miércoles, 22 de enero de 2020

El papel, más ecológico y reciclable que el plástico


El papel, más ecológico y reciclable que el plástico
Por Adán Salgado Andrade

La contaminación por plásticos está llegando a niveles desproporcionados. Cada año se producen más de 300 millones de toneladas de aquéllos y aumenta esa cantidad casi 4%. Se calcula que desde los 1950’s, que fue cuando la producción de plástico despegó, se han producido alrededor de ¡83,000 millones de toneladas! Cuatro por ciento de la producción petrolera mundial es para hacer plástico y se requiere otro tanto, para la energía necesaria para fabricarlo. Así que su impacto ecológico es doble, no sólo porque la mayor parte, simplemente, se tira, sino por su alto consumo energético para hacerlo. Y el plástico que se desecha, de 10 a 20 millones de toneladas, termina en los océanos. El mar está lleno ya de plásticos y microplásticos. A ese ritmo, en el 2050, superará el plástico a la vida marina (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.com/2018/03/la-muy-grave-contaminacion-por-plasticos.html).
Así que se están buscando alternativas para sustituirlo o producir plástico biodegradable. Pero como éste es más caro hacerlo, no es viable, desde el punto de vista del capitalismo salvaje, más preocupado por ahorrar dinero y ganar más, que por proteger al medio ambiente.
De todos modos, se están haciendo algunas acciones para reducir algo tanta basura plástica, que, literal, nos está ahogando.
En México, en la capital, por ejemplo, ya se prohibió el uso de bolsas plásticas en centros comerciales y mercados (ver: https://www.jornada.com.mx/ultimas/capital/2020/01/01/entra-en-vigor-ley-contra-uso-de-bolsas-de-plastico-en-cdmx-1735.html).  
Eso es bueno, pues va educando a la gente a que lleve sus propias bolsas, que era lo que antes se hacía, cuando se iba al mercado, que se cargaba con la bolsa del “mandado”, hecha con fibras plásticas y que duraba, prácticamente, toda la vida (cuando fueron dejando de usarse, la marca de moda Zara las retomó, vendiéndolas carísimas, presentándolas como un producto muy chic).
Y antes, cuando no se daban bolsas de plástico en los supermercados, las bolsas de papel eran lo normal. También eso pasaba en las panaderías. El papel ha sido, por lo general, menos agresivo ecológicamente, que el plástico, y, últimamente, está regresando, pues, también, tiende a aumentar su reciclaje, como expone un artículo reciente de la BBC, titulado How paper is making a comeback (Cómo el papel está regresando), firmado por Zaria Gorvett (ver: http://www.bbc.com/future/bespoke/made-on-earth/how-paper-is-making-a-comeback).
Comienza presentando cómo se hacía “papel” en los viejos tiempos, mezclando hilachos, cáñamo, viejas redes de pescar y corteza del árbol de mora. Eso era en China, país a quien se reconoce la invención de ese material tan útil, que sirvió, inicialmente, para escribir, pues lo que antes se usaba, por ejemplo, tiras de bambú, no era tan práctico, a la hora de transportar. Cita el artículo la leyenda china de que un hombre sabio presentó al emperador Han (256-195 AC), sugerencias para mejorar su política. Tuvieron que usarse unas tres mil tiras de bambú para apuntarlas todas. Dos de los hombres más fuertes se requirieron para transportarlas.
Eso fue hasta que en el año 105 DC, se inventó, oficialmente, el papel.
En Europa, hasta antes del año 1400, la forma de “papel” que se usaba era empleando pieles curtidas de borregos, chivos y terneros. Ese “papel” era muy costoso, además de que se sacrificaban miles de animales para hacerlo, así que sólo los ricos podían usarlo para escribir. Por eso eran los libros tan raros y caros. Pero cuando fue introducido el papel, hecho a base de fibras vegetales, más barato, se generalizó y, con ello, también la creación librera, pues, gracias a ello, invenciones como la imprenta de Johannes Gutenberg (1400-1468), realmente despegaron, pues con ese papel, más práctico y barato, pudieron imprimirse libros de todo tipo.
Por muchos siglos, fue la principal utilidad del papel, en la industria editorial.
Pero, como señalé, ya luego se aplicó a envolver cosas, como en las citadas tiendas de autoservicio. Si no se reciclaban esas bolsas, simplemente se tiraban y poco a poco se deshacían y se pudrían, volviéndose composta.
Pero cuando arribó el plástico, no sólo para las bolsas, sino en todo lo demás, esa, digamos, sana costumbre, fue abandonada.
Sin embargo, señala el citado artículo que está regresando el papel. No en la industria editorial, pues la tendencia en los libros impresos y los periódicos, está disminuyendo (por la entrada de los libros electrónicos y páginas en línea), pero tiende a aumentar en los empaques y bolsas que se usan en varios giros comerciales.
Por supuesto que el papel también tiene su costo ecológico, como todo lo industrializado. Se emplean alrededor de 400 millones de toneladas (mdt) de papel anualmente. Los productos en donde más se usa son, “desde el papel moneda, recibos, tazas de café, notas adheribles, papel para hornear, cajas de cartón, papel bancario, cajas de huevos, tarjetas de cumpleaños, popotes, papel para envolver y, por supuesto, papel maché. Es difícil imaginar la vida moderna sin él. Podríamos dirigirnos a una sociedad sin efectivo, pero la sociedad sin papel, como afirma el bibliotecario Jesse Shera, es tan plausible como una sociedad sin papel de baño”.
Muy bien la frase de Shera, pues no podría concebirse una sociedad sin el útil papel de baño. No podríamos regresar a los tiempos en que la gente usaba olotes de maíz para asear su ano, luego de defecar.
Claro que la sociedad de consumismo en que vivimos, también está alentando a que se use más y más papel, pues si se va a sustituir el plástico, como señalé arriba, algún material debe de hacerlo. Y ese es el papel. Por ello, aumenta su uso. No se busca una alternativa, por ejemplo, que en lugar de que nos vendan refresco en un vaso de papel encerado, lleváramos un vaso de uso permanente para hacerlo. A fin de cuentas, el empaque también es una mercancía, y miles de empresas viven de fabricarlo.
En fin, como la tendencia al consumismo seguirá por muchos años, mientras el capitalismo salvaje siga rampante, se deben de buscar “soluciones” que disminuyan el desperdicio y contaminen menos el ya deteriorado medio ambiente.
El papel está sustituyendo al plástico de un solo uso, pero es más factible reciclarlo y es más ecológica su producción que la del plástico, como se señala en el artículo.
Ya varias cadenas comerciales de todo el  mundo están cambiando al papel para vender sus productos. Las empresas de comida rápida, por ejemplo, ya no usan plásticos o, peor, hule espuma (el que ni siquiera es reciclable), para servir sus alimentos.
Tanto en América, como en Europa, se están poniendo límites para que productos plásticos de un solo uso desaparezcan. Eso está bien, pues la mayor parte de lo desechable, se comercializa con plásticos de un solo uso. Y eso es lo que más basura genera. Botellas de refrescos o de agua, se producen por cientos de miles de millones al año y sólo una pequeña porción se recicla. Que puedan comercializarse esas bebidas en botellas de papel encerado, como se está proponiendo, ayudaría mucho.
Pero, repito, tiene su costo ecológico también. El artículo señala que un 40% de los árboles cortados anualmente se emplean para hacer productos de papel. La cantidad de madera empleada se ha duplicado desde los 1960’s. Y, por el citado consumismo, se incrementará mucho la demanda de papel para hacer todo tipo de productos, sobre todo, los que sustituyan al plástico. Pero tal demanda subirá para empaques y cosas así, no para la industria editorial. De hecho, la producción de papel ha disminuido en Estados Unidos, Canadá y Europa, pero aumenta en China. Se comprende esto último, pues al ser la maquiladora mundial, debe de envolver sus artículos. Por ejemplo, los empaques que se usan para envolver celulares, pantallas, impresoras, computadoras, juguetes…
Eso podría evitarse si nos acostumbraran a vendernos productos nuevos sin tantos empaques. Es cosa, también, de cambiar de mentalidad. Por ejemplo, en el artículo se muestra una entrevista a un gerente de una empresa papelera italiana, que dice que, como la gente está acostumbrada al papel blanquísimo, para lograrlo, se requiere de químicos nocivos como el cloro, en grandes cantidades. En cambio, si se aceptara al papel de color café claro (el que llamamos aquí revolución), se ahorraría tanto químico para blanquearlo.
La fabricación de papel sigue prácticamente el mismo proceso de hace 2000 años, que consiste en moler la madera de árboles como abetos, pinos o eucaliptos. La madera se hace pulpa y se extrae la lignina, que es la que la cohesiona. Se usan químicos y mucha agua, que se contamina irremediablemente, aunque, en este caso, sí se puede reciclar, pero muchas empresas, sobre todo en China, o pequeñas, simplemente la desechan al drenaje local, lo que ocasiona gran daño ecológico a ríos y mares. Los árboles cortados y tanta agua empleada son los rasgos negativos de la fabricación del papel.
Si ya de por sí el agua dulce escasea en muchos países, que se estrese más a su población desviándola para usos industriales y comerciales, agrava mucho el problema.
Se estima, por ejemplo, que para elaborar una sola hoja de papel, de tamaño A4, se requieren entre ¡dos y trece litros! En China, en donde, como señalé, crece la fabricación de papel, la industria empleó en el 2014 ¡3350 millones de toneladas de agua! Esa brutal cantidad, equivale a unos tres billones (millones de millones) de litros del vital líquido, “suficiente para 37 mil millones de duchas”, aclara Gorvett.
Demasiada agua. y, como dije, mucha ni se recicla, y es desechada a los ríos. No sólo sobrexplotamos los recursos de este depredado planeta, sino que los contaminamos masivamente. Ello explica que China tenga los veinte ríos más contaminados del planeta (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.com/2011/01/el-sobrevalorado-y-anarquico.html).
También se requiere mucha energía para producir el papel. “Un estudio halló que la industria papelera global requiere 6.4 exajouls de energía cada año, suficiente para preparar alrededor de 87 billones (millones de millones) de tasas de té. Todas esa energía contribuye con 2% de la huella de carbón mundial”.
Interesante la comparación que hace el artículo, para ejemplificar cuánta energía se requiere para hacer papel, con la preparación de tantos millones de millones de tasas de té, por lo del fuego empleado para hacerlas. Sí, mucho. Imaginen los millones de estufas o calentadores eléctricos que se requerirían. Por eso es que el calentamiento global ya es irreversible, por el brutal, desperdiciador consumo de energía – sea gas, electricidad, gasolina, carbón… – que hacemos diariamente, con tal de vivir “cómodamente”, por lo menos en los países más ricos, que son los más contaminadores.
Y ya mencioné que 40% de los árboles que se cortan al año son para hacer papel. “Cada año, la industria papelera global debe de talar más de cien millones de hectáreas de bosques, que es un área equivalente a la de Egipto. En algunos lugares, se considera que esa industria contribuye a la deforestación. Eso ocasiona más emisiones de carbón, pues las áreas taladas ya no absorben bióxido de carbono. Aunque la mayor parte del papel es hecho en bosques sustentables, algo se fabrica con madera de bosques muy importantes ecológicamente, contribuyendo a la pérdida de la biodiversidad”.
En efecto, existen bosques “sustentables”, pero se han acondicionado en zonas en donde antes había gran variedad de especies arbóreas. Y eso no es “sustentable”, pues si se “reforesta” una talada selva con eucaliptos, por ejemplo, no es lo adecuado. Se ha demostrado que si se reforesta con las especies arbóreas equivocadas, no sirve. Además, plantar árboles de crecimiento rápido, cortarlos, y volverlos a sembrar constantemente, acaba con las propiedades y nutrientes de los suelos (ver: https://www.zmescience.com/science/agriculture-science/cutting-down-trees-and-planting-new-ones-is-wrecking-the-soil/).
Por esos asociados daños para hacer papel nuevo, es que aumenta la tendencia a reciclar, además de que el proceso es más eficiente. Cita el artículo a Siddarth Chatterjee, experto en ingeniería papelera, del Colegio para la Ciencia Ambiental y Forestal SUNY, de Nueva York, que dice que “en los 1940’s y 1950’s, para hacer una sola tonelada de papel, se requerían miles de litros de agua. pero ahora, compañías responsables en Estados Unidos y Europa, están cambiando la tendencia. Algunos molinos de madera, como McKinley, en  Nuevo México, limpian y reciclan toda el agua que emplean, lo que significa que hay cero desperdicio”.
Qué bueno que lo hagan, pues eso mostraría que tienen conciencia ecológica y no sólo un mezquino interés por ganar mucho dinero, sin importar el daño ambiental.
Y también emplean productos menos tóxicos para blanquear el papel. En Europa, dice Chatterjee, se ha sustituido el cloro por ozono, “que tiene un mucho menor impacto ambiental”. Y también señala que si nos acostumbraran a usar papel beige, como el revolución, sería mejor.
De hecho, ya se venden comercialmente paquetes de hojas de papel revolución para impresión hecho de reciclado, que además es más barato.
Como dije, es cosa también de mentalizarse.
En cuanto a la energía usada, está también disminuyendo al reciclar papel. “Aunque el mundo hizo 25% más papel en el 2017 que en el 2000, la energía empleada sólo se incrementó en 5%”. Y también porque muchas empresas obtienen la mitad de la energía que requieren incinerando sus sobrantes (supongo que en incineradores ecológicos, no tan contaminantes).
Señala que dentro de la preocupación ecológica de muchas empresas, está la de sembrar más árboles de los que se cortan. “En Estados Unidos, 1.7 millones de árboles son plantados cada día por la industria maderera, de acuerdo con el Servicio Forestal”, se señala.
Aunque aquí habría un problema, pues con los incendios forestales, cada vez más frecuentes e intensos, estaría en peligro la industria papelera. Pero como dentro de los poderes fácticos que nos dominan, prevalece el mezquino interés material, los incendios continuarán, afectando a todos los involucrados, sobre todo, al medio ambiente. Por los intensos incendios en Australia, que muchos siguen, gran parte de la biodiversidad animal y vegetal que contenían los bosques afectados, se extinguirá (ver: https://www.wired.com/story/wildfires-are-obliterating-australias-iconic-ecosystems/).
Así que es el reciclaje, el que realmente está cambiando las cosas para la industria papelera, que sí contribuye a emplear menos árboles y menos energía. “De acuerdo con una estimación, por cada tonelada de papel que se recicla, no se cortan 17 árboles, se ahorran 1727 litros de aceite, 2,29 metros cúbicos de tierra cultivable, 4000 kilovatios de energía y 31,822 litros de agua”.
Muy importantes ahorros, tomando en cuenta los 400 mdt que se producen de papel cada año.
En Estados Unidos, el 40% del papel producido es reciclado, en tanto que, en Europa, el 72% fue reciclado en el 2017. Italia es en donde más se recicla y casi todo lo exporta, sobre todo, a China, que le compra el 44%.
En un video, se pueden ver las enormes montañas de desechos de papel que se reciclan totalmente por una empresa italiana, Cartiere Saci S.P.A. Realmente causa buena impresión que casi todo el papel que se tira en Italia, se recicle.
Por eso, la insistencia en que sustituya el papel al plástico, en muchas cosas que se empacan.
Incluso, el papel que se engrasa, porque se sirve comida en él, como platos de cartón o bolsas, ya se está viendo la forma de disponerlo convenientemente.
Como señala el artículo, es difícil reciclar esos empaques, por la grasa, las salsas y otras cosas que la comida rápida usa. Con que haya una sola mancha de grasa en una caja de pizza, por ejemplo, se rechaza todo un cargamento de papel que se pueda reciclar. “Esto sucede en todo el mundo; en Inglaterra, alrededor de 338,000 toneladas de desperdicio reciclable fueron rechazadas entre el 2014 y 2015”.
Por eso, varias empresas han optado por producir empaques que se conviertan en composta en pocas semanas, como Vegware. “Es inevitable la contaminación con comida, así que es mejor elaborar materiales que puedan compostearse, junto con la comida sobrante”.
Sí, es lógico, pues cosas como servilletas, todas llenas de grasa o aceite, no se pueden reciclar. Incluso, les están metiendo semillas a varios empaques, para que se puedan hasta sembrar. Muy buenas alternativas.
Concluye el artículo señalando que con la ingeniería genética, se pueden producir árboles que sean menos difíciles de procesar y usen menos energía para su transformación.
Puede hacerse, sí, como tanto intento por crear cosas que le faciliten al capitalismo salvaje la industrialización de todo aquello que le deje una gran ganancia.
Como los alimentos genéticamente modificados de Monsanto, hechos no para facilitarnos la vida, sino para que esa deleznable empresa pueda “patentar” sus frankenstenianas creaciones, como su maíz Terminator, cuyo consumo, se ha comprobado, ocasiona cáncer (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.com/2014/04/monsanto-arremete-de-nuevo-con-caras.html).
Pero, lo más importante que tendría que reducirse es el consumismo, el consumo compulsivo, pues es el que dicta la cantidad que, de todo, debe de sobreproducirse.
Por ejemplo, el acelerado crecimiento de la venta online, por Internet, ha demandado que se incrementen los empaques de cartón, que es derivado del papel, para envolver tantos millones de cosas vendidas, y eso requerirá que se corten más árboles para procesarlos o que se recicle más papel, con todo y que esto sea menos dañino, agudizando mucho más los problemas ambientales (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.com/2019/12/hacia-la-sociedad-consumista-perfecta.html).
Bien, pues, por el regreso del papel, pero si no dejamos de ser consumidores compulsivos, ni ése será la solución.
Dejaremos un planeta sin bosques, pero, eso sí, bien repleto de empaques y bolsas de papel.






martes, 21 de enero de 2020

El Naturalismo de Federico Gamboa


El Naturalismo de Federico Gamboa
Por Adán Salgado Andrade

Federico Gamboa Iglesias (1864-1939), fue un escritor mexicano, muy conocido por su novela “Santa”, publicada en 1903.
Parte de su vida se desarrolló trabajando en el periodo porfirista. Laboró como asistente de un juez, como periodista y, en 1888, se unió al servicio público exterior. En ese año, fue enviado a la embajada de Guatemala, después, a la de Argentina. Y de allí, a Bélgica, como ministro plenipotenciario.
Incluso, se postuló como candidato del Partido Católico Nacional, en 1913, contra Victoriano Huerta, traidor, y asesino de Francisco I. Madero.
Ya, con Venustiano Carranza en la presidencia, Gamboa, por sus diferencias políticas (pues había sido muy cercano a Porfirio Díaz), salió del país, para exiliarse, primero, en Estados Unidos y, luego, en Cuba (ver: https://es.wikipedia.org/wiki/Federico_Gamboa).
El resto de su vida, luego de esos eventos, se dedicó a la academia y a escribir. Su estilo es el llamado “naturalismo”, que se concibe como una forma de literatura detallista, que describe minuciosamente los acontecimientos a los que se refiere. Al francés Émile Zola (1840-1902), se le considera como al padre de esa corriente, que expone a los personajes de forma cotidiana, natural.
Eso lo vemos en los relatos de Gamboa. Como en su novela “Santa”, la más famosa. Es la historia de una prostituta, Santa, que se desenvuelve en los burdeles mexicanos de la época porfirista, una hipócrita sociedad que la juzga, pero que la usa. Se hicieron cuatro versiones cinematográficas de esa obra.
Terminé de leer recientemente un viejo libro, editado en 1965, en la colección “Populibros La Prensa”, que publicaba obras de famosos de la literatura. Tiene por título “El Evangelista”, uno de los tres relatos cortos de Gamboa, menos conocidos, en los que muestra su maestría en la descripción de los personajes que aborda, así como sus chuscos destinos. El libro se acompaña de un prólogo del afamado cirujano plástico mexicano Francisco Ortiz Monasterio (1923-2012), quien lo entrevistó a finales de los 1930’s, poco antes de que Gamboa falleciera.
Según explica Monasterio, Gamboa era parte de un grupo de personajes famosos que él quería contactar, para conversar con ellos y tomar notas biográficas. Eso, para recopilar, el doctor Monasterio, información de tales personajes, “a fin de tenerlos siempre a la mano cuando la oportunidad se presentase”. Era Gamboa un escritor al que Monasterio admiraba bastante, sobre todo, por su ya mencionada novela “Santa”.
Como Monasterio era amigo de Miguel Gamboa, también compañero de la preparatoria, le pidió que lo pusiera en contacto con su padre, a lo que aquél accedió de buena gana.
Además, eran vecinos.
Y se presentó una tarde a entrevistarlo. Lo describe como “bien podemos decir que Gamboa estaba más cerca de Dios y más cerca de sus semejantes, de lo que normalmente estamos la mayoría de los hombres. Además, su voz era clara; su timbre, agradable, sedante; su ritmo era pausado, musical; sus imágenes, vívidas, brillantes, seductoras, convincentes; su ademán era expresivo, aunque mesurado, y su léxico, preciso, ajustado, amplísimo, pero sin rebuscamiento. En suma: era una de las flores cada día más escasas en nuestro siglo: un gran hablista”.
Sí, ese concepto de “hablista”, es el que se percibe al leer a Gamboa, pues sus relatos, parecieran como si se estuviera conversando con él. Es el naturalismo, los personajes tal cual, sin adornos poéticos, como en el Romanticismo, que, de hecho, es opuesto al Naturalismo.
Y en los tres que referiré brevemente, “El Evangelista”, “El primer caso” y “Uno de tantos”, también se nota la riqueza del lenguaje, como cita Monasterio, “amplísimo”, tanto, que algunas palabras ni se conocen ya, por no haber sido usadas desde hace tiempo (como “corcheas”, que se define como un compás musical que vale la octava parte de un compasillo. O “amojamada”, de una persona que está seca, enjuta).
El Evangelista, se refiere a Moisés, un personaje al que tocó un duro momento histórico del país, la Intervención Francesa, en la que él, para su desgracia de mozuelo aventurero, se une militarmente con los imperialistas, por una ocasión que Maximiliano había ido a Querétaro, a saludar a sus “leales”. Moisés estaba en las filas de mexicanos, quienes atraídos por el rubio personaje, se acercan a estrechar su mano y a jurarle, como Moisés, “lealtad total hasta la muerte”.
Veladamente, presenta Gamboa esa característica del mexicano, producto de la herencia colonial maldita, de deslumbrarse ante lo extranjero, los rubios, por el complejo racista de que eran mejores. Y era cierto, pues muchos mexicanos se unieron a las fuerzas francesas porque preferían que un rubio los rigiera, a un indio zapoteca, como Juárez.
Para desgracia de Moisés y de sus padres – hacendados venidos a menos, por la crisis económica del país en esos años –, los franceses pierden, Maximiliano es fusilado y los “colaboracionistas”, como aquél, comienzan a ser perseguidos, una vez que Benito Juárez instaura el legítimo gobierno.
Moisés había sido herido en una de las batallas, por la cual, queda cojo. Le dan abrigo y lo esconden unas amigas de sus padres. La hija de una de ellas, Rosario, se encarga de cuidarlo durante toda la convalecencia y, una aciaga noche, antes de partir Moisés, escondido entre ropa que le cubría el rostro, tienen un desliz.
Años después, al visitar a una las Machuchas, Jesusa, la que quedaba viva, que fueron las que lo habían escondido de los liberales, se entera Moisés de que Rosario había muerto, pero que el producto de su “desliz” con ella, era una señorita, que ya tenía quince años, llamada Tules.
Moisés, algo turbado por saber del triste destino de Rosario, la única mujer en su vida, y a la que tanto quiso, se recuperó del impacto al saberse padre de la adorable y bella Tules. Consiente con Jesusa en que ella debe de seguir con ella, para cuidarla.
Decide irse a la capital, a trabajar en la plaza de Santo Domingo, como escribano, en donde montó una pequeña mesa, a manera de escritorio público, de esos que durante la primera mitad del siglo veinte, escribían cartas o documentos para los analfabetas que no sabían de esas artes de leer o, mucho menos, escribir. Le pedían cartas de amor, de reconciliación y otras cosas, que él, con mucho gusto, les hacía.
Tules se casó con un rico comerciante y al poco tiempo murió Jesusa, su abuela. Tras algunos años de matrimonio, el señor también muere y ella, desamparada, pues le quitaron toda la fortuna del fallecido, se fue a vivir con su padre, en su muy reducida vivienda. Y lo hizo acompañada de su hija Consuelo, nieta de Moisés.
Todo iba muy bien, hasta que Tules murió, de una enfermedad pulmonar. Y fue cuando Moisés, hizo acopio de todo su empeño para encargarse de la chiquilla.
A pesar de que su cojera lo limitaba en muchas cosas, siempre se sobrepuso a esa discapacidad. Y si trabajaba afanosamente, lo hizo más, para que a Consuelo no le faltara nada.
Por ese entonces, alrededor de 1910, comenzaba a imponerse la “modernidad”. Y en el caso del trabajo de la escribanía, lo hizo con la aparición de la ¡máquina de escribir!, adquirida por uno de los escribanos, que, cuando la vio por vez primera Moisés, le pareció un “chisme de hoja de lata”, con todo el ruido que hacía al funcionar. No pensó que “picaría el anzuelo” con los otros “evangelistas” (así llamaban a los escribanos) del portal de Santo Domingo. Pero no fue así, pues poco a poco fueron adquiriendo sus respectivas máquinas. Y era obvio que quien no lo hiciera, quedaría marginado, en el pasado.
Por ese entonces, Consuelo ya era toda una bella señorita. Y Moisés estaba muy orgulloso de ella, además de que la protegía bastante. Le dio la educación que, por entonces, podía alguien de bajos recursos prodigar, que era la de secretaria comercial taquimecanógrafa.
Gracias a ello, había conseguido Consuelo trabajo en el despacho de un afamado licenciado.
Y fue una sensación para Consuelo que su abuelo, por fin, se animara y compara, de segunda mano, una máquina de escribir, con tal de seguir teniendo clientela, ante la feroz competencia de los otros escribanos, ya también mecanizados.
Cuando cayó la dictadura, no pudo evitar Moisés que su querida nieta se liara con un militar revolucionario, al que, incluso, le presentó, estando de acuerdo el abuelo en que era un “tipo muy apuesto y educado”. “¿Verdad que tengo razón para quererlo como lo quiero?”, le preguntó ella, emocionada, luego del encuentro.
Ni modo, pensó Moisés, con tal de que su nieta fuera feliz, hasta eso le pasó.
Y se dan los finales irónicos, no precisamente felices con los que Gamboa remataba sus relatos.
Moisés, orgulloso de haberse endeudado con la máquina, de segunda, comprada en abonos, llegó una noche a la pobre vivienda, presintiendo algo. Junto a la máquina de escribir, estaba una nota de Consuelo, escrita, justamente, con ese aparato, en el que le anunciaba la despedida, pues habíase ido con el “militar revolucionario”. “Por Dios santísimo, abuelo, no me maldigas, porque destruirías mi dicha; y guarda este beso, el último, en tus canas”, es la triste y hasta cruel despedida de esa nieta, a la que tanto quiso, producto de un accidentado pasado, que terminó, para Moisés, igualmente accidentado.
Si alguna moraleja hubiera es la de que, por más que nos esforcemos por alguien, un hijo, por ejemplo, al final, no puede evitarse la separación.
El segundo relato, “El primer caso”, anota Gamboa que se desarrolla en 1892, en pleno Porfiriato.
Isaac Cortijo y su esposa Lola, sufren los embates de la pobreza, pues él es incapaz de conseguir empleo, dado su contencioso pasado, al haber servido al imperio francés, como Escribiente del Tribunal Correccional. Al fracasar el efímero e infame imperio, fue temer por su vida.
Intentó esconderse, irse a otro lejano estado, al norte, con Lola, pero su precaria economía lo impidió.
No pudo evitar que un policía lo reconociera y fuera a dar a la cárcel, en donde estuvo sólo un año, pues el juez concluyó que su caso no ameritaba mayor castigo.
Estando en la cárcel, nace Rosita. Lola había sido asistida por un buen vecino, don Pancho, quien no reparó en gastos para que la esposa de Isaac tuviera buen parto.
Rosita ni siquiera fue registrada, pues Isaac, “enemigo del gobierno”, decía que no usaría ese instrumento de los “represores”. Tal era su animadversión contra la clase política, a la que consideraba su enemiga. “Cuando esto cambie, la registraré”, le dijo a don Pancho.
Por eso, tampoco buscaba trabajo en el “gobierno”, por no sujetarse a sus formas.
Y, por lo mismo, Rosita tampoco fue a la escuela pública, pues no tenían para pagar una privada. “No importa que no aprenda nada, aquí le enseñaré”, era también la obstinada oposición de Isaac a que fuera su hija a un colegio de gobierno.
Se la pasaba Rosita en la vecindad, conviviendo mayoritariamente con chicos, aprendiendo mañas y “malas palabras”.
Lola, preocupada por su educación, le halló espacio en un convento de “madres”, quienes consintieron, de buena gana, en tener a Rosita, sin que les pagaran un solo centavo.
Cuando Rosita se enteró de que se iría a ese lugar, regido por “madres”, les comentó, inocente, que si esas “¿madres tenían muchos hijos?”, algo que le valió el severo regaño de sus padres. Ella, apenada se acostó, sin saber realmente cuál había sido su falta.
Se puede pensar que la falta de educación la hacía cometer ese tipo de errores, más, en esos tiempos tan cerrados y conservadores.
A los once años, se fue al convento.
Don Pancho, muy enfermo, murió antes de que ella partiera. Y en su agonía, reveló a Isaac que Lola era su hija, que no la había reconocido porque habría tenido problemas con su esposa legítima, pues Lola era producto de un “desliz”. Lola se emocionó al saber la verdad, pero entristeció de no haber convivido más con Don Pancho, “mi padre”.
Les dejó lo poco que le quedaba, con lo que se la pasaron regular, vendiendo poco a poco las pertenencias del difunto, cuando se les acabó el dinero.
Pero en el tiempo en que Rosita estuvo en el convento, siendo preparada para trabajar, Isaac y Lola no estuvieron tan presionados.
Finalmente, en el convento, no pudieron seguir teniendo a Rosita, pues, invadida por una enfermedad respiratoria, deliraba y decía “palabras horribles” y otras cosas que incomodaron a las religiosas. Además, le salió lo rebelde y se puso a insultar a todo mundo. “Tiene que irse”, les dijeron las monjas a sus padres.
Al regresar a casa, un amigo de Isaac, le ofreció trabajo a Rosita en una oficina pública. A pesar de su aborrecimiento por el gobierno, aceptó que su hija trabajara en esa oficina, porque, además, su amigo le dijo que sería “el primer caso” (el título del relato) de una mujer trabajando para el gobierno, algo excepcional, pues en las oficinas públicas, sólo trabajaban, desde siempre, varones.
Luego de eso, incluso Isaac encuentra un trabajo en el gobierno, a pesar de su reticencia.
Y todo iba bien, hasta que Rosita comenzó a comportarse extrañamente. Una noche, de plano no llegó a casa.
Y Lola e Isaac la buscaron por todas partes, sumamente preocupados, avisando a la policía de su desaparición. 
Al otro día, justo la policía les comunicó que Rosita había sido internada en la Casa de la Maternidad, en donde convalecía de parto en la cama número veinte.
Es, de nuevo, el irónico final, pues Rosita había sido “el primer caso” también, en que su jefe, había tenido una relación extramarital con ella.
Aquí, nuevamente, Gamboa juega con la situación de que es inevitable el destino de las personas ante la adversidad. Por mucho que Isaac y Lola cuidaron a Rosita, no se puede contra las inclinaciones naturales de mujer u hombre, especialmente cuando va de por medio la cuestión sexual, apetito que se desarrolla, tarde o temprano, y no se satisface hasta haberlo experimentado y, de allí, continuar con la práctica, sea o no dentro del matrimonio.
El tercer relato “Uno de tantos”, es desarrollado en 1888, también, en pleno apogeo de la dictadura porfirista, cuando algunas clases sociales se sentían conformes con ese régimen represivo, disfrazado de “progresista y moderno” ante el mundo, pero que, en realidad, era sanguinario, militarizado, intolerante, que no dudaba en deshacerse de sus opositores y contendientes políticos, intelectuales y de todo tipo, para perseverarse.
Un muy buen trabajo de investigación, en ese sentido, fue el que produjo el periodista estadounidense John Kenneth Turner (1879-1948), titulado “México Bárbaro”, quien, en plena dictadura, se hizo pasar por hombre de negocios. Gracias a esa caracterización, pudo enterarse de horrores tales como el secuestro de yaquis del norte, para llevarlos a trabajar, como esclavos, a las ricas henequeneras de Yucatán. O los terribles tratos que se daban a los presos políticos, como a los hermanos Flores Magón, que iban a dar a la insalubre y brutal cárcel de San Juan de Ulúa, en donde, casi todos los internos morían por enfermedades, malnutrición y torturas. Recomiendo mucho la lectura de ese libro.
Y regreso a “Uno de tantos”, la historia de Carlos, personaje que no describe mucho, sólo que es joven, trabaja como “tenedor de libros” en una oficina pública (contador), que se había criado en Inglaterra y que hablaba regular español. No da más detalles, pero se entiende que habría pertenecido a una familia medianamente acomodada.
Carlos se presenta como un taciturno personaje, introvertido, muy dedicado a su trabajo, solitario, al que sólo le habían conocido una novia sus compañeros, que era de buena familia, pero que, repentinamente, terminó.
Como acostumbraba ir al teatro, distracción muy de moda en esa época, una ocasión se presentó un musical y quedó muy prendado de la cantante principal, Jeanette, guapa parisina, que lo cautivó por su canto y su belleza.
Busca Carlos conocerla a como dé lugar, lo cual logra, gracias a un amigo periodista que se la presenta, mientras la entrevista. Al ver con qué facilidad el oficio de periodista abre muchas puertas, Carlos piensa en haberse dedicado a eso, en lugar de ser simple tenedor de libros.
Algo ve Jeanette en Carlos, joven y educado, que consiente en que la visite al vestíbulo del hotel en donde se hospeda o en los camerinos del teatro.
Y con ese consentimiento amistoso, como ella deja muy claro, Carlos se sintió muy importante, buscando que todo mundo se diera cuenta de su relación con la cantante, sobre todo, sus amigos, con quienes podía jactarse de su “logro”.
Dice en una parte Gamboa que “Es cosa probada que lo que decide de un hombre, es que la mujer con quien tiene que encontrarse en determinado momento de la existencia, sepa valorizarlo. Hay mujeres propicias y mujeres funestas, así como hay día y noche; ambas son necesarias; pero si al que le toca la segunda, carece de luz suficiente con qué iluminar su ventura, apela al crimen y se convierte en incendiario. El rico corre en estos casos el riesgo menor; para la noche, tiene el gas; para la mujer funesta, el oro. Por desgracia, las mujeres propicias representan honrosa minoría; al cabo de un año, y entre noches y días nublados, vese pasar a los verdaderamente primaverales, tristes, silenciosos y solitarios”.
Muy ornamentada forma de describir a mujeres que sólo aprovechan lo material que un hombre pueda ofrecerles.
Justamente, esa era Jeanette, quien aceptaba cuanta invitación a comer a restaurantes lujosos le hiciera Carlos. Y éste, con su modesto salario, iba gastando más y más cada día.
Una ocasión, la invitó a los toros. Jeanette aceptó con reticencias, poniendo como condición que la acompañaran otros actores de la obra. Y Carlos, al final, no dejó de reprocharle que nunca habló de él, ni lo presentó a todas las personas que la reconocían y la ovacionaban por su magnífica actuación y gran canto.
“Te pones tonto, Carlos, recuerda, no somos más que amigos, y no me vas a hacer cambiar”, le replica ella. Con tal de no perder su joya, digamos, Carlos acepta. Y sigue aceptando otras cosas, como el que un día un tipo de dinero le obsequiara a ella una perrita, de raza pequeña, con la cual, Jeanette se encariña mucho.
Carlos, con tal de no perderla, acepta hasta humillaciones, pues cuando la iba a visitar al final de la obra, debía de esperar sentado hasta que las felicitaciones concluyeran.
Puede entenderse que la mujer lo tenía, ni siquiera como amigo, sino sólo para pasar el rato, en lo que duraba la temporada del espectáculo, poco más de un mes.
Carlos, viendo que superaban sus gastos a su modesto salario, un día decide, estúpidamente, sacar los tres mil pesos que había estado ahorrando por años en la oficina, para ir a una escondida, ilegal casa de juegos. Ingenuamente, probaría suerte con las cartas y multiplicar los tres mil pesos. La desgracia, que ya había tenido al conocer a tan superficial y materialista mujer, lo siguió hasta allí. En pocos minutos perdió su dinero. Y salió del lugar echando pestes, por su mala suerte. De tonto principiante, además de pobre.
Y esa noche, pidiendo un adelanto en la oficina, que nunca había hecho, sólo le pudo comprar unas modestas flores, para regalarle, al final de la función.
Algo que ni la impresionó, pues por tantas flores que le daban, pasó desapercibido el ramo de Carlos. Ni siquiera se dio cuenta la superficial mujer de que allí, entre las butacas, estaba sentado su infeliz admirador
Jeanette marchó con el tipo rico que le había regalado a la perrita.
Carlos siguió al carruaje. Pensó en reclamarle su falta de atención. Pero se dio cuenta, finalmente, que sin dinero para ofrecerle, era un don nadie para ella.
Y partió, caminando cabizbajo por esa calle.
Como ven, no son finales precisamente tristes, sino realistas, de situaciones que, fuera del tiempo en que tengan lugar, son recurrentes.
Eso demuestra que la mujer o el hombre, nunca entenderán, y se someterán a situaciones que los humillen y los carguen de sufrimientos.
Quizá sea que estamos más acostumbrados a la tristeza que a la alegría, que una vida sin sufrimientos, no es vida.