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martes, 30 de agosto de 2016

La vanguardista visión de feminismo y la crítica al sistema carcelario de Sinclair Lewis



La vanguardista visión de feminismo y la crítica
al sistema carcelario de Sinclair Lewis
por Adán Salgado Andrade

Ya me he referido antes a la gran obra literaria de Sinclair Lewis, uno de los escritores estadounidenses más acérrimamente opuestos a los estándares vigentes en sus días, sobre todo en el sentido de que la mayor parte de sus “colegas” escribían obras totalmente asépticas, vanagloriando a su país, sin ninguna o muy poca y velada crítica social. De hecho, al recibir el Premio Nobel de literatura en 1930, declaró que “En Estados Unidos, muchos de nosotros, no sólo los lectores, sino los escritores, aun tememos cualquier literatura que no sea aquélla que sólo busque la glorificación de todo lo estadounidense, una glorificación de nuestras faltas y también de nuestras virtudes. Pero Estados Unidos es uno de los países más contradictorios, depresivos y convulsos de cualquier otra tierra que exista en el mundo hoy día. Nuestros profesores prefieren solamente una literatura que sea clara, fría, pura y terriblemente muerta” light (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2012/06/sinclair-lewis-y-su-acerrima-critica-la.html).
Concretamente me referí ya a su libro Elmer Gantry, cuyo personaje encarna al típico pastor que “abraza” la religión por simple conveniencia material y de poder político y no por entregar su alma y su vida a Dios. Lewis describe perfectamente a un personaje cínico, quien, escudado por su labor “religiosa”, no escatima esfuerzo alguno ni tiene escrúpulos para imponer su voluntad por sobre cualquier persona o situación.
La novela que ahora analizo es Ann Vickers, publicada en 1933, en la edición en inglés de la editorial estadounidense Dell Books, de 1962. Esta novela es considerada por muchos como uno de los trabajos menos exitosos de Lewis, inmerecidamente, por supuesto. Esa idea es probable que haya surgido porque en dicha obra, Lewis retrata la vida de una mujer que luchó contra todo, personas, prejuicios, machismo y más, con tal de desarrollarse plenamente. “Críticos”, en su momento, calificaron la obra de abominable y de que no podía ser leída por espíritus “débiles”, pues incitaba al mal y podía deformar la mente de quien lo hiciera.
Sin embargo, una de las frases de agradecimiento es a la señora Dorothy Thompson, señalando que “su conocimiento y ayuda me hicieron posible escribir sobre Ann”. Thompson, además de ser su esposa, fue también una muy importante periodista, a la que la revista Time de 1939, señaló como la segunda mujer más influyente de Estados Unidos (EU), después de Eleanor Roosevelt. Sus trabajos periodísticos eran muy demandados y leídos, no sólo en dicho país, sino en otros, sobre todo cuando comenzaba a surgir el nazismo, en los primeros años de la década de los 1930’s.
De hecho, Thompson entrevistó a Adolfo Hitler, antes de que estallara la guerra, dando una opinión objetiva de dicho personaje, señalando lo insignificante, acomplejado y peligroso que pudría llegar a ser, como, en efecto, lo fue. Justamente porque Thompson no se quiso retractar de su opinión sobre Hitler, fue expulsada de la Alemania nazi. De todos modos, al regresar a EU, su vida periodística y profesional fue bastante activa, pues además del periodismo, condujo programas radiales, escribió varios libros, así como columnas en muchos periódicos (ver:  https://en.wikipedia.org/wiki/Dorothy_Thompson).
Seguramente fue una gran influencia para Lewis, quien quizá impresionado por todo lo que hacía su esposa, se dio a la tarea de escribir Ann Vickers.   
Y es que la novela realmente parece escrita por una mujer, pues Lewis describe bastante bien los sentimientos de Vickers, sus ideas, sus pasiones, su trato con los hombres, pero, sobre todo, su lucha por reivindicarse, no sólo como mujer, sino como ser humano que persevera por sus convicciones y que busca el verdadero amor. 
Justo por ello fue que causó tanta polémica y escándalo esta obra, porque dignifica y pone muy en alto a una mujer que pelea por su emancipación, a pesar de tener casi todo en su contra, sobre todo la cerrada y conservadora sociedad de la primera mitad del siglo veinte, como veremos.
Comienza por referirse a sus años mozos, en Waubanakee, algún pueblo creado por Lewis, en donde cuenta que ya desde niña, Vickers tenía don de mando, pues cada que se ponían a jugar ella y sus amigos, hombres todos, a Cristóbal Colón, Ann siempre la hacía de aquel personaje, con tal de asumir el mando entre todos. Ya, desde esa edad, Ann se presenta como una adolescente muy orgullosa, pues bastaba que alguien, un hombre, por ejemplo, le hiciera algo, para que aquélla perdiera todo interés en dicho personaje, incluso a pesar de que le gustara, como para tener una relación de noviazgo.
Por otro lado, Ann tenía siempre en muy alta opinión a su padre, el profesor Vickers, ya que dada su orfandad de madre, veía en él todo cuanto necesitaba. Es otro rasgo en el que Lewis se basó en su esposa, pues ésta quedó huérfana de madre a los siete años.
También cuando, pasado el tiempo, vemos a Vickers en la universidad, coincide justo con la vida de Thompson, pues Ann va allí a estudiar sociología, similar a los estudios políticos y sociales que aquélla realizó. Muy convenientemente, Lewis aclara que Ann pudo estudiar gracias a que su padre, quien muere prematuramente (no da más detalles sobre eso, pues es algo que no tiene mayor relevancia), le deja un fondo de mil dólares (mucho dinero para 1910), con el cual, Ann puede estudiar sin trabas económicas la universidad.
En dicho periodo, Lewis muestra a una Ann desenvuelta, curiosa por saber no sólo lo que enseñaban los maestros, sino algo más, buscando amistad con los que le parecían más inteligentes… pero evitando a aquellos maestros que, aprovechando la admiración de Ann hacia ellos, trataban, finalmente de tener alguna aventura sexual con ella. Lewis muestra a una Ann que no cae fácilmente y que, al contrario, cuestiona fuertemente ese típico comportamiento de los hombres, quienes aprovechando alguna notoriedad, terminaban comportándose como simples machos.
De allí, habiendo terminado la universidad, Ann pasa por una etapa de activismo, en donde se une a un grupo de mujeres que claman por el feminismo y que exigen igualdad de derechos con los hombres, como el que pudieran votar, algo que, para ese entonces, era un tema tabú. Por ese activismo es que termina en la cárcel, en donde se la pasa una semana. Son dignas de mencionar las reflexiones que Lewis, a través de su personaje, hace, como, por ejemplo, la crítica tanto a la intolerancia “gubernamental”, así como al activismo dogmático (por ejemplo, los que se decían socialistas, quienes rayaban en la casi total cerrazón de viejas y muy gastadas ideas).
Las condiciones tan deplorables que experimenta Ann en la cárcel durante una semana, la llevan a renunciar a su activismo con las feministas y a buscar nuevos horizontes, los que halla al mudarse a Nueva York, en donde se dedica a atender una casa de beneficencia.
En ese tiempo, tuvo una relación amorosa con un soldado, del que se enamora profundamente y el romance la deja encinta. Es cuando Ann se debe de enfrentar al dilema de ser madre soltera y desafiar a una prejuiciosa sociedad que la juzgaría por tal hecho, de procrear un hijo sin estar casada “propiamente” o arriesgarse a abortar y que se considerara como una “peligrosa criminal”. Sin embargo, gracias a que conoce a un muy humano doctor Wormser, es que resuelve su dilema, pues aquél le practica un aborto de la forma más segura e higiénica posible. Es cuando Lewis, en el pensamiento de Ann, propone una muy interesante reflexión, en la que declara que, practicado el aborto "¡todo estaba resuelto. Muy bien. Y si esto hubiera sido un crimen que todas las respetables naciones condenaran – esas naciones que en ese momento, 1917, durante la primera guerra mundial, mostraban su respetabilidad y su odio hacia el crimen, peleando entre sí con tanques, gas venenoso y fuego líquido –, entonces ella se sentía confundida entre lo que era en verdad crimen y quienes eran realmente los criminales”. Más clara referencia a la hipocresía humana, no pudo haber hecho Lewis.
A pesar de ello, Ann lamenta la pérdida del que hubiera sido su primer hijo, que ella habría deseado con todas sus fuerzas que fuera mujer, y a la que llamó desde entonces Pride, sí, su orgullo, a la que le pide sincero perdón y le promete que en otro momento más adecuado de su existencia la concebirá y le dará la vida que se merece. También es muestra del profundo conocimiento de Lewis sobre la psicología femenina, en cuanto a que la mayoría de las mujeres que, bajo cualquier circunstancia, deben de practicarse un legrado, lo lamentan el resto de sus vidas.
Luego de esa traumática experiencia personal, pasa por ser la asistente de una mujer millonaria, Nancy Benescoten, quien realizaba obras filantrópicas… pero, y es donde sobresale de nuevo la crítica de Lewis, no por realmente ayudar a los más necesitados, sino simplemente por proyectar una muy arreglada imagen de mujer “caritativa” y “bondadosa”. Ann no comprende por qué cuidaba tanto su jefa el seleccionar sólo aquellas obras de caridad que proyectaran bastante y muy convenientemente su imagen, aunque no fueran, realmente, tan importantes, hasta que la adinerada mujer una ocasión le dijo que obra de caridad a la que no acudiera la prensa y saliera en todos los periódicos, no era de su interés, por muy necesitados que estuvieran los solicitantes.
Podríamos pensar, como analogía, en la ayuda filantrópica que se da en la actualidad, como, por ejemplo, la Fundación Bill y Melisa Gates, quienes más que donar, invierten sólo en obras que les rindan una ganancia, no en aquéllas que sólo beneficien a un sector y ya, que no exista nada lucrativo de por medio. Además, esa “filantropía”, resulta muy conveniente para, por ejemplo, deducir impuestos. No por nada es que actualmente, casi cualquier empresa tiene su división “compasiva”, empleando excelentes pretextos para crear una fundación, tales como el combate a la ceguera (como hace la cadena Cinépolis) o la “ayuda” a niños enfermos (como pretende hacer Televisa con su muy publicitado Teletón).
Ann termina por cansarse de trabajar con aquella farsante y se dedica a viajar. Por el alto sueldo que ganó laborando allí, decide visitar Inglaterra. Esto muy probablemente Lewis lo haya retomado de su propia experiencia con Thompson, con quien pasó su luna de miel justamente en Inglaterra.
Ann pensó que estando allí, su vida sería idílica. Sin embargo, la llama a su país su deseo de hacer cosas importantes, darle un sentido útil a su existencia.
Decide regresar a EU y dedicarse a trabajar en las cárceles, hacer labor social, buscar la mejora de las condiciones de los internos. Eso surge de los días que ella misma estuvo en la cárcel una semana, como menciono antes.
Esa parte de la novela es quizá una de las más críticas, pues Lewis, a través de Ann, expresa su desacuerdo con el sistema penitenciario de EU, el que de ninguna manera reformaba (de hecho, en ningún país, realmente, el sistema carcelario busca reinsertar al infractor a la sociedad).
Ann se traslada a Lincoln City, para trabajar como custodia en la cárcel de Copperhead.  Una escena magnífica de la novela es cuando al llegar a dicha ciudad, ella atestigua como el encargado de la seguridad de dicha cárcel, un tal capitán Waldo Dringoole, conduce hacia la prisión a una mujer afroestadounidense de unos cincuenta años, cuyo crimen era el haber matado a su esposo ebrio, al estarla éste, como siempre hacía, golpeando brutalmente. Cuando el capitán les dice a sus subalternos el crimen por el que la mujer era llevada a la cárcel y sería sentenciada a la horca, ésta se jacta de que, en efecto, con una olla mató a ese “desgraciado”. La reacción de aquel “rudo representante de la ley” es descargar un fuerte puñetazo en el estómago a la mujer, que la hace caer del dolor. Al ver que Ann contemplaba estupefacta la escena, le dice, sin más, que esa “perra negra” se lo merecía. Ya, luego, Ann se entera de que ese tipo era el jefe de seguridad de la prisión en donde ella estaría por varios meses. Casi se arrepiente de seguir con su cometido, pero empecinada como era, decide soportar todo lo que vendrá, sobre todo, presenciar de primera mano las condiciones y los tratos tan deplorables que imperaban (y siguen imperando) en la mayoría de las cárceles de EU (y del mundo, por añadidura).
Más tarde, al conversar con el capitán, éste le da una, según él, “cátedra” de criminología, durante la cual le asegura que los criminales sólo entienden por las malas y que no tiene caso estar con contemplaciones, pues “se trata de quebrarlos, de mostrarles que no son ellos mejores que sus cuidadores, sino que éstos son mejores que ellos. Y si hay que ponerles reglas tontas, con tal de que las cumplan, hay que hacerlo, y hay que castigarlos, azotarlos, meterlos en el hoyo (el famoso apando), dejarlos casi sin comer y sin beber, sólo así entenderán quién manda y se reformarán”.
Y esa “filosofía” del trato carcelario hacia los convictos, por desgracia, se sigue aplicando, sobre todo en EU, país que tiene la mayor cantidad de presos en las cárceles, más de dos millones, en proporción al resto del mundo. Claro, hay que señalar que allá, las cárceles son privadas y, por lo mismo, son un excelente negocio. Así que entre más presos tenga una prisión, más van a ganar sus accionistas.
También, Lewis critica la pena de muerte. Ann presencia como es ahorcada la mujer negra que había matado al esposo. Y, lo peor, cuando el párroco de la prisión va, antes de que la ejecuten, para darle el “consuelo divino”, casi lo hace como mero trámite, pero no porque realmente le interesara que esa pobre mujer se congraciara con “Dios”, y es como señala Lewis la hipocresía de la religión (retoma la crítica que hace en la ya mencionada novela de Elmer Gantry). Al ver cómo es colgada la mujer, a pesar de sus súplicas, Ann reflexiona que es una crueldad innecesaria, pues, finalmente, se está asesinando a alguien en nombre de la “legalidad”, lo cual es una contradicción con el asesinato que se está castigando. Absurdo. Pero, como ya señalé, debido a que en las cárceles de EU todo es un negocio, hasta las ejecuciones se cobran, costando, en promedio, alrededor de cincuenta mil dólares. Por ello, entre más prisioneros sean ejecutados, más ganan los accionistas de las cárceles.
A partir de esos inhumanos tratos carcelarios, acompañados, además, de una total insalubridad, Ann reflexiona que un convicto que salga de la cárcel, tras haber sufrido todo lo que es estar en prisión, no va a buscar la manera de reinsertarse, sino que, simplemente, tratará de desquitarse. Es justo lo que explica por qué la mayoría de los ex convictos vuelven a reincidir en la criminalidad, pues la cárcel no reforma, al contrario, como se dice aquí en ese medio, un joven entra por haberse robado un espejo de auto y sale convertido en un inescrupuloso asesino.
Trata de hacer labor en Copperhead, en cuestiones como la salubridad de las instalaciones, manteniendo los baños limpios, lavados con cloro, camas decentes, con colchones fumigados, sábanas lavadas cada semana y cosas que, sobre todo para las mujeres, significaran dignificar en algo su miserable existencia allí, en la sombra.
Además, Ann platica, cuando le es posible, con varias de las internas, las que le explican por qué estaban encerradas y se conmueve cuando una le refiere que está allí por haberse practicado un legrado ella misma, debido a que habría sido imposible que concibiera, dada su pobreza, y que el padre del hijo, varios años menor que aquélla, bajo amenazas legales, tuvo que dejarla, pues se le había advertido que terminaría en la cárcel si seguía empecinado en mantener una elación con esa “mujerzuela, pobre, vulgar y mucho mayor que tú”. Ello le hizo recordar a Ann su propio “crimen”, cuando ella misma se practicó el aborto. Sin embargo, reflexionó que gracias a que había tenido posibilidades de hacerlo discretamente, pudo evitar que se le considerara como una “peligrosa criminal”, como aquella pobre interna.
Las pláticas que Ann sostiene con las presas las van llevando a una profunda reflexión sobre su condición, a grado tal que un día se amotinan. Todos los custodios son agredidos, excepto Ann, pues muchas de las insurrectas reconocen que se ha portado muy bien con ellas.
Por desgracia, el motín es aplastado brutalmente por los machistas custodios – ¡no iban a permitir que un grupo de hembras se indisciplinaran! – a macanazos, patadas y golpes, y cuatro de las presas son internadas en el apando y colgadas de los brazos. Ann logra burlar la vigilancia para entrar a ese terrible sitio y darse cuenta de la forma tan retrógrada y violenta en que son castigadas. Una de ellas muere, la que estaba culpada de haber abortado, y es cuando Ann, poseída de su nato activismo, se dirige hacia las autoridades locales y hasta al mismo gobernador para denunciar la forma en que se trataba y castigaba a las internas en Copperhead.
Pero se topa con un criminal, cómplice burocratismo, que en lugar de escandalizarse por lo que narra Ann, al contrario, se le recrimina su acción. La esposa del alcalde de Lincoln City la reprende severamente y le dice que así debe de ser el trato carcelario, que si no fuera por eso, los presos no se arrepentirían de haber cometido los crímenes que los llevaron allí y que si ella no reconocía tal situación, pues era mejor que se largara. Con eso, Lewis critica duramente a las mafias en el poder, las que sólo buscan su beneficio, su enriquecimiento personal, aun a costa de mantener condiciones de represión y violencia hacia los sometidos ciudadanos, no sólo en las cárceles, sino en el diario existir. Es la dominación mafiosa de los poderes fácticos (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2014/08/la-estructura-mafiosa-de-los-poderes.html).
Las coludidas, mafiosas autoridades, junto con los custodios, terminan fraguando un falso escándalo “sexual” – que Ann había sostenido amoríos con el doctor de la prisión –, para despedirla, lo cual la tiene sin cuidado, pues no habría podido seguir allí.
Algún tiempo después, Ann aparece como la flamante directora de una prisión modelo en Nueva York, descritas las condiciones ideales como deberían de operar las cárceles. Así, las internas tenían su propia celda, sanitario limpio, instalaciones salubres, sala de descanso al aire libre y un cordial ambiente, que a los ojos de Ann, era el mejor para lograr que, de verdad, los internos e internas de las cárceles se reintegraran a la sociedad y no pensaran, como hacían la mayoría, en sólo desquitarse de la sociedad, una vez que cumplieran su sentencia.
Esa etapa de Ann, se presenta como ideal, como una en donde, gracias a su esfuerzo, logra materializar sus ideas de justicia carcelaria y, sobre todo, de emancipación personal.
Se casa con Russell Spaulding, un vendedor estrella, por pura conveniencia, sin realmente amarlo. “Es para tener un esposo y aparentar felicidad”, se dice Ann, pero no es feliz, ni lo considera apto como para embarazarse de él, “pues es demasiado simple, superficial y empalagoso como para tener un hijo con él”, se dice.
Parte de su emancipación es sostener una relación extramarital con un juez, Barney Dolphin, quien cumple sus expectativas del hombre ideal con quien le gustaría procrear de buena gana un hijo. Dolphin es carismático, amable, de buena posición y, a pesar de estar casado y tener dos hijas, ejerce especial atracción en Ann, lo que desata un intenso romance entre ambos, sin inhibiciones, sin barreras. Ann, finalmente, decide embarazarse de aquél, dejar a Russell y adquirir una casa, que aunque deteriorada, piensa arreglar a su gusto.
Mientras eso sucede, no faltan las intrigas, debidas a una interna que sale libre, la que comienza a hablar mal de la “cárcel modelo”, diciendo que la falta de disciplina y la holgura en la aplicación de reglas la llevó a asaltar al siguiente día de haber sido liberada. Eso es empleado por la prensa amarillista y enemigos políticos de Ann para atacarla. Por fortuna, ella tiene la habilidad suficiente para parar el intento de escándalo, deshaciéndose, de paso, de una nefasta empleada de la cárcel, a la que desde hacía tiempo quería despedir. En esta parte de la novela, Lewis analiza bastante bien las intrigas a las que, seamos como seamos, nos vamos a enfrentar durante la vida. Está en la egoísta naturaleza humana ese tipo de comportamientos tan mezquinos (ver:  http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2014/10/la-materialista-individualista-mezquina.html).
Al mismo Dolphin, le urden un complot para acusarlo de corrupto. Él mismo le dice a Ann, para explicarle que se trata de una intriga, “Mira, nunca he aceptado sobornos de nadie, ni de empresas. De lo que me ‘acusan’ fue de haber autorizado a una empresa que hiciera unos trabajos legales, en la que además invertí parte de mi propio dinero, para tener mayor seguridad para mi familia, pero nada ilegal, ni fraudulento. Por desgracia es más duro ser honesto, que ser un delincuente”.
Aquí, Lewis critica que, de repente, para aparentar “justicia”, los mafiosos en el poder se agarren de un chivo expiatorio, que la mayor parte de las veces ignora el “crimen” que se le imputa. Nada más hay que ver cuando hay cambio de mafiosos sexenios en este país, siempre cae alguien, normalmente un personaje que ye resulta prescindible (en el Peñato, fue Elba Esther Gordillo, la mafiosa “líder” de los maestros, la que cayó).
Dolphin es encarcelado y Ann lo visita en prisión, comunicándole la buena nueva de que está embarazada de él y “tendré a nuestro hijo”. Eso lo hace, a pesar de que tenga que presentarse como madre soltera ante esa prejuiciosa sociedad.
Ann da a luz a un hermoso niño… algo que la frustra un poco, pues no fue la tan deseada niña, pero, igual, lo colma de amor.
Finalmente, Dolphin logra demostrar su inocencia y salir de la cárcel. Se encuentra con Ann en la casa de ésta y le promete que dejará a su mujer y hará una vida con ella.
Así, Ann rompe con todo tipo de convencionalismos y prejuiciosas imposiciones, logrando realizarse como mujer y ser humano.
Y esa es quizá la intención de Lewis al haber escrito esa novela, que se le reconozca a la mujer el importante papel que siempre ha jugado en este mundo, a pesar de tanto machismo y misoginia criminal.
Por eso, qué bueno que haya novelas emancipadoras, como Ann Vickers.


     
          

sábado, 16 de junio de 2012

Sinclair Lewis y su acérrima crítica a la religión


Sinclair Lewis y su acérrima crítica a la religión


Hace unos días terminé de leer un excelente libro, “Elmer Gantry”, escrito en 1927 por el maestro Sinclair Lewis, escritor estadounidense, nacido el 7 de febrero de 1885 y fallecido el 10 de enero de 1951, ganador de un merecido premio Nobel en 1930, dada su gran calidad literaria, pero también su perseverancia por ser un agudo crítico de la sociedad estadounidense, a través de su estupendo trabajo. En el discurso de agradecimiento por el premio, Lewis, además de apreciar el trabajo de escritores contemporáneos como Hemingway, sin cortapisas, se atrevió a declarar que “En Estados Unidos, muchos de nosotros, no sólo los lectores, sino los escritores, aun tememos cualquier literatura que no sea aquélla que sólo sea la glorificación de todo lo estadounidense, una glorificación de nuestras faltas y también de nuestras virtudes. Pero Estados Unidos es uno de los países más contradictorios, depresivos y convulsos de cualquier otra tierra que exista en el mundo hoy día. Nuestros profesores prefieren solamente una literatura que sea clara, fría, pura y terriblemente muerta”. Eso lo dijo, justamente, porque fue en su tiempo sumamente criticado por sus obras, una de ellas fue precisamente “Elmer Gantry”, como refiero en seguida.
Esta novela es una muy ácida, irónica, acérrima crítica a la religión y sus terrenales representantes, y no sólo a una en particular, sino que Lewis barrió con todas. Y sorprende la actualidad de esta obra, en vista de los recientes escándalos en los que se ha visto envuelta la religión católica, con casos de sacerdotes pederastas, de funcionarios eclesiásticos corruptos y de su carácter eminentemente mercantilista, dado que “predicar la fe” ha sido un muy buen negocio desde que se crearon, en efecto, los centros de adoración, no sólo católicos, sino, como dije, de todas las religiones.
Analizo la obra con una breve síntesis, acompañada de mis comentarios sobre esta gran novela, que leí en una edición en inglés, idioma original (no hay como leer a los autores en su idioma original, siempre que eso sea posible, claro), de la editorial inglesa Panther Books Ltd, en reimpresión de enero de 1965, a unos años de la muerte de Lewis (por cierto, cabe mencionar que se hizo una película Hollywood sobre la novela, en 1961, protagonizada por Burt Lancaster, claro, después de la muerte de Lewis, pues el resultado fue un musical muy ligth, despojado de toda la esencia crítica hacia la hipocresía religiosa del personaje central y del planteamiento, que seguramente a Lewis le habría molestado bastante y se habría opuesto a que se filmara. Por eso es que muchas polémicas novelas, si alguna vez llegan a filmarse, es cuando sus autores mueren).
La obra está centrada en la vida de Elmer Gantry, un irreverente joven de Paris, pueblo de Kansas, huérfano de padre e hijo de una muy trabajadora madre, que con algo de sacrificio lo tenía estudiando en el colegio bautista de Terwillinger, en donde además de sus materias normales, le daban clases de religión. Allí, se vuelve muy amigo de Jim Lefferts, quien habría de ser muy especial en su vida, pues en una ocasión Gantry debe de decidir si serle fiel y seguir con su vida desordenada, de alcohólicos, mujeriegos y fumadores o tomar el camino religioso y convertirse en todo un muy buen pastor bautista, que es justo lo que ocurrió, pues en una ocasión que fue entrevistado por un muy famoso profesor del colegio, Judson Roberts, según Gantry, recibió el llamado divino para hacerse pastor. De allí, con mucho júbilo por parte de su abnegada madre, se fue al seminario teológico de Mizpah, en la ciudad de Babilonia, en el ficticio estado de Winnemac (Lewis inventó muchos pueblos y ciudades, con tal de no tener problemas con los habitantes de lugares reales, la mayoría de los cuales condenaban fuertemente sus obras). Allí, el director, el reverendo Jacob Trosper, es quien le ve mucha abnegación y talento a Gantry para ser pastor y luego de un tiempo de estudiar, lo envía a una pequeña iglesia en Shoenheim, también un pequeño poblado de los de aquel entonces. Estamos hablando que la historia se desarrolla entre 1900 y 1925, más o menos (Lewis recibió el Nobel en 1930). Y cuando va allí, es en 1905, y se traslada mediante esa especie de pequeños vagones que se desplazaban sobre las vías del tren, impulsados por una palanca doble, manipulada por dos personas, cada una de un extremo, que se sumía, mientras el otro, se levantaba y así se producía el movimiento. Allí conoce a Lulu, la hija de un diácono local, de la cual se enamoró profundamente Gantry y como siempre fue un empedernido mujeriego, a pesar de su condición pastoral, pues la conquistó (aquí hay que observar que fuera de la aun más prejuiciosa y limitadora religión católica, en otros cultos se permite que los pastores o sacerdotes se casen y tengan hijos, así que Gantry no estaba, en estricto sentido, cometiendo una herejía, digamos). Pero sostuvo el romance anónimamente, hasta que un primo de ella, Floyd, le dice al padre de Lulu, el diácono Bains, que los había visto muchas veces besándose y abrazándose. De allí, pues por poco cae la “respetabilidad” de Gantry, pero muy hábilmente inventa que sí se quería casar con ella, el 25 de mayo de ese año, 1905, pero luego, también muy hábil y vilmente, logra dejar como la mala y la pérfida a Lulu, y que lo engañaba con Floyd, así que esa bajeza fue su salvación (es muy notoria la personalidad ventajosa e interesada de Gantry, que baja las estrellas y la luna a Lulu, con tal de disfrutar sus encantos, pero cuando se aburre de ella, se porta muy grosero, vulgar y vil). Hay que señalar que en el seminario de Mizpah, era más o menos amigo de Frank Shallard, otro personaje digamos que importante en la novela, quien se da cuenta, desde entonces, de las marranadas que cometía Gantry y lo que hizo con Lulu.
Para evitar más problemas, Gantry decide irse de Babilonia a otra iglesia, a donde ya lo había recomendado Trosper. Pero cuando se supone que debía llegar a la tal iglesia, en Monarch, Chicago, se le hizo fácil trabar amistad con un vendedor de la Pequot Company, empresa que vendía algo así como implementos agrícolas. Y como se puso a tomar con el vendedor y los amigos de éste, se le hizo fácil a Gantry también entregarse a los deleites de una cabaretera, digamos, recordando sus viejos tiempos, y fue que lo descubrió así el pastor encargado de recibirlo, pues Trosper, muy preocupado por Gantry, le había pedido a ese pastor que lo buscara por todos lados.
El pastor lo acusó de haberlo visto en una cantina, borracho y besuqueándose con una “mujer pública” y así fue como terminó la relación de Gantry con Trosper y el seminario Mizpah.
De allí, Gantry, se puso a trabajar como vendedor para Pequot Company y le fue muy bien. De hecho, Lewis lo describe como alguien que embromaba con su oratoria y que muy fácilmente envolvía a la gente, pues además se esforzaba por adquirir nuevo vocabulario y trataba de leer a muchos clásicos. Y así se la pasó tres años hasta que conoce a una, digamos, que profeta, la hermana Sharon Falcone, quien habría de marcarlo para siempre y, además, algo que hizo por ella, con tal de que lo tomara como su nuevo asistente, fue dejar de tomar y fumar y, además, serle fiel (en realidad, no pasaron de darse besos, pues Sharon siempre se negó a entregársele, diciendo que ella era una mujer de Dios y que si lo hacía, se le acabaría su poder. Y hasta eso aceptó Gantry, con tal de estar a su lado, pues estaba genuina y profundamente enamorado de esa especie de diosa para él).
Falcone es como el modelo de falsos profetas que son muy comunes entre los estadounidenses, que se dicen “enviados de Dios”, que “conocen su voluntad”, que “él habla a través de ellos o ellas”. Pero en realidad son muy hábiles y envolventes negociantes que saben atraer masas y que se dicen tener poderes, algo así como la cinta mexicana llamada “La venida del rey Olmos”, de un personaje parecido, que al final es asesinado por su esposa-asistente, para demostrar que si le disparaba, él tenía el poder divino de revivir, cosa que no fue así.
En el caso de Sharon, Gantry se entusiasma mucho con sus tácticas y le ayuda por algunos años y ella va creciendo en fama, poder, dinero, a tal grado que compra, con todos sus ahorros, una especie de auditorio de madera ubicado en un muelle, muy grande, como para alojar a más de dos mil personas. Y el día de la gran inauguración, el lugar, por descuido de unos trabajadores, que arrojan una colilla de cigarro a unas tablas aceitosas, se incendia y muchas personas mueren, entre ellas, justo Sharon, quien cuando se estaba quemando el sitio, no dejaba de pedir a sus fieles que no huyeran, que Dios iba a salvarlos, como a ella, quien a pesar de que Gantry le ruega que lo siga, no le hace caso, trabada en una especie de trance, quizá la combinación de su, digamos, fe, con el brutal impacto de ver ese sitio, su gran sueño de toda la vida, ardiendo tan rápidamente.
A la mañana siguiente, Gantry halla su cadáver flotando en el muelle, junto con los de otras decenas de víctimas. De allí, ya no supo Gantry qué hacer, entre triste y desilusionado de que su sueño de tomar, él mismo, el lugar de Sharon, de ser el Gran Profeta, se hubiera terminado así, tan de tajo. Y trató de dedicarse a algo similar a lo que hacía con Sharon, pero con poco éxito. Y tampoco regresó a las ventas.
Más bien, se dedicó a vender algo así como “éxito”, una suerte de “Og Mandino” de su tiempo, que supongo que también es una crítica de Lewis, pues esos personajes, vendedores de “personalidad y de habilidades para hacer amigos y hacerse ricos”, son igualmente otro muy característico rasgo de los EU, país que decía Lewis, era profundamente materialista, como menciono antes. Y me parece que en esta novela retrató muchas de esas características, sobre todo en la cuestión de la hipocresía y el materialismo. Incluso, Gantry se relaciona con una especie de “sanadora espiritual” que empleaba hasta el hinduismo para “curar”, pero lo corre cuando se da cuenta que le birlaba el dinero de las “donaciones” (le puso un billete marcado de veinte dólares, que Elmer se guardó). De allí, continúa vagando por acá y por allá, incapaz de darle la cara a su abnegada madre, debido a sus fracasos.
Así, hasta que un día conoce en persona al obispo metodista Wesley R. Toomis, de quien había escuchado hablar bastante bien Gantry y admiraba mucho. El obispo también había escuchado hablar del Doctor Gantry y sus pláticas de superación para “hacerse de un millón en sólo un año", él, Gantry, que estaba quebrado y que pidió cien dólares a su conocido Frank Shallard. Del encuentro con Toomis y su deseo de volver a predicar (pues estaba expulsado de Mizpah, pero seguía siendo pastor, bautizado en el río y consagrado como tal en su pueblo), lo manda el buen obispo a oficiar a una iglesia metodista a un pequeño pueblo, Banjo Crossing, en donde se vuelve a levantar, y conoce a quien habría de ser su esposa, Cleo Benham, hija del más acaudalado habitante de ese pueblo, con quien se casa y tiene dos hijos (según esto, el metodismo sería algo más abierto y menos prejuicioso que el bautismo). Allí le va regular, pero como es muy ambicioso, busca que lo envíen a otra iglesia. Finalmente Toomis, gracias al buen desempeño del Reverendo Gantry, lo envía a Zenith, un sitio muy acariciado por éste, donde logra levantar la concurrencia con sus sermones, en los que siempre, invariablemente, hablaba de amor, pero también no dejaba de llamar la atención sobre otras cosas que pudieran causar sensación.
Conoce en su primer, exitoso sermón a T. J. Rigg, un hábil abogado que habría de convertirse en muy buen amigo. Allí, lo que le funcionaba mucho, era hablar del vicio. Y así lo hizo, y llegó al extremo de fundar una especie de asociación contra la inmoralidad y él mismo se encargó en una ocasión de acudir a los lugares de vicio y de departamentos de prostitutas y arrestar a los “pecadores”, pues, decía, él estaba haciendo el trabajo que la policía no hacía. Eso le valió más publicidad, más reportajes en los periódicos y muchos más feligreses en su iglesia. En esa parte, un día lo va a buscar Lulu, de nuevo, quien nunca dejó de estar enamorada de él y sólo se había casado con Floyd por obligación, pero no parecía feliz, a pesar de tener quince años de casada y tener dos hijos. Y se las arreglaron para, simulando clases de cocina, verse y trabar de nuevo un romance.
De allí, Gantry comienza a buscar relaciones con importantes hombres de negocios y también se entera que su ex compañero Frank Shallard oficiaba en una iglesia del culto pentecostés, pero éste no creía en Dios y muy frecuentemente discutía del asunto con otro pastor, un tal Philip McGarry (éste, un pastor que tampoco creía mucho en Dios). Sin embargo, Shallard también arengaba a sus feligreses a no dejarse, y apoyaba las luchas sindicales de todos los trabajadores, tenía simpatía por la AFL, la IWW, los comunistas, los socialistas… y eso aprovechó Gantry para atacarlo, ya que Shallard “mal aconsejaba” a los trabajadores de un tal William Dollinger Styles (aquí, quizá Lewis hace referencia indirecta de Dillinger, el famoso capo), un acaudalado empresario, con quien se pone de acuerdo para quitarlo, a Shallard, de la competencia y quedarse con sus feligreses, además también de que recibiría las “generosas contribuciones” que Styles le hacía a la iglesia de Shallard (Lewis deja muy claro el papel mercantilista de las iglesias de las distintas denominaciones religiosas, que sólo buscan tener el mayor número posible de feligreses, para que dejen muchas limosnas y sea un muy buen negocio. Incluso, en una parte, cuando se hacen cónclaves para ver si un pastor es ascendido a una nueva iglesia, los asistentes sólo lo ven como una manera de aumentar su salario y poder económico, valiéndoles poca cosa la “fe” promovida hacia sus feligreses).
Y llega al extremo Gantry en sus ataques de obligar a Shallard a renunciar y a dedicarse a trabajar para una casa de beneficencia.
Un poco antes, es en donde Lewis hace su más acérrimo ataque contra la religión, incluso contra el mismo Jesucristo, al cuestionar que el tal mesías era un cúmulo de contradicciones y que todo lo hacía con tal de destacar, como al sanar a los enfermos, siempre esperaba la admiración y el agradecimiento de los sanados y de los presentes. Y también en una parte dice que si la humanidad hubiera seguido las prédicas de Cristo, de no acumular y vivir al día, no habría podido sobrevivir aquella, sin acumular comida, por ejemplo (p.p. 359-362 de la edición mencionada).
De allí, Lewis dedica un buen pasaje a un lamentable suceso que le ocurre a Frank Shallard, luego de la condena religiosa a la teoría de la evolución en el llamado “proceso de Dayton”, que fue en donde surgió toda esa basura religiosa condenatoria del darwinismo, el que desde entonces, los grupos más retrógrados y fundamentalistas de EU, han querido prohibir que se imparta en las escuelas públicas estadounidenses, así como la cuestión biológica (esto también es muy criticado por Lewis, diciendo que en las escuelas bautistas sólo se quería enseñar álgebra, administración y lenguas muertas y nada que ver con la biología, la anatomía o teorías, como el darwinismo, que cuestionaran al “origen divino” de la vida, eso de Adán y Eva y la creación, lo que se conoce como creacionismo. De hecho, en un artículo que escribí al respecto, titulado “El supremacista diseño inteligente, pretexto estadounidense para invadir”, analizo dicho problema, pues al “origen divino” en EU le quieren dar un carácter “científico” los fundamentalistas, diciendo que se trata, el creacionismo, de un hecho “tecnológico”, pues comparan a la creación del hombre con un diseño muy perfecto, hecho por “Dios”, así, como si el tipo hubiera sido un ingeniero y hubiera diseñado y fabricado a la humanidad, ¡háganme favor!, y eso es lo que se quiere obligar en las escuelas elementales de EU a que se enseñe y que se elimine la “herética” teoría de la evolución”. El link es
http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2007/11/el-supremacista-diseo-inteligente.html).
Shallard es llamado por las asociaciones científicas a dar conferencias para que defienda la teoría de la evolución, así como a la ciencia y que demostrara que Dios no existe y que es una simple invención, pero cuando está dando su primera conferencia, fanáticos pagados lo golpean, lo llevan a un paraje solitario y le destrozan la cara a fuetazos, deshaciéndole un ojo, dejándole el otro tan lastimado, que no le durará más de un año viendo, según le dicen los doctores más tarde. Shallard está casado desde hace años con Bess, una muy cariñosa y amorosa chica, con la que tiene dos hijos y cuando lo ve, todo con el rostro desfigurado y ya sin labios que besar, le dice que no se preocupe, que ella verá de conseguir un trabajo y que los niños le leerán.
Y aunque Gantry se entera de ese lamentable, cobarde hecho y lo condena y le promete que castigará a los culpables, nunca más, fuera de esas declaraciones, dice o hace algo más (un poco de pasada Lewis menciona al KKK, la nefasta, racista, “religiosa” organización que representa justo toda la carga de supuesta superioridad racial que traen los estadounidenses arrastrando históricamente, y la que ha cometido las peores barbaridades y crímenes raciales, sobre todo contra los afroestadounidenses, de que se tenga noticia – fue la que en alguna ocasión atacó al reverendo Malcolm X, por ejemplo, o que en las postrimerías del siglo veinte colgaba a los negros acusados de “robar gallinas” o los linchaba. Probablemente, debido al carácter de acérrimas críticas que tenían las obras de Sinclair, sobre todo en esos más cerrados años, no se haya atrevido a meterse más con esos violentos, ignorantes, racistas y fanáticos. Por lo menos en esta novela no se ve tanto eso y, más bien, en boca de Gantry, dice que “respetaba tales organizaciones, siempre y cuando no forzaran, ni violentaran la vida y la libertad de otros hombres”, así, muy diplomático, digamos).
Y en realidad ese violento hecho, la agresión a Shallard, es la “solución” para Gantry de evitar que aquél se siguiera inmiscuyendo en sus asuntos. De allí, Gantry no deja de buscar cómo allegarse a ricos, para tener más fondos, con los que incrementar su salario anual, y que pudiera construir una nueva iglesia. Eso lo logra con la ayuda de Rigg, su amigo abogado, quien le aconseja que se codee con lo mejor de los hombres de negocios, los Rotarios, entre otros, además de Styles. Incluso, viaja a Europa y da un sermón en una iglesia de Londres, en donde se presenta tal y como es, así, yanqui (su sermón es sobre cómo fue su primer día en la iglesia de Banjo Crossing. Por cierto, que en esta parte, Lewis compara Europa con EU, y a medias sarcástico y a medias real, parece indicar que tecnológicamente, ya en esos días, EU superaba con mucho a sus orígenes, sobre todo cuando hace las comparaciones de los ferrocarriles grandes de EU, con los pequeños ingleses).
Ya de regreso a EU, en la cúspide de su fama, se le acerca al buen pastor una joven mujer, llamada Hettie Dowler, para pedirle trabajo de secretaria, de 25 años, muy atractiva y Gantry, a sus 43 años, y mujeriego como era, no duda en dárselo. Y, claro, se vuelven amantes y el buen reverendo, muy extasiado por su juventud y su belleza, cae en la trampa, pues todo era un plan de Hettie para extorsionarlo, junto con su marido, Oscar, quien una noche los pilló, supuestamente, en la oficina de ella, y amenazó a Gantry en que si no les daba cincuenta mil dólares, lo denunciaría y a ver cómo quedaba frente a sus feligreses, como inmoral, infiel y libertino.
Pero gracias a su amigo Rigg, el abogado, quien contrata a un detective privado, logra descubrir que la chica era una extorsionadora profesional y que tenía cargos en su haber y la buscaban por otros delitos, así que atrapada, convino Hettie en declarar que todo era falso y que lo habían hecho porque Gantry había tomado muy en serio su papel de cruzado contra el vicio y que a ella le habían pagado los licoreros para desprestigiarlo y así tomar venganza (Gantry jura y perjura que cambiará, si se resuelve todo, y que será muy bueno con su mujer, Cleo, y sus hijos).
Y a pesar del rumor que se difundió y que casi se hizo un escándalo, Gantry queda muy bien parado y eso lo comprueba cuando al dar su sermón, luego del grave problema, sus feligreses le aplauden y lo siguen viendo como su gran pastor, además de que es nominado para hacerlo obispo y presidente de la Asociación Nacional para la purificación del arte y de la prensa (esta ficticia organización, fue puesta como ejemplo por Lewis para referirse, en efecto, a tantos hipócritas organismos estadounidenses que se autoproclaman “defensores de la moralidad y el buen comportamiento”. Un organismo así es el que en los años 30’s revisaba todas las cintas que se producían en ese entonces en Hollywood, y censuraban y suprimían todas aquellas escenas que sus “morales” integrantes consideraran obsceno e inmoral y no adecuado para exhibirse. Y si los directores se rehusaban a hacer los cortes, la película nunca se exhibía. En el filme “El aviador”, de Martin Scorsese, sobre la vida de Howard Hughes, el excéntrico millonario, hay una escena en donde un panel de supuestos censores buscan que Hughes quite escenas de una de sus cintas, dado que, según ellos, una de las actrices, “expone mucho el busto”, cosa que les fue muy bien refutada por Hughes. Sí, así de nefasta ha sido la influencia de la religión en la sometida sociedad estadounidense).
Pues muy buen final propuso Lewis en su obra, con tal de mostrar cómo un tramposo, mentiroso, “creyente” por conveniencia, vil, materialista, hipócrita, egoísta, ventajoso, ambicioso, mujeriego, infiel, inmoral, mercantilista, comerciante, demagogo, macho… y a pesar de todas las otras “cualidades” de Gantry, el Reverendo Doctor Gantry, al final triunfa y se muestra como un “hombre de Dios” recto, admirable, moral, intachable, perfecto, fiel, inteligente (bueno, eso sí era), bondadoso, sincero… sí, realmente hace pedazos Lewis a la religión y todas sus bases organizativas y “estrategias” para “ganar adeptos”, que eso es a fin de cuentas lo que hacen los distintos cultos, crear, digamos, “clientes de la fe”, para venderla y vivir parasitariamente de eso. Muy buena y recomendable novela.

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