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lunes, 9 de julio de 2018

De votaciones y pobreza


De votaciones y pobreza
por Adán Salgado Andrade

Las pasadas elecciones (1º de julio, 2018), se estima, fueron de las más caras en la historia reciente del país. Y, aunque plagadas de intentos de fraude o de compra de votos, fueron, también, las más auténticas, pues el hartazgo social logró echar a la basura priísta, espero, al desván de la historia. Sin embargo, empaña el proceso el aislado caso de Puebla que, al momento de escribir estas líneas, fue tan evidente el fraude perpetrado por el delincuente Rafael Moreno Valle, con tal de imponer a su esposa, que quizá se anulen y vuelvan a realizarse (ver: https://www.jornada.com.mx/2018/07/09/estados/034n1est).
Como dije, se estima que cada voto resultó carísimo, en algo así como entre 455 y 490 pesos, considerando el presupuesto total de $28000 millones de pesos y que sólo votaron alrededor del 70% de votantes inscritos en el padrón electoral (ver: https://www.jornada.com.mx/2018/07/02/opinion/029o1eco).
Tantísimo dinero, bien pudo ser empleado para ayudar a lugares y personas como las que en este día visito, en la comunidad llamada La Cuchilla, perteneciente al municipio de Nopala, Hidalgo. Ya he escrito antes sobre la precariedad que impera en sitos como Nopala, cuya localización geográfica – zona semidesértica, con clima seco y caluroso casi todo el año, tierras pobres y constantes sequías –, combinada con pobreza, extrema en muchos casos, lleva a muy difíciles condiciones de vida para la gente que allí vive. Adicionalmente, la dominación de mafias políticas y criminales y una corrupción sin límites, mantienen sumida, en condiciones deplorables, a la mayoría de los lugareños, quienes sobreviven de lo poco que pueden sembrar, de la crianza de vacas, gallinas, borregos, marranos y del comercio (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.com/2017/07/una-manana-de-pulque.html).
La Cuchilla se encuentra a unos treinta minutos, caminando, de Nopala. Es una aislada comunidad, a la que se accede por un camino de terracería que, por estos días lluviosos, está lleno de enormes charcos, por los que hay que cruzar con mucho cuidado, pues el auto en el que mi amigo y yo circulamos es bajo, un Tsuru. Pocas son las casas que conforman a La Cuchilla, muy espaciadas entre sí. En una de ellas, se vende pulque, bebida que, dice mi amigo, supone que en unas dos generaciones, dejará de existir, pues no habrá quien quiera dedicarse a raspar – como así se denomina a la acción de obtener el aguamiel – los magueyes, además de que éstos tardan siete años en proporcionar el preciado líquido, base del auténtico pulque, el que no se adultera.
Estacionamos el auto a un lado de la cerca de piedra de la entrada, cuya “puerta” es un armazón de troncos mal unidos con alambre, que en esos momentos está “cerrada”. Mi amigo ni se preocupa en subir las ventanas del auto. “Así lo dejo, no pasa nada, ni en Huichapan”, dice, jactancioso. Sorprendente que tenga tanta confianza en este país, con una alta tasa delictiva, aunque también es sorprendente, que aún haya sitios como este, en donde se pueda dejar un auto abierto, incluso con el estéreo, sin que pase nada.
Libramos la “puerta” por un lado, caminando por sobre unas piedras. De todos modos, no habríamos podido hacerlo por la entrada, pues un gran, lodoso charco, lo habría impedido.
Y ya llegamos hasta la casa de quienes allí habitan. Antes, debemos de cruzar un pequeño,  pastoso terreno, en donde unos quince borregos rumian mansamente. A un lado del terreno, hay una especie de jagüey – así se le llama a un lugar en donde se almacena agua –, medio lleno, en donde seguramente los borregos beben vital, aunque grisácea, encharcada, agua.  
La casa es una construcción bien hecha, de ladrillos, varillas y concreto, edificada, probablemente, mediante el esfuerzo de varios años de privaciones. Tiene un patio muy bien trazado y nivelado. Fuera de eso, la ruralidad destaca, pues, además de los borregos, hay gallinas buscando qué comer entre el rústico empedrado que rodea a la construcción. Piedras y tabiques amontonados, esperando ser usados para construir alguna barda o cimientos, trastes de peltre, una banca hecha con un tablón colocado sobre dos viejas cubetas de plástico invertidas, un banco hecho de una sola pieza, de un pedazo de tronco, un par de perros tomando la siesta – “¡Huy, ni me cuidan a las borregas, malos que me salieron!”, se queja la dueña del lugar –, un improvisado contenedor de plástico, para agua, en el que un pequeño chorro del agua municipal con que cuentan, trata muy lenta y penosamente de llenarlo… en fin, un ordenado desorden, tan típico de sitios así, en los que la precariedad lleva a una forzada improvisación, para “irla pasando”, mientras se concluye un corral, una pared, un piso… y así.
Hay un frondoso pino, a un lado de la casa, a cuya generosa sombra nos acogemos, mientras tomamos nuestro pulque, recién hecho, dulzón, muy rico, servido en jarros de barro de a litro, como se acostumbra beber en esos lugares. Platicamos con doña Susana, quien vive allí, con su marido, el señor Pánfilo. La pareja debe de andar en sus medianos sesentas, quizá menos, pero como las personas del campo se acaban mucho, debido al extenuante trabajo físico, enfermedades, mala alimentación, constante exposición al sol y otros agravantes, siempre representan más edad. “No, mis borregas se van pa´l monte, y tengo que ir a trailas, pero como me duelen mucho las rodillas, me cuesta mucho trabajo”, responde, a mi pregunta de que si les basta a sus borregas con el pasto cercano a la casa, en donde las vimos un momento antes. Es curioso el comportamiento animal, pues reconocen en donde pertenecen, pero buscan pastar en alejados sitios, sobre todo cuando el pasto es escaso. Nos corrige sobre nuestra estimación inicial de que eran 15 borregos, además de que son borregas. “Tengo veintiún borregas”, nos dice doña Susana. “Y me da mucho pendiente cuando se van, porque anda el coyote… ya me mató a tres”, continúa, resignada. Lo que menciona, sobre los coyotes, por desgracia, son las consecuencias de que hemos invadido hábitats de animales silvestres, quienes, a falta de sus presas naturales, dan cuenta de los animales de crianza, justo como las borregas de doña Susana. Y es algo inevitable, que se vea como enemigas a ciertas especies, las que, incluso, están en riesgo de extinción. En la India o en África, por ejemplo, se mata a felinos o a reptiles que están desapareciendo, porque, famélicos, sin que tengan presas naturales para comer, “depredan” a los animales domésticos, incluso a uno que otro humano (ver: https://www.theguardian.com/world/2018/jun/17/woman-swallowed-giant-python-indonesia?utm_source=esp&utm_medium=Email&utm_campaign=GU+Today+main+NEW+H+categories&utm_term=278297&subid=21873428&CMP=EMCNEWEML6619I2).
Pero, en realidad, los depredadores somos los humanos, por arrebatarles sus hábitats. Y así seguiremos, hasta que se hayan extinguido, por desgracia.
Dice doña Susana que una parte de lo que viven, lo constituye la venta de sus borregos, los que son usados principalmente para hacer barbacoa, muy consumida en la región. Pero como están muy flacos sus borregos, se los quieren malbaratar. “Me los quieren pagar a cuarenta y ocho pesos el kilo en pie”, dice, insuficiente, por todos los cuidados que les da, sobre todo, alimento especial, cuando no llueve y no hay pasto que rumien. Así que si un borrego pesa unos treinta kilos, le pagarán, cuando mucho, $1440 pesos. Pero, cuando no queda de otra, los vende, con el agravante adicional de que luego no los pesan bien y le quitan dos o tres kilos. Y ni modo de protestar, pues está a merced de los acaparadores, quienes son los que imponen el precio. Dice que se la pasa trabajando todo el día. “Pus hago el quehacer, la comida, le tengo que dar agua a los becerros… ‘hora, el señor me trajo dos pollos, pa’ que los engorde y le haga un mole… es harto trabajo, pero pos lo tengo que hacer”, dice, mientras nos muestra a los pollos, aún jóvenes, que su esposo le llevó ese día. Es bastante notorio el acostumbrado machismo que prevalece en estos lugares, en donde la mujer, no sólo se encarga de las cuestiones domésticas, como lavar la ropa, limpiar la casa, cocinar, planchar… sino que, además, debe de asumir otras tareas, como doña Susana, quien debe de cuidar a todos los animales que tienen. Y, sin chistar protesta alguna.
Don Pánfilo, su esposo, es quien proporciona otra parte de sus sustento con las diez vacas que posee. Diariamente las ordeña. Antes, debe de “pasearlas”, pues, de lo contrario, no dan leche al exprimir sus ubres. “También las tengo que llevar pa´l monte, tempranito. Y cuando regreso, me pongo a ordeñarlas”. Cuenta que obtiene de treinta y cinco a cuarenta litros diarios, los que vende al que hace quesos, también acaparador. Le paga el litro a $5.70 pesos, con lo que obtiene, cuando bien le va, o sea, si vende cuarenta litros, 228 pesos diarios, unos tres salarios mínimos.
Eso me lleva a pensar la forma tan abusiva en que son explotadas las personas del campo, que se dedican a esas extenuantes labores, pues basta recordar que la leche la conseguimos en tiendas o supermercados en un promedio de quince a veinte pesos el litro, dependiendo de la presentación. Es decir, la compramos más de tres veces más cara que lo que le pagan a don Pánfilo los queseros. Y otra vez señala el señor la cuestión de que “como son los únicos que la compran, se las vende a ese precio”. Claro, se pensaría que por sus rudimentarios métodos es a lo que debe de vender la leche, pues no es un gran ganadero que tenga miles de vacas, quien puede obtener un precio de producción mucho más bajo, y aún así, al vender miles de litros, su ganancia es muy buena, aunque le paguen a $5.70 pesos el litro. Pero Don Pánfilo es un “pequeño productor” y se debe de contentar con lo que le dé por litro el acaparador, sin protestar, aunque pierda, pues se arriesga a que no le compre más su leche.
Mi amigo dice que, además, ese quesero, todo el suero sobrante que se genera por la hechura del queso, lo vende, nada menos que a la empresa Nestlé, la de las leches. “Seguido viene un tráiler y se lleva el suero… adivinar para qué lo quiera esa empresa”, dice. Yo me atrevo a opinar que, seguramente, lo usan para elaborar todos los sucedáneos de “leche” o fórmulas lácteas. Es decir, con un desperdicio hacen varios de sus productos, engañando a la gente con que son hechos de leche, pero en realidad son productos del suero sobrante de hacer quesos, el cual, gracias a la química, puede transformarse en “nutritivos alimentos”. Sería, pues, interesante indagar en qué procesos usa Nestlé ese desperdicio.
El otro ingreso es la venta del pulque. Cuenta don Pánfilo que tres veces al día raspa sus magueyes, para obtener el aguamiel. “Saco como diez litros, diario”, dice. Su voz es apenas audible, reservada, algo desconfiada. De hecho, más tarde, mi amigo me contó que no le venden a cualquiera. A nosotros, nos vendieron porque, uno de sus clientes, es primo de mi amigo y éste, ya había ido un par de veces antes. “Si no, ni madres que nos hubieran vendido”, afirma, categórico. Tienen razón, pienso, pues ante tanta inseguridad, sólo se puede confiar en los, digamos, conocidos o en los “conocidos” de los conocidos.
Algo que me entristeció fue saber que, ante la falta de clientes habituales en esta época del año, don Pánfilo tiene que tirar casi todo su pulque y dejar sólo algo para que se le agregue el aguamiel y fermente. Explica que, como está lloviendo, la gente no toma pulque, pues “no le da tanta sed, como cuando hace calor”. Además, la lluvia hace que los magueyes den más aguamiel y por eso, se produce más pulque. Mi amigo interviene: “¡Es que, pinche gente, tiene esa costumbre de que, como no hace calor, no toman pulque!”. Es irónico, pues en época de calor, cuando “sí tienen sed los pulqueros”, hay menos pulque o no hay. Vaya encrucijada. Pero, bueno, algo del pulque es consumido por quienes sí lo bebemos, aunque sea época de lluvias. De hecho, nos obsequia dos litros, “pos, de que lo tire, mejor que ustedes se lo tomen”, nos dice. Y es mucho trabajo, para lo poco que se cobra por litro, ocho pesos. Otra vez pienso en cómo se inflan los precios en las pulquerías de la capital, además de que es adulterado el pulque que venden, llegando a costar el litro treinta pesos o más. Absurdamente especulativo.
Otro modesto ingreso que el matrimonio obtiene es de la venta de artesanales resorteras que don Pánfilo elabora. Emplea el palo dulce, bandas elásticas, cuero y cordones para amarrarlas. Le comento que, cuando era niño, estaba muy familiarizado con ellas, pues en el pueblo de mi madre, Huautla, también en Hidalgo, pero en la Huasteca, o sea, la parte más húmeda del estado, era muy habitual su uso entre los muchachos, tanto para jugar al tiro al blanco, quebrando botellas, o para matar pájaros. Don Pánfilo dice que también la emplea para cazar pájaros o conejos, y que son para comer. “Los pájaros se pelan bien, se limpian de tripas y todo y se fríen en manteca y quedan bien ricos”, explica. A los conejos, les quitan la piel, los limpian de todo, los lavan, los hierven y los cocinan en chile. “¡Quedan muy ricos!”, exclama. Así que la habitual caza de pájaros o conejos con resorteras es parte de lo que deben de hacer ellos para la diaria batalla por la sobrevivencia. Le pido que me muestre sus resorteras y le compro una, que vale cuarenta pesos. Le pago con un billete de cien pesos y le pido que conserve el cambio. Bueno, ya es otra pequeña entrada para ese día, junto con los treinta y dos pesos que pagamos por los cuatro litros de pulque.
Doña Susana platica que tuvo cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres. El mayor de los hijos, hace unos años se fue a Fresnillo, Zacatecas, y, de repente, dejaron de saber de él. ¿Será uno de los miles de desaparecidos que se dan cada año en este secuestrado país?, me pregunto. El otro hijo, se fue también para allá, a trabajar y a ver si algún día encuentra a su hermano. Las hijas viven cerca. Una es separada. Trabaja como educadora en un kínder. Es una ventaja que tenga un trabajo estable. “Sus hijos ya son grandes. Uno ya va’entrar a la universidad y la otra, acaba de salir de la secundaria”, dice.
Hablando sobre las bondades del pulque, de que es muy nutritivo y medicinal, tanto doña Susana, como don Pánfilo, dicen que diario beben de dos a tres vasos. Dicen que poco se enferman y realmente se ven “correosos y fuertes”. En el campo, siendo pobres, viviendo aisladamente, está prohibido, considero, enfermarse. Así ha sido, desde que recuerdo, pues cuando alguien enfermaba de grave enfermedad en el pueblo de mi abuela, casi el único recurso que quedaba, era llamar al doctor local, si lo había, para que diera su diagnóstico, o esperar la pronta muerte del enfermo, pues poco había por hacer.
Doña Susana dice que ella no toma refresco, porque es malo. “Mi ex yerno se murió de eso, se le secaron los riñones de tanto refresco que tomaba, la Coca-Cola”. Y refiere que también un hermano de una cuñada de una de sus hijas, se murió de lo mismo. Para tomarse en cuenta, pero, por desgracia, el consumo de refrescos, especialmente de la envenenante Coca-Cola, sigue creciendo, incluso, a pesar del impuesto especial que, supuestamente, estaba destinado a “disminuir” su ingesta. Vaya estupidez.
La otra hija está casada con un jornalero. Es la que, justo en ese momento va llegando y nos saluda. Va por dos litros de pulque. Por supuesto que no los paga. Seguramente es con lo que la “ayudan” sus padres. Llena su botella plástica, que luce la marca “Jarrito”, y se va, despidiéndose de nosotros. “Todos los días viene por su pulquito, pa’ mi yerno. Pos no le va muy bien, pero qué se le v’hacer”, dice doña Susana, repitiendo esa frase de resignación, tan característica en el mexicano sumiso. Consecuencia de lo que yo llamo herencia colonial maldita.
Y toco el inevitable tema de las elecciones. Le pregunto que si fueron a votar, y me dice que sí. Tuvieron que hacerlo hasta Nopala, como dije, distante unos treinta minutos, caminando, de su casa. Le pregunto que si no hay transporte y me dice que sí, que es una combi, “pero pasa cada dos horas y nos cobra quince pesos”. Dice que los lunes de tianguis, que es cuando trata de surtirse de lo necesario, pues no puede darse el lujo de salir todos los días a comprar algo a la tienda – que, de todos modos, no hay ninguna cercana –, el taxi de regreso le cobra cincuenta pesos, por un trecho que no debe de ser de más de tres kilómetros. “¡Pero, pos qué le hacemos”, dice otra vez, repitiendo la, ya aludida, frase de resignada aceptación.
Es muy caro el transporte en casi todo el país, especialmente para la gente que vive en sitios aislados. A pesar de eso, hicieron el esfuerzo de ir a votar. Dice que llegaron a las nueve de la mañana, pero que había mucha gente, así que tardaron buen rato en votar. Pero allí estuvieron. No me atreví a preguntarle por quién voto, pero, según me platicó mi amigo, Morena, el partido de López Obrador, arrasó en todos esos lugares. “Al menos, de la presidencia, gano Morena, porque en lo de las senadurías y las diputaciones, volvió a ganar el PRI”, me platicó. “Yo les dije a varios que el que votara otra vez por el PRI, era porque no quería a México”. Mi amigo, a pesar de que hace algunos años tuvo una seria reyerta laboral con López Obrador, cuando fue jefe de gobierno, dice que está contento de que haya ganado aquél, pues “ya mandó a la chingada, al tercer lugar, a los pinches priístas rateros, delincuentes”, me confió.
Quizá doña Susana, así como su esposo y varios habitantes de La Cuchilla, hayan votado, por hartazgo, en contra de la mafia priista, como hicimos millones de mexicanos.
Y ojalá el victorioso López Obrador haga realidad lo que prometió. De otro modo, será una terrible decepción para los mexicanos pobres, como doña Susana y don Pánfilo, quienes votaron por él, esperanzados en que su precariedad se alivie en algo.
De no ser así, quizá habrá sido más eficaz el haber empleado los $28000 millones de pesos que costó la elección más cara del país, en repartirlos entre los pobres. Cada uno habría tenido unos 490 pesos. Para doña Amalia, habrían servido para pagar casi diez taxis los lunes, día del tianguis.


             

                 

sábado, 9 de julio de 2016

De visita y conversando en la Huasteca Hidalguense



De visita y conversando en la Huasteca Hidalguense
por Adán Salgado Andrade

Huejutla de Reyes, Hidalgo. Después de veintiún años, circunstancias familiares me hacen regresar a este lugar, que hace tiempo rebosaba de recursos naturales, tales como exuberantes bosques, caudalosos ríos, varias especies de animales y vegetales típicos del lugar y otras características que le han dado a esa región hidalguense, conocida como huasteca, una gran riqueza de biodiversidad y equilibrio ecológico, lo cual abarca sólo una pequeña área de la superficie de Hidalgo (de hecho, colinda con las otras tres huastecas, la veracruzana, la potosina y la tamaulipeca).
Por desgracia, son cosas que, ahora que he regresado, constato que se han ido acabando con el avance “civilizador” de este depredador sistema capitalista salvaje.
El traslado hacia el sitio, si no se tiene auto propio, debe de realizarse por medio de una de las dos líneas que monopolizan el transporte de la región, Futura o ADO, a bordo de autobuses que se dicen de “primera”, prometiendo aire acondicionado, asientos numerados y proyección de películas, pero que violan lo que ofrecen, pues, para comenzar, no salen a tiempo (el que tomé, tenía hora de salida a las 14:00 horas, pero lo hizo hasta las 14:35). El aire acondicionado todo el tiempo es necesario, pues en la mayor parte del camino el clima es caluroso, además de que los transportes tienen ventanas selladas, por lo que no hay ventilación y se depende de aquél. Sin embargo, tampoco lo mantienen todo el trayecto (como las unidades no son recientes, alega el conductor que el aire acondicionado quita potencia al motor y aumenta el consumo de combustible). Ni tampoco se respeta el cupo máximo, al ir subiendo pasaje durante el recorrido, por lo que varias personas deben de viajar paradas, con las molestias que ello ocasiona, debido a que la sinuosidad del camino precisa de estarse sujetando todo el tiempo de donde se pueda. Ello evidencia la falta total de respeto de las empresas camioneras a los usuarios –  la mayoría, gente trabajadora, de limitados recursos –, las que, con tal de maximizar sus ganancias, retacan sus unidades, muchas de las cuales carecen de mantenimiento adecuado y tienen ya varios años de servicio, sin importar si causen molestias a los pasajeros o que se descompongan o, peor aun, que puedan sufrir accidentes, graves muchos de ellos. Intenté reportar la demora del autobús, pero cuando me contestaron del número en el que se indica que se debe de hacer la queja, la llamada se “cortó” y no fue posible comunicarme de nuevo. Todos esos problemas se agravan porque no se ve que la gente se queje, sino, al contrario, ya se le nota acostumbrada a tanta molestia y a aceptar tan malos servicios resignadamente. Y si no hay quejas o son muy de vez en cuando, la empresa ni se preocupará por mejorar su malo y hasta peligroso servicio.
El viaje se realiza, la mayor parte del recorrido, por una accidentada y sinuosa carretera que cruza y bordea una montañosa ruta. De allí que, aun en la actualidad y con tramos que han pretendido hacer de cuatro carriles, es un viaje que lleva por lo menos siete horas y media en autobús o unas seis en auto, y eso si no llueve o hay neblina, pues entonces se alarga aun más el recorrido.
De hecho, por las constantes demoras del conductor por retacar el autobús, a pesar de nuestras protestas, alargó el viaje ¡ocho horas y media!, más allá de las “seis” que, mentirosamente, asegura la taquillera que lleva el recorrido.
Así que para pasar lo mejor posible tanta incomodidad, calor, sacudidas… hay que leer o entablar una plática.
Esta la hago con un joven de no más de veinticinco años, con el que intercambio unos minutos de conversación, se llama Anastasio. Lo que Brevemente me refiere, resulta dramático. Resulta que viene de Pachuca, en donde estuvo seis días a las afueras de un hospital, pues no tuvo dinero para pagar un hospedaje adecuado, siendo un humilde campesino, que sólo tiene trabajo tres meses al año, como refiere. “Siembro maíz, pero casi nomás es para mi familia y para mí… casi no vendemos, porque no nos conviene venderlo, lo compran muy barato, mejor nos lo comemos. Y pues trabajo a veces de albañil o de peón… de lo que caiga. Me pagan ochenta o cien pesos, si bien me va, pero nada más trabajo tres meses al año”, dice. Me pregunto ¿cómo sobrevivirán su familia y él el resto del año?
En efecto, su drama es el que viven millones de pobres campesinos en este país, a los cuales, la mafia en el poder sólo presta atención cuando son votaciones y son acarreados o cooptados para que voten por tal o cual mafioso que les prometa que hará esto o aquello por mejorar su mísera vida y sus extremas carencias, pero que ya, una vez elegido, nada cumple y sólo los reprime o hasta asesina, cuando le exigen que haga lo prometido (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2007/12/apertura-total-del-agro-mexicano-al-tlc.html).
Anastasio tuvo que estar al cuidado de su hijo de dos años, al que por vacunarlo descuidadamente en la pierna, como es muy común en los casos de negligencia médica con gente humilde, le provocaron una infección. “Me dijeron que necesitan dos donadores, porque como le han estado poniendo sangre, pues a fuerza se necesitan, pero no sé a quién decirle. Por eso voy de regreso a San Felipe – lugar en donde vive, a una media hora de Huejutla –, para ver si alguien de mi familia quiere donar sangre”, me dice, bastante acongojado. Y es allí donde, al recordar tantas estupideces que dicen los mafiosos en el poder, de todo el “bienestar” que pregonan, de que se “preocupan” por la “salud de los mexicanos”, de todo cuanto presumen que se ha logrado, todo eso ¡se viene abajo!, al escuchar testimonios tan dolorosos, como el de Anastasio, cuyo hijo se debate por sobrevivir de una infección ocasionada por un “descuido” médico y que, a pesar de eso, no recibe la atención adecuada y su padre tuvo que dormir en la calle seis días, a falta de dinero para el alojamiento y, encima, debe de conseguir donadores para que ¡se lo sigan atendiendo! Esa es la “justicia social” que tanto pregona la corrupta, hipócrita, represora, asesina mafia en el poder.     
Sin saber qué decir, más que unas palabras de ánimo, de que “vas a ver que se va a poner bien tu hijo”,  decido contemplar el… ¡devastado paisaje!
Es cuando se compara éste con los recuerdos, que claramente indicaban que en tal sitio abundaban árboles y ahora casas o deforestadas tierras ocupan su lugar. Por ejemplo, los alrededores de Pachuca, antes llenos de bosques, ahora son ocupados por casas, constatándose el anárquico crecimiento que la mayoría de las urbes del país mantienen, sin importar que ese sobrepoblamiento se haga en sitios adecuados y se cuente con las condiciones propicias para dichos asentamientos, tales como agua suficiente, drenaje, electricidad, vías de acceso… y así, siendo, la mayoría, sitios que albergan a pobladores que viven en malas o pésimas condiciones de vida, que se han ido creando como producto de corrupción, cooptación de las mafias políticas, pobreza y necesidad de los que allí se van a vivir, aunque sea en las faldas de un cerro.
Ese es, pues, el “avance incesante” de la supuesta “modernidad”, que se destruyan o deforesten áreas verdes para albergar una nueva tienda de “conveniencia”, un hotel, un carril de carretera adicional, una plaza comercial,  asentamientos irregulares… y así. De hecho, la carretera por la que circulamos, se construyó hace unos cuarenta y dos años, principalmente como vía de acceso para los tractocamiones que transportan el manganeso y el azufre extraídos por la empresa minera Autlán, la que ya lleva unos cincuenta años operando allí y es responsable de mucho del grave daño ecológico provocado en esa región, aledaña al municipio de Xochicoatlán. Según el activista Marco Antonio Moreno, la actividad de esa depredadora minera ha destruido más de doscientas hectáreas de bosques, dañado fauna y flora, además de contaminar severamente ríos y otros cuerpos de agua, con la total complicidad de las mafias estatales y federales, como ya es sabido (ver:  http://www.jornada.unam.mx/2015/08/07/estados/031n1est).
Así que si sólo una empresa ha ocasionado tanto daño, imaginemos todo lo que han provocado la anárquica urbanización, “ampliación” de carreteras (sólo en tramos, lo que, realmente, no justifica tanto daño), deforestación por la tala clandestina inmoderada, sembradíos en plenas zonas boscosas (a falta de políticas adecuadas de la mafia en el poder por apoyar al campo y de tierras, muchos campesinos talan árboles de zonas boscosas para sembrar, con lo cual aceleran ellos mismos la destrucción de su entorno), contaminación, incendios forestales… por ello es que, contemplo con gran tristeza, lo que el paso de los años ha ido ocasionando en tan rica zona, la que se considera que ha perdido más del 90% de su flora nativa y, ni se diga, de su fauna.
Existen muy pocos estudios de los enormes daños causados a esa región, pero uno realizado en el 2008, muestra que, en efecto, los ocasionados a fauna, flora, suelos aguas y recursos de la huasteca hidalguense son graves o muy graves, y todo con la complicidad y beneplácito de las mafias en el poder estatales y federales, corresponsables de tal ecocidio (ver: http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0188-49992010000300006).
Y luego de haber pasado tantos inconvenientes en el transporte, de haber presenciado toda esa destrucción, deforestación y tantas infamias, llego en medio de una tormenta, finalmente, a Huejutla, pasadas las diez de la noche. A pesar de la intensa lluvia, se siente calor, como si se estuviera dentro de un baño de vapor.
Como voy hasta Huautla, municipio distante unos treinta kilómetros, aún debo de tomar un taxi, que, por fortuna, todavía encuentro a uno haciendo base, con el que acuerdo un precio de doscientos cincuenta pesos, casi cuatro días de salario mínimo (imposible viajar si se percibe sólo ese sueldo de hambre). Es muy caro el transporte público en ese estado – en general, en todo el país es caro, montando más de la tercera parte de los ingresos mensuales de las familias trabajadoras –, en donde más del setenta por ciento de la población vive en la pobreza, igual que en el resto del país.
Hago la plática con el conductor. Se llama Ricardo y, según él, no había llovido hacía más de un año. “¡Usted trajo la lluvia!”, exclama, contento de algún modo, pues explica que por la sequía “y vaya usted a saber por qué otras cosas”, tenía más de un año sin llover. “Fíjese, aquí, antes, no pasaban de los treinta y dos o, póngale, cuarenta grados, cuando mucho, de calor, pero en este año hemos tenido ¡hasta cincuenta grados de temperatura! No se aguanta, de verdad, nada más está tome y tome agua. Yo, un día, me tomé, sin exagerarle, quince litros de agua, porque, de verdad que me estaba deshidratando”. En efecto, por mis propios recuerdos de hace muchos años, me consta que aunque siempre ha sido Huejutla un sitio caluroso, no llegaba a los niveles a los que Ricardo narra.
De acuerdo con testimonios que más tarde me dieron familiares que también viven en Huejutla, “sin clima – aire acondicionado –, no es posible vivir”. Me contaron que el aire acondicionado procuran usarlo sólo en las noches, para que puedan dormir, porque, en efecto, el calor que sentí en esos momentos es bastante, a pesar de la lluvia y de ser ya de noche. Aun así, la cuenta que ellos, en particular, pagan, es de mil quinientos pesos bimestrales, lo que evidencia lo cara que es ya la electricidad en este país, en donde CFE produce ya menos del cincuenta por ciento de lo que requerimos y el resto lo generan productores privados, españoles la mayoría, bastante caro. Me pregunto, entonces, ¿cuánto pagarán los que usen todo el tiempo aire acondicionado? Y ni imaginar cómo puedan vivir las personas que no tienen ingresos suficientes par asumir ese gasto. ¡Seguramente estarán mojándose a cada rato!
También me platicó sobre las recientes elecciones, que hay agitación social porque en ese municipio ganó Encuentro Social, a pesar de que la mafia priísta, con sus corruptas triquiñuelas, obtuvo la gubernatura en el estado. Revisando los resultados electorales, veo que, en efecto, Encuentro Social superó por más de 4600 votos al PRI, aunque sólo votaron 57.11% de los ciudadanos (ver: http://www.ieehidalgo.org.mx/images/PDF/Laminas_ayuntamientos.pdf).
Así que para el hampón Omar Fayad, el “gobernador electo” fue humillante y por eso sus esbirros y grupos de choque han tratado de boicotear dicha victoria.
Dice Ricardo que las hordas priístas de ese municipio están agrediendo en muchos lugares a la gente y que por eso ha habido problemas, que hacen retenes y han golpeado a varios. “¡Uy, esos tipos se enojaron mucho!”, exclama. Explica que los Fayad mantienen un feudo en Huejutla y, en general, en Hidalgo. “Fíjese, antes, tenían matones a sueldo, que, por puro gusto, a la gente, la arrastraban con caballos o con carros y la mataban. Mucha de las tiendas grandes son de ellos, bodegas, todo… no han dejado que entre nadie aquí, ni plazas, ni cines”. Dice que, por ejemplo, se han querido establecer allí tiendas de autoservicio como Walmart u Oxxo’s, pero que no los han permitido. Podría pensarse que eso es bueno, que no hayan dejado al monopolio Walmart establecer allí sus monopolios, pero no lo han hecho en beneficio de la gente – por tantos problemas que ocasionan esas tiendas, como el acaparamiento del comercio o la desaparición de empleos –, sino que para que sus propios negocios sigan manteniendo el control que hasta ahora han tenido. Nada loable, pues. “Han querido construir varias plazas y cines, pero no los han dejado. Vaya, ni el mercado han dejado que se amplíe, y eso que viene mucha gente de muchos lugares, de Pachuca, de Tamoyón, de las comunidades, pero no dejan”. Ni cines menciona que han permitido y el único que existe es “uno muy viejo y feo, que casi nunca está abierto”.
Se refleja todo eso que dice Ricardo en el sentido de que Huejutla no parece propiamente una ciudad, sino una especie de “pueblote”, que ha crecido anárquicamente. Se le ha mantenido en una especie de ruralidad para favorecer los muy mezquinos intereses de los Fayad y compinches. “Mire, allí había montes, muchos árboles – me señala un sitio a la derecha de donde circulamos –, pero los han cortado para poner casas… ya hay muchas casas, pero humildes… porque la gente se viene a vivir en donde puede, son priístas y nada más los usan, por eso les permiten que vengan a vivir así, aunque estén tan mal”, declara. Claro, son la carne de cañón, que tanto requieren los mafiosos en el poder, reflexiono.
Ya, metido en la conversación, platica sus anécdotas. Dice que tiene poco que regresó a Huejutla, pues se fue casi 18 años a trabajar a Reynosa, Matamoros, Altamira y terminó en Tampico. En este lugar, trabajaba con una persona que tenia una empresa de fabricación y distribución de artículos plásticos, pero que al dueño, como ya es común en este país de mafiosos en el poder y criminales coludidos, le cobraban cuotas delincuentes locales, y que por más que trató de cambiar su lugar de operaciones, nunca logró que lo dejaran en paz, hasta que le mataron a cinco empleados y le robaron, por lo que tuvo que dejar el giro (véase hasta dónde estamos de desprotegidos los ciudadanos comunes ante los hampones de la calle y del poder que controlan este país).
Casi quedó en la ruina. A Ricardo, medio lo liquidó, le dio 45 mil pesos, pues le dijo que ya no podía más y cerró. Aquél, se tuvo que regresar a Huejutla.
También tenia allá un taxi que manejaba por las tardes y que gracias a eso, sacaba un poco de más dinero. Dice que su esposa era de descendencia cubana. “De verdad que tiene un cuerpazo y está bien bonita”, exclama orgulloso. Concibió dos hijos con ella. “Uno ya tiene catorce años y el otro, doce”, dice, pero que “como me puso el cuerno, pues ya no regreso con ella”, se lamenta.
Agrega que en ese tiempo que estuvo en Tampico, hace unos diez años, había muchísima violencia, por los constantes “ajustes de cuentas” entre bandas rivales y la corrupción policial, que nada hacía al respecto y, al contrario, se aliaba con el mejor postor. Por lo mismo, casi a diario había muchos muertos. “Sí, luego amanecían estudiantes universitarios asesinados, en fila, acomodaditos, y con el tiro de gracia o policías muertos, colgados, mujeres policías con los senos cercenados, gente decapitada, tirada en la calle… y así, todo por el control de la droga”, describe muy explícitamente. Tenía como clientes de su taxi a chinos, coreanos, sobre todo a coreanos, que le pedían que los llevara con sexoservidoras y que eran muy espléndidos. Refiere que unos de ellos establecieron una fabrica de piezas automotrices, pero que no se explica como es que a ellos no los molestaban los mafiosos, de lo que, especulamos, que quizá haya sido porque no se querían meter aquéllos en problemas internacionales, pues habría implicado inmiscuirse con extranjeros y quizá, entonces sí, la mafia en el poder local los habría metido en cintura. “Puede que sí”, dice, pensativo.
Comenta que una ocasión que recogió a un hombre, se acercaron varios matones en una camioneta y, sin más, rafaguearon a aquél y quedó muerto, colgando de la puerta, la que dejó toda ensangrentada. Aterrado como estaba Ricardo, todavía uno de los matones se le acercó, diciéndole “Tú no has visto nada, compa, así que jálate”. Ricardo se fue del lugar, espantadísimo, guardó el taxi, lavó la sangre y esperó unos días a que se le pasara la impresión. “Pero ya Tampico está más tranquilo porque ahora vigila la marina y no son tan corruptos como los policías, ¿me entiende?, como que mantienen controlada a la delincuencia”, dice. Le pregunto que si hay muchos robos o secuestros allí en Huejutla y me dice que no muchos. “Cómo le diré, sí hay delincuencia, pero la tienen controlada, ¿no?, con que pague sus mordidas o no se meta con cierta gente, pues los dejan”, declara. Esto habría que entenderlo en el sentido de que se establecen zonas de control entre los grupos delictivos, asociados con los mafiosos en el poder y que mientras no se “rompan” tales compromisos, todos felices y tranquilos (algo detestable y cínico, que se ha dicho mucho, de que la mafia priísta mantenía la paz social porque respetaba los pactos que tenía establecidos con los distintos cárteles de la droga, a los que mantenía tranquilos en sus respectivos territorios, como lo que en su momento hizo el capo Lucky Luciano. Ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2014/08/la-estructura-mafiosa-de-los-poderes.html).
Llegamos por fin a Huautla. También está lloviendo. La plaza principal está ocupada por la feria, así que no podemos avanzar mucho, por los puestos y los juegos que hay instalados. Bajo del auto y camino hacia el domicilio de mis parientes, notando algunos cambios hechos en el lugar, como la pavimentación de todas las calles, así como obras suntuarias, superfluas, tales como haber cubierto casi todo el parque con un gigantesco techo de lámina, nada estético, para que sirva como una especie de auditorio, pero que muy probablemente, el munícipe que lo haya ordenado construir pensó más en la fastuosidad, con tal de justificar el enorme gasto que debió de haber tenido tal obra, más que la cuestión estética o, incluso, ecológica, pues en el sitio no existen más los árboles que antes estaban allí. El quiosco, a su vez, está digamos que ampliado con un techo hecho de ladrillo, algo más estético que el feo, metálico galerón al que me referí antes. Repito, parecen obras inconexas, hechas por distintas mafiosas administraciones, con tal de justificar los altos costos que debieron de haber tenido.  
Llego por fin a la casa de mis parientes. Allí, paso una velada en la fiesta familiar por la cual acudí al lugar.
Por fortuna, llovió toda la noche, por lo que la temperatura al día siguiente es agradable.
Al otro día, hago un recorrido para ver los ”cambios” hechos en ese municipio, cuyo nombre significa lugar de las águilas, las que, por desgracia, ya no se ven por ningún lado. Como dije antes, se aprecia la destrucción que ha sufrido el medio ambiente del lugar. Más y más casas han ocupado áreas boscosas. El pavimento también ha cubierto zonas de jardines.
Como señalé, las nuevas obras “publicas” que se han hecho, no han seguido un patrón uniforme, estético, sino que claramente se ven construidas al capricho de quien las ordenó. Por la feria y el tradicional tianguis que se sigue colocando los domingos, al final del día, abundan los montones de basura, otro símbolo del “progreso” de este sistema capitalista salvaje que todo lo degrada, lo ensucia, en aras del “avance”.
En resumen, lo que noto no es un crecimiento armonioso, parejo, sino anárquico, de obras suntuarias, como un bulevar por aquí o un galerón por allá, pero que no responden precisamente a un plan integral que haya buscado realmente el desarrollo del municipio.
Y no hay mucho qué hacer en Huautla, pues existen pocas fuentes de trabajo, debiendo mucha de la gente emigrar a sitios como Huejutla o el más alejado Pachuca. La mayoría de mis parientes han sido o son maestros, que es una de las profesiones más abundantes del lugar. Ya varios se han jubilado y han tratado de dedicarse a otra cosa, debido a lo magro de sus pensiones, y han abierto algún restaurante o alguna tienda.
Y justamente lo que abundan son los giros comerciales, como las tiendas, casi una al lado de la otra, fondas, puestos de dulces y así, lo que evidencia que cada quien se las ha arreglado como ha podido.   
Pero, fuera de eso, del crecimiento anárquico del pueblo, las condiciones de miseria prevalecen. Se ve en la gente que acude al tianguis a tratar de vender sus mercancías, como maíz, frijol, piloncillo… y así. Son campesinos, hombres, mujeres, de las comunidades vecinas, que tratan, de ese modo, de obtener un ingreso extra. Son a los que despectivamente se han referido como los “que no son de razón”, racista resabio de la herencia colonial maldita y que, por desgracia, aun prevalece, a pesar de los años. Eso no ha cambiado desde que tengo memoria.
Es lo que, justamente, evidencia el desigual “desarrollo” de la región, si así se le puede llamar, la que cada vez empobrece más y más, se depredan sus recursos, se agotan sus tierras, se cortan sus bosques, se contaminan sus aguas… y los beneficios de tal depredación, de tal destrucción, son para unas cuantas mafiosas empresas extractivas o grupos de poder, pero no para la gente, cada vez más hundida en la miseria y en las crecientes carencias.
Eso es, pues, lo que luego de tantos años, hallé en la Huasteca Hidalguense, una zona antes rica en recursos, que se ha ido depredando aceleradamente, como sucede en todo este secuestrado país, en donde prevalecen los intereses de las mafias políticas y empresariales, las menos interesadas en que la riqueza ecológica y el bienestar social se preserven.
Sí, muy triste lo que vine a ver.

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