domingo, 19 de mayo de 2019

Una curiosa historia sobre la basura


Una curiosa historia sobre la basura
por Adán Salgado Andrade

La brutal depredación que seguimos haciendo del planeta, implica que gran parte de aquélla terminará como desperdicio. Los países más ricos son los que emplean recursos en demasía. Por ejemplo, si todo el planeta gastara recursos como la Unión Europea, se requerirían 2.8 planetas para satisfacer tan brutal glotonería. Europeos, junto con estadounidenses y chinos, son, actualmente, las personas que más están depredando el planeta, con tal de sostener un desperdiciador, fastuoso estilo de vida. El llamado antropoceno, la capacidad del hombre para afectar radicalmente al planeta, se debe mayoritariamente a esas nacionalidades (ver: https://www.dw.com/en/eu-devouring-natural-resources-at-unsustainable-rate-report/a-48666580).
La basura, tan sólo doméstica, que producimos a diario, es del orden de ¡5,808,219 toneladas!, es decir, ¡2120 millones al año. Literalmente nos estamos ahogando con tanto desperdicio (ver  http://www.theworldcounts.com/counters/shocking_environmental_facts_and_statistics/world_waste_facts).
La contaminación por basura de plásticos es ya un gravísimo problema, pues cada año aumenta su producción, la que actualmente es de alrededor de 300 millones de toneladas, de las cuales, un 22%, terminan en el mar (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.com/2018/03/la-muy-grave-contaminacion-por-plasticos.html).
No contentos los países “desarrollados” de producir tanta basura, en el caso de los mencionados plásticos, los “exportan” a los países pobres, con lo que se evitan los complicados procesos de reciclado (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.com/2018/10/fraude-en-inglaterra-con-reciclaje-de.html).
Pero como China ya no está dispuesta a seguir reciclando los desperdicios de plástico que hacía año con año, sobre todo de Estados Unidos (EU), ahora, éste país, no sabe qué hará con tanto plástico que tira. La momentánea “solución” es que se está incinerando y eso incrementa la contaminación aérea (ver: https://www.wired.com/story/since-chinas-ban-recycling-in-the-us-has-gone-up-in-flames/).
Pero no sólo se produce basura doméstica, sino que hay muchos tipos de desperdicios. Quizá tanta “variedad” haya llevado a la periodista inglesa Ziya Tong a investigar y escribir un libro sobre la historia de la basura, de todo tipo. En The Reality Bubble (La burbuja de la realidad), del 2019, Tong proporciona datos históricos que se antojan increíbles y hasta cómicos.
La revista tecnológica Wired recientemente publicó un artículo en el que se resume el citado libro (ver: https://www.wired.com/story/curious-history-crap-human-animal-chemical/).
Comienza citando la basura que tantas misiones en la Luna dejaron, pues, en efecto, hasta a ese lejano satélite ha ido a parar desperdicio humano. Allí se dejaron seis banderas y unas 200 toneladas de basura. De acuerdo con la NASA, hay 96 bolsas de orina y vómito, botas, toallas, back packs, toallitas húmedas, revistas, cámaras, colchas y palas, pues no tenían botes de basura los astronautas para tirar tanto desperdicio. Y luego de tantas misiones espaciales a la Luna, existen allí 70 naves, las que incluyen orbitadores estrellados y exploradores terrestres.
Como casi no hay atmósfera en la luna, le llevará a esos objetos entre 10 y 100 millones de años degradarse. Si alguna civilización extraterrestre llega un día a la Luna, quizá lo primero que diga de los que estuvieron allí, es que son muy sucios.
Un tipo de basura que es relativamente reciente es la espacial, la que orbita la atmósfera de la Tierra, de la que se considera que actualmente hay unas 3000 toneladas. Fue hasta el 17 de marzo de 1958 que comenzó a producirse, cuando se puso en órbita al Vanguard I, por los Estados Unidos (EU). Ese satélite aun ronda al planeta y completa una vuelta cada 132.7 minutos.
Pero ahora hay otros 29 mil artefactos, también inservibles, además de 1700 satélites activos. La fuerza armada de EU lleva el recuento de todos los objetos que fueron alguna vez parte de satélites y ha contabilizado 670 mil que miden de uno a diez centímetros en tamaño. Como se han ido degradando tanto estos objetos, como los satélites en desuso, de los que aquéllos se desprenden, los objetos en que se van desintegrando aumentan su número y se calcula que hay, además, otros 170 millones de objetos que miden entre un milímetro y un centímetro. Pero, señala Tong, no por ser pequeños, no son dañinos. La Agencia Espacial Europea ha calculado que un pedazo de un centímetro, viajando a velocidad orbital, podría perforar los escudos de la Estación Espacial o inhabilitar una nave espacial. El impacto equivaldría en fuerza a la detonación producida por una granada de mano. Como se ve, es un latente peligro ser golpeado por un objeto al rondar el espacio. ¿Se habrá advertido ya a los osados que quieren viajar en un cercano futuro a la órbita terrestre de la posibilidad de que los descalabre un detrito espacial?
Pero esa chatarra no sólo se queda allí, orbitando, sino que mucha cae al mar.
En el Océano Pacífico hay un punto llamado Point Nemo, el cual es usado como cementerio espacial, que fue elegido justo por estar muy remoto de todo sitio. El lugar más cercano en tierra firme está a 2400 kilómetros de distancia. Allí es donde van a dar las naves y satélites que regresan al planeta. Incluso, la legendaria Estación Espacial Soviética, Mir, allí fue a dar, así como los vehículos espaciales rusos que la surtían, un cohete de SpaceX, naves de carga europeas y otros objetos, los que yacen en el fondo, desintegrándose (habría también que señalar todos los barcos y embarcaciones que a lo largo de los siglos se hundieron y están en los fondos marinos, como desperdicios que allí permanecerán, hasta que desaparezcan por la degradación).
Dice Tong que el ser humano es dual, en cuanto a lo que usa, pues mientras el objeto adquirido es nuevo y útil, hasta lo presume, pero una vez que su uso termina o que ya no le gusta – como es muchas veces el caso –, lo tira. Pero, en realidad, es la ley del capitalismo salvaje y quien lo hace así, es mucho muy funcional a ese sistema tan depredador, que está convirtiendo al planeta en un gran basurero.
Es el caso de la basura electrónica, sobre la que ya he escrito antes, que también es un grave, creciente problema (ver: https://adansalgadoandrade.blogspot.com/2015/05/basura-electronica-un-grave-y-creciente.html).
Señala Tong que cada año se generan 45 millones de toneladas de dicha basura, entre electrodomésticos inservibles, pantallas, celulares, computadoras… el equivalente a 4500 torres Eiffel, suficiente para tapar el horizonte a una ciudad. Pero, aun así, tal cantidad de objetos pasa desapercibida al observador común, quien ni siquiera sabe a dónde fue a parar tanto desperdicio. Por ejemplo, cuando aquí, por mandato, se debieron de cambiar las televisiones análogas porque cambió la señal a digital, nos preguntaríamos, ¿a dónde fueron a parar tantos millones de televisiones análogas que fueron “canjeadas” por pantallas por la mafia priista peñanietista?
Con toda razón, Tong señala a EU como el país que más basura produce por habitante, alrededor de 3.2 kilogramos por día, unas 90 toneladas en toda su vida. Cita Tong al autor Edward Humes, quien escribió Garbology, “El legado de 102 toneladas de una sola persona de EU, requerirá el equivalente a 1100 fosas. Mucho de ese desperdició superará en duración a cualquier lápida, pirámide egipcia o rascacielos”.
El Internet, por desgracia, también ha contribuido a incrementar los desperdicios, pues ya mucha gente compra en EU – y en todo el mundo – “en línea”, baratijas, sobre todo, y cuando se descomponen o ya no le gustan, simplemente las tira (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.com/2018/09/las-compras-en-linea-gran-impulso-al.html).
Y lo que tiramos, es el producto final de los procesos que condujeron a dicho producto, que deben procesar también basura. El producto final representa el 5% de todo ese tiradero previo. Señala Tong que “dicho de otra manera, por cada 150 kilogramos de productos que vemos en los mostradores se produjeron 3000 kilogramos de desperdicios que no vemos. Para el 2025, duplicaremos la basura que producimos actualmente. Si los negocios siguen como hasta ahora, para el 2100, produciremos 20 millones de toneladas de basura diarios”.
Otro tipo de basura, en la cual no pensamos, es la materia fecal que producimos 7500 millones de personas al día.
Sobre tales desperdicios, David Waltner-Toews, citado por Tong, escribe en su libro The Origin of Feces (El origen de las heces), el meteórico crecimiento del excremento humano: “En el año 10,000, AC, había un millón de seres humanos en el planeta. Esos son 55 millones de kilogramos de excremento humano esparcidos alrededor del mundo en pequeños montones, lentamente alimentando pasto y frutales… Para el 2013, con más de 7 mil millones de personas en la Tierra, la producción de excremento era de alrededor de 400 millones de toneladas métricas anualmente”
Así que tanto excremento y basura producidas, revisten un grave problema que irá creciendo, aunque, como señala Tong, parezca que, simplemente, se “esfuma”.
Y vuelve a recorrer la curiosa historia Tong, de cómo se deshacía la gente de la basura antes de que se convirtiera la recolección de desperdicios, parte de los servicios públicos proporcionados por una ciudad.
Por ejemplo, al no existir baños, la gente “convivía” con sus excrementos. Los tenía que tirar a la calle, junto con el resto de su basura. Señala que las escaleras características de calles en Nueva York, que sirven para entrar a las casas, no eran un capricho arquitectónico, sino que eran altas porque como la basura que se iba acumulando por días y semanas iba subiendo en altura, habría tapado las entradas, de no ser por las escaleras. En invierno tanta basura podía llegar a medir hasta un metro, combinada con la nieve. También se sumaba el estiércol de los caballos, los cuales producían 1000 toneladas de aquél, además de 227,000 litros de orina, diarios. No parece tan romántica esa época, como se suele presentar en la cintas hollywoodescas de ambientación, en donde las calles se ven muy limpias. Sí que eran también un grave problema los caballos, los que dejaban su estela de desperdicios. Puedo imaginar las calles tapizadas de estiércol y orina. Y en calor, emitiendo desagradables efluvios. Por eso se construían las mencionadas escaleras, no por “elegancia”.
En el siglo diecinueve, el “manejo” de la basura era asistido por perros hambrientos, ratas, cucarachas, éstas dos últimas, muy desagradables plagas, pero que ingerían parte de tanto desperdicio. Pero, quien lo habría imaginado, también se usaban cerdos para limpiar las calles. En EU, puerqueras eran habilitadas en ciudades grandes, que tuvieran más de 10 mil habitantes para llenarlas de marranos. La basura producida era su comida y se comían esos animales una tonelada al día por cada 75 de ellos.
Dice Tong que hay pinturas que muestran a esos animales trabajando. Pues sí que han sido útiles los marranos, no sólo como carnitas o jamón. Era una costumbre estadounidense, pues los europeos de la época se admiraban ante ello, lo que era muy normal para los neoyorquinos, por ejemplo.
Hasta los 1840’s, era muy común ver a los marranos recorriendo las calles de Nueva York, pero luego se construyó una alta barda de 3.5 metros de altura, a la que se llamó “Wall Street”, derivada del danés, “Waal Straat”, pues esa barda servía para contener a tanto incontrolable marrano, con tal que no se metieran a la calle a destruir instalaciones o los jardines de los residentes. O sea, que, al parecer, tanto marrano también se volvió una plaga, un “remedio” peor que el mal.
Hoy, Wall Street es sinónimo de distritos financieros y bancos lava dólares, pero, en esa época, era para contener hambrientos y destructores marranos, ¡Quién lo diría!
Paris fue una de las primeras ciudades que estableció un cuerpo de trabajadores sanitarios para disponer de la basura en las calles, la que también fue un problema desde que tales ciudades se crearon y comenzaron a crecer. Es inevitable que tan grandes y sobrepobladas concentraciones humanas, multipliquen por millones, problemas como el de la basura o el mencionado excremento humano (y muchos otros).
Menciona Tong un edicto promulgado por Francisco, rey de Francia, en 1539, en el que se refería al muy grave problema de la basura, que la gente había acrecentado por la mala costumbre de aventarla en las calles, la que se mezclaba con excremento humano, estiércol de animales y toda clase de desperdicios, que daban a la ciudad un terrible e insalubre aspecto. “Lo peor es que se ha vuelto la gente tan indolente, que, simplemente, la va apilando frente a sus casas, sin hacer nada en absoluto por remediar el problema”.
Así que los parisinos fueron obligados a hacer algo así como fosas sépticas en sus jardines para deshacerse de sus heces. Pero el hedor producido y las enfermedades los rebasaron. Tan sólo en 1832, 20,000 parisinos murieron de cólera. Las epidemias de cólera eran frecuentes y dejaban miles de muertos mientras duraban activas.
Luego de esas muy insalubres experiencias, de plano cambiaron a la forma en que chinos y japoneses disponían de la materia fecal.
En China y Japón se habían dado cuenta de que las ciudades eran, literalmente, fábricas de excremento. En China, se recogían los excrementos diariamente en carretas y se iban a tirar en los campos, en donde actuaban como excelente fertilizante. Llamado “oro café”, fue tan buen regenerador de las tierras de cultivo, que, hasta hace muy poco, China era reconocida por su suelo tan fértil y la calidad de su agricultura. Por miles de años, cerca del 90% de la masa fecal humana china era reciclada y constituía un tercio del fertilizante del campo.
Y es que, de acuerdo con la Corporación Alemana para la Cooperación Internacional, el ser humano produce de 50 a 55 kilogramos de excremento y 500 litros de orina anualmente, los cuales “contienen 10 kg de compuestos de nitrógeno, potasio y fósforo, los tres nutrientes principales que las plantas requieren para crecer y, más o menos, en las proporciones adecuadas”. Así que el excremento de una sola persona bastaría para fertilizar unos 200 kilogramos de cereales anualmente.
También en Japón se reconocía el valor del excremento humano. En el periodo Edo (1603 a 1868), en lo que hoy es Tokio, los japoneses empleaban los excrementos como fertilizantes, aplicando lo que era el shimogoe – traducido como “fertilizante que sale del trasero de una persona –, vital para la agricultura sostenible.
En los caminos, cerca de los campos, se colocaban recipientes para que la gente defecara ahí. No sólo eso, sino que, señala el citado Waltner-Toews, “la ciudad de Edo, en el siglo 17, enviaba embarcaciones llenas de vegetales, los que debían intercambiarse por excremento humano” . O sea que las heces eran un valioso medio de cambio, dinero líquido (más bien semilíquido).
Al ir creciendo las ciudades, crecieron las necesidades alimentarias y, en consecuencia, los requeridos fertilizantes. No sólo se encarecieron fertilizantes naturales, sino que las heces subieron mucho de valor. A mediados del siglo 18, los productores de heces querían no sólo vegetales, ¡sino plata por su excremento, como pago! Quizá hasta debió de haber sido una profesión, el defecador.
Los dueños de edificios podían subir las rentas si les bajaban sus inquilinos, pues eso también implicaba que bajaban sus heces, así que era menos rentable la propiedad. El precio de la “mierda” era un negocio privado y era fijado por los casatenientes, los que abusaban y los campesinos, en consecuencia, protestaban porque pagaban muy alto por esa “mierda”. Negocio aparte, ni quiero pensar en el hedor que producían tantos cientos de kilogramos de excremento que eran transportados al campo y cómo olerían tan desagradablemente los carretones en donde se les transportaba. ¡Huácala!
Vaya, fueron épocas que requerían forzosamente de los excrementos de la gente para fertilizar las tierras y entre más gente, más excrementos, y más se obtenía por éstos. ¡Increíble! Quien hubiera puesto letrinas públicas, se habría hecho rico.
Había, claro, “buena mierda” y “mala mierda”, como señala irónicamente Tong. La de los ricos era la mejor, pues como comían muy variado, tenía más nutrientes, a decir de los campesinos. Y su precio, dependía de la demanda. Por ejemplo en su punto más alto, se pagaban 145 mon – moneda de la época – por una carga de mierda por casa. Y señala como punto de comparación, que cien mon de cobre podrían comprar un buen lunch de hongos, pepinillos. Durante los 1800’s, el precio de los desechos humanos era tan alto, que ¡hasta era delito que alguien los robara y se iba directo a la cárcel! Quizá de allí provenga que muchos digan de alguien que se crea mucho, que “ha de pensar que hasta su mierda vale oro!
De todos modos, como fertilizante, la mierda humana era la mejor. Cita Tong un artículo de 1849, de la American magazine Working Farmer, en el cual el eminente profesor alemán Hembstadt, experto en agricultura y naturalismo, decía que “Si una porción de tierra se siembra sin estiércol, rendirá tres veces la semilla sembrada. Pero si se le agrega hierba vieja, pasto podrido u hojas, residuos de jardinería, rendirá cinco veces las semillas sembradas. Si se usa estiércol de vaca, siete veces. Con caca de paloma, nueve veces. Con estiércol de caballo, diez veces. Con estiércol de chivo y de borrego, doce veces. Pero con excremento humano o sangre de menstruación de vaca, catorce veces”. O sea, que la mierda humana era la más nutritiva para las siembras”.
Aunque había un excremento que superaba a todos y ese era el guano de aves. La guerra por el guano, de 1864 a 1866, fue porque España trató de retomar a Perú por la fuerza, pero para explotar sus ricas playas de guano, el que se había formado por años y años de que pelícanos, gaviotas y otras aves marinas, más de un millón, anidaban allí y depositaban sus heces, unos 20 gramos al día. Eso significaba que por año eran unas 11 mil toneladas anuales. Era una sustancia muy valiosa, que por varios años fue la principal exportación de Perú. Tenía alto contenido de nitrógeno, vital para el crecimiento saludable de las siembras. Alexander von Humboldt (1769-1859), lo llevó a Europa en 1804 y fue cuando los europeos se dieron cuenta de su valor, pues al sembrar en tierras exhaustas, al añadirse guano, volvían a producir muy bien.
El historiador de la ciencia, Thomas Hager (Oregón, 1963), dice que en esos años esas playas peruanas eran las tierras más valiosas del orbe. Para Perú, constituían el 60% de sus exportaciones, ya que decenas de cientos de toneladas se vendían al exterior cada año.
Y EU, como siempre tan ventajoso, proclamó una “ley” el 18 de agosto de 1856, en la cual, ¡absurdo!, declaraba que cualquier isla que poseyera guano, que hallaran sus exploraciones, se la adjudicaría, sin mayor problema. Sí que ha actuado siempre muy alevosamente ese país. Se refería a toda isla que no fuera de ningún otro país o que estuviera fuera de su jurisdicción, pero cuando el guano se agotó, ese absurdo edicto dejó de aplicarse. Aun así, mientras estuvo “activo”, los estadounidenses “reclamaron” unas cien islas. Y todavía están “activos” tales reclamos en muchas de ellas. Ni Ometeotl quiera que el nefasto Trump se llegara a enterar de que EU todavía tiene “derechos” sobre algunas de esas islas, pues querría, seguro, reclamarlas – como están reclamando algunas nefastas empresas posesiones cubanas de antes de la revolución.
Pero como todo lo bueno se acaba, se acabó el guano y Perú quebró.
Pero también, la falta de guano, impactaría a Europa, sobre todo a sus cosechas, de no hacerse algo pronto.
La siguiente alternativa eran los nitratos chilenos, que se daban en el desierto, pero William Crookes, científico inglés, hizo los cálculos y advirtió que durarían pocas décadas, así que no eran la solución a largo plazo. Y lo dijo en una conferencia científica, en 1898, en la que sentencio que era obligación de los químicos inventar una sustancia para que fijara el nitrógeno atmosférico en los suelos, para que éstos siguieran siendo fértiles y rindiendo cosechas.
Una de las más grandes invenciones, de las que muy pocos han oído hablar, es el proceso Haber-Bosch. Sin este proceso, dice Tong, la mitad del planeta no viviría.
Fue un sistema creado, debido a la urgencia con que Crookes casi obligó a los químicos a hacer algo para sustraer el nitrógeno gaseoso que contiene el aire que nos rodea. Aunque es abundante, pues el 78% de dicho aire es nitrógeno, así no lo absorben las plantas. El que se crea naturalmente, se debe a dos procesos. El primero, es cuando los relámpagos rompen moléculas de dicho gas, la disuelven en la lluvia y es como va a dar a los suelos. La segunda manera es mediante bacterias que contienen algunos frijoles y leguminosas, las cuales lo procesan y lo fijan al suelo.
Pero no habría bastado ese nitrógeno natural para saciar nuestras depredadoras necesidades, sobre todo, las de la agricultura de monocultivos, la que requiere monumentales cantidades de nitrógeno para que cultivos como trigo, maíz, papas, arroz, sorgo y soya, principalmente, puedan cosecharse en cientos de millones de toneladas cada año. Esos cultivos se dan, gracias a todos esos fertilizantes artificiales, pero las tierras se han ido empobreciendo más y más. Expertos señalan el fuerte empobrecimiento de los suelos desde 1961, que ha sido a partir de cuando se ha dado su desmedido empleo, sobre todo el de los nitrogenados (ver: https://www.jornada.com.mx/2019/04/28/sociedad/030n2soc#).
Así que la actividad agrícola, sobre todo, como dije, en su forma actual, es empobrecedora de suelos. Aun así, necesitamos comida. Y los nutrientes que requerimos, nitrógeno entre ellos, los obtenemos de los alimentos. Y éstos contienen tal nitrógeno, que sólo así, podemos asimilar. Al igual que los suelos, el nitrógeno del aire no lo podemos sintetizar. Y no podríamos vivir sin nitrógeno, pues es parte de lo que está formado nuestro ADN.
El proceso Haber-Bosch logró extraer nitrógeno del aire. Fue ideado por los alemanes Fritz Haber (1868-1934) y Carl Bosch (1874-1940). Gracias a Bosch, quien trabajaba en la empresa BASF, se logró industrializar el arduo proceso de calentamiento y alta presurización para obtener amonio y de éste, el nitrógeno. Lo hicieron, construyendo una grandísima planta, que cubría ocho kilómetros cuadrados, del tamaño de una pequeña ciudad.
Hasta recibieron los científicos el Premio Nobel por su gran invención, Haber, en 1918, y Bosch, en 1931.
Y es el proceso que desde entonces, muchas fábricas, alrededor del planeta, usan para obtener nitrógeno. En el 2016, tan sólo, se procesaron 146 millones de toneladas de ese valioso componente.
Y mientras crezca la población mundial, crecerá la demanda de alimentos y la de fertilizantes para cosecharlos.
De hecho, resalta Tong, fue gracias a que a principios de los 1910’s comenzaron a producirse fertilizantes sintéticos, que la población mundial creció de los 1600 millones que eran en 1900, a los 7600 millones de la actualidad. Un explosivo crecimiento.
Si, los fertilizantes, combinados con nuevas técnicas agrícolas, posibilitaron la llamada “revolución verde”, la que permitió obtener más y más de todo por hectárea sembrada.
Y concluye Tong diciendo que es algo que nos lleva a asemejarnos al dominio que las máquinas ejercen sobre los humanos en las cintas de Matrix (1999, 2003), puesto que la mitad del nitrógeno que nutre nuestro organismo viene de una fábrica. O sea, si esas fábricas no existieran o no quisieran ya producir sus fertilizantes, estaríamos, literalmente, muertos.
Otra de las paradojas, cortesía del capitalismo salvaje, que hasta eso, nuestra alimentación, controla totalmente o… ¡casi!