sábado, 11 de junio de 2016

Conversando con un vendedor de recaudo



Conversando con un vendedor de recaudo
Por Adán Salgado Andrade

Roberto vende verdura y fruta, desde hace muchos años, en uno de los puestos de un, ya no muy demandado, mercado de esta ciudad de México.
Dice que cuando se estaba construyendo el mercado, que es relativamente nuevo, con ahorros que tenía, lograron comprar dos, de los siete puestos que ahora poseen, los cuales, actualmente, ocupa o renta.
“Es que siempre me ha gustado mucho trabajar. Antes de estos puestos, tenía mi tienda y mi recaudería en donde vivo, allá por el cerro de la Estrella, pero ya, cuando compré aquí, pues nos vinimos y cerramos los de allá. Me iba muy bien allá, la verdad”.
Antes, como platica, le iba mejor, sobre todo cuando las tiendas de autoservicio no tenían su departamento de frutas o verduras o era mínimo. “Fíjese, yo, cuando hice buen dinero, fue por el noventa, más o menos, cuando los Aurrerá ( se refiere a lo que actualmente es la cadena estadounidense Walmart, que ha ido monopolizando el sector de las tiendas de autoservicio), no vendían verdura o fruta… o muy poca”. En ese tiempo, dice que a la semana, fácilmente le quedaban de siete a ocho mil pesos ya libres, claro que de esos pesos, me aclara. “Es como si ahora me ganara unos quince o veinte mil pesos, pero no, ahora cuando mucho, me quedan cinco o seis a la semana, además de que ahora tengo que trabajar más. Sí, por la competencia de todos los súpers”.
En efecto, las tiendas de autoservicio cada vez ejercen más competencia sobre comercios como los mercados o las tradicionales tiendas de abarrotes (éstas, asediadas, también, por las llamadas tiendas de conveniencia, como los Oxxo’s o los Seven Eleven’s), las que van desapareciendo aceleradamente. En el caso de los mercados, han ido perdiendo influencia, como abastecedores sobre todo del recaudo, otros alimentos y otro tipo de productos (ver: http://propiedades.com/blog/arquitecura-y-urbanismo/mercados-vs-supermercados-en-la-ciudad-de-mexico).
Particularmente, los estragos que ocasiona Walmart, cada vez que abre una tienda son, entre otros, la desaparición de tiendas de todo tipo, además de puestos de trabajo. Aun así, la mafia en el poder del país, siempre la ha dejado actuar a sus anchas, permiténdoles, incluso, que establezca tiendas en lugares no propicios por ley para ello (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2013/01/los-negativos-efectos-del-emporio.html).    
Y no sólo él, sino que su mujer y sus hijos, también tienen ocupan otros de los puestos que tienen. Por ejemplo, su esposa, tiene una tortería y juguería, la que le deja alrededor de ochocientos pesos diarios “ya libres”. “Si, a veces, hasta mil pesos libres se gana ella. Le ayudan mis hijas y uno de mis hijos, así que no pagamos empleados. Pero, sí, la comida deja mucho, más del doble le gana usted”. Además, la ventaja adicional es que Roberto es el que surte la mercancía, pues él va a la central de abastos, cada tercer día, y compra lo que su esposa necesita. Dice que tiene una camioneta Ford de “una tonelada”, que es en la que carga con todo. También le surte a su hijo el mayor, el que, además de haber terminado la  carrera de ingeniería en sistemas en el Unitec, también se dedica al giro de la preparación de alimentos. Él abrió una juguería, en la que prepara ensaladas de frutas, jugos y licuados de todo tipo, en otro de los puestos de la familia, junto al de Roberto. “Mi hijo estuvo trabajando en la plaza de la computación, arreglando computadoras, pero dice que le pagaban muy poquito”, comenta Roberto.
Lo de muy poquito, pues es relativo, ya que el joven ganaba mil seiscientos pesos a la semana, o sea, 6400 pesos al mes. Eso equivaldría a un salario de casi doscientos treinta pesos al día, es decir, poco más de tres salarios mínimos, que comparado con las percepciones de los más de 7.9 millones de trabajadores que ganan un solo salario mínimo, cuando mucho, implicaría que el hijo de Roberto sería, digamos, “privilegiado” (ver: http://www.jornada.unam.mx/2016/05/20/opinion/020o1eco). Y eso es lo que ganan otros 20 millones de trabajadores del país, tres salarios mínimos, a lo sumo. Así, con salarios tan bajos, cómo espera la mafia en el poder que se reactive el consumo y “remontemos” la crisis (aunque ya un imbécil “secretario” del calderonato había afirmado que con seis mil pesos se podía “vivir bien”. ¡Vaya declaración!).  
“Por eso fue que me dijo que mejor pondría una juguería. Fíjese, allí, ya libres, le quedan seiscientos pesos diarios”. Eso, haciendo cuentas, equivaldría a unos dieciocho mil pesos mensuales, lo que ganaría, por ejemplo, un gerente bancario o un profesionista muy bien pagado, considero. El escuchar eso, lleva a reflexionar que, por un lado, deja más una ocupación, como el comercio, informal la mayoría de las veces, que no requiere mucha preparación o ninguna. Por otro lado, que de qué le sirvió, entonces, al hijo de Roberto estudiar una profesión, si, a fin de cuentas, ha preferido dedicarse a algo que le deje más dinero, aunque nada tenga que ver con dicha profesión. Sin embargo, dadas las circunstancias, por los salarios de hambre que se perciben, muchos optarán por hacer lo mismo que aquél. De hecho, he conocido a ingenieros que manejan taxis o a doctores que venden tortas.
Roberto cuenta que va a la central de abastos cada tercer día. “Compro diez, once mil pesos… y a eso se le gana como mil doscientos, mil trescientos pesos… ya no mucho, por eso es que ya no se gana como antes”, agrega, resignado, aunque, de todos modos, Roberto está mejor que la mayoría de los mexicanos. Ha podido, me platica, mandar a todos sus hijos a escuelas y universidades particulares. “Mi hija está estudiando turismo, también en el Unitec”, dice, con algo de orgullo. Además de que, enfatiza, siempre ha sido muy chambeador.
Al preguntarle qué hace con la fruta o verdura que no se vende, me dice, sin la menor sutileza, que nada se desperdicia. “No, nada se tira… o muy poco. Por ejemplo, los jitomates que ya se están madurando, se los paso a mi esposa para las tortas o las salsas. Y ya tengo clientes que pasan por lo que ya se está pasando”, me comenta, como si nada. Lo que me lleva a pensar que eso explicaría por qué, muchas veces, cuando compramos una ensalada de frutas o de verduras, si no la comemos ese mismo día, al otro, ya se está comenzando a fermentar o pudrir, pues quienes las elaboran (espero que no todos), compran, ya pasados, los ingredientes, con tal de sacar aun más ganancia. Bueno, razono, todos hacen su lucha, aunque muchas veces sea en detrimento de nuestra salud. Cosas de esta deshumanizada, materialista sociedad.
Ya entrados en la plática, me cuenta que por allá del 2002 se fue a Estados Unidos (EU), no por necesidad, sino por “accidente”. “Fíjese que tenía una sobrina, por parte de unos primos de mi esposa, que eran de Michoacán, que de recién nacida se la llevaron al otro lado, sin papeles. Pero ya tenía como once años, cuando quiso que la trajeran a visitar a sus primos. Pero, como le digo que no tenía papeles, nos la dejaron y ellos se fueron, otra vez de mojados. Y, la niña, al principio, sí estaba contenta, pero ya cuando pasó el tiempo, se ponía a llorar, que quería irse con sus papás… y fue cuando me dijo mi mujer que por qué no la llevaba. Pero, pues estaba difícil, porque ni ella, ni yo, teníamos papeles, fíjese…”.
Y narra Roberto que le habló a un amigo coyote, quien le dijo que sí lo pasaba, que nada más pagara, para empezar, los pasajes para Tijuana, los que costaron tres mil pesos por los dos. “¡Fíjese, yo lo más lejos que había ido en ese tiempo era a Veracruz. Ni tampoco me había subido a un avión. En serio que iba renervioso, pensando que a ver si no se caía la madre esa!”. Y llegaron a Tijuana, sin problemas y, de allí, el amigo coyote, le dijo que le iba a cobrar quince mil de cada uno por llevarlos hasta Filadelfia, que era en donde los papás de su sobrina vivían. Cruzaron la frontera, tampoco sin grandes problemas, y en una camioneta los llevaron hasta Phoenix.
Pero fue allí cuando comenzaron los problemas para Roberto y su sobrina y los otros 25 que iban con ellos, pues en algún lugar de esa ciudad, fueron detenidos por hombres, quienes por sus características físicas, Roberto identificó con gringos, quienes, a punta de metralleta, los hicieron bajar y amenazaron al conductor y al amigo coyote que se fueran, si no querían que los mataran allí mismo. “¡Uy… viera qué feo se siente que lo estén apuntando con una pistola… bueno, con una metralleta, porque no eran pistolas. Ya , luego, mi amigo se fue con el chofer y allí nos dejaron. Y estos cuates, los gringos, pues que nos dicen que si queríamos huir, que nos iban a matar, que mejor tranquilitos y que nos vendaron los ojos, que nos suben a otra camioneta, de esas, como las de la bimbo – se refiere a los vehículos tipo vanette, cerrados, de tres toneladas – y que así nos tuvieron trayendo p’acá y p’allá… y ya, luego de un rato, que nos dicen que nos bajáramos. Y que nos bajamos… y, fíjese, era una casa chica, de las de allá, que pues no son muy grandes, y allí ya nos llevan y que nos dicen que nos tenían allí que porque mi cuate, el coyote, que les había robado una carga antes, y que por eso nos llevaban, que para cobrarse… ¿usted cree?... bueno, y, como le digo, pues era una casa chica, y allí que nos encierran, pero, no me lo va a creer, yo creo que habíamos allí como seiscientas personas, sí, haga de cuenta que parecía un mitin, así, como cuando da un discurso un candidato… lo bueno es que, como era febrero, pues no hacía tanta calor, pero, pues ahí estábamos todos amontonados, sí”, cuenta Roberto, un tanto perturbado, quizá por el dramático recuerdo.
Y agrega que, a punta de pistola, así, apuntándoles, moviéndola de arriba hacia abajo, como pedagógico, amenazante índice, les dijeron que los otros coyotes al haberles quitado, según ellos, la humana carga días atrás, evitaron que ellos, los gringos que les apuntaban con pistolas, se ganaran treinta y cinco mil pesos de cada uno y que, si querían salir vivos de allí, debían darles a ellos, justamente, treinta y cinco mil pesos. “Y, pues allí me tiene, comunicándome con mi familia, para que me mandaran eso, pero con la pistola apuntándonos, para que no fuéramos a decir otra cosa, que nada más les pidiéramos el dinero, y a’i me tiene, inventando que mi amigo nos había quedado mal, pero que ya habíamos encontrado a otro y que nos iba a cobrar treinta y cinco mil pesos a cada uno, por llevarnos hasta Filadelfia… y mi mujer, reclamándome, ¿no?, que ‘ya ves, que yo te dije, que no te confieras, pero no me hiciste caso’… y yo, nada más con las ganas de decirle la verdad, pero  no podía, con el pinche gringo apuntándome, pues le tuve que decir mentiras”, dice, en resignado tono.
Los habían secuestrado un jueves y para el domingo, ya le había mandado su familia el dinero, pues es lo que les habían exigido, que no pasara del domingo. “Nomás para qué vea cómo allí también hay corrupción, porque, pues no sé cómo cobraron el dinero, nada más con el número de los envíos, porque fue por Western Union, pero lo cobraron, sin identificaciones, ni nada”, enfatiza.
Le pregunto que los que no tenían dinero, que qué les hacían. “¡Pues… eso, sí, quién sabe!, porque nada más veíamos cómo los iban separando y se los llevaban a un rincón… no, no sé… a lo mejor los iban a poner a trabajar, ¿no?... pobres, pero, nosotros, gracias a Dios, sí tuvimos con qué pagar. Es que, en esos momentos, uno nada más piensa en salvarse, ¿no?, porque está uno bien ciscado…”.
¿Qué será de esa gente, que no puede pagar esos infames secuestros?, cabría preguntarse. Probablemente, como muchos miles cada año, terminen en las redes criminales que los emplean en cualquier cosa, como distribuidores de droga, prostitución o, peor, que a varios los maten y trafiquen con sus órganos (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2007/11/trfico-humano.html).
Así como impera en el planeta entero la descomposición social, el egoísmo y el materialismo a ultranza, impuesto por el capitalismo salvaje, todo lo inimaginable, es muy posible que se dé.
Con todo, Roberto realmente creía que los llevarían a Filadelfia. “Yo, bien inocente, que creía que sí nos iban a llevar. Y, entonces, que nos llevan a un hotel, a todos… ah, porque nos separaron, que los que iban a Florida, que los que iban a Filadelfia… y así, ¿no?, que por grupos, y que nos llevan a los que íbamos a Filadelfia a un hotel, como a las nueve de la mañana, del lunes. Y que nos dicen, que al rato, en la tarde, iban a ir por nosotros… Entonces, pues a’i nos tiene de majes a todos, creyendo que sí iban a ir por nosotros, pero que dan las tres, las cuatro, las cinco… y ya nos andaba de hambre, porque ni agua nos dejaron, y que, pues los que ya sabían más o menos moverse por allí, que nos dicen que iban a ir a la tienda, que si queríamos algo, que les diéramos dinero. Entonces, pues los del hotel se dieron cuenta o… no sé, el chiste es que, a la mejor, ya estaba hecha la movida, pero que nos echan a la migra… ¡y vuelta pa’ México!”, exclama, entre irónico y molesto.
A todos los detuvieron y los llevaron en autobús otra vez a México, a Agua Prieta.
Vuelve a enfatizar Roberto que todos los que los secuestraron y robaron, eran gringos. Lo cual me lleva a reflexionar en que tanto que los estadounidenses tachan de delincuentes y traficantes de droga o personas a los mexicanos y muchos de ellos se dedican, también, a esos muy lucrativos negocios. Ya antes, por otros testimonios, me había enterado de que existe complicidad entre los coyotes y los agentes de inmigración de EU, a quienes les pagan cien dólares por hacerse de la vista gorda y que aquéllos puedan cruzar la frontera con su cargamento humano (ver:  http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2008/09/el-regreso-sin-gloria-del-otro-lado-de.html).
“Y para no hacerle el cuento largo, pues otra vez que le hablo a mi amigo el coyote, y que me dijo que le daba mucha pena de lo que había pasado, pero que no era él, que esos gringos a eso se dedicaban, que eran mentiras de que les habían robado la carga, que de eso se mantenían, de secuestrar a ilegales y pedirles dinero, que ya nada más le diera veinte mil pesos por los dos para llevarnos hasta allá. Pero, pues que le digo que ya no tenía dinero, que ya mi familia me había dado setenta mil pesos y que me dice que no había problema, que allá trabajara y que se los fuera pagando poco a poco. Y otra vez que nos llevan a Phoenix, y que nos dejan en un hotel, pero ya fue diferente, pues el que nos llevó, que habló con un gringo, así, que llegó en un carrazo, y que nos dijo en español, muy bien que hablaba, que no nos preocupáramos, que él nos iba a llevar al aeropuerto, que ese mismo día… y sí, ya que fue con una señorita del aeropuerto y, no sé qué le dijo, pero que ella dijo que sí, con la cabeza, ¿no?, y ya que nos suben al avión y que llegamos a Filadelfia. Y ya, allá, que mi sobrina, le llama por teléfono a su papá y ya que va por nosotros y que llegamos… ¡pero, en serio, que cómo sufrí esa vez!”, vuelve a exclamar.
Su amigo coyote en ningún momento perdió contacto con él. Y, de hecho, la deuda de veinte mil pesos la pagaron los padres de la niña, muy agradecidos con Roberto, así que éste se quitó de ese problema.
Luego, refiere que, como es muy orgulloso, no aceptó el ofrecimiento de sus cuñados, de quedarse en la casa, que ellos le iban a dar dinero, que no se preocupara. “No, como le digo, a mí me gusta trabajar, además de que tenía la deuda con la familia”.
Salió al otro día a comprar algo – sólo les preguntó cómo llegar a la tienda – y allí, curiosamente, se encontró a un paisano de su pueblo – Roberto es de Cholula, Puebla –, y él le preguntó que si quería trabajo para limpiar nieve – como ya señalé, era febrero, y es cuando aun abundan las nevadas en EU – y Roberto, sin dudarlo, le dijo que sí. “Al otro día, que pasa por mí. Pero mis cuñados me decían que no, que para qué iba, que qué tal si no me pagaban, pero, yo, necio, que sí me iba y que me voy. Y los que nos contrataron iban por mí y por mi paisa en una camioneta, todos los días, bien temprano, como a las seis de la mañana, y nos regresaban. Y estuve trabajando como una semana, sí, aunque hacía un chingo de frío, pero no me rajé, y ya, al final, que me pagan ¡trescientos cincuenta dólares! Se me hizo mucho. Y pues me sentí a todo dar, ¿no?, con mi propio dinero, y que les dije a mis cuñados que me quería comprar una chamarra y que vamos a la tienda, pero mis ellos me la querían disparar y, yo, que no, que por eso llevaba mi dinero… como le digo, soy rete orgulloso.”
De allí, porque “le echó muchas ganas”, el gringo que los contrató para limpiar la nieve, lo contrató para hacer trabajos de jardinería, pues se dio cuenta que era buen trabajador.
“Sí, que me llevan a la yarda – término españolizado, derivado de la palabra inglesa yard, con que en EU se refieren a los jardines –, así, a casas, y pronto aprendí… sí, mire, yo no sé leer, ni escribir, pero aprendo las cosas, íbamos a las casas, y yo rápido terminaba de cortar el pasto o íbamos a los hoteles, en donde había macetones, para cambiarles la tierra a las plantas. Yo, rápido, ¿eh?, llegaba con mis bolsas de plástico, sacaba las plantas, la tierra vieja, las volvía a meter, con la tierra nueva y ya, sin tirar nada. Y por eso el gringo, un día que me dice que yo iba a ser su secretario y, como le digo, yo sin saber leer, él me pedía que los recibos de esto o aquello, y yo se los daba, sin equivocarme… y, no me da pena decirlo, hasta de escritorio le servía, porque me inclinaba y le ponía la espalda para que escribiera algo – indica Roberto cómo lo hacía, inclinándose – y él me decía que no, pero yo le decía no problem”, sonríe Roberto al contar eso.
También, por las noches, trabajaba en un bar, lavando platos. “Y allí estaba hasta la una de la mañana y otra vez, al otro día, me tenía usted en la yarda, sin fallar”.
De nuevo enfatiza lo de la corrupción, por la forma tan sencilla, al menos en esos años, en que obtuvo su licencia de manejo. “Sí, es que, como me compré una camionetita, una troca, pues si usted anda sin licencia y lo detienen, pues lo deportan… y, entonces, un puertorriqueño, que me conecta con otro gringo, que me pidió doscientos dólares por dármela y también hasta un permiso de que podía trabajar allí, pero ilegal, ¿no?, pero sí me hicieron el paro, pues, cuando me detenían los polis, pues ya les enseñaba mi licencia y mi permiso y me decían que me podía ir… ah, y él también me sacó las plates – se refiere a las placas del auto – porque si no las trae, también lo detienen… pero, como le digo, también allá hay mucha corrupción”. Es algo que no sorprende, en vista de que EU es un país que cuenta en su historia con muy obscuros, colonialistas y hasta delincuenciales orígenes (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2015/06/en-torno-los-obscuros-origenes-de.html).    
No recuerda la cantidad exacta en dólares, pero dice que ganaba muy bien, lo suficiente como para pagar sus gastos allí y mandarle a su familia ¡catorce mil pesos semanales!. “Sí, cada domingo les mandaba por Western Union catorce mil pesos”, enfatiza, orgulloso.
Y así fue, durante casi tres años, los que se estuvo Roberto allí en Filadelfia.
Así, no sólo pagó la deuda a la que se sentía obligado con su familia, sino que sirvió para ahorrar, ampliar la casa en la que viven, comprar una nueva camioneta de carga y adquirir los otros cinco puestos que ahora tienen en el mercado.
A pesar de ello, Roberto sigue trabajando “un chingo”, digamos que  no baja la guardia, a sus cuarenta y ocho años. “Yo les digo a mis hijos que aprovechen ahora que estoy, que ya hubiera querido yo que así me apoyaran mis jefes, pero, ya ve, tiene uno que andarlos arreando… en serio que ahora a los jóvenes se les da fácil todo, ni aprecian las cosas que tienen, ¿no?, no saben lo que es chingarse… como mi hijo, que le digo que de qué le sirve haber estudiado ingeniería, si está con su puesto de jugos”. Pues sí, es un desperdicio, vuelvo a reflexionar.
También su enojo es que por más que les pide que abran temprano su puesto de frutas y verduras, cuando él se va a la central a comprar lo que hace falta, no lo hacen. “Así, se van los clientes… porque me dicen que por qué no abro temprano y que por eso, buscan otro lugar en dónde comprar, y tienen razón, ¿no?”, con lo cual concuerdo.
En fin, es interesante todo lo que me ha platicado Roberto.
Pienso, sobre todo, en lo que me dijo, que no sabe leer, ni escribir. Le pregunto que si no le gustaría aprender. Se queda meditando unos segundos. “No… pues ya pa’ qué… no… ni tiempo tengo y, luego pienso, que si a pesar de no saber leer, ni escribir, he hecho todo lo que he hecho, pues… pa’ qué aprendo, ¿no?”, dice, finalmente, muy sonriente.
Sí, razono, muestra de que, muchas veces, no hay mejor escuela que las experiencias que pueda dejar la vida, por muy duras que éstas puedan ser.
“Pues sí, si así ha hecho todo esto… a lo mejor si hubiera sabido leer y escribir, no lo hubiera logrado, ¿no?”, le digo.
“¡Ándele!”, me replica, risueño.

Contacto: studillac@hotmail.com

lunes, 23 de mayo de 2016

Conversando con una estudiante de empresas turísticas



Conversando con una estudiante de empresas turísticas

Estela tiene 22 años y estudia administración de empresas turísticas en el UNITEC. Está cursando sus últimos dos cuatrimestres.
Como es normal, se decidió por esa carrera luego de algún tiempo de probar aquí y allá a lo que realmente le habría gustado dedicarse, tomando en cuenta que, por un lado, fueran de su agrado las actividades que desarrollaría en su vida profesional y, por otro, que realmente le permitieran hallar un trabajo decoroso, algo que no es fácil en un mundo cada vez más golpeado por las crisis generadas por este irracional sistema económico, llamado capitalismo salvaje.
Y es que vivimos una situación tan degradada social y económicamente, que ya ni poseer una educación superior garantiza de verdad que se consiga, ya no digamos un trabajo relacionado con lo que se haya estudiado, sino al menos trabajo (ver: http://archivo.eluniversal.com.mx/primera-plana/2014/impreso/preparados-sufren-mas-desempleo--43966.html).
Por ello es que para miles de personas, aun con estudios superiores, una alternativa ha sido ubicar un empleo dentro del sector informal, cada vez más socorrido como forma de sortear la crisis y sobrevivir (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2012/12/economia-informal-la-verdadera.html).
Estela aun no se encuentra en ese dilema de hallar trabajo, pues todavía no termina su carrera, y la apoyan bastante sus padres, pero recientemente probó algo de lo que enfrentará cuando se reciba, lo que ambos deseamos que sea una pronta realidad.
Como parte de su preparación, debió dedicar un cuatrimestre a lo que se llaman prácticas profesionales, que son actividades que consisten en que el estudiante se coloque en alguna empresa relacionada con el ramo de su futura carrera.
Ella debió revisar los convenios que tiene su escuela con empresas hoteleras, ya que por las distintas actividades que implica la administración y funcionamiento de un hotel, es un adecuado sitio para que ella se desenvuelva en las tareas turísticas, no sólo en los niveles administrativos, sino en aquéllos que tienen que ver con la prestación directa de algún servicio, tal como ser recamarera, mesera, cocinera, hostess… y así por el estilo.
Claro que para las empresas que firman esos convenios es una excelente forma de hacerse de personal medianamente capacitado de manera gratuita, pues esas “prácticas profesionales” difícilmente las pagan o, si lo hacen, es mínimo el pago que se da (en el caso de Estela, se convino en que se quedara con la totalidad de las propinas que recibiera como mesera).
Así que para el estudiante, esas prácticas implican que erogue gastos extras a los que de por sí ya tenga, como el pago de la colegiatura, por ejemplo.
El lugar elegido por Estela fue Cancún, la zona turística del país que, supuestamente, está entre los primeros cinco sitios de preferencia como destino vacacional a nivel mundial, sobre todo de extranjeros (ver: http://enfoqueradio.com.mx/ocupa-cancun-el-primer-lugar-en-preferencia-como-destino-turistico-orbitz/).
De hecho, Cancún, por su importancia turística, genera un tercio de los ingresos turísticos del país (ver: https://www.nileguide.com/destination/cancun/overview/local-info).  
Ese sitio resultó idóneo para los planes de Estela. Pero primero debió de buscar la empresa hotelera más a su gusto. Revisó varias y al final estableció contacto con un hotel catalogado como de “cuatro estrellas” (omito el nombre, para conservar el anonimato de mi entrevistada).
En cuanto fue aceptada, Estela se dio a la tarea de buscar alojamiento por los cuatro meses que estaría en Cancún. Ése lo halló en una casa compartida, en la cual se rentaban recámaras a señoritas. Otras dos chicas y ella ocuparon tres recámaras en renta. Estela acordó un pago de tres mil pesos mensuales con la dueña de la casa, con la quien, me dice, se llevó de maravilla. “Sí, nos entendimos muy bien y a veces me invitaba a otra casa que tiene en donde hay alberca. Sí, la verdad es que me la pasé muy a gusto viviendo allí”. Sus papas, como ya señalé, hasta ahorita la siguen apoyando bastante, así que el dinero, por lo pronto, nunca ha sido problema para ella.
La zona en donde rentó, me comenta que estaba “un poco fea”. “Sí, es que estaba algo sola”.
Le pregunto si se enteró sobre los recientes feminicidios que se han estado cometiendo en la zona y me dice que sí, que por desgracia es algo que de cierta forma ha enturbiado la supuesta fama de ciudad “segura” que tiene Cancún. “Sí, no creas, sientes miedo cuando te enteras de eso”. Sobre todo porque es una ciudad relativamente chica, aunque en los últimos años, su inflada fama, ha tenido como consecuencia que la ha hecho convertirse en un anárquico polo de atracción laboral. Su población actualmente es de más de un millón y medio de habitantes, lo que acarrea los típicos problemas de saturación de servicios, falta de viviendas decorosas, empeoramiento en la calidad de vida de sus habitantes, pauperización, incremento en los índices de delincuencia, precariedad laboral, desempleo y otros (ver: http://cuentame.inegi.org.mx/monografias/informacion/QRoo/Poblacion/).
Además, no se ha cumplido con los planes de “desarrollo” que tenían contemplado que Cancún fuera un lugar turístico sustentable y armónico, ya que se han excedido por mucho los cuartos de hotel con que cuenta, lo que ha llevado a destrucción de zonas naturales y playas, marcada degradación de otras, contaminación de cuerpos de agua superficiales y subterráneos y así. Dista mucho Cancún de ser el sitio prístino con no más de mil habitantes que se dedicaban a la pesca hacia el año 1960. El capitalismo salvaje depredador lo está llevando a su ruina aceleradamente (ver:  http://www.estosdias.com.mx/semanario/es-necesario-renovar-los-parametros-de-crecimiento-de-cancun-su-zona-hotelera-y-su-actividad-turistica-o-no-sobreviviran-al-caos/).
Seguramente esa problemática es algo que intuyó Estela, pues me comenta que, en efecto, hay ciertas horas que hasta le daba miedo salir a caminar. “Por ejemplo, si sales a las cinco de la tarde, está todo solo, las calles vacías, y como que sientes temor. Y también si sales del trabajo a las ocho de la noche, que es cuando comienza la vida nocturna, pues tampoco te sientes muy seguro”, dice. Lo irónico del asunto es que, enfatiza Estela, es menos riesgoso salir a las dos de la mañana y regresar incluso a casa, pues todo mundo es cuando sale de antros, sobre todo, para seguir con la vida loca, que es algo tan permitido en Cancún, con el pretexto de que es zona turística.
Como la zona hotelera está separada por alrededor de diecisiete kilómetros de la ciudad, y la mayoría de los habitantes de Cancún trabajan allá (86% de los cancunenses laboran en el sector turístico, la mayoría de ellos en la zona hotelera), deben de trasladarse hasta aquélla, empleando la mayoría transporte público. Una de las consecuencias de que tantos trabajen en la zona turística, es que existen ya problemas de traslado hacia ésta. “Si no había tráfico, llegaba en media hora, pero cuando había, me tardaba hasta 40 minutos o más”, dice Estela. Debía de tomar un camión que la llevaba hasta allá por veinticinco pesos, caro, si se toma en cuenta que la mayoría de los trabajadores ganan cinco salarios mínimos cuando mucho, o sea, entre 350 y 400 pesos diarios. Pero, como ya señalé, es una de las consecuencias que ese crecimiento anárquico ha generado.
Ya, platicando sobre lo que hizo en el hotel, para comenzar, destaca que todos los empleados le agradaron. “Sí, siempre se portaron muy amables conmigo, de verdad. Aquí (ciudad de México), me es muy difícil hacer amistades. Pensé que era, no sé, por mi forma de ser, que no le caía bien a la gente, pero después de lo que viví en Cancún, lo bien que me trataron, me di cuenta que, entonces, no soy yo, sino que, a lo mejor, la gente aquí es más indiferente, más egoísta… a lo mejor eso es”. Le celebro esa parte, pues es importante revalorarse, factor indispensable al emprender alguna labor. Demostrado está que la confianza en uno mismo, además, claro, de una adecuada preparación, es algo vital para desarrollar cualquier actividad.
De entre las ocupaciones que debió desarrollar Elena en el hotel, una fue la de mesera. “Esa me gustó mucho, pues me ponía a platicar con los clientes, la mayoría extranjeros. Había franceses, italianos, canadienses, ingleses… ¡ah, mucho ucraniano, sí, ay, las chicas ucranianas, bellísimas… y me gustó mucho platicar con ellos, porque me contaban de cómo eran sus países, qué hacían… y también me decían por qué les gustaba venir a Cancún”. La principal razón por la que vienen a Cancún es que pueden hacer lo que quieran, le comentaban, muy entusiasmados. “Es que dicen que todos son muy amables y que nadie les reclama si se ponen borrachos o si hacen desmanes… y los hombres me contaban que siempre se conseguían novia cada que venían”. A Estela, por supuesto, tiro por viaje, le proponían directamente, sin sutilezas que se acostara con ellos. “¡No, nunca acepté. Nada más me les sonreía y les decía sorry, I can’t… sí, porque te comunicas en inglés con ellos, todo el tiempo, pero varios, como los ucranianos, hablan hasta cuatro idiomas, inglés, francés, italiano y su lengua, pero, pues, en inglés, yo les decía que no podía. Nunca acepté”. Parte de lo que ha aprendido Estela es el inglés, el que dice hablar más o menos. Le pregunto qué sucedía si un empleado aceptaba tener sexo con algún turista, que si era amonestado por los gerentes y me contesta que “no, nunca te dicen nada, sólo si no estás haciendo bien tu trabajo, pero cuando acaba tu turno, puedes hacer lo que sea, incluso irte a la habitación de quien te invite”. Aunque afirma Estela que la mayoría de los empleados son muy correctos, así, como era ella, pues no quieren arriesgar su trabajo teniendo un affair que podría tener desagradables consecuencias. “Pero sí, siempre hay uno que otro empleado que acepta acostarse con alguien, sobre todo los hombres”, agrega, sonriente. No es de sorprender que sean hombres los más dispuestos a complacer y demostrarles a las y los turistas cuan hospitalario es Cancún, razono. 
Otra de las tareas que se le encomendaron a Estela, fue la de recamarera. “¡Con esa, en serio que sufrí!”, exclama. Y lo que platica es de no creerse, pues nunca habría yo pensado todo lo que se ve como recamarera, de acuerdo con lo que me refiere. “Cuando se desocupan las habitaciones, las recamareras debemos de limpiarlas, cambiar todos los blancos, toallas, barrer y trapear y ver que no se haya ocasionado algún destrozo, pero ves cada cosa que… ¡con decirte que las tres primeras veces hasta me vomité de todo lo que vi!”. Y ya cuenta que la mayoría de los turistas, gracias a que consideran que pueden hacer lo que quieran, se entregan a un destructivo y desagradable libertinaje, que se refleja en el estado en que dejan las habitaciones. No sólo hallaba vómitos en pisos y paredes, productos de las bacanales etílicas a las que son tan dados a entregarse, sino también heces fecales, sangre, escupitajos, botellas vacías, vasos, vidrios, sillas o mesas rotas y más. “Pero tenías que ser muy rápida para limpiar la habitación, no importa cómo estuviera. Te daban veinticinco minutos, pues tu cuota era limpiar ¡cuarenta y cinco habitaciones por día, sobre todo en temporada alta!”. Y es que el hotel consta de tres torres y de mil doscientas habitaciones en total, así que por eso debían darse prisa las recamareras, las que no ganan más de mil trescientos pesos semanales. Véase, pues, la explotación a la que son sometidos esos empleados, quienes por pura necesidad realizan tan pesadas labores, recibiendo a cambio un salario de hambre, que apenas si les permitirá sobrevivir. Seguramente es en lo que menos piensan los mafiosos en el poder tan dados a afirmar que el turismo crea muchas fuentes de empleo… sí, ¡pero muy mal pagado!, tendrían que agregar.
“Pero fíjate que el hotel no pierde nada. Antes de que se vayan los huéspedes, la recamarera debe de revisar muy bien la habitación y si los gastos exceden de mil o mil quinientos pesos, se les hace el cargo a su cuenta y no salen hasta que pagan”, me dice. Los más dados a esas muestras de irracional y desagradable comportamiento son los jóvenes, como los llamados spring breakers, que son las oleadas de adolescentes, o algo mayores, procedentes de EU, que vienen al país a gozar de lo lindo, ya que se les da un trato tan permisivo que difícilmente cualquier regla que violen es castigada. “¡Ésos, en serio que eran de los peores. Fue en una de sus habitaciones en donde me vomité las primeras veces!”. Y es que la permisividad es tan grande, que Estela vio cosas realmente fuera de lo común. “Fíjate, una vez iba yo hacia la lavandería y que me topo con una pareja que ¡estaba haciendo el amor, los dos desnudos, como si nada, como si no hubiera gente! Entonces, que llamo al gerente y que le digo lo que estaba viendo. Pues que me contesta que no me preocupara, que eso era muy común, sobre todo entre los extranjeros y que ya me iría acostumbrando”. En efecto, Estela se acostumbró a ver frecuentemente parejas haciendo el amor y a otras cosas, como  “a verlos pasar, todos borrachos, vomitándose enfrente de ti o casi desnudos, casi, casi haciendo el amor, y diciéndote que te fueras a acostar con ellos”. Aunque comenta que había gente madura o de la tercera edad, y que “esos eran otro rollo, sí, bien amables y atentos. Sus habitaciones las dejaban ordenadas, y nada más hacías limpieza normal”. Ya señalé antes que tan sólo por el hecho de que son turistas extranjeros, se debe de ser lo más cordial posible con ellos, incluso, admitir que se sobrepasen en muchas cosas. “Como te dije, con todos los extranjeros que platicaba, me decían que les gustaba mucho venir a Cancún porque podían hacer lo que quisieran”, dice Estela. Concluimos que Cancún es una especie de antro-cantina-prostituta muy querido por todos, sobre todo los extranjeros.
Me cuenta también del vergonzoso trato que le daban la mayoría de los mexicanos. “Cuando me asignaron como hostess del restaurante, una noche estaba lleno y tenía como a sesenta personas esperando mesa. Y varios de ellos eran mexicanos y como no los pasaba, pues que me empezaron a insultar, que quién me creía, que gracias a ellos tragaba, que era una muerta de hambre, que mejor me fuera a la chingada… y no sé cuántas cosas más me dijeron. Por eso nos dicen que les demos la preferencia a los extranjeros, que porque los mexicanos no saben tratar a la gente”.
Eso que me platica es verdaderamente vergonzoso, pues ese comportamiento tan vulgar, tan deshumanizado, es muestra del inconsciente racismo que pulula en este país, producto justamente de la herencia colonial maldita, parte de cuyo legado es que mucha gente, sobre todo la de ingresos altos, da un trato indigno, racista y discriminador al personal honesto y trabajador que presta algún servicio. “Piensan que porque pagan y tienen mucho dinero, te pueden tratar como sus calzones viejos”, agrega frunciendo el ceño. Le pregunto que si hacían algo, si los acusaban con algún policía, y me dice que no, que lo único que podían hacer, y eso si se ponían demasiado impertinentes, era llamar al gerente, y que éste, muy cortésmente, les pidiera que se tranquilizaran.
En cuanto a los precios de las habitaciones, que Estela se aprendió cuando estuvo como administradora, casi al principio, van desde los 6700 pesos por noche, habitación sencilla, incrementándose gradualmente según el área, el número de camas y el tamaño de éstas. “Sí, luego, con dos camas sencillas, era de diez mil doscientos. Luego, matrimonial e individual, catorce mil doscientos, luego veinte mil… algo así, veinticuatro mil y las más caras, de treinta mil pesos por noche, eran las suites. Ésas tenían tres recámaras, sala, cocina… como si estuvieras en un departamento, y estaban en la planta baja, para que fueran más cómodas para los que las alquilaban, pues muchos eran gente mayor y así, para que no tuvieran que subir escaleras. Y, además, tenían todo ilimitado, agua, luz, cable, teléfono… sí, eran las más lujosas”. Como puede verse, ese hotel sería prohibitivo para la mayoría de los mexicanos, sobre todo los que ganan no más de cinco salarios mínimos al día.
Señala Estela que ese hotel constaba de tres torres en donde estaban repartidas ¡mil doscientas habitaciones!. “Fíjate, diario, en promedio, se facturaban dos millones seiscientos mil pesos, y los gastos eran de un millón de pesos, así que les quedaba un millón, seiscientos mil pesos”. Vaya que, por algo, los hoteleros están muy felices y siguen destruyendo lo que queda de Cancún con nuevos emporios turísticos, con tal de atraer a miles de extranjeros cada año, a los que se debe de tratar con mucha paciencia y humildad. A reforzar nuestro carácter de ex colonia, pienso.
Confiesa que dejó un amor allí, el chef-gerente de la cocina, a quien conoció accidentalmente cundo laboró como mesera y corría a servir un café. “Choqué con él y le derramé todo el café caliente en el brazo. El pobre nada más se aguantó y me dijo que no me preocupara, que no era nada”, dice Estela, sonriente. “Pero… pues ya se acabó, sí, cuando me regresé… ya fue”, exclama Estela, suspirando. Es algo común, pienso, dejar amores así, cuando se emprende algún viaje o una efímera labor, el síndrome del marinero, un amor en cada puerto.
También me cuenta que a diario se iba a la playa, a darse un chapuzón. “De verdad que no me enfermé de nada. Aquí, todo el tiempo me duelen las piernas, el cuerpo, mi tobillo – me platica que a partir de una fractura que tuvo hace como tres años, se le zafa el tobillo izquierdo en ocasiones –, pero allá, no, nada… yo creo que es porque el agua de mar es curativa, ¿no?”, se cuestiona. Concuerdo con ella en ese detalle, claro, mientras el nivel de contaminación oceánica, no convierta las propiedades benéficas del agua marina en elementos dañinos a la salud.
Sus planes a futuro son regresar pues se enamoró de Cancún. “Sí, eso es lo que quiero, aunque mis papás me dicen que ni crea que me van a apoyar si me voy, pues ellos no quieren que me vaya, que mejor me consiga un trabajo aquí, pero no me importa”.
Le agradezco la entrevista y le reitero que si quiere irse a vivir allá, es sólo su decisión y ni sus padres pueden oponerse, pues si, como dicen, “en el mar, la vida es más sabrosa”, qué mejor que vivirla allí, haciendo lo que más le guste.

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