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lunes, 13 de abril de 2020

Negligencia de Amazon con sus trabajadores durante la emergencia sanitaria


Negligencia de Amazon con sus trabajadores durante la emergencia sanitaria
Por Adán Salgado Andrade

En tiempos normales, la empresa Amazon, se caracteriza por someter a extenuantes, muy explotadoras jornadas laborales a sus trabajadores, pagándoles bajos salarios y despidiéndolos por cualquier causa  (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.com/2020/02/la-explotacion-laboral-de-la-nefasta.html).
Últimamente, presionada por tales trabajadores y por instancias públicas, ha tratado de mejorar algunas cosas, como los salarios o las condiciones laborales. Sin embargo, persiste en sacar el máximo provecho de sus empleados sin que, realmente, esas “mejoras” ayuden en gran cosa o al menos se apliquen.
Justamente en la emergencia sanitaria que, al momento de escribir estas palabras (abril, 2020), está paralizando a casi todo el planeta, las instalaciones de Amazon en Estados Unidos,  país muy golpeado por la pandemia de Covid-19 – a la fecha, hay más de 550,000 casos de estadounidenses contagiados y unos 21,600 decesos –, distan bastante de haber tomado medidas efectivas y reales para contener los contagios en bodegas y todos los sitios que emplea para realizar su comercio por mensajería, como testimonios de trabajadores, recogidos por Wired, mostraron claramente (ver: https://www.wired.com/story/amazon-workers-pandemic-risks-own-words/).
En el artículo, firmado por Louise Matsakis, resulta evidente que la empresa se preocupa más por sus ganancias, que por la seguridad de sus empleados. Dichas ganancias, irónicamente, por los efectos de la pandemia, están incrementándose considerablemente, pues por la recomendación de que la gente se quede en casa y que, desde allí, pidan todo por el comercio electrónico, hasta los alimentos, es una de las plataformas que más demanda tiene.
Dice Matsakis que “Mientras la pandemia del nuevo coronavirus sacude al mundo, una clase de trabajadores, normalmente marginados, de repente está en primera plana. Casi siempre subvaluada y muy mal pagada, incluye a dependientes de tiendas, trabajadores sanitarios, profesionales médicos y otros empleados que no pueden estar en casa – aun cuando todo el país está en el encierro. En los Estados Unidos, cientos de miles de estos, así llamados, trabajadores esenciales, son empleados por Amazon o a través de otras empresas, cuya red de entregas se ha mostrado como un vital servicio para millones de estadounidenses, quienes permanecen encerrados en sus hogares”. Sí, pongámonos a pensar en que nos recomiendan (sobre todo por las normas que ha establecido la Organización Mundial de la Salud), que nos quedemos en casa y que todo lo pidamos por Internet. Pero ¿quién está detrás de los servicios que hacen posible que lo que se pida llegue a nosotros? No son robots, no, sino mujeres y hombres, quienes, a pesar de la crisis, deben de estar allí, trabajando horarios normales, o hasta horas extras, con tal de que la venta y la entrega, se realicen.
No vamos lejos, pues en México, hay servicios que no se han cerrado, porque son parte vital de nuestro diario existir, como las tiendas en donde se venden alimentos, imprescindibles – claro, si no se ha perdido el empleo y se tiene dinero para adquirirlos –, ya que podremos dejar de comprar otras cosas, menos alimentos. Los empleados de esas tiendas allí están, surtiendo, arreglando, despachando, cobrando. Así que, queda claro, que la paralización de un país o del planeta no es total. Se requeriría un suceso tan extraordinario – por ejemplo, un virus que matara al 98% de los que atacara, para que se diera algo así, sobre todo por el pánico consecuente, antes de caer abatido alguien –, para que se detuvieran todo tipo de actividades.
Así que, en el caso de Amazon, sobre todo en Estados Unidos, que es en donde más ha crecido el comercio en línea, sus servicios son ahora todavía más demandados por decenas de millones de consumidores, quienes piden desde ropa, hasta comida. Aunque, en estos momentos, seguramente lo que más demandan son alimentos, ya que hasta eso tiene Amazon, en su acaparadora actividad, habiendo adquirido la cadena Whole Foods, como parte de su monopolio comercial.
Matsakis entrevistó, anónimamente, a nueve trabajadores de Amazon, quienes le aseguraron que nada de lo que dice esa empresa, con respeto a medidas profilácticas para evitar o atenuar contagios, es cierto o que sólo se aplican algunas veces, nada más para quedar bien con las inspecciones que se hacen a sus instalaciones. “El Covid-19, se ha diseminado en al menos 50 instalaciones de Amazon en Estados Unidos, de un total de más de 500, de acuerdo con el New York Times. Amazon dice que tiene 110 centros de surtido y 150 estaciones de entrega en Norte América. Los contagios han llevado a protestas de trabajadores en Detroit, la ciudad de Nueva York y Chicago, en donde los trabajadores han dicho que Amazon fue reticente en avisarles sobre las infecciones y falló en conducir una limpieza adecuada. En Whole Foods, propiedad de Amazon, sus empleados promovieron una protesta nacional, citando problemas de seguridad similares y exigiendo pruebas de coronavirus gratis para todos ellos. Y más de 5,000 trabajadores de Amazon han firmado una petición, pidiendo beneficios adicionales, debido a la crisis de salud, incluyendo paga por daños y porque la empresa cierre cualquier instalación donde un trabajador resulte positivo en la prueba, para que aquélla sea debidamente desinfectada”. Claro, pues, con toda, razón, como evidencian los testimonios, los trabajadores están temerosos de contagiarse y contagiar a sus familias, muchas, con integrantes de riesgo, como adultos mayores y otros, con males que aumentan los riesgos de enfermar gravemente, al ser contagiados.
Personajes como el senador Bernie Sanders y otros, han demandado respuestas a Amazon, pero lo que dicen ejecutivos de la empresa es que “Como todos los negocios que están enfrentando la pandemia de Covid-19, estamos trabajando duro para mantener a nuestros empleados seguros, mientras sirven a las comunidades y a los más vulnerables. Hemos tomado medidas extremas para mantener segura a la gente, triplicando la limpieza profunda, procurando el material de seguridad que esté disponible y cambiando procesos, para asegurar que aquéllos en nuestros edificios, mantengan distancias seguras”, según aseguró uno de tales ejecutivos.
También han permitido que aquéllos que teman contagios, se tomen unos días, no pagados, claro, sin perder su puesto – ¡vaya “generosidad”! –, aunque, luego de que Amazon fue presionada por congresistas, permite dos semanas de licencia con sueldo a quienes den positivo en la prueba del virus.
Pero los testimonios de los empleados indican otra cosa y son muy dramáticos, como veremos.
Un trabajador de una bodega de Texas, de entre 40 y 45 años, afirma que, aunque le gusta su trabajo en Amazon, en donde labora junto con su pareja sentimental, desde hace algunos años, dice que ha preferido tomarse unos días, sin paga, con tal de reducir el riesgo de contagio. Vive con su madre, a la que hace poco le colocaron un marcapasos y eso la hace una persona de riesgo. Dice que anda fuera de su presupuesto por doscientos dólares y que el cheque de estímulo (el que Trump les prometió), no llegará antes de un mes, así que no sabe de dónde sacará el faltante para surtirse de lo necesario. Lo único que ha hecho Amazon es pedir que limpien sus escáneres (las máquinas con las que checan precios, productos, etc.), pero que lo que lo inquieta severamente es que hay tres entradas para los 900 trabajadores que laboran allí y que tienen que pasar por torniquetes. “Con una sola persona infectada, basta”, dice este trabajador. Muy cierto, pues en el acero inoxidable de esos torniquetes, el Covid-19 puede vivir hasta siete días (ver: https://www.businessinsider.com/coronavirus-lifespan-on-surfaces-graphic-2020-3?r=MX&IR=T).
Y en la misma fecha en que el trabajador envió su testimonio a Matsakis, la empresa le reportó que ya había un caso confirmado de un empleado con Covid-19, así que el temor de aquél, se materializo. Seguramente para esta fecha, varios de los empleados de tal almacén están entre los estadounidenses contagiados, más de 550,000 hasta el momento.
Un vendedor de comida, de entre 30 y 35 años, de Ohio, comenta que trabaja en una tienda que vende comida a los empleados de Amazon durante su hora de lunch. Pero el lugar es pequeño, mucho más ahora porque, por el fuerte incremento de ventas, en ese sitio, se contrataron 100 personas más. “Tuvimos que sacar 70% de los microondas para que hubiera más espacio, pero como hay más empleados, de todos modos el lugar está lleno, se sientan hasta en el suelo y no se puede cumplir lo de la sana distancia – se han establecido seis pies, unos 1.8 metros –, pues todo el lugar está abarrotado. Vivo con mi hijo de 16 años, que tiene diabetes tipo 1 – muy severa –, y eso lo coloca en alto riesgo. Ni siquiera dejo que lo visite un amigo. Le digo que por trabajar en Amazon, soy persona de alto riesgo, así que lo menos que tenga contacto con otras personas, mejor. Todo lo que hago es poner sándwiches en un mostrador y me pregunto ¿por qué carajos no puedo estar en casa? Y siempre he pensado en términos de que lo que hago es esencial para que alguien pueda seguir haciendo su trabajo, pero, sí, aunque es esencial, ahora ya lo veo de otro modo”. Claro, este empleado está pensando más en su seguridad, en su hijo enfermo, que lo pudiera contagiar, con cada día que va y viene a esa explotadora empresa. Dice Matsakis que luego de la entrevista, Amazon avisó que había varios casos de trabajadores contagiados con el virus. Sí, no cuesta imaginar que el hacinamiento en el trabajo, en la tienda de sándwiches, tocando todos los mismos microondas – en el plástico, el Covid-19 dura siete días –, tomando los alientos con manos sin desinfectar… ¡la receta perfecta para contagiarse! Muchos se tomaron el asueto, no pagado, claro, para evitar contraer la enfermedad, aunque varios, seguramente, ya la tenían y aún no desarrollaban los síntomas. Agreguemos el pánico y ni imaginar cuántos puedan morir, por una combinación de ambas cosas. Muy clara se ve la negligencia de la infame empresa.
Un trabajador de Illinois, de entre 35 y 40 años, dice que trabaja en Amazon desde el 2018 y que comenzaron a difundir lo de la sana distancia, pero ya han contratado a muchos trabajadores. Así que es imposible hacerlo. Usan escáneres para tomar la temperatura, “pero muchos jefes, no saben cómo usarlos. Es absurdo, pues sólo aprietas el gatillo, lo diriges a la freten y listo. Pero a los que llegan tarde, ya no se les toma la temperatura. Los jefes sólo les dicen que entren. Y eso de que la empresa limpia a consciencia, no es cierto, he visto cómo usan un solo paño para limpiar cuatro estaciones. Un jefe me dijo que es mejor eso a nada. Yo pienso que si descubren a un trabajador infectado, deberían de cerrar la planta un día y limpiarla muy bien, no costaría nada. Creo que Amazon está más enfocada en sacar sus productos fuera del edificio que en cualquier otra cosa”. Ese fue el testimonio del trabajador, a lo que Amazon le comentó a Matsakis que “si alguien no ha estado en el edificio por algún tiempo, o sólo estuvieron brevemente o esa área fue limpiada muchas veces durante los días hábiles, no tendríamos que cerrar”. Claro, pues lo más importante es vender, mucho, no importa la salud de los trabajadores.
Un chofer de una van de reparto, de entre 45 y 50 años, de una sucursal de Carolina del Sur, dice que hasta hace poco comenzó a poner más atención sobre la enfermedad, sobre todo, cuando se confirmó un trabajador con Covid-19 en el edificio en donde trabaja. Ya trató de cuidar más la “sana distancia”, pero es inútil, pues, dice, “muchos se acercan a la van, por sus paquetes y no mantienen la distancia, quieren que se los entregue en las manos, parece que no les importara. Es una situación muy temible. Puede ser que no esté en el rango de edad más vulnerable, pero es posible que me enferme. Tengo cuatro nietos, dos hijos, mi esposa y dos perros. Quisiera que Amazon se ponga las pilas y no protegiera”. Tiene razón en temer.
Otro trabajador es un repartidor de alimentos de entre 55 y 60 años. Trabaja para Whole Foods, ya perteneciente a Amazon, en el área de la ciudad de Nueva York. Era escritor y comenzó a trabajar allí hace un par de años, para realizar una investigación sobre cómo el comercio electrónico, con entregas a domicilio, podría reducir la contaminación. “Pero cuando uno de mis portales en donde escribía quebró, no me quedó más remedio que seguir en Whole Foods, repartiendo alimentos. Mi esposa me decía que me cuidara de ser visto, pues ¡qué humillación sería si mis amigos me vieran repartiendo alimentos! Pero, ahora, debo de trabajar allí forzosamente para pagar mis deudas y me asusta ir todos los días a una zona de fuerte probabilidad de contagio”. Dice Matsakis que después de la entrevista, Whole Foods ha instaurado más medidas para los trabajadores, como la sana distancia, tomar la temperatura y proveer guantes. Absurdo que antes de la pandemia, los trabajadores trabajaran sin guantes. Seguramente que al ser exhibidos con estos reportajes, esas mezquinas empresas toman medidas más estrictas.
Un trabajador más, de entre 60 y 65 años, trabaja en una bodega de California. Su preocupación es la sana distancia. “Todos los que están en el piso, no hacen caso, en lugar de rodearme, pasan frente a mí, me empujan, por más que les digo que mantengan seis pies. Voy con el gerente, para quejarme, y me dice que nada puede hacerse, que si me preocupa, me tome el descanso sin paga. Mis padres son los que me preocupan. Mi madre tiene 82 años y mi padre, 88. Él es ciego y de salud frágil. No quiero contagiarlos. Y con los problemas en la empresa, temo contraer la enfermedad y por eso, mejor hasta que esto pase, iré a verlos”. Muy consciente de que sus padres están en edad de riesgo. Aunque ya ha habido muertos de todas las edades y condiciones. Es como un juego de azar, en donde son pocas las posibilidades de ganar y muchas las de perder. Los que mueren, los menos, son los que ganan. Muchos enfermarán, pero no morirán, son los que pierden. Así que, en este caso, más vale perder, que ganar.
Una trabajadora, de entre 30 y 35 años, también se queja de que no se respeten las reglas. Lleva tres semanas trabajando en Amazon, en una instalación de Florida. Antes, trabajaba en eventos y conferencias, pero como le comenzaron a recortar sus horas, solicitó trabajo en esa empresa. Dice que no hay desinfectantes y que los paños para limpiar son para que los pintores quiten manchas de pintura, no para desinfección. Ni tampoco se respeta la sana distancia. “He tenido que pedirles a otros trabajadores que se alejen. Vivo con mi madre de 72 años. Tiene un problema en el pulmón y trato de no acercarme a ella. Tampoco a mi hijo de seis años, que hasta se enoja de que no lo consiento y juego con él. Su padre, también perdió el empleo, así que no puedo exigir que me dé pensión. Siento que este trabajo es esencial porque la gente necesita entregas, pero también es esencial para mí porque necesito el dinero para alimentar a mi familia. Pero estoy pesando dejar de trabajar allí y no soy la única que lo está considerando. Amazon necesita cuidar lo que tiene, y no creo que estén haciendo eso”. Amazon insiste, a pesar del testimonio de la trabajadora, que tiene desinfectantes y paños en todos los sitios, pero los testimonios la desmienten. Qué tan miserable es, que escatime esas medidas tan simples.
Otro trabajador de una bodega de Washington, de entre 25 y 30 años, lleva dos años trabajando en Amazon y lo que afirma es que Amazon no está tomando las medidas adecuadas y que sólo antepone sus ganancias por sobre la gente. “Para mí, ha sido buen trabajo, no el mejor del mundo, pero sí me basta para mis necesidades. Sin embargo, cuando se dio el primer caso de Covid-19, en mi área, ni nos avisaron. Yo me enteré por mi jefe, que me lo dijo como muy casual, que iba a haber más presiones por el contagiado. No es posible que no dé Amazon las noticias de los contagiados en sus instalaciones. De otros contagios, me he enterado por las noticias. Yo padezco artritis reumatoide y mi sistema inmune es vulnerable. Estoy pensando en tomarme unos días, porque tengo días pagados de descanso, pero mejor me espero para cuando esto empeore. De todos modos, no son muchos y no creo que me basten. Y pienso que lo peor todavía no comienza”. En efecto, las contagios han subido mucho en Estados Unidos, desde que ese trabajador dio su testimonio.
El último de los entrevistados es un joven, también de entre 25 y 30 años, quien trabajaba en una bodega de alimentos, ubicada igualmente en Washington. Dice que, simplemente, dejó de trabajar. “No vale la pena correr el riesgo, te amontonan en una bodega con 300 trabajadores, no hay desinfectantes, no puedes conservar la sana distancia. Para mí, la gota que derramó el vaso fue que cuando vas a los frigoríficos, con temperaturas de menos 18 grados centígrados, que te tienes que poner un traje que te cubre todo, tu cabeza, tu boca, para mantenerte aislado. Buscas uno que te quede. Entras al lugar, sacas lo que necesitas, te quitas el traje y luego otro pobre bastardo se lo pondrá”. ¡Sí que es para espantar su testimonio! Imaginen, es peor que ponerse un tapabocas que haya desechado un enfermo, pues las zonas de contagio están en todo el traje.
Lo que está sucediendo con el aumento de las contrataciones, también demuestra que los mitos de que Amazon estaba muy avanzada en la “robotización” de sus instalaciones es falso, pues si fuera así, no requeriría de cientos de miles de empleados, los que, de ninguna manera, pueden ser sustituidos por rudimentarios “robots”, quienes, cuando mucho, acomodan cosas (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.com/2020/03/ni-inteligencia-artificial-ni-robots.html).
Hay que señalar, que muchos de los trabajadores de Amazon son migrantes, quienes aceptan cualquier trabajo, en las condiciones que sean, con tal de percibir algún ingreso que les permita sobrevivir, tanto a ellos, como a sus familias. Y eso, a pesar de la xenofobia promovida por el deleznable Donald Trump hacia los inmigrantes. Son muchos de los que se están infectando y muriendo por el Covid-19. Escribió Greg Asbed, uno de los fundadores de la Coalición de Trabajadores de Immokalee, que los jornaleros inmigrantes “son esenciales, sin ellos, no hay alimento y el mensaje para ellos es claro: tu labor es esencial, pero tú eres desechable” (ver: https://www.jornada.com.mx/2020/04/11/mundo/024n1mun).
Pero, como señala Matsakis, para Amazon todo está bien.
Claro, se debe de referir la empresa al sano crecimiento de sus ganancias. Ése, no lo parará la pandemia, pues siempre habrá trabajadores sanos, sobre todo, migrantes, para reemplazar a los contagiados.
Jeff Bezos debe de estar muy orgulloso de su eficiencia empresarial, supervisando todo desde la comodidad y sanidad de su residencia de 23 millones de dólares, ubicada en Washington, pidiendo a todos los santos posibles no contagiarse.

Contacto: studillac@hotmail.com




domingo, 5 de abril de 2020

Nueva York, de bulliciosa ciudad, a epicentro de pandemia


Nueva York, de bulliciosa ciudad, a epicentro de pandemia
por Adán Salgado Andrade

La pandemia del Covid-19, ha cambiado imágenes icónicas de lugares que, nunca se habría pensado, hubieran pasado por circunstancias más propias de lugares pobres, que de países ricos. Por no haber estado prevenidos, países como España, Italia o Estados Unidos sufren estragos, en donde los contagios se cuentan por cientos de miles y, los muertos, por miles.
Testimonios de trabajadores de la salud, confirman que, en particular, la ciudad de Nueva York, experimentó dramáticos problemas, en donde, por contagios, varios de aquéllos han muerto, por no contar con sistemas de protección adecuados. Eso, por falta de fondos suficientes, en un país que se jacta de ser el más rico del planeta. La falta de, al menos, mascarillas, ha agudizado los contagios. Y muchos de esos trabajadores, que se han atrevido a dar sus testimonios, fueron despedidos o amenazados con hacerlo, si hablan de más.
La revista tecnológica Wired reunió varios testimonios de personal médico, que exponen, desde su perspectiva cómo está siendo la vida durante la emergencia de salud en Nueva York, de la que muchos pacientes, no se recobraron y han pasado a engrosar las estadísticas de los muertos (ver: https://www.wired.com/story/new-yorkers-once-again-at-ground-zero-in-their-own-words/).
Titulado el artículo como New Yorkers, Once Again at Ground Zero, in Their Own Words (Neoyorquinos, una vez más en la Zona Cero, en sus propias palabras), firmado por Garrett M. Graff, es un recuento de dramáticas experiencias de una situación comparable a la sucedida el 11 de septiembre del 2001, cuando fueron sospechosamente derribadas las Torres Gemelas, lo que se dio en llamar el Ground Zero. Uno de los médicos, Jordan Culver, pseudónimo (pues es uno de los amenazados de ser despedidos si hablan de más), dice que hay tantos muertos, que dejan de convertirse en una desgracia, pues “como decía Stalin, un muerto es una desgracia, cientos, se convierten en mera estadística”.
Tanto su testimonio, como el de las enfermeras y los de otros trabajadores de la salud, culpan al “gobierno” por no haber previsto lo que emergencias como la actual, significarían para un sistema de salud de por sí subfinanciado. “Se supone que seamos el país más rico del mundo, es vergonzoso que tengamos colapsado el sistema de salud por esta pandemia, con decenas de compañeros contagiándose, pues no tienen ni mascarillas y su pelo y su ropa están cubiertos de Covid-19, por los fuertes y constantes tosidos de los enfermos, y no tienen forma de quitárselo de encima”, dice Culver.
Enfermeras que platican de pacientes que llegaron solos, fueron entubados, al agravar la enfermedad y murieron solos. Mueren tantos enfermos al día, que tráileres con cajas de refrigeración esperan estacionados afuera de hospitales, en espera de los nuevos cadáveres.
El problema por el cual Nueva York ha sido muy golpeado es por su alta densidad poblacional. Manhattan tiene un área de 59.1 km2 y ocho millones de habitantes, lo que nos da una densidad poblacional de 135,364 habitantes por kilómetro cuadrado. Los altos rascacielos, llenos de departamentos y oficinas, incrementan el contacto físico, además de que los barrios pobres, como el Harlem, están también muy hacinados de migrantes y estadounidenses de los más pobres, muchos de ellos, sin seguro médico, así que sólo están atenidos a los malos servicios de salud pública.
He sabido de mexicanos que viven en Nueva York permanentemente, por sus negocios y que, durante la emergencia de salud, decidieron, mejor, venirse a México, para evitar contagios (aunque algunos, ya llegaron con el virus).
Ya se han reportado más de 80 mil contagios, “casi un tercio de los 213,144 confirmados” (al 4 de abril de 2020) en Estados Unidos. Y ésos, equivalen al 8% de todos los contagiados en el mundo, ya más de un millón. “La cifra de decesos ha escalado rápidamente, lo que ha llevado a la ciudad, de llevar una vida normal hace algunas semanas, a mantener actualmente negocios cerrados, trabajadores enviados a sus departamentos y calles vacías de autos y camiones. Times Square se ve tan sola, que muy pronto podrían comenzar a crecer enredaderas en su superficie”, señala Graff.
Sin embargo, los que están llenos son los hospitales y sus salas de emergencia. “En la primera semana de abril, un neoyorquino estaba muriendo por el Covid-19 cada diez minutos. A finales de dicha semana, un fallecimiento se dio cada seis minutos. Y, luego, cada tres minutos y quince segundos, fue la velocidad de la mortandad, o sea, 18 por hora y 432 en un día. Juntas, esas muertes montan 2373, las que son ya más de la mitad de las 4513 en todo Estados Unidos”. Cifras dramáticas, que rememorarían tiempos de pandemias como la de la influenza española o la peste negra. No exactamente como esos eventos, pero, sí, dignos de consideración.
Y, como han señalado claramente médicos, enfermeras y técnicos hospitalarios, los más enterados de todos los problemas que un deficiente sistema de salud, sobre todo, pública, implica, gran parte de tantos enfermos y fallecimientos, pudieron haber sido prevenibles. Incluso, por absurdos problemas burocráticos, ha habido muertos.  
Por ejemplo, en Los Ángeles, recientemente, un adolescente que fue diagnosticado con Covid-19, ni siquiera fue admitido a un hospital privado, por no contar con seguro médico. Murió más tarde. Véase la mezquindad de ese “hospital” (ver: https://gizmodo.com/teen-who-died-of-covid-19-was-denied-treatment-because-1842520539).
Sobre los síntomas, hay casos raros, como el nivel de oxígeno en la sangre, que el normal debe de estar sobre 90. Dice Culver que “debajo de 90, usted se siente a disgusto. Debajo de 80, usted se desorienta. Cuando baja de 70, usted podría morir. Aun así, los enfermos del virus toleran niveles de 40 o 50. Platican con usted, no tienen hambre de oxígeno. Es un misterio, hay algo extraño desarrollándose”. Probablemente sea que disminuye su metabolismo y, por eso, requieren menos oxígeno, pudiera pensarse.
Para el enfermero Anthony Ciampa, es como “si hubiéramos estado en guerra durante dos años”. Muy fuerte su testimonio.
Otra mujer dice que, en efecto, le recuerda lo del derribamiento de las Torres gemelas, “pero sin los abrazos de solidaridad, como en ese entonces, pues ahora, no nos podemos abrazar, estrechar las manos, besarnos”. Sí, ahora, la “sana distancia” es la que impera.
Y para los que se entuban, o sea, se conectan a ventiladores, máquinas que sirven para respirar artificialmente, en la fase más crítica de la enfermedad, tienen sólo 30% de probabilidades de sobrevivir. Prácticamente es para alargarles la vida sólo por unos días. Y, de todos modos, no hay suficientes ventiladores. Trump, presionado, ordenó a Ford y General Motors hacer ventiladores, en vista de que, por la crisis, las ventas de autos se desplomaron casi por completo, un 95% (ver: https://jalopnik.com/car-sales-are-absolutely-nosediving-1842506361).
Culver afirma que pareciera que “el protocolo es matar gente. En nuestro departamento, hemos tenido muchos desacuerdos en cómo manejar esto. Quizá no estamos haciendo lo adecuado a nivel nacional. Quizá sea posible que podamos inyectar mucho oxígeno mediante una cánula nasal. Probablemente así, sólo con la presión del oxígeno, mantengamos los pulmones abiertos”. Son las opciones que se dan ante la falta de ventiladores.
Y, por supuesto, salen a relucir los otros problemas que está ocasionando la crisis, como el desempleo. A nivel nacional, en Estados Unidos, se han perdido 10 millones de empleos en dos semanas (ver: https://www.jornada.com.mx/2020/04/03/politica/002n2pol).
Afirman los testimoniantes que los ruidos que más abundan son los de las sirenas de ambulancias, por las diarias emergencias que deben de atender. En cambio, los sonidos de aviones despegando o aterrizando, han disminuido bastante, “hasta un setenta y cinco por ciento”, afirma una persona que vive cerca de un aeropuerto.
Quien puede trabajar desde casa, lo hace lo mejor que puede, “pero es estresante, pues aunque uno trata de hacerlo, los sonidos de las sirenas recuerdan por lo que estamos pasando”.
En efecto, las emergencias médicas han incrementado tanto, que, en una semana, el 911 recibió 7000 llamadas. El mayor de Nueva York, Bill de Blassio, está considerando llevar otras 250 ambulancias a la ciudad, por tanta demanda de enfermos. Pareciera, en efecto, una zona de guerra esa hacinada ciudad.
Cuando arribó al puerto un barco-hospital del ejército, con mil camas, muchos neoyorquinos reconocieron lo mal que está la infraestructura hospitalaria de la ciudad. “No puedo creer que nuestro sistema de salud esté tan mal. Y, por supuesto, sólo será una pequeña gota en la cubeta”, dice una persona.
Otro problema es que muchas personas no guardan la “sana distancia” (social distancing), que casi se ha hecho obligatoria, y las quejas al 311 son de todos los días. Eso, por desgracia, para trabajadores independientes, no es posible, pues no tienen ingresos si no abren sus negocios o realizan sus tareas (en México, es un problema. Muchos trabajadores que laboran por su cuenta no están siguiendo los protocolos. Pero, tendrían que reflexionar en que si enferman, podrían hasta morir. ¿Valdría la pena arriesgarse a seguir laborando a riesgo de su salud o hasta de su vida? Sería una cuestión de cada quien).
El surrealismo ha surgido en Nueva York, en la forma de decenas de tiendas de campaña tendidas en el Parque Central o el mencionado barco-hospital, cosas “que no se veían desde la Guerra Civil”, menciona Brian Walsh.
Un problema más es que, se dice, el contagio se está diseminando mucho, pero como muchas personas no tienen forma de hacerse la prueba – sobre todo, los que no pueden salir de sus casas, si tienen sospechas de haber contraído el virus –, quizá ni estén enfermas de eso. Y si mueren, tampoco hay manera de saber que el Covid-19 los haya matado. De nuevo, la falta de insumos de salud suficientes, ha llevado a los neoyorquinos a esos niveles de precariedad.
El pánico, para muchos, es sentirse contagiado, tener los síntomas, como la tos, la fiebre y que no puedan ir al hospital hasta que no puedan respirar. Cuando alguien muere, ningún familiar puede presentarse a velarlo. Los del hospital, simplemente, lo trasladarán a un crematorio. Y si los familiares están contagiados, ni las cenizas podrán recoger.
Se narra cómo el compositor Alan Merril enfermó y todos los suplicios que su familia y él pasaron, de cómo iba empeorando, hasta que fue trasladado al hospital y allí murió. Su hija, Laura Merril, al irlo a ver en sus últimos momentos, contrajo la enfermedad y también tiene que estarse en su casa y sólo llamar a emergencias hasta que no pueda respirar. Pero, cabría preguntarse, ¿de qué sirve ir a emergencias cuando el enfermo ya está en sus agonizantes momentos? Pues a ese grado de deshumanización está llevando esta pandemia. Cualquier semejanza con la peste negra que asoló y diezmo a Europa a mediados de los años 1300’s, no es mera coincidencia. Eso, porque a los moribundos se les echaba, junto a los enfermos, a enormes zanjas y se les prendía fuego, con tal de evitar que ese “demoniaco mal” se siguiera diseminando. O, si mostraban signos de que estuvieran enfermos, se les asesinaba sin miramientos (ver: https://en.wikipedia.org/wiki/Black_Death#Persecutions).
Quizá por eso los hospitales pidan a los enfermos, en esa enferma ciudad, que vayan allí hasta que ya no puedan respirar, para que lleguen sólo a morir.
El problema es que las cosas empeorarán, como declaró de Blassio recientemente. “Debemos prepararnos para lo peor, y eso será a partir del domingo 5 de abril”.
Los hospitales se están preparando, en días, para algo que requeriría meses. “Estamos 21 días atrasados con respecto a la severidad de la pandemia”, declara un doctor.
Se ha dicho que son los adultos mayores y los enfermos de otros males los que más se contagian, pero “he visto personas entre 30 y 50 años, que no fuman, saludables, que no tienen otras cosas, personas regulares, que no esperaría uno que se enfermaran”. Así que, lo mejor, es cuidarse y no correr innecesarios riesgos.
Todos los testimonios concuerdan en que es muy importante que se puedan realizar miles de pruebas, sobre todo a personas con síntomas de la enfermedad. De esa forma, podrían desecharse los negativos y concentrarse en los positivos.
El mayor de Blassio dice que se están instalando más camas, para enfrentar lo peor, que está por venir.
En fin, allí están todos esos testimonios, que demostrarían a aquéllos que no creen que esto sea una realidad que, en efecto, gente está enfermando y, algunos, muriendo. No podemos estar ciegos ante estas evidencias.
Concluye el artículo con el testimonio de un sobreviviente, David Lat, quien estuvo entubado por seis días y, por fortuna, ya se repuso. “Agradezco, de verdad, a todos los trabajadores de la salud de Nueva York, quienes no sólo salvaron mi vida, sino que hicieron de mi hospitalización, una muy placentera experiencia”.
Ojalá todos aquellos que enfermen (o, quizá, enfermemos), puedan librar rápidamente la enfermedad, sin necesidad de llegar a la hospitalización. Lo mejor es que ni pensemos en ello. “Lo que ha de ser, será”, dice un viejo proverbio japonés.
Y espero, también, que, al final, sirva esto como reflexión, de que esta pandemia y otras por venir – además del colapso medioambiental que estamos generando con la contaminación y depredación ambiental, cuya primera consecuencia es el irreversible, tóxico calentamiento global –, las está generando nuestro desperdiciador, depredador sistema de vida, alentado por el capitalismo salvaje, más interesado en seguir obteniendo grandes ganancias, a costa de la salud ambiental y humana. Y ese es el verdadero virus.