pagan completas las horas extras, pues le descuentan como una tercera parte, así de encajosos son los patrones”. Su nuera es indocumentada, al igual que muchos de los 1500 empleados que, calcula doña Elena, trabajan allí. “No, y fíjese que tengo una comadre que tiene como quince años trabajando en un frizer – un congelador –, entra de las seis de la mañana y sale a las seis de la tarde. Allí preparan ensaladas congeladas y verdura congelada. Ella empaca las lechugas y las coliflores. Se envuelve en cuatro pantalones y cuatro suéteres y doble guante y doble calcetín… y así ha estado quince años, ¿¡usted cree!?, pero dice que le gusta, y eso que no le pagan mucho, más o menos cien dólares por día, que es poco… pero como le digo, qué se le va a hacer, si no hay trabajo y los que lo tengan pues lo deben de cuidar.” Ni quiero imaginar el daño a la salud que ese tren de trabajo congelador le vaya a ocasionar a la comadre, que tiene 63 años, según recuerda doña Elena.

Y nos sigue narrando pasajes de su vida anterior a la de inmigrante. Con Juan, su esposo, doña Elena se decidió a poner una paletería en Tehuantepec. Él manejaba un taxi, que fue el que vendieron para comprar lo que se necesitara de la paletería. “Nos dieron como cien mil pesos y con eso la pudimos poner. Nos fue muy bien, la teníamos en el centro de Tehuantepec, y todos los petroleros de Salina Cruz eran los que más nos compraban, eran rebuenos clientes. La verdad es que eran buenas ventas, con eso compramos nuestra casa y yo tenía a mi hija estudiando aquí en la ciudad – el Distrito Federal –, le pude pagar todos sus estudios… y también a mis hijos. El mayor estudió para ingeniero mecánico… no, de verdad que nos iba muy bien… pero cuando llegó (Carlos) Salinas (de Gortari, fraudulento presidente priísta que estuvo en el poder de 1988, hasta 1994, durante cuya administración se gestaron los ingredientes para la megacrisis económica mexicana de finales de 1994), ahí se acabó todo, bajaron las ventas, yo tenía muchas deudas… y mejor vendimos la paletería, ¡la malbaraté en treinta mil pesos!... ¡fíjese nomás!”, narra doña Elena, su rostro reflejando esos amargos recuerdos. “Y ya, como no había nada qué hacer, ni trabajo ni nada, pues que nos vamos para el otro lado. Como mi hijo también ya se había ido, y tenía allá como cinco años, pues que nos vamos mi marido y yo… ¿cómo ve?”, pregunta, en esta parte sus gestos mostrando cierta satisfacción de que pudieron resolverse sus problemas.

El caso de su hija es diferente. Ella (la llamaré Cristina), pudo estudiar, gracias a la paciencia y ayuda de doña Elena, una carrera universitaria en la UNAM. Ingeniería en computación fue en lo que se tituló. Muy dedicada, a decir de doña Elena, trabajó, aún estudiando, en el centro de cómputo de la UNAM, para adquirir experiencia, antes de terminar. “Ya ve que en todos lados piden experiencia”, dice doña Elena, a lo cual asiento. Luego, gracias a eso y a su gran capacidad, Cristina hizo examen para entrar a la compañía Hewlet-Packard, y le fue tan bien, que muy pronto obtuvo un muy buen puesto gerencial. “Fíjese que la mandaban a muchos países… a mí hasta me llevaba… a Miami, Nueva York… allí se estuvo como diez años, pero fíjese que se fue porque la asaltaban mucho”. Al parecer, Cristina adoleció del mal de la inseguridad que ha hecho que muchos de nuestros connacionales busquen refugio y una nueva vida en otro país. “Me platicaba mi hija que llegaba bien cansada del trabajo… porque ella era bien trabajadora, si le decían que el horario era hasta las ocho, ella se quedaba hasta las diez… y así… entonces, que llegaba y que le hablaban por teléfono y le decían que ya sabían en dónde vivía y que vivía sola… ¡y pues ella se espantaba mucho! Una vez fue a dejar a una amiga al metro, creo que Chapultepec, y dice que se le acercó un hombre con una pistola, y como ella llevaba el cristal cerrado, el tipo que se la enseña y que le apunta, pero como en la empresa les enseñaban cómo defenderse cuando estuvieran en peligro, pues mi hija se pegó al claxon, para que todo mundo la oyera y llamara su atención… ¡y que se va el ratero y ella que se arranca! Y por eso se fue, me dijo que ya no aguantaba la inseguridad y que mejor se iba para Canadá”. De cuarenta años de edad, tiene Cristina viviendo diez por allá, se acaba de casar, tuvo hace dos meses a su primer hijo, trabaja para una empresa japonesa, y aunque no gana lo que ganaba aquí, le dice a su mamá que está muy tranquila, radicando en Toronto. Me pregunto cuánto más durará esa tranquilidad, si así como vamos, con recurrentes crisis económicas globales y creciente violencia, pronto la inseguridad va a ser mundial – Canadá ya muestra también altos índices de desempleo, además de una elevación en sus niveles de delincuencia. Eso, lo del desempleo, llevó a sus autoridades a imponer la visa, para volver más estricta la entrada allá, pues se quejaban de que mucha gente, por las facilidades anteriores para entrar, en lugar de irse a EU, más difícil y también con millones de desocupados, se estaba yendo a buscar trabajo allá, quitándoles a los canadienses la “oportunidad”, por ejemplo, de entrar a trabajar a un McDonalds o alguna otra franquicia. Hay profesionistas trabajando de despachadores en esos sitios.

“Por eso voy, para conocer a su primer hijo. Mi hija siempre me dijo que hasta que tuviera una vida segura y un marido, iba a tener hijos”, dice doña Elena, pensativa.

“Uy, si yo le contara mi vida, de verdad que haría hasta una novela”.

En efecto, con las condiciones cada vez más difíciles que se están viviendo en todo el mundo, habrá muchas vidas que se puedan novelar, concluyo, mientras me despido de doña Elena, deseándole que le den pronto su visa canadiense y que tenga buen viaje a Toronto.

Contacto: studillac@hotmail.com

martes, 11 de mayo de 2010

El capitalismo salvaje lleva a la quiebra a países y provoca catástrofes ecológicas

El capitalismo salvaje lleva a la quiebra a
países y provoca catástrofes ecológicas.

Por Adán Salgado Andrade


En la actual etapa de profunda decadencia y de crisis casi permanente del capitalismo salvaje, podemos ver que a pesar de las amargas, duras circunstancias por las que estamos pasando, no deja el reinado de las grandes corporaciones y los especulativos bancos, con la tácita complacencia de los gobiernos, de hacer de las suyas y han sido los primeros en haberse rescatado de la debacle económica de la cual aún no salimos, aunque muchos analistas digan pomposamente que ya estamos fuera. En Estados Unidos Barack Obama a los primeros que “rescató” con el dinero de los contribuyentes fue a los rapaces banqueros, los principales responsables de la crisis (ver mi artículo “El convenenciero capitalismo salvaje” en Internet), a quienes “prestó” poco más de 700,000 millones de dólares (un 70% del PIB mexicano del año pasado), para que salieran de sus “deudas malas” y “reactivaran” de nuevo la maltrecha actividad económica. Eso, a pesar de que se sabía que las prácticas fraudulentas de muchos de ellos fueron las detonadoras y profundizaron aún más las crisis (Glodman Sachs es de las más recientes corporaciones de la que han salido a relucir sus fraudes, vendiendo obligaciones y valores chatarra a muy altos precios antes de que se colapsaran). Y también en EU Obama rescató a grandes corporaciones, como General Motors, uno de los tres decadentes fabricantes estadounidenses de autos, que por manufacturar autos ineficientes, ostentosos, lujosos y muy caros, había perdido competitividad frente a fabricantes asiáticos y europeos. Pero gracias también al “rescate” está de nuevo funcionando y muchos de los vehículos que continúa ofreciendo, siguen siendo igual de ineficientes y ostentosos que los que antes fabricaba. Como los bancos, tampoco ha aprendido la lección. Y el paternalista gobierno a nada la ha obligado.
Pero no sólo a bancos y corporaciones el capitalismo salvaje, sus intrínsecas prácticas monopolistas y su desmedida ambición por las altas y fáciles ganancias ha hecho quebrar, sino que ahora hasta países completos son desfalcados, de un día para otro se les considera insolventes, casi, casi como si no pudieran seguir existiendo como naciones (eso ha sido ya visto antes, claro, pero hora con el globalizado, salvajismo económico que nos caracteriza, las crisis son más graves y ponen a tambalear a todo el sistema económico mundial, dadas las intricadas redes que se han tejido en todos los niveles). En el año 2008, Islandia, país perteneciente a la eurozona, quebró debido también a su anárquico sistema bancario, que prestó más de lo que podía realmente cobrar. Y ahora toca el turno a Grecia, país también de la eurozona, el que a pesar de esa unión monetaria y económica, no pudo eludir a las inexorables leyes del capitalismo y su autodestructiva tendencia.
Para explicar lo que sucedió con Grecia, se debe de entender que cuando se propuso a los países europeos unirse económicamente, no era más que otra estratagema capitalista para tratar de superar y dejar atrás futuras crisis económicas, tratando de eludir el inexorable fin del capitalismo salvaje. Sin embargo, lo que no se dijo entonces es que ese tipo de tratados comerciales para unir a varias naciones, se alienta por parte de los países más adelantados y desarrollados, aquéllos que cuentan con la producción, digamos, más eficiente, en la cual los costos de fabricación se han optimizado o reducido al máximo y en consecuencia los productos que fabrican son mucho más competitivos que los de países menos desarrollados. Así, esa ventaja industrial y tecnológica era principalmente para Alemania, que al unificar e impulsar la eurozona, se veía de inmediato beneficiada con dicho tratado (porque además la unificación con la antigua Alemania Oriental le salió muy cara, así que debía de reponerse de ese altísimo costo ampliando mucho más los mercados su producción industrial).
Entonces, con fronteras abiertas, se cumple con el primer requisito capitalista, que es el facilitar la circulación de las mercancías, la que se ve obstaculizada cuando hay barreras físicas, como esas fronteras, además de los aranceles que se eliminan con tal medida, los que encarecen el producto. Por otro lado, el imponer una moneda común, es el otro requisito capitalista para que las mercancías circulen y sean vendidas fácilmente. Eso, simplemente terminó con el problema de las equivalencias monetarias, lo que también retrasa la venta de las mercancías, tan necesaria para que el sistema recupere inversión, así como ganancias. Pero precisamente es al imponer esa moneda común (además de otros tecnicismos económicos, tales como que los países debían de tener un porcentaje máximo con respecto a su PIB de su déficit comercial para que demostraran que estaban sanos financieramente y no serían un lastre), que las diferencias de productividad salen a la vista. Ilustraré esta circunstancia con el siguiente ejemplo. Supongamos que había una fábrica griega, antes de la unión europea, que fabricaba lavadoras. Un cierto tipo de lavadora la fabricaba, digamos, en 3000 dragmas, la antigua unidad monetaria griega. Ahora consideremos que en Alemania, habían fabricantes de lavadoras con mejor tecnología y que lograban fabricar una similar, y hasta mejor que la griega en unos 1500 marcos. Al venir la unificación, se debieron realizar las conversiones de las antiguas monedas con la moneda impuesta, el euro, y entonces salieron las abismales diferencias. La lavadora griega, tasada en euros, vamos a suponer que ya costara 600, en tanto que la alemana, de mejores características, funcionalidad y material, 400. Y con la facilidad de exportación, sin fronteras, ni aranceles, es evidente que hasta los mismos griegos iban a preferir una lavadora alemana, mejor que la de su país, y además, más barata. Y con ese sencillo ejemplo, podemos entender que muy pronto, la preferencia por artículos extranjeros más baratos y de mejor calidad, se comenzó a extender a varios productos, de tal forma que se iba desalentando la fabricación de productos nacionales, y muchas fábricas o cerraron o, de plano, se convirtieron en distribuidoras de artículos, alemanes, por ejemplo. Así que muy pronto las exportaciones griegas disminuyeron y aumentaron las importaciones, o sea, que su déficit comercial se incrementó muy considerablemente, mucho más allá de sus reales posibilidades de pagar cuanto compraba y todo era más bien financiado con crédito, que es una de las maneras más absurdas de consumir, pues se endeuda la economía por muchos años por venir. Lo que quedó de la economía griega fueron un reducido sector industrial, algunos cientos de miles de campesinos y un altísimo sector dedicado exclusivamente a la prestación de servicios. Eso ha sucedido en México, en que la imposición del Tratado de Libre Comercio, TLC, desde hace varios años, con Estados Unidos y Canadá, ha favorecido principalmente al primero, lo que se ha traducido en un brutal proceso de desindustrialización de las pocas “industrias nacionales” que teníamos. Vaya, ni siquiera en producción de alimentos somos ya autosuficientes y estamos obligados a comprar cuanta basura, incluso transgénica, nos venda EU (maíz transgénico de Monsanto, por ejemplo). Así que si EU quiebra, México con él. Y en efecto, la mayor parte de los pocos empleos que son creados anualmente se concentran en la prestación de servicios, tales como restaurantes, tiendas, servicios turísticos, franquicias extranjeras, ventas, despachos de profesionistas… y así por el estilo.
Eso mismo sucede en la eurozona. Pero ahora, con la crisis capitalista, que con los problemas financieros, muchos bancos trataron de cobrar enormes e impagables deudas, salieron a relucir los graves problemas mostrando que, mientras unos países son los mayores productores de lo que se consume en la zona, otros son, sencillamente, los mayores consumidores. Es como si una persona con salario mínimo, de repente un banco le diera crédito abierto para comprar lo que quisiera, ropa, electrodomésticos, un carro nuevo, casa… cuando el banco estuviera en apuros por tanto dinero que prestó y no cobró, le exigiría a esa persona que pagara de inmediato, lo cual sería imposible para el deudor, dado su raquítico salario. Pero entonces el banco le confiscaría todos sus bienes fiados y le obligaría, de todos modos, a que le pagara, quitándole una fuerte suma de dicho salario, lo que de repente llevaría a la pobreza real a esa persona, la que hasta entonces el crédito había estado ocultando. Y en esa lista de espera podemos colocar a España y Portugal, países igualmente menos desarrollados industrialmente que los más influyentes (Alemania, Francia, Italia o Inglaterra, éste último que no pertenece a la eurozona). No hace mucho estuve en España y pude percatarme de los síntomas que preceden a una profunda crisis financiera, pues aunado al altísimo desempleo, crecimiento del sector de servicios (bares, cafés, restaurantes, hoteles…), contracción severa del sector industrial, sobreendeudamiento… se le ha estado apostando a la masiva y extensiva construcción de casas y departamentos, o sea, bienes raíces, como las únicas formas “seguras” de inversión, pero a niveles que han excedido la demanda real por mucho, hay una sobreoferta, lo que ha creado una burbuja inmobiliaria que ya debe de estar estallando (ver mi artículo: “Especulación inmobiliaria, nueva burbuja a punto de estallar”). Esa tendencia precedió a otros países de la eurozona. Y justamente ese fue el detonador de la crisis que tuvo su origen en Estados Unidos, demasiadas casas para vender y muy pocos compradores para adquirirlas.
Quizá por tal motivo sea que la Unión europea haya decretado que formará un fondo de 750,000 millones de euros, casi un billón de dólares (997,000 millones de dólares), para contar con un fondo de rescate en caso de que más países “se vean en aprietos económicos”. Y tan solo Alemania está aportando 124,000 millones de euros (164838 millones de dólares) de ese fondo, claro, pues como dije, es el país que ha resultado más beneficiado, así que debe de repartir algo de la riqueza que ha acumulado para que eso reactive la economía y sus empresas continúen vendiendo como se debe (eso hizo, por ejemplo, Roosvelt, con el New Deal, al aumentar los impuestos a las grandes corporaciones, pues era una manera de redistribuir a la concentrada riqueza y alentar así a la recuperación económica luego de una de las tantas quiebras bursátiles que ha sufrido el capitalismo, la de 1929).
Y ¿cómo se debe de resolver, según el capitalismo salvaje, la quiebra de Grecia? Pues justo como se ha hecho a lo largo de la historia con infinidad de países, sobre todo a los pobres tercermundistas: imponiendo draconianas medidas, a través de pactos financieros con los bancos europeos y con el FMI, que sobre todo inciden en el bienestar de la gente, a la que se le eliminan infinidad de prerrogativas y conquistas laborales, afectando brutalmente su nivel de vida. Se están despidiendo a los ciudadanos griegos de sus empleos, se están reduciendo los sueldos de los afortunados que conserven los suyos, se están incrementando los precios de todo, alimentos, energéticos… se aumentan los impuestos y se crean otros nuevos, ¡hasta las pensiones se están reduciendo en 20%!... si, al fin que la situación lo amerita, es un tratamiento de shock (Ver mi artículo en Internet “La muy oportuna ‘descomposición’ del estado mexicano, pretexto para militarizar y recrudecer la represión gubernamental”). Así, para el capitalismo salvaje, la población de un país no es otra cosa que un factor más en los balances financieros para lograr la “estabilidad económica”, no importa que se le mate de hambre y se le deje sin trabajo, se agudicen los conflictos sociales y se le empobrezca más, no, al fin que no es imprescindible. Esa es la historia de los grandes “rescates” del capitalismo salvaje, a través de su agencia de salvamento, el FMI, en donde se mata de hambre a la gente, se le quita el poco dinero que tiene, se le somete a terribles penurias, se le empobrece más, se hace retroceder el nivel de vida por años… ¡ah, pero véase la contraparte, a las corporaciones y a los bancos quebrados, se les da dinero, y mucho, para rescatarlos, no se les ponen limitaciones ni condiciones y se les anima a seguir adelante con los grandes negocios una vez que se han recuperado y están “saludables” nuevamente! Por estos días que se ha hecho el anuncio, las bolsas de valores del mundo (que son los mercados accionarios que tiene el capitalismo salvaje en cada país, en donde se mide la “salud” de las grandes corporaciones) ¡han repuntado significativamente, subiendo en varios puntos porcentuales las cotizaciones de sus índices, pues eso significa que gracias al “paquetazo”, las deudas que tengan los futuros países que también quiebren, como le sucede a Grecia, serán pagadas a sus acreedores, o sea, los dueños del capital y la riqueza mundiales, así que esos bancos y esas corporaciones de nada deben de preocuparse, a ellos no se les matará de hambre, no se les apretará el cinturón, no se les reducirán sus salarios (sus ganancias, en ese caso), no se les despedirá y se les mandará a la calle como a los ciudadanos de los siguientes países que quiebren (la formación de ese “paquetazo” es una clara señal de que lo peor está aún por venir)… que ni se preocupen, pues ya hay un fondo, hecho con dinero de los contribuyentes de la eurozona, claro, para “rescatarlos” y asegurarles que sus salvajes, inescrupulosos negocios sigan “saludablemente lucrativos”.
Así que ¿cuál es el motivo para alegrarse y afirmar que lo peor de la crisis que seguimos padeciendo ya pasó? (estas funestas señales debién de tomarla en cuenta los mal administradores panistas que nos someten, no gobiernan, a los mexicanos).

Catástrofes ecológicas
El otro terrible aspecto que ocasiona el capitalismo salvaje con su avidez por las grandes, fáciles ganancias es el desastre que ya llega a catástrofe ecológica que está ocasionando el derrame producido por la plataforma petrolera “accidentada” en las costas de Luisiana, en aguas estadounidenses, que no por ser tal, se limitará a dicho territorio, pues sólo hay que tomar en cuenta que más de diez litros por segundo de hirviente petróleo están escapando por la enrome fuga, que son algo así como 5000 barriles por día y que no hay forma de parar, pues dicha fuga está a más de 1600 metros de profundidad, y como aún no se había presentado un “accidente” en aguas tan profundas (que era cosa de tiempo, pues es inminente que sucedan esos accidentes por las condiciones extremadamente riesgosas de la exploración petrolera en aguas profundas. Ver mi artículo “Los pozos petroleros ultraprofundos, otra manera de seguir garantizando la dominación estadounidense sobre México”), simplemente British Petroleum, la empresa británica que operaba la plataforma, no sabe cómo parar la fuga, y estima, resignada, que quizá pasen semanas o meses en que se pueda controlar tan enorme escape de ese petróleo que por millones de años la naturaleza tuvo encerrado bajo más de nueve kilómetros de capas rocosas, para que ahora, depredadores “hombres de negocios”, sin escrúpulos, ávidos de ganancias, lo hayan sacado, como si fuera un ente maligno que por algo estaba ahí, guardado.
Los gravísimos efectos de esta catástrofe sin precedentes ya se están sintiendo y cientos de especies marinas y aves están muriendo o siendo dañadas irremediablemente por la implacable marea negra que no ha podido – ni se podrá – contener. Peces, moluscos, arrecifes de coral, plancton, delfines, tortugas, ballenas, gaviotas, pelícanos… están engrasándose con el, para ellos, veneno viscoso, y lentamente van muriendo.
Evidentemente que también nosotros, humanos depredadores, comenzaremos a sufrir, pues los terribles, destructivos efectos se comunicarán a toda la cadena viviente. No sólo perjuicios económicos ya hay, como se quejan cientos de pescadores o prestadores de servicios turísticos, sino que el petróleo derramado irá a parar al organismo de especies marinas de las que nos alimentamos (ya que el mar nos proporciona más de la mitad de los alimentos que ingerimos), y de algún modo nos afectará esa ingesta. Porque es evidente que tan brutal derrame no quedará ahí, sino gracias a la facilidad con que en el mar se esparcen los contaminantes, se afectará toda la masa oceánica, y al final pequeñas porciones de petróleo, por lo menos, irán a parar a todos lados y en todos los organismos vivientes (ya es habitual que se encuentren paces o moluscos contaminados con hidrocarburos, mercurio, heces fecales humanas con cólera u otras dañinas sustancias).
Pero no parece que se haya aprendido la lección y ya hay una empresa petrolera, también británica, Rockhopper Exploration, que en un desafiante, arrogante acto de neocolonialismo humillador, está explorando y perforando el fondo marino cercano a las islas Malvinas, territorio que alguna vez fue de argentina, pero que Inglaterra le usurpó y robó ilegalmente, haciendo honor a su fama de país de piratas ladrones, negreros y colonialistas. Inglaterra ha dicho que nada, ni nadie le va a impedir que explote el yacimiento que explora, pues se defiende diciendo simplemente que es “su territorio” y que está en su derecho y que le haga como le haga el gobierno argentino, seguirá perforando y extraerá ese petróleo cueste lo que cueste, caiga quien caiga y, agregaría yo, catástrofe ecológica que se origine. Es de esperarse que la así llamada comunidad internacional apoye a los argentinos para evitar esa irrupción neocolonialista, pero, sobre todo, dada la catástrofe ecológica que cada día aumenta en su dañina severidad, se evite que un nuevo, potencial accidente, provoque un segundo (¿¡y cuántos más!?) cataclismo ecológico.
A fin de cuentas, los yacimientos marinos ultraprofundos son explotaciones petroleras marginales, de corta duración. Del que se está fugando el petróleo, se calcula que tendría unos 16000 mil millones de barriles. Estados Unidos consume casi veinte millones de barriles por día, así que le hubiera alcanzado para poco más de dos años. El daño ecológico ocasionado será permanente en muchos casos. Así que cabe preguntarse entonces: ¿vale la pena seguir arriesgando y destruyendo más a la naturaleza por un puñado de petróleo?
Al parecer Obama ya lo entendió y ha decidido no apoyar más exploraciones marinas en el futuro. Pero los congresistas de su país están perdiendo tiempo para ¡determinar a quién culpar del accidente y a qué se debió! Ociosa manera de deslindar responsabilidades a todas las corporaciones involucradas y quizá echarle la culpa al encrespado océano que por sus marejadas provocó el terrible “accidente”.
Y ojala nuestros mal administradores, irresponsables panistas, comandados por Calderón, quienes tienen pensado permitir a esas transnacionales como British Petroleum, que perforen nuestras aguas profundas en el golfo para sacar petróleo, tomen en cuenta la catástrofe ecológica que, cuando escribo estas líneas, no se sabe cuándo irá a concluir.

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