lunes, 23 de mayo de 2016

Conversando con una estudiante de empresas turísticas



Conversando con una estudiante de empresas turísticas

Estela tiene 22 años y estudia administración de empresas turísticas en el UNITEC. Está cursando sus últimos dos cuatrimestres.
Como es normal, se decidió por esa carrera luego de algún tiempo de probar aquí y allá a lo que realmente le habría gustado dedicarse, tomando en cuenta que, por un lado, fueran de su agrado las actividades que desarrollaría en su vida profesional y, por otro, que realmente le permitieran hallar un trabajo decoroso, algo que no es fácil en un mundo cada vez más golpeado por las crisis generadas por este irracional sistema económico, llamado capitalismo salvaje.
Y es que vivimos una situación tan degradada social y económicamente, que ya ni poseer una educación superior garantiza de verdad que se consiga, ya no digamos un trabajo relacionado con lo que se haya estudiado, sino al menos trabajo (ver: http://archivo.eluniversal.com.mx/primera-plana/2014/impreso/preparados-sufren-mas-desempleo--43966.html).
Por ello es que para miles de personas, aun con estudios superiores, una alternativa ha sido ubicar un empleo dentro del sector informal, cada vez más socorrido como forma de sortear la crisis y sobrevivir (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2012/12/economia-informal-la-verdadera.html).
Estela aun no se encuentra en ese dilema de hallar trabajo, pues todavía no termina su carrera, y la apoyan bastante sus padres, pero recientemente probó algo de lo que enfrentará cuando se reciba, lo que ambos deseamos que sea una pronta realidad.
Como parte de su preparación, debió dedicar un cuatrimestre a lo que se llaman prácticas profesionales, que son actividades que consisten en que el estudiante se coloque en alguna empresa relacionada con el ramo de su futura carrera.
Ella debió revisar los convenios que tiene su escuela con empresas hoteleras, ya que por las distintas actividades que implica la administración y funcionamiento de un hotel, es un adecuado sitio para que ella se desenvuelva en las tareas turísticas, no sólo en los niveles administrativos, sino en aquéllos que tienen que ver con la prestación directa de algún servicio, tal como ser recamarera, mesera, cocinera, hostess… y así por el estilo.
Claro que para las empresas que firman esos convenios es una excelente forma de hacerse de personal medianamente capacitado de manera gratuita, pues esas “prácticas profesionales” difícilmente las pagan o, si lo hacen, es mínimo el pago que se da (en el caso de Estela, se convino en que se quedara con la totalidad de las propinas que recibiera como mesera).
Así que para el estudiante, esas prácticas implican que erogue gastos extras a los que de por sí ya tenga, como el pago de la colegiatura, por ejemplo.
El lugar elegido por Estela fue Cancún, la zona turística del país que, supuestamente, está entre los primeros cinco sitios de preferencia como destino vacacional a nivel mundial, sobre todo de extranjeros (ver: http://enfoqueradio.com.mx/ocupa-cancun-el-primer-lugar-en-preferencia-como-destino-turistico-orbitz/).
De hecho, Cancún, por su importancia turística, genera un tercio de los ingresos turísticos del país (ver: https://www.nileguide.com/destination/cancun/overview/local-info).  
Ese sitio resultó idóneo para los planes de Estela. Pero primero debió de buscar la empresa hotelera más a su gusto. Revisó varias y al final estableció contacto con un hotel catalogado como de “cuatro estrellas” (omito el nombre, para conservar el anonimato de mi entrevistada).
En cuanto fue aceptada, Estela se dio a la tarea de buscar alojamiento por los cuatro meses que estaría en Cancún. Ése lo halló en una casa compartida, en la cual se rentaban recámaras a señoritas. Otras dos chicas y ella ocuparon tres recámaras en renta. Estela acordó un pago de tres mil pesos mensuales con la dueña de la casa, con la quien, me dice, se llevó de maravilla. “Sí, nos entendimos muy bien y a veces me invitaba a otra casa que tiene en donde hay alberca. Sí, la verdad es que me la pasé muy a gusto viviendo allí”. Sus papas, como ya señalé, hasta ahorita la siguen apoyando bastante, así que el dinero, por lo pronto, nunca ha sido problema para ella.
La zona en donde rentó, me comenta que estaba “un poco fea”. “Sí, es que estaba algo sola”.
Le pregunto si se enteró sobre los recientes feminicidios que se han estado cometiendo en la zona y me dice que sí, que por desgracia es algo que de cierta forma ha enturbiado la supuesta fama de ciudad “segura” que tiene Cancún. “Sí, no creas, sientes miedo cuando te enteras de eso”. Sobre todo porque es una ciudad relativamente chica, aunque en los últimos años, su inflada fama, ha tenido como consecuencia que la ha hecho convertirse en un anárquico polo de atracción laboral. Su población actualmente es de más de un millón y medio de habitantes, lo que acarrea los típicos problemas de saturación de servicios, falta de viviendas decorosas, empeoramiento en la calidad de vida de sus habitantes, pauperización, incremento en los índices de delincuencia, precariedad laboral, desempleo y otros (ver: http://cuentame.inegi.org.mx/monografias/informacion/QRoo/Poblacion/).
Además, no se ha cumplido con los planes de “desarrollo” que tenían contemplado que Cancún fuera un lugar turístico sustentable y armónico, ya que se han excedido por mucho los cuartos de hotel con que cuenta, lo que ha llevado a destrucción de zonas naturales y playas, marcada degradación de otras, contaminación de cuerpos de agua superficiales y subterráneos y así. Dista mucho Cancún de ser el sitio prístino con no más de mil habitantes que se dedicaban a la pesca hacia el año 1960. El capitalismo salvaje depredador lo está llevando a su ruina aceleradamente (ver:  http://www.estosdias.com.mx/semanario/es-necesario-renovar-los-parametros-de-crecimiento-de-cancun-su-zona-hotelera-y-su-actividad-turistica-o-no-sobreviviran-al-caos/).
Seguramente esa problemática es algo que intuyó Estela, pues me comenta que, en efecto, hay ciertas horas que hasta le daba miedo salir a caminar. “Por ejemplo, si sales a las cinco de la tarde, está todo solo, las calles vacías, y como que sientes temor. Y también si sales del trabajo a las ocho de la noche, que es cuando comienza la vida nocturna, pues tampoco te sientes muy seguro”, dice. Lo irónico del asunto es que, enfatiza Estela, es menos riesgoso salir a las dos de la mañana y regresar incluso a casa, pues todo mundo es cuando sale de antros, sobre todo, para seguir con la vida loca, que es algo tan permitido en Cancún, con el pretexto de que es zona turística.
Como la zona hotelera está separada por alrededor de diecisiete kilómetros de la ciudad, y la mayoría de los habitantes de Cancún trabajan allá (86% de los cancunenses laboran en el sector turístico, la mayoría de ellos en la zona hotelera), deben de trasladarse hasta aquélla, empleando la mayoría transporte público. Una de las consecuencias de que tantos trabajen en la zona turística, es que existen ya problemas de traslado hacia ésta. “Si no había tráfico, llegaba en media hora, pero cuando había, me tardaba hasta 40 minutos o más”, dice Estela. Debía de tomar un camión que la llevaba hasta allá por veinticinco pesos, caro, si se toma en cuenta que la mayoría de los trabajadores ganan cinco salarios mínimos cuando mucho, o sea, entre 350 y 400 pesos diarios. Pero, como ya señalé, es una de las consecuencias que ese crecimiento anárquico ha generado.
Ya, platicando sobre lo que hizo en el hotel, para comenzar, destaca que todos los empleados le agradaron. “Sí, siempre se portaron muy amables conmigo, de verdad. Aquí (ciudad de México), me es muy difícil hacer amistades. Pensé que era, no sé, por mi forma de ser, que no le caía bien a la gente, pero después de lo que viví en Cancún, lo bien que me trataron, me di cuenta que, entonces, no soy yo, sino que, a lo mejor, la gente aquí es más indiferente, más egoísta… a lo mejor eso es”. Le celebro esa parte, pues es importante revalorarse, factor indispensable al emprender alguna labor. Demostrado está que la confianza en uno mismo, además, claro, de una adecuada preparación, es algo vital para desarrollar cualquier actividad.
De entre las ocupaciones que debió desarrollar Elena en el hotel, una fue la de mesera. “Esa me gustó mucho, pues me ponía a platicar con los clientes, la mayoría extranjeros. Había franceses, italianos, canadienses, ingleses… ¡ah, mucho ucraniano, sí, ay, las chicas ucranianas, bellísimas… y me gustó mucho platicar con ellos, porque me contaban de cómo eran sus países, qué hacían… y también me decían por qué les gustaba venir a Cancún”. La principal razón por la que vienen a Cancún es que pueden hacer lo que quieran, le comentaban, muy entusiasmados. “Es que dicen que todos son muy amables y que nadie les reclama si se ponen borrachos o si hacen desmanes… y los hombres me contaban que siempre se conseguían novia cada que venían”. A Estela, por supuesto, tiro por viaje, le proponían directamente, sin sutilezas que se acostara con ellos. “¡No, nunca acepté. Nada más me les sonreía y les decía sorry, I can’t… sí, porque te comunicas en inglés con ellos, todo el tiempo, pero varios, como los ucranianos, hablan hasta cuatro idiomas, inglés, francés, italiano y su lengua, pero, pues, en inglés, yo les decía que no podía. Nunca acepté”. Parte de lo que ha aprendido Estela es el inglés, el que dice hablar más o menos. Le pregunto qué sucedía si un empleado aceptaba tener sexo con algún turista, que si era amonestado por los gerentes y me contesta que “no, nunca te dicen nada, sólo si no estás haciendo bien tu trabajo, pero cuando acaba tu turno, puedes hacer lo que sea, incluso irte a la habitación de quien te invite”. Aunque afirma Estela que la mayoría de los empleados son muy correctos, así, como era ella, pues no quieren arriesgar su trabajo teniendo un affair que podría tener desagradables consecuencias. “Pero sí, siempre hay uno que otro empleado que acepta acostarse con alguien, sobre todo los hombres”, agrega, sonriente. No es de sorprender que sean hombres los más dispuestos a complacer y demostrarles a las y los turistas cuan hospitalario es Cancún, razono. 
Otra de las tareas que se le encomendaron a Estela, fue la de recamarera. “¡Con esa, en serio que sufrí!”, exclama. Y lo que platica es de no creerse, pues nunca habría yo pensado todo lo que se ve como recamarera, de acuerdo con lo que me refiere. “Cuando se desocupan las habitaciones, las recamareras debemos de limpiarlas, cambiar todos los blancos, toallas, barrer y trapear y ver que no se haya ocasionado algún destrozo, pero ves cada cosa que… ¡con decirte que las tres primeras veces hasta me vomité de todo lo que vi!”. Y ya cuenta que la mayoría de los turistas, gracias a que consideran que pueden hacer lo que quieran, se entregan a un destructivo y desagradable libertinaje, que se refleja en el estado en que dejan las habitaciones. No sólo hallaba vómitos en pisos y paredes, productos de las bacanales etílicas a las que son tan dados a entregarse, sino también heces fecales, sangre, escupitajos, botellas vacías, vasos, vidrios, sillas o mesas rotas y más. “Pero tenías que ser muy rápida para limpiar la habitación, no importa cómo estuviera. Te daban veinticinco minutos, pues tu cuota era limpiar ¡cuarenta y cinco habitaciones por día, sobre todo en temporada alta!”. Y es que el hotel consta de tres torres y de mil doscientas habitaciones en total, así que por eso debían darse prisa las recamareras, las que no ganan más de mil trescientos pesos semanales. Véase, pues, la explotación a la que son sometidos esos empleados, quienes por pura necesidad realizan tan pesadas labores, recibiendo a cambio un salario de hambre, que apenas si les permitirá sobrevivir. Seguramente es en lo que menos piensan los mafiosos en el poder tan dados a afirmar que el turismo crea muchas fuentes de empleo… sí, ¡pero muy mal pagado!, tendrían que agregar.
“Pero fíjate que el hotel no pierde nada. Antes de que se vayan los huéspedes, la recamarera debe de revisar muy bien la habitación y si los gastos exceden de mil o mil quinientos pesos, se les hace el cargo a su cuenta y no salen hasta que pagan”, me dice. Los más dados a esas muestras de irracional y desagradable comportamiento son los jóvenes, como los llamados spring breakers, que son las oleadas de adolescentes, o algo mayores, procedentes de EU, que vienen al país a gozar de lo lindo, ya que se les da un trato tan permisivo que difícilmente cualquier regla que violen es castigada. “¡Ésos, en serio que eran de los peores. Fue en una de sus habitaciones en donde me vomité las primeras veces!”. Y es que la permisividad es tan grande, que Estela vio cosas realmente fuera de lo común. “Fíjate, una vez iba yo hacia la lavandería y que me topo con una pareja que ¡estaba haciendo el amor, los dos desnudos, como si nada, como si no hubiera gente! Entonces, que llamo al gerente y que le digo lo que estaba viendo. Pues que me contesta que no me preocupara, que eso era muy común, sobre todo entre los extranjeros y que ya me iría acostumbrando”. En efecto, Estela se acostumbró a ver frecuentemente parejas haciendo el amor y a otras cosas, como  “a verlos pasar, todos borrachos, vomitándose enfrente de ti o casi desnudos, casi, casi haciendo el amor, y diciéndote que te fueras a acostar con ellos”. Aunque comenta que había gente madura o de la tercera edad, y que “esos eran otro rollo, sí, bien amables y atentos. Sus habitaciones las dejaban ordenadas, y nada más hacías limpieza normal”. Ya señalé antes que tan sólo por el hecho de que son turistas extranjeros, se debe de ser lo más cordial posible con ellos, incluso, admitir que se sobrepasen en muchas cosas. “Como te dije, con todos los extranjeros que platicaba, me decían que les gustaba mucho venir a Cancún porque podían hacer lo que quisieran”, dice Estela. Concluimos que Cancún es una especie de antro-cantina-prostituta muy querido por todos, sobre todo los extranjeros.
Me cuenta también del vergonzoso trato que le daban la mayoría de los mexicanos. “Cuando me asignaron como hostess del restaurante, una noche estaba lleno y tenía como a sesenta personas esperando mesa. Y varios de ellos eran mexicanos y como no los pasaba, pues que me empezaron a insultar, que quién me creía, que gracias a ellos tragaba, que era una muerta de hambre, que mejor me fuera a la chingada… y no sé cuántas cosas más me dijeron. Por eso nos dicen que les demos la preferencia a los extranjeros, que porque los mexicanos no saben tratar a la gente”.
Eso que me platica es verdaderamente vergonzoso, pues ese comportamiento tan vulgar, tan deshumanizado, es muestra del inconsciente racismo que pulula en este país, producto justamente de la herencia colonial maldita, parte de cuyo legado es que mucha gente, sobre todo la de ingresos altos, da un trato indigno, racista y discriminador al personal honesto y trabajador que presta algún servicio. “Piensan que porque pagan y tienen mucho dinero, te pueden tratar como sus calzones viejos”, agrega frunciendo el ceño. Le pregunto que si hacían algo, si los acusaban con algún policía, y me dice que no, que lo único que podían hacer, y eso si se ponían demasiado impertinentes, era llamar al gerente, y que éste, muy cortésmente, les pidiera que se tranquilizaran.
En cuanto a los precios de las habitaciones, que Estela se aprendió cuando estuvo como administradora, casi al principio, van desde los 6700 pesos por noche, habitación sencilla, incrementándose gradualmente según el área, el número de camas y el tamaño de éstas. “Sí, luego, con dos camas sencillas, era de diez mil doscientos. Luego, matrimonial e individual, catorce mil doscientos, luego veinte mil… algo así, veinticuatro mil y las más caras, de treinta mil pesos por noche, eran las suites. Ésas tenían tres recámaras, sala, cocina… como si estuvieras en un departamento, y estaban en la planta baja, para que fueran más cómodas para los que las alquilaban, pues muchos eran gente mayor y así, para que no tuvieran que subir escaleras. Y, además, tenían todo ilimitado, agua, luz, cable, teléfono… sí, eran las más lujosas”. Como puede verse, ese hotel sería prohibitivo para la mayoría de los mexicanos, sobre todo los que ganan no más de cinco salarios mínimos al día.
Señala Estela que ese hotel constaba de tres torres en donde estaban repartidas ¡mil doscientas habitaciones!. “Fíjate, diario, en promedio, se facturaban dos millones seiscientos mil pesos, y los gastos eran de un millón de pesos, así que les quedaba un millón, seiscientos mil pesos”. Vaya que, por algo, los hoteleros están muy felices y siguen destruyendo lo que queda de Cancún con nuevos emporios turísticos, con tal de atraer a miles de extranjeros cada año, a los que se debe de tratar con mucha paciencia y humildad. A reforzar nuestro carácter de ex colonia, pienso.
Confiesa que dejó un amor allí, el chef-gerente de la cocina, a quien conoció accidentalmente cundo laboró como mesera y corría a servir un café. “Choqué con él y le derramé todo el café caliente en el brazo. El pobre nada más se aguantó y me dijo que no me preocupara, que no era nada”, dice Estela, sonriente. “Pero… pues ya se acabó, sí, cuando me regresé… ya fue”, exclama Estela, suspirando. Es algo común, pienso, dejar amores así, cuando se emprende algún viaje o una efímera labor, el síndrome del marinero, un amor en cada puerto.
También me cuenta que a diario se iba a la playa, a darse un chapuzón. “De verdad que no me enfermé de nada. Aquí, todo el tiempo me duelen las piernas, el cuerpo, mi tobillo – me platica que a partir de una fractura que tuvo hace como tres años, se le zafa el tobillo izquierdo en ocasiones –, pero allá, no, nada… yo creo que es porque el agua de mar es curativa, ¿no?”, se cuestiona. Concuerdo con ella en ese detalle, claro, mientras el nivel de contaminación oceánica, no convierta las propiedades benéficas del agua marina en elementos dañinos a la salud.
Sus planes a futuro son regresar pues se enamoró de Cancún. “Sí, eso es lo que quiero, aunque mis papás me dicen que ni crea que me van a apoyar si me voy, pues ellos no quieren que me vaya, que mejor me consiga un trabajo aquí, pero no me importa”.
Le agradezco la entrevista y le reitero que si quiere irse a vivir allá, es sólo su decisión y ni sus padres pueden oponerse, pues si, como dicen, “en el mar, la vida es más sabrosa”, qué mejor que vivirla allí, haciendo lo que más le guste.

Contacto: studillac@hotmail.com     

viernes, 6 de mayo de 2016

Conversando con un empleado de atención a clientes



 Conversando con un empleado de atención a clientes
Por Adán Salgado Andrade

A quien llamaré Luis, actualmente, como millones de mexicanos, se encuentra desempleado, a pesar de que estudió la carrera de ingeniería civil, la que, tras muchos esfuerzos, acaba de concluir. “Pues ahora me falta la titulación y lo del servicio social”, me comenta.
Luis es víctima de lo que yo llamo el “síndrome de la preparación universitaria”, es decir, que actualmente, aun cuando se posean grados universitarios, como licenciatura, maestría o doctorado, no es garantía ya de que se pueda acceder de inmediato al mercado laboral, pues la creación de puestos de trabajo para esos niveles es mucho menor que los que existen para personas con menos preparación escolar (ver: http://archivo.eluniversal.com.mx/primera-plana/2014/impreso/preparados-sufren-mas-desempleo--43966.html).
El desempleo, de por sí, es una tendencia crónica del capitalismo salvaje, el que busca producir más con menos, sobre todo, menos personal, menos obreros, menos administradores y así (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2011/10/desempleo-en-eu-agudizada-tendencia-del.html).
Dicha tendencia y las equivocadas “políticas económicas” que la mafia en el poder ha impuesto, las cuales siguen aniquilando tanto a la planta productiva, así como a las actividades estratégicas (como la privatización de Pemex o de CFE), ocasionan que cada año se sumen 1. 2 millones de profesionistas al desempleo, los cuales no tienen ninguna posibilidad de aplicar los conocimientos adquiridos en un empleo acorde, según informa un estudio reciente (http://www.jornada.unam.mx/2016/05/06/economia/017n2eco).
Así que por todas esas circunstancias, Luis tuvo que irse inmiscuyendo en cosas totalmente ajenas a los objetivos de la ingeniería civil.
Ha transitado de trabajo en trabajo, todos muy mal pagados. El más reciente de todos, del que hace poco lo despidieron, fue en una empresa de atención a clientes. “Sí, estuve casi tres años como asesor financiero”, me comenta, sonriendo, en vista de que no fue eso para lo que estudió. “Es que no te queda de otra, tienes que aprender lo que sea, con tal de tener trabajo”. Se trata del tipo de empresas que están en pleno auge, gracias a la imposición de lo que eufemísticamente se llama “reforma laboral”, engendro de la mafia en el poder en funciones, que sólo ha buscado el beneficio de las empresas por sobre los trabajadores, a los que aquéllas pueden contratar de acuerdo a su conveniencia, incluso hasta por horas. Además, muchas empresas ni siquiera contratan directamente a sus empleados, sino que lo hacen a través de intermediarios, los que les ofrecen servicios administrativos, justo como los de “atención al cliente”, con lo cual, las empresas bajan sus costos laborales, pues ya no requieren de departamentos que tengan que ver con resolver los problemas que sus productos o servicios problemáticos ocasionen a los clientes. Es lo que se conoce como outsourcing.
De esa forma, ni las empresas que contratan a las que ofrecen dichos servicios, ni éstas (las que proveen el outsourcing), se tienen que preocupar en lo más mínimo por las prestaciones laborales o la antigüedad que puedan generar los empleados, ya que, como dije, los contratos son por tiempo limitado y se renuevan cada que terminan, con tal de no crear ningún tipo de antigüedad, ni ningún otro tipo de beneficio alguno. Lo peor de todo es que esas imposiciones han sido aceptadas tan resignadamente por la mayoría de los mexicanos, que uno se pregunta ¿qué necesitaríamos para que el grueso de la gente reaccione? (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2013/09/decadencia-neoliberal-automatas.html).
El sueldo de Luis era de $5700 pesos mensuales y un bono de “productividad”, que, si se cumplía con todas las exigencias de la empresa, elevaba el magro sueldo a unos $7000 pesos. “Pero, para que te den el bono, necesitas estar desde las siete de la mañana hasta que te dejen salir”, explica. Eso de “hasta que te dejen salir”, era variable, pues aunque la hora “oficial” de salida era a las cinco de la tarde, por las “necesidades de la empresa”, podía extenderse hasta las seis, siete o más. “A veces, te hacían quedarte hasta las once de la noche y si no lo hacías, entonces te recortaban el bono. Y si varios días no te quedabas, entonces te lo quitaban, porque te decían que no eras solidario con la empresa”, dice. Y es que aunque les pagaban el taxi cuando salían a esa hora, pues no convenía. “Yo vivo hasta Chalco, y trabajaba por el aeropuerto, así que pues casi nada más era ir a dormir tres, cuatro horas, y levantarte a las cinco para regresar a trabajar otra vez a las siete al otro día… no, de plano no es vida eso”, dice, pensativo.
En ese empleo lo que estuvo haciendo era dar “asesoría” a personas con problemas de inversiones, sobre todo de bancos. “La empresa le trabaja a Bancomer, sí, y yo tenía que resolverle a la gente problemas de sus inversiones, préstamos y cosas así”, me dice, de nueva cuenta, divertido, pues nunca imaginó que terminaría haciendo algo como eso. Me pregunto qué tan válido será que una empresa, como un banco, canalice los problemas que sus malos servicios le ocasionan a sus clientes, a una empresa y empleados totalmente ajenos, a pesar de que, supuestamente, son “capacitados”, como me aclara Luis. Pero es lo que actualmente se está haciendo, como señalo antes, con tal de bajar los costos administrativos. Para el capitalismo salvaje lo más importante es cuidar la ganancia, aunque los servicios o productos que proporcione sean malos o defectuosos.
Luis, de todos modos, ya pensaba en renunciar antes de que lo despidieran sin justificación alguna, y buscar algo que le dejara más ingresos. “Es que me casé hace dos años y medio, y pues los gastos suben”, abunda. Ya tienen su esposa y él un hijo, de dos años, y otro que nacerá en cuatro meses. Le pregunto que por qué no demandó a la empresa. “Lo pensé, pero pues son gastos que tienes que hacer y ahorita lo que menos tengo es dinero para gastar”, contesta. Claro, con un hijo y otro por venir y todo lo que implica tener una familia, en efecto, lo que menos puede darse el lujo, es de tener muy caros gastos legales.
Lo que por lo pronto sostiene a Luis y su familia es el ingreso de su esposa, la que trabaja en el Centro, en la calle de Corregidora, en una ferretería. “Sí, ya lleva allí como siete años trabajando, de las nueve de la mañana a las seis… a veces hasta las siete de la noche”, dice. El sueldo de ella es de 1500 pesos semanales, y eso porque ya tiene varios años allí. No le dan comisiones, pues la empresa las quitó hace poco. “Es que detectaron que varios empleados de otra tienda se estaban robando material y, según dicen, perdieron mucho”, me aclara. Sí, imagino que son los extremos, incluso delictivos, a los que los bajos salarios llevan a la gente, a realizar ese tipo de robos hormiga, con tal de sacar un ingreso extra. Es entendible, aunque quizá no tan justificable, razono.
Lo que también tiene a su favor Luis, es que viven en la casa de sus padres. “Ya estoy construyendo unos cuartos arriba… pero ya también me compré un terreno, allá por la salida a Puebla. Y allí también quiero construir… pero hasta que haya recursos”, agrega, risueño, como si de repente eso fuera una panacea, dada la precariedad en que actualmente vive. El terreno lo compró hace años, cuando le iba mejor salarialmente.
Sí, como en miles de jóvenes matrimonios, la “solución habitacional” muchas veces es vivir en la casa de los padres o de los suegros, ante la imposibilidad, por los bajos salarios, de independizarse y pagar una renta.
Le pregunto sobre la distancia que deben de recorrer a diario, por ahora sólo su esposa, para llegar al trabajo, y me dice que ya es algo a lo que mucha gente se ha acostumbrado, en vista de que los trabajos cercanos escasean o son muy mal pagados. “Allí en Chalco, cuando mucho, se pagan setecientos cincuenta a la semana y a lo mejor sí encuentras trabajos con buenos sueldos, pero son muy peleados”. Así que, como miles también, se han resignado al trajín que implica transportarse a diario en esta megalópolis, en recorridos que implican dos o más horas, además del desgaste físico y mental que estar tanto tiempo transportándose implica, pues es un factor estresante adicional a los que ya, de por sí, la cotidiana lucha por la sobrevivencia implica.
Luis ha estado explorando nuevas posibilidades de empleo, sobre todo, de que salarialmente sean mejores, ahora que los gastos familiares se han incrementado. Dice que un amigo que trabaja como agente de Afores, le ha estado platicando cómo es ese negocio. Las Afores, formadas bajo la mafiosa administración de Ernesto Zedillo, no han sido otra cosa que fondos para que las empresas, no los trabajadores, se beneficien y tengan recursos fáciles (ver: http://www.jornada.unam.mx/2016/04/06/economia/029n1eco).
El pretexto para su formación fue que servirían para “mejorar” las pensiones de los trabajadores, pero ahora resulta que ni así, con ese esquema, los trabajadores pueden esperar pensiones dignas, más ahora que la OCDE exige reformar otra vez el sistema de pensiones, reduciendo su monto y elevando la edad a la que un trabajador puede jubilarse hasta los 65 años (ver: http://www.jornada.unam.mx/2015/10/18/economia/020n1eco).
Lo que hace un agente de afores es tratar de buscar que los ahorradores de una institución se cambien a otra. A cambio, la institución, como un banco, que recibe ese ahorro, le paga al agente una comisión. “Pues por cien mil pesos, te pagan mil, por doscientos mil, te pagan dos mil… y así”, dice Luis. O sea, por lo que me comenta, se paga 1% de comisión. “Lo que te conviene es que vayas con el dueño o el administrador de una empresa y le propongas que cambie a todos sus trabajadores a tal o cual Afore”, explica. Pero no es de sorprender que, dada la galopante corrupción que impera en este país, así, como norma social, se da el caso de que el dueño o administrador de tal empresa ponga como condición al agente que sí hará el cambio, siempre y cuando, éste le dé una parte de la comisión que el banco que reciba los ahorros de los trabajadores, le proporcione. Eso es, pues, el diezmo que la corrupta tradición, legado de la herencia colonial maldita, nos ha impuesto (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2010/11/de-corrupcion-y-diezmos.html).
“Te conviene si son varios trabajadores y, por ejemplo, que tengan un ahorro entre todos de, por ejemplo, diez millones de pesos, pues te llevarías como cien mil pesos y ponle que le des treinta mil al administrador, pues te quedan setenta mil pesos”, dice, pero no sucede así cuando los montos ahorrados son pequeños, algo que el agente desconoce de antemano. “Es cuando puedes perder”, señala. Así que es una actividad riesgosa, que puede dar buenos ingresos o precarizar más a quien la efectúe. “Eso también se hace con los seguros, que busques a alguien que se cambie de aseguradora, pero es más difícil que con las afores”, agrega Luis.
Lo peor son las exigencias adicionales que la mafia en el poder impone, como la obligación que recientemente se exige ya, de contar con una Tablet que incluye un software administrativo para la tarea en cuestión, así como conexión a red y otros implementos. Hacerse de ese artilugio cuesta actualmente dieciséis mil pesos. “Sí, pues o lo compras, o lo rentas, pero rentado, te cobran setecientos cincuenta por día, así que mejor te conviene comprarlo”.
Y volvemos a lo mismo, eso sólo si se cuenta con recursos monetarios, que Luis actualmente no posee. “Estoy viendo eso… pero también estoy viendo lo de titularme. A lo mejor ya con el título, pues puedo encontrar un trabajo que se relacione con lo mío, ¿no?”, dice Luis, esperanzado.
Sólo pienso en lo que he mencionado, que ya ni con estudios universitarios de cualquier nivel, la gente encuentra trabajo. Pero, bueno, es algo que Luis deberá de experimentar en carne propia o quizá, al final, logre convertirse en agente de Afores… o termine en la informalidad, como millones de mexicanos que han visto en ese sector una alternativa de vida (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2012/12/economia-informal-la-verdadera.html).
Le deseo suerte, que halle pronto trabajo, que su hijo nazca muy bien, que se titule pronto y… en fin, las palabras de aliento que se suelen dar a la gente, deseándoles de corazón que puedan remontar la adversidad lo antes posible.

  

lunes, 11 de abril de 2016

Conversando con un fabricante de boleteras de estacionamiento



Conversando con un fabricante de boleteras de estacionamiento
por Adán Salgado Andrade


A quien llamaré Rogelio, me muestra la publicidad con la cual anuncia la máquina expendedora de boletos para estacionamiento, impresa en una hoja gruesa, de buen material y buena tipografía. Allí, se enuncian las características que tiene tal máquina, que en realidad es una computadora, con un software que acciona la impresión y emisión del boleto, que se concreta cada que un automovilista pulsa un botón, luego de lo cual se abre la pluma. “No, lo de la pluma es aparte, son otras empresas las que lo hacen”, aclara. Se especifica en la publicidad que la boletera cuenta con varios gigas de memoria, impresora térmica y “amable voz femenina” que recibe con un “Adelante, bienvenido”, al usuario o usuaria en turno – le cuestiono que si el software distingue si es mujer u hombre y, con una sonrisa de extrañeza, me dice que todavía no hay expendedora capaz de distinguir el sexo del usuario. También ofrece la máquina para valet parking, para que el negocio que lo ocupe tenga más control sobre lo que aquél empleado cobre, pues se emite un boleto, cada que un automovilista le solicita sus servicios para estacionar su vehículo.
Rogelio es todo en su negocio, desde diseñar y armar las máquinas, hasta el andar ofreciéndolas de estacionamiento en estacionamiento, así como proporcionarles mantenimiento. Le pregunto si estudió alguna ingeniería y me contesta que no, que él, en realidad, es contador público, egresado del IPN. “Mi profesión es la de contador público, pero nunca me dediqué a eso. Lo que pasa es que por el (19)98, mi primer trabajo, cuando todavía estaba estudiando, fue en una empresa que se dedicaba a ofrecer lo del Internet, cuando apenas comenzaba, pero luego me salí, antes de que desapareciera. Después, me metí a trabajar en Telmex. Allí, lo que hacía era que los equipos de computadoras que vendían a los clientes, yo se los iba a instalar y también el módem y la línea a Internet. Era cuando todavía no había tiendas de Telmex, ni nada de eso, sí”, refiere, enfatizando que nunca, en efecto, trabajó en la contabilidad.
Me sigue platicando sobre las máquinas de boletos. “Acabo de regresar de Chalco, pues fui a ofrecer mi máquina a una plaza comercial, creo que se llama Sendero”. Como prácticamente cualquier negocio, hay muchos competidores. Basta revisar los que aparecen en la red, cuando se buscan máquinas para estacionamientos, y aparecen marcas como Parkinglogix, CDS automático, DataPark, Cronotek, AKT, Amano McGann… y varias más, así que no es fácil colocarlos.
Le pregunto qué le piden las empresas para que le acepten un equipo y me dice que, sobre todo, ya tenga instalados algunos. “El administrador te pregunta que en dónde tienes equipos. Yo, por ejemplo, tengo algunos en la Terminal de Autobuses del Sur y en una plaza que está cerca de Huipulco y en Polanco. Y también tengo puntos de valet parking. Como te digo, entonces, el administrador manda a una persona a verlos y, ya, si le gusta, pues hacemos el trato… pero es cuando, ya sabes, le debes de entrar”, enfatiza la última frase.
Se refiere a la deleznable práctica existente en México (y seguramente en todo el mundo), de ofrecer una bonificación económica a cambio de conceder un contrato, algo que aquí se denomina coloquialmente el diezmo, pues casi siempre se debe de dar el diez por ciento del contrato. Ya he abordado antes lo que implica esa arraigada, corrupta práctica, nefasto legado colonial (ver:  http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2010/11/de-corrupcion-y-diezmos.html).
Así que, inevitablemente, Rogelio le tiene que entrar. “Aunque, te diré, que como le sacas el doble al equipo, pues aun así, te conviene”. Por ejemplo, hace poco, en una venta de dos equipos expendedores, de $48 mil pesos cada uno, debió de darle al administrador de la empresa $25 mil pesos. “Sí, digamos que le tuve que dar lo de la ganancia de uno”, dice, resignado. Sí, allí no fue el diez por ciento, sino más del 26% lo que tuvo que “ceder”. “Fíjate, la empresa que le vendió a la Terminal del Sur las primeras máquinas, le cobró millón y medio, pero tuvo que darle al administrador cuatrocientos mil pesos, sí, pero aun así, le convino”. Así que el estándar, haciendo cuentas, parece ser el 26% de lo que se cobre, pienso. Por cierto que me dice que esas terminales de autobuses, son proyectos privados, contario a lo que habría de pensarse, que son gubernamentales. La del sur es de Estrella Roja, por ejemplo, así que desde hace mucho que este país se ha ido privatizando en todo, como han ido promoviendo las distintas mafias políticas que lo han administrado y subastado a su antojo.
Continuando con su relato, dice Rogelio que justo en esa empresa, la que surtió de equipo a la Terminal de Autobuses del Sur, que ya ni su nombre recuerda bien, es en donde Rogelio se inició hace años y aprendió el negocio. El dueño tuvo por entonces un contrato millonario con los estacionamientos de Comercial Mexicana de todo el país y le fue tan bien que hasta decidió cerrar el negocio y vivir de sus rentas, como se dice.
Vuelvo a reflexionar sobre el nefasto país que habitamos, en el que la gente deba de ceder parte de lo que trabajosamente gana, como Rogelio, con tal de tener algún ingreso. Pero esa deleznable práctica es algo que se ha generalizado en todos los países y corporaciones, en donde esas, llamémosles, “dádivas”, son parte integral de los gastos que una empresa debe de realizar para obtener un contrato. Incluso, si no es una petición directa por parte del que concede determinada compra, una empresa le ofrece un soborno, con tal de ser favorecida. Es, pues, práctica común en este materializado sistema, obra del dominante capitalismo salvaje (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2015/12/corrupcion-corporativa-ganancias-y.html).
Sin embargo, Rogelio dice que la ventaja es que como se cobra por adelantado, de “allí sale para darles lo que te pidan”. Eso dice que hay que agradecérselo a Amano, que fue la primera empresa que comenzó a vender esos equipos, la que siempre ha cobrado por adelantado y cinco semanas después, los entrega. “Sí, es muy estricta, pero fíjate que de algún modo fue la que estableció esa forma de trabajo, porque ahora, si ya te aceptan tu equipo, yo les pido el cincuenta por ciento de anticipo. Con eso los armo y todo. Ya, cuando los entrego, cobro la otra mitad y de allí les doy su mochada”.
Rogelio también ofrece las máquinas cobradoras, las que son mucho más caras que las boleteras. “Las que vendo te cuestan doscientos mil pesos, pero las de marcas más caras, te llegan a costar hasta cuatrocientos mil pesos o más. No se venden tanto, por lo mismo, o porque ya las empresas tienen y sólo renuevan las boleteras”.
Pero si no puede vender máquinas, vende el mantenimiento. “Sí, pues esa es otra entrada. El equipo nuevo, lo das con un año de garantía. Ya cuando termina, les ofreces el mantenimiento, que se los cobras anual. Por ejemplo, en la Terminal del Sur, les doy el mantenimiento a cuatro máquinas que les vendí y les cobro sesenta mil pesos al año, es como una póliza de mantenimiento”. Dice que el mantenimiento es surtir del papel de impresión a la boletera, limpiarla y revisar que trabaje bien. A las máquinas cobradoras, les tiene que estar actualizando el software que reconoce los billetes, el que da el cambio, así como limpiar los rodillos por los que pasan los billetes. “Sí, fíjate que se ensucian mucho. Los debes de limpiar, porque tienen pegada como una mugre pastosa, sí. Es que los billetes vienen muy sucios, muchos con comida o así”. Aunque dice que las máquinas están programadas para ser muy estrictas en cuanto a los billetes que acepten, y que rechazan los que están rotos y, desde luego, los falsos. “Y es que como ya ves que últimamente aquí han estado cambiando mucho los billetes, pues tienes que actualizar el escaneo o que luego cambió el director del banco y cambia su firma, pues tampoco los aceptan… y así”.
También les vende los consumibles, como los rollos de papel. “Sí, por ejemplo, cada rollo de papel se los vendes en quince pesos con noventa centavos. Acabo de vender cinco mil a Comercial Mexicana, y así, le tienes que ir buscando”.
Dice Rogelio que este año ha sido más difícil para las ventas de sus equipos, pues el pasado, a estas alturas (abril del 2016), ya había vendido dos. “Sí, el año pasado vendí cuatro, pero este año no he vendido nada… está duro”. Claro, cómo no va a estar difícil la situación, con la debacle económica mundial, acentuada aun más en este país depredado y controlado por una mafia política, que ha impuesto planes económicos favorables sólo a las mafias empresariales nacionales y transnacionales, lo que ha agudizado la ya de por sí complicada situación económica para la clase trabajadora de este empobrecido México, pienso.
Lo bueno es que trabaja en una empresa que distribuye equipos de impresión y máquinas de administración, como las que usan los checadores de precios en las tiendas de autoservicios, y allí tiene su sueldo, digamos, “seguro”. “Sí, son caras esas maquinitas, veinticinco mil pesos cada una. Las impresoras son más baratas, de cuatro, cinco mil pesos, dependiendo el modelo. Pero fíjate que son mucho más baratas que las que vende Zebra, que es la líder del mercado. Las que vendemos son de la marca Citizen y te salen a una cuarta parte de lo que cuestan las de Zebra, sí”.
Me sigue platicando Rogelio sobre los trabajos que ha tenido, que han sido muchos. Incursionó en Liverpool, por el 2006. Allí se dedicó a organizar la facturación electrónica, la que esa empresa fue la primera en implementar en el país. “Sí, yo les organicé todo, armé el portal en Internet y capacitaba a los proveedores para que aprendieran a usarlo. Fíjate, allí te das cuenta cómo operan esas empresas. Liverpool te dice que te va a dar tanto por tu producto, no lo que tú le pidas. Luego, te da plazos para pagarte, que treinta, sesenta, noventa o ciento ochenta días. Cuando eres nuevo, pues te pagan hasta los ciento ochenta días. Y, además, como los proveedores tenían que usar el portal para lo de las facturas electrónicas, les cobraba por eso. Entonces, pues cuando muchos cobraban, les llegaba el cheque de cero pesos, pues les descontaban lo del uso del portal… ¡así se las gastaban!”. Así que, por lo que platica, no difieren las ventajosas prácticas de Liverpool de las de emporios como Walmart, por ejemplo, que compran a crédito y pagan semanas o meses después a los proveedores, los que, resignadamente, deben de aceptar esas leoninas condiciones. Mientras tanto, tales empresas especulan con el dinero que obtienen de las ventas anticipadas del producto, sin, realmente, hacer inversión alguna (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2013/01/los-negativos-efectos-del-emporio.html).
De Liverpool renunció porque, a pesar de todo lo que organizó, que les levantó con mucho las ventas, nunca le subieron el sueldo o le pagaron acorde con la calidad de su trabajo. “Luego, fíjate, me quisieron poner una supervisora y pues ya fue cuando los mandé a la fregada, pues si yo estaba haciendo bien mi trabajo, qué tenían que estarme supervisando, ¿no?”. Platica que muy pocos saben que Liverpool ofrece escuela de distintos niveles a sus empleados. “Tú, como empleado, puedes estudiar desde la primaria, hasta la universidad o una maestría, si quieres. De hecho, yo estuve dando clases, en la universidad, de sistemas, me gustó mucho, la verdad. Pero fíjate que son muy pocos los que aprovechan esa prestación, quién sabe por qué”. Teorizamos que quizá se deba al generalizado conformismo que padece el mexicano, que aun frente a buenas oportunidades de superación, prefiere seguir en su zona de confort. En fin, legado de lo que yo llamo herencia colonial maldita.
Otro sitio en donde trabajó fue en Televisa. “Allí me encargué del servidor para la señal digital. Fíjate que allí te dan muy buenas prestaciones, además de que nunca te corren. Me hice algo mañoso, porque un compañero y yo estábamos encargados de ese servidor, pero nos dimos cuenta de que podíamos hacer el trabajo desde la casa, así que no teníamos que llegar a nuestra hora, como ni checábamos, nada más les pedíamos a los otros empleados que cuando se cayera el servidor, nos hablaran por teléfono y ya, en cinco minutos, desde la casa, lo arreglábamos, pero el problema es que una mañana, que se cayó, que le tocaba a mi compañero arreglarlo, no lo pudieron localizar y pues lo tuvo que arreglar el gerente, pero se tardó como tres horas. Y por eso se dieron cuenta que ni íbamos, pero como no te corren, nada más te congelan, pues aunque hagas méritos, ya sólo te dejan siempre en un mismo lugar y por eso me salí”, agrega.
De allí, se puso a administrar una tienda Oxxo con sus hermanas. Dice que esa cadena de tiendas llamadas de “conveniencia”, que pertenece a Femsa, empresa que representa aquí a la transnacional Coca-Cola, busca administradores cada que abre una nueva sucursal. “Sí, no hay dueño. Por ejemplo, si tú tienes un local que pueda funcionar como tienda, la empresa te lo renta o si tienes un terreno, también te lo renta y construye la tienda. Y si quieres hacerte cargo, te dan el curso de tres meses, para que aprendas cómo administrarlo, que hagas inventarios, que lleves la contabilidad, que aprendas a hacer el café… y todo lo que se necesita, que estés a las vivas con lo del robo hormiga, que es el que más te merma las ganancias”. Me explica que normalmente hay mermas, que son tanto de los mismos empleados, como de los clientes que se roban algo. “Sí, te ponen un ejemplo. Te dicen que supongas que un empleado se coma un gansito diario, ya son ocho pesos. Y como trabaja treinta días, pues ya son doscientos cuarenta pesos. Pero si tienes seis, pues ya son ochocientos cuarenta pesos. Y si le sumas que el refresco, que el dulce, pues ya son dos tres mil pesos mensuales de merma, ¿no? Y si le sumas lo que los clientes se roban, que es de todos los días, pues ya son cuatro, cinco mil pesos”. Lo irónico es que también en esos “cursos” les enseñan mañas, para que saquen más dinero sin que se de cuenta la empresa. “Sí, o sea que, de origen, te enseñan a hacer transas”, declara, sonriente. Pienso que es, finalmente, una forma que tiene el mexicano de sobrevivir, esquilmando algo de las cuantiosas ganancias que muchas empresas ganan a costa de explotarlo cotidianamente y pagarle salarios de hambre.
Dice que la empresa acepta como normal tres por ciento de merma, pero que si pasa de eso, se descuenta de la ganancia que se obtenga, que es del treinta por ciento de lo que se vende cada mes. “Mira, sacas muy buen dinero si la administras bien, si tienes empleados de confianza, si tienes cámaras para vigilar que no se roben las cosas, pero ¡es una friega, porque tienes que estar todo el día y hasta en la noche metido allí, no tienes vida propia! Eso es para alguien que se quiera retirar y que no vaya a hacer otra cosa que administrar la tienda”. Sería, pues, otra modalidad de explotación empresarial, puede pensarse.
No les iba mal, pero tuvieron un problema familiar de salud, por el cual sus hermanas dejaron de ayudarle. Tuvo que contratar gente, que le comenzó a robar, y de haber tenido mermas aceptables cuando trabajaban sus hermanas con él, de dos, tres mil pesos, fueron elevándose hasta cinco, seis mil… ¡veinte mil pesos! “No, ya no me convino, pues casi todo lo que ganaba se le quedaba a la empresa y por eso, la dejé”, comenta, con cierta nostalgia.
Por lo pronto, Rogelio tiene fincadas sus esperanzas en las máquinas para los estacionamientos. “Sí, espero que pueda vender más, pero fíjate que hay estados en donde ya se prohibió cobrar el estacionamiento. Fíjate, había vendido unos equipos en Veracruz, pero que me llama el gerente y que me dice que ya estaba prohibido cobrar el estacionamiento. Como que no le creí, pero ya que veo las noticias y sí, que veo que ya estaban prohibidos y, ni modo, le tuve que regresar el adelanto. También  en Chihuahua, ya no pueden cobrar las tiendas, ni ningún negocio el estacionamiento, así que pues eso va restando mercado”, dice, con resignada molestia.
Pero no se desmoraliza Rogelio. “Ya hasta a amigos les he dicho que las ofrezcan y les doy una comisión… ya sabes, si quieres entrarle, pues adelante”, me ofrece.
Habrá que considerar su ofrecimiento, pienso, agradeciéndole la entrevista, aunque cada vez, al parecer, será más difícil vender esas máquinas, sobre todo si algún futuro candidato “presidencial” pudiera ofrecer, así, como dádiva social, que no se cobre ya ningún estacionamiento en apoyo a la “economía popular”.