lunes, 11 de abril de 2016

Conversando con un fabricante de boleteras de estacionamiento



Conversando con un fabricante de boleteras de estacionamiento
por Adán Salgado Andrade


A quien llamaré Rogelio, me muestra la publicidad con la cual anuncia la máquina expendedora de boletos para estacionamiento, impresa en una hoja gruesa, de buen material y buena tipografía. Allí, se enuncian las características que tiene tal máquina, que en realidad es una computadora, con un software que acciona la impresión y emisión del boleto, que se concreta cada que un automovilista pulsa un botón, luego de lo cual se abre la pluma. “No, lo de la pluma es aparte, son otras empresas las que lo hacen”, aclara. Se especifica en la publicidad que la boletera cuenta con varios gigas de memoria, impresora térmica y “amable voz femenina” que recibe con un “Adelante, bienvenido”, al usuario o usuaria en turno – le cuestiono que si el software distingue si es mujer u hombre y, con una sonrisa de extrañeza, me dice que todavía no hay expendedora capaz de distinguir el sexo del usuario. También ofrece la máquina para valet parking, para que el negocio que lo ocupe tenga más control sobre lo que aquél empleado cobre, pues se emite un boleto, cada que un automovilista le solicita sus servicios para estacionar su vehículo.
Rogelio es todo en su negocio, desde diseñar y armar las máquinas, hasta el andar ofreciéndolas de estacionamiento en estacionamiento, así como proporcionarles mantenimiento. Le pregunto si estudió alguna ingeniería y me contesta que no, que él, en realidad, es contador público, egresado del IPN. “Mi profesión es la de contador público, pero nunca me dediqué a eso. Lo que pasa es que por el (19)98, mi primer trabajo, cuando todavía estaba estudiando, fue en una empresa que se dedicaba a ofrecer lo del Internet, cuando apenas comenzaba, pero luego me salí, antes de que desapareciera. Después, me metí a trabajar en Telmex. Allí, lo que hacía era que los equipos de computadoras que vendían a los clientes, yo se los iba a instalar y también el módem y la línea a Internet. Era cuando todavía no había tiendas de Telmex, ni nada de eso, sí”, refiere, enfatizando que nunca, en efecto, trabajó en la contabilidad.
Me sigue platicando sobre las máquinas de boletos. “Acabo de regresar de Chalco, pues fui a ofrecer mi máquina a una plaza comercial, creo que se llama Sendero”. Como prácticamente cualquier negocio, hay muchos competidores. Basta revisar los que aparecen en la red, cuando se buscan máquinas para estacionamientos, y aparecen marcas como Parkinglogix, CDS automático, DataPark, Cronotek, AKT, Amano McGann… y varias más, así que no es fácil colocarlos.
Le pregunto qué le piden las empresas para que le acepten un equipo y me dice que, sobre todo, ya tenga instalados algunos. “El administrador te pregunta que en dónde tienes equipos. Yo, por ejemplo, tengo algunos en la Terminal de Autobuses del Sur y en una plaza que está cerca de Huipulco y en Polanco. Y también tengo puntos de valet parking. Como te digo, entonces, el administrador manda a una persona a verlos y, ya, si le gusta, pues hacemos el trato… pero es cuando, ya sabes, le debes de entrar”, enfatiza la última frase.
Se refiere a la deleznable práctica existente en México (y seguramente en todo el mundo), de ofrecer una bonificación económica a cambio de conceder un contrato, algo que aquí se denomina coloquialmente el diezmo, pues casi siempre se debe de dar el diez por ciento del contrato. Ya he abordado antes lo que implica esa arraigada, corrupta práctica, nefasto legado colonial (ver:  http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2010/11/de-corrupcion-y-diezmos.html).
Así que, inevitablemente, Rogelio le tiene que entrar. “Aunque, te diré, que como le sacas el doble al equipo, pues aun así, te conviene”. Por ejemplo, hace poco, en una venta de dos equipos expendedores, de $48 mil pesos cada uno, debió de darle al administrador de la empresa $25 mil pesos. “Sí, digamos que le tuve que dar lo de la ganancia de uno”, dice, resignado. Sí, allí no fue el diez por ciento, sino más del 26% lo que tuvo que “ceder”. “Fíjate, la empresa que le vendió a la Terminal del Sur las primeras máquinas, le cobró millón y medio, pero tuvo que darle al administrador cuatrocientos mil pesos, sí, pero aun así, le convino”. Así que el estándar, haciendo cuentas, parece ser el 26% de lo que se cobre, pienso. Por cierto que me dice que esas terminales de autobuses, son proyectos privados, contario a lo que habría de pensarse, que son gubernamentales. La del sur es de Estrella Roja, por ejemplo, así que desde hace mucho que este país se ha ido privatizando en todo, como han ido promoviendo las distintas mafias políticas que lo han administrado y subastado a su antojo.
Continuando con su relato, dice Rogelio que justo en esa empresa, la que surtió de equipo a la Terminal de Autobuses del Sur, que ya ni su nombre recuerda bien, es en donde Rogelio se inició hace años y aprendió el negocio. El dueño tuvo por entonces un contrato millonario con los estacionamientos de Comercial Mexicana de todo el país y le fue tan bien que hasta decidió cerrar el negocio y vivir de sus rentas, como se dice.
Vuelvo a reflexionar sobre el nefasto país que habitamos, en el que la gente deba de ceder parte de lo que trabajosamente gana, como Rogelio, con tal de tener algún ingreso. Pero esa deleznable práctica es algo que se ha generalizado en todos los países y corporaciones, en donde esas, llamémosles, “dádivas”, son parte integral de los gastos que una empresa debe de realizar para obtener un contrato. Incluso, si no es una petición directa por parte del que concede determinada compra, una empresa le ofrece un soborno, con tal de ser favorecida. Es, pues, práctica común en este materializado sistema, obra del dominante capitalismo salvaje (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2015/12/corrupcion-corporativa-ganancias-y.html).
Sin embargo, Rogelio dice que la ventaja es que como se cobra por adelantado, de “allí sale para darles lo que te pidan”. Eso dice que hay que agradecérselo a Amano, que fue la primera empresa que comenzó a vender esos equipos, la que siempre ha cobrado por adelantado y cinco semanas después, los entrega. “Sí, es muy estricta, pero fíjate que de algún modo fue la que estableció esa forma de trabajo, porque ahora, si ya te aceptan tu equipo, yo les pido el cincuenta por ciento de anticipo. Con eso los armo y todo. Ya, cuando los entrego, cobro la otra mitad y de allí les doy su mochada”.
Rogelio también ofrece las máquinas cobradoras, las que son mucho más caras que las boleteras. “Las que vendo te cuestan doscientos mil pesos, pero las de marcas más caras, te llegan a costar hasta cuatrocientos mil pesos o más. No se venden tanto, por lo mismo, o porque ya las empresas tienen y sólo renuevan las boleteras”.
Pero si no puede vender máquinas, vende el mantenimiento. “Sí, pues esa es otra entrada. El equipo nuevo, lo das con un año de garantía. Ya cuando termina, les ofreces el mantenimiento, que se los cobras anual. Por ejemplo, en la Terminal del Sur, les doy el mantenimiento a cuatro máquinas que les vendí y les cobro sesenta mil pesos al año, es como una póliza de mantenimiento”. Dice que el mantenimiento es surtir del papel de impresión a la boletera, limpiarla y revisar que trabaje bien. A las máquinas cobradoras, les tiene que estar actualizando el software que reconoce los billetes, el que da el cambio, así como limpiar los rodillos por los que pasan los billetes. “Sí, fíjate que se ensucian mucho. Los debes de limpiar, porque tienen pegada como una mugre pastosa, sí. Es que los billetes vienen muy sucios, muchos con comida o así”. Aunque dice que las máquinas están programadas para ser muy estrictas en cuanto a los billetes que acepten, y que rechazan los que están rotos y, desde luego, los falsos. “Y es que como ya ves que últimamente aquí han estado cambiando mucho los billetes, pues tienes que actualizar el escaneo o que luego cambió el director del banco y cambia su firma, pues tampoco los aceptan… y así”.
También les vende los consumibles, como los rollos de papel. “Sí, por ejemplo, cada rollo de papel se los vendes en quince pesos con noventa centavos. Acabo de vender cinco mil a Comercial Mexicana, y así, le tienes que ir buscando”.
Dice Rogelio que este año ha sido más difícil para las ventas de sus equipos, pues el pasado, a estas alturas (abril del 2016), ya había vendido dos. “Sí, el año pasado vendí cuatro, pero este año no he vendido nada… está duro”. Claro, cómo no va a estar difícil la situación, con la debacle económica mundial, acentuada aun más en este país depredado y controlado por una mafia política, que ha impuesto planes económicos favorables sólo a las mafias empresariales nacionales y transnacionales, lo que ha agudizado la ya de por sí complicada situación económica para la clase trabajadora de este empobrecido México, pienso.
Lo bueno es que trabaja en una empresa que distribuye equipos de impresión y máquinas de administración, como las que usan los checadores de precios en las tiendas de autoservicios, y allí tiene su sueldo, digamos, “seguro”. “Sí, son caras esas maquinitas, veinticinco mil pesos cada una. Las impresoras son más baratas, de cuatro, cinco mil pesos, dependiendo el modelo. Pero fíjate que son mucho más baratas que las que vende Zebra, que es la líder del mercado. Las que vendemos son de la marca Citizen y te salen a una cuarta parte de lo que cuestan las de Zebra, sí”.
Me sigue platicando Rogelio sobre los trabajos que ha tenido, que han sido muchos. Incursionó en Liverpool, por el 2006. Allí se dedicó a organizar la facturación electrónica, la que esa empresa fue la primera en implementar en el país. “Sí, yo les organicé todo, armé el portal en Internet y capacitaba a los proveedores para que aprendieran a usarlo. Fíjate, allí te das cuenta cómo operan esas empresas. Liverpool te dice que te va a dar tanto por tu producto, no lo que tú le pidas. Luego, te da plazos para pagarte, que treinta, sesenta, noventa o ciento ochenta días. Cuando eres nuevo, pues te pagan hasta los ciento ochenta días. Y, además, como los proveedores tenían que usar el portal para lo de las facturas electrónicas, les cobraba por eso. Entonces, pues cuando muchos cobraban, les llegaba el cheque de cero pesos, pues les descontaban lo del uso del portal… ¡así se las gastaban!”. Así que, por lo que platica, no difieren las ventajosas prácticas de Liverpool de las de emporios como Walmart, por ejemplo, que compran a crédito y pagan semanas o meses después a los proveedores, los que, resignadamente, deben de aceptar esas leoninas condiciones. Mientras tanto, tales empresas especulan con el dinero que obtienen de las ventas anticipadas del producto, sin, realmente, hacer inversión alguna (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2013/01/los-negativos-efectos-del-emporio.html).
De Liverpool renunció porque, a pesar de todo lo que organizó, que les levantó con mucho las ventas, nunca le subieron el sueldo o le pagaron acorde con la calidad de su trabajo. “Luego, fíjate, me quisieron poner una supervisora y pues ya fue cuando los mandé a la fregada, pues si yo estaba haciendo bien mi trabajo, qué tenían que estarme supervisando, ¿no?”. Platica que muy pocos saben que Liverpool ofrece escuela de distintos niveles a sus empleados. “Tú, como empleado, puedes estudiar desde la primaria, hasta la universidad o una maestría, si quieres. De hecho, yo estuve dando clases, en la universidad, de sistemas, me gustó mucho, la verdad. Pero fíjate que son muy pocos los que aprovechan esa prestación, quién sabe por qué”. Teorizamos que quizá se deba al generalizado conformismo que padece el mexicano, que aun frente a buenas oportunidades de superación, prefiere seguir en su zona de confort. En fin, legado de lo que yo llamo herencia colonial maldita.
Otro sitio en donde trabajó fue en Televisa. “Allí me encargué del servidor para la señal digital. Fíjate que allí te dan muy buenas prestaciones, además de que nunca te corren. Me hice algo mañoso, porque un compañero y yo estábamos encargados de ese servidor, pero nos dimos cuenta de que podíamos hacer el trabajo desde la casa, así que no teníamos que llegar a nuestra hora, como ni checábamos, nada más les pedíamos a los otros empleados que cuando se cayera el servidor, nos hablaran por teléfono y ya, en cinco minutos, desde la casa, lo arreglábamos, pero el problema es que una mañana, que se cayó, que le tocaba a mi compañero arreglarlo, no lo pudieron localizar y pues lo tuvo que arreglar el gerente, pero se tardó como tres horas. Y por eso se dieron cuenta que ni íbamos, pero como no te corren, nada más te congelan, pues aunque hagas méritos, ya sólo te dejan siempre en un mismo lugar y por eso me salí”, agrega.
De allí, se puso a administrar una tienda Oxxo con sus hermanas. Dice que esa cadena de tiendas llamadas de “conveniencia”, que pertenece a Femsa, empresa que representa aquí a la transnacional Coca-Cola, busca administradores cada que abre una nueva sucursal. “Sí, no hay dueño. Por ejemplo, si tú tienes un local que pueda funcionar como tienda, la empresa te lo renta o si tienes un terreno, también te lo renta y construye la tienda. Y si quieres hacerte cargo, te dan el curso de tres meses, para que aprendas cómo administrarlo, que hagas inventarios, que lleves la contabilidad, que aprendas a hacer el café… y todo lo que se necesita, que estés a las vivas con lo del robo hormiga, que es el que más te merma las ganancias”. Me explica que normalmente hay mermas, que son tanto de los mismos empleados, como de los clientes que se roban algo. “Sí, te ponen un ejemplo. Te dicen que supongas que un empleado se coma un gansito diario, ya son ocho pesos. Y como trabaja treinta días, pues ya son doscientos cuarenta pesos. Pero si tienes seis, pues ya son ochocientos cuarenta pesos. Y si le sumas que el refresco, que el dulce, pues ya son dos tres mil pesos mensuales de merma, ¿no? Y si le sumas lo que los clientes se roban, que es de todos los días, pues ya son cuatro, cinco mil pesos”. Lo irónico es que también en esos “cursos” les enseñan mañas, para que saquen más dinero sin que se de cuenta la empresa. “Sí, o sea que, de origen, te enseñan a hacer transas”, declara, sonriente. Pienso que es, finalmente, una forma que tiene el mexicano de sobrevivir, esquilmando algo de las cuantiosas ganancias que muchas empresas ganan a costa de explotarlo cotidianamente y pagarle salarios de hambre.
Dice que la empresa acepta como normal tres por ciento de merma, pero que si pasa de eso, se descuenta de la ganancia que se obtenga, que es del treinta por ciento de lo que se vende cada mes. “Mira, sacas muy buen dinero si la administras bien, si tienes empleados de confianza, si tienes cámaras para vigilar que no se roben las cosas, pero ¡es una friega, porque tienes que estar todo el día y hasta en la noche metido allí, no tienes vida propia! Eso es para alguien que se quiera retirar y que no vaya a hacer otra cosa que administrar la tienda”. Sería, pues, otra modalidad de explotación empresarial, puede pensarse.
No les iba mal, pero tuvieron un problema familiar de salud, por el cual sus hermanas dejaron de ayudarle. Tuvo que contratar gente, que le comenzó a robar, y de haber tenido mermas aceptables cuando trabajaban sus hermanas con él, de dos, tres mil pesos, fueron elevándose hasta cinco, seis mil… ¡veinte mil pesos! “No, ya no me convino, pues casi todo lo que ganaba se le quedaba a la empresa y por eso, la dejé”, comenta, con cierta nostalgia.
Por lo pronto, Rogelio tiene fincadas sus esperanzas en las máquinas para los estacionamientos. “Sí, espero que pueda vender más, pero fíjate que hay estados en donde ya se prohibió cobrar el estacionamiento. Fíjate, había vendido unos equipos en Veracruz, pero que me llama el gerente y que me dice que ya estaba prohibido cobrar el estacionamiento. Como que no le creí, pero ya que veo las noticias y sí, que veo que ya estaban prohibidos y, ni modo, le tuve que regresar el adelanto. También  en Chihuahua, ya no pueden cobrar las tiendas, ni ningún negocio el estacionamiento, así que pues eso va restando mercado”, dice, con resignada molestia.
Pero no se desmoraliza Rogelio. “Ya hasta a amigos les he dicho que las ofrezcan y les doy una comisión… ya sabes, si quieres entrarle, pues adelante”, me ofrece.
Habrá que considerar su ofrecimiento, pienso, agradeciéndole la entrevista, aunque cada vez, al parecer, será más difícil vender esas máquinas, sobre todo si algún futuro candidato “presidencial” pudiera ofrecer, así, como dádiva social, que no se cobre ya ningún estacionamiento en apoyo a la “economía popular”.