Un operador de fraudes por internet reveló cómo son hechos
Por Adán Salgado Andrade
La industria de los fraudes por internet es un gran negocio. Se calcula que anualmente asciende a alrededor de un billón de dólares ($1,000,000,000,000) y que un 57 por ciento de adultos en el mundo sufren algún tipo de fraude por los llamados scammers.
La mayor parte de tales fraudulentas operaciones se hacen en Asia suroriental, en el llamado “Triángulo Dorado”, que comprende las naciones de Laos, Camboya y Myanmar. Y de hecho, varios de los centros que operan en Myanmar han sido localizados por la policía y hasta intervenidos, pero las mafias que los operan, chinas todas, simplemente los cambian de sitio y siguen trabajando (ver: https://www.feedzai.com/blog/gasa-global-state-of-scams-report/).
Otro problema es cómo esos centros de scammers reclutan a sus trabajadores, que lo hacen mediante esquemas engañosos de que laborarán como técnicos de internet, recopilando datos y supervisores de operaciones. Pero cuando enfrentan la realidad, luego de que prácticamente son secuestrados, les dicen, crudamente, que su trabajo consistirá en engañar a gente, para robarle su dinero, ya sea con inversiones en criptomonedas, romances fraudulentos o compras también fraudulentas (de éste, tipo, hasta aquí se dan, sobre todo, por Facebook. Mi hermano, alguna vez compró una laptop “muy barata”. Por lo mismo, era muy atractiva. Depositó el dinero que costaba, $3,500 pesos y… ¡nunca se la enviaron! Quiso reclamar, pero el sitio en donde la “adquirió” ya no existía).
Un relato de uno de tales trabajadores, lo ofrece el periodista Andy Greenberg, en su artículo “Él filtró los secretos de unas instalaciones en Asia suroriental. Luego, tuvo que escapar vivo de allí”, publicado por Wired, en el que inicia diciendo que “una fuente atrapada en una operación industrial de fraudes me contactó, determinada en rebelar los crímenes de sus secuestradores y luego escapar. Esta es su historia” (ver: https://www.wired.com/story/he-leaked-the-secrets-southeast-asian-scam-compound-then-had-to-get-out-alive/).
Se trataba de un joven hindú cercano a sus treinta años, quien cayó en ese “empleo” justo por engaños. Él, de humildes orígenes (pudo estudiar ingeniería en computación, gracias a que se dedicaba a limpiar casas, pues su familia era muy pobre y no podía ayudarlo), ansioso como estaba de conseguir finalmente un buen empleo, se sintió atraído por la oferta laboral, de trabajar en Laos como gerente de tecnologías en internet (IT, por sus siglas en inglés), gracias a que era muy inteligente, además de que sabía inglés y manejaba muy bien las computadoras. “Sí, eso me atrajo mucho, por eso acepté el trabajo”, le dijo a Greenberg, en las muchas conversaciones que tuvieron durante algunas semanas.
De hecho, Greenberg no revela cómo fue que lo contactó. Supongo que el joven habrá leído alguna vez la revista Wired y conocía el trabajo de Greenberg, quien se especializa en todo tipo de investigaciones sobre hackers y cibercrímenes.
Como sea, tuvieron contacto y Red Bull, como así se identificó el joven, le dijo que él quería contar absolutamente todo de cómo se realizaban los fraudes en ese sitio, regenteado por chinos.
Le platicó que había una serie de mandos, que siempre estaban enviándoles a sus computadoras y sus WhatsApp’s mensajes de “ánimo”, pero al mismo tiempo amenazantes. Por ejemplo “recuerden que ustedes pueden lograr lo que quieran aquí si cumplen con sus cuotas, pero si no, se las van a ver muy difícil y nunca saldrán de aquí”.
Fue al llegar al lugar, que Red Bull se dio cuenta de que prácticamente lo iban a tener esclavizado, como todos los demás trabajadores, mujeres incluidas. “Nos amenazaban con que teníamos que cumplir con cuotas de engaños y si no lo hacíamos, nos multaban. Y entre más nos multaran, más dinero íbamos debiendo y nos lo descontaban de nuestro salario, que ganábamos unos $500 dólares mensuales. Pero, en mi caso, como nunca cumplía, pues la verdad, no quería estafar a víctimas inocentes, llegó el momento en que les debía mucho dinero y si no lo pagaba, me dijeron que nunca me dejarían ir del lugar”, dice Red Bull (le dijo a Greenberg, que el nombre lo eligió porque cuando lo contactó por primera vez, tenía justamente una lata de esa bebida frente a él).
Usaron el servicio Signal, que permite enviar mensajes cifrados que, además, desaparecen de acuerdo con el tiempo que se les asigne para ser visibles. Y también adoptaron apodos. Fue una precaución que tomaron porque los captores-empleadores amenazaban con que nadie podía revelar lo que allí sucedía so pena de ser incluso asesinados. “Muchos de mis compañeros, también hindúes, desaparecieron, nunca los volvía ver”.
Trabajaba de noche, para que, en ese horario, pudieran entablar relaciones con las víctimas, al otro lado dl mundo, cuando era allí de día. “Era muy pesado trabajar toda la noche y a la mañana siguiente, tratar de dormir”, dice Red Bull.
Y cada que lograban cometer un nuevo fraude, sobre todo de más de cien mil dólares, era celebrado tocando un gong que estaba junto a una pared “y todos reían, gustosos, y nuestros jefes los felicitaban, entregándoles un seis por ciento de comisión”.
Las pobres víctimas, trataban en vano de volver a contactarlos. Así como de repente esos forzados trabajadores fraudulentos se aparecían, así desaparecían.
Red Bull le platicó que cuando se trataba de algún romance, contrataban a una modelo profesional, para que, cuando la víctima, ya muy enamorada, “no podía soportar más sin verla”, establecían una video llamada, en la cual, la mujer, toda melosa y romántica, le aseguraba que “soy el amor de tu vida y me casaré contigo en cuanto tú me digas y me envíes dinero para comprar ropa y viajar hasta tu país”. Y como era la única, muchas veces disponible, tenían los scammers que arreglar muy bien las citas, para que los “románticos” deseosos de hablar con ella, pudieran hacerlo. “Si no estaba disponible, ‘ella’ los convencía de que era mejor esperar para que la emoción del primer encuentro ‘creciera’. Pero era el scammer el que hacía las proposiciones”.
Dice que usaban Deepseek o ChatGPT, “pues siempre nos daban las mejores respuestas, incluso en situaciones complicadas, para darlas a las víctimas, las que siempre quedaban satisfechas”.
Vean nada más, uno de los usos negativos de la Inteligencia Artificial, la que tiene más aplicaciones negativas que positivas (ver: https://www.youtube.com/watch?v=NXeTKWsYrzQ).
Normalmente los fraudes los hacen con países “ricos”, digamos, como Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Francia u otros. Y seguramente también en México y otros países latinoamericanos, han de hacer esos fraudes. “Trataban de que estableciéramos contacto con personas de nuestra misma nacionalidad, para que no tuviéramos problemas con el idioma. Yo me relacioné con hindúes que ya residen en Estados Unidos o en Inglaterra. Pero nunca me quise prestar al engaño”.
Esos fraudes, los de los “romances”, son los más mezquinos, pues las víctimas suelen ser mujeres solas, deseosas de tener alguna pareja sentimental. Muchísimas han perdido todos sus ahorros y hasta sus casas porque el “novio” que las contactó, las engañó lo suficiente como para convencerlas de hacer una nueva vida, comprando una casa más grande para cuando vivieran juntos. Eso le sucedió a Carol Goodall, una inglesa de 62 años, deseosa de entablar una nueva relación, luego de muchos años de soledad. Perdió su casa y todos su ahorros, además de que la depresión por el engaño, casi la llevó al suicidio (ver: https://adansalgadoandrade.blogspot.com/2022/02/los-lucrativos-romances-fraudulentos.html).
Seguramente ese tipo de mezquinas situaciones fueron las que llevaron a Red Bull a no prestarse a engañar a personas ingenuas que sólo buscan un amor verdadero.
Le proporcionó a Greenberg varios videos, filmados con una cámara escondida, en donde se muestran las instalaciones del edificio en donde operaban. Se ven como cualquier edificio de oficinas, funcional, bien iluminado, amplio, blancas paredes… sí, como si hubiera estado trabajando en Google o Apple. Nadie sospecharía que era una instalación en donde trabajan scammers.
Pasadas unas semanas, los captores descubrieron que Red Bull se estaba comunicando con Greenberg y comenzaron los problemas.
“Dicen que no me soltarán hasta que no les dé $3,500 dólares, ¿podrías ayudarme?”, le soltó en una ocasión, diciéndole además que lo habían golpeado y azotado en varias ocasiones.
“Fue cuando sospeché si todo eso no sería un engaño”, dice Greenberg, quien lo comentó con los editores de Wired, los que se opusieron a que entregara dinero alguno por el rescate de Red Bull, “pues no sería ético y la historia que yo estaba escribiendo se desacreditaría”, agrega.
Trató de ponerlo en contacto con una supuesta organización de ayuda en el caso del tráfico humano (pues está claro que eso es tráfico humano, mantener secuestrados a trabajadores, en contra de su voluntad, como la legislación internacional estipula), pero no lo ayudaron. También Greenberg contactó a la embajada hindú, “pero tampoco hicieron nada por ayudarlo”.
Por fortuna para Red Bull, la policía de Laos hizo un día una redada, pero alguien dio el “pitazo” a sus jefes y lograron desalojar el sitio e irse a otro. “De todos modos, nos enteramos que a los trabajadores que aprehendieron esa vez, al día siguiente, los liberaron y volvieron a trabajar en el mismo sitio”. Muy seguramente los mafiosos chinos les “llegaron al precio” a los policías laosianos y todo se arregló con una “buena mordida”, pues son países que están dentro de los más corruptos del mundo.
Si Greenberg tenía dudas de si todo era un fraude, se desengañó cuando Red Bull le confesó, llorando, que, en efecto, le había pedido el “rescate” de $3,500 dólares presionado por sus captores, “pero sí logré engañar con falsos romances a dos personas. A una, con $508 dólares y a otra, con $11,000 dólares. Y eso me tiene muy triste, muy arrepentido. Desearía poder pagarles algún día”.
Se dio cuenta que en el nuevo sitio, la seguridad estaba más relajada. Incluso, su teléfono personal no era revisado. “Gracias a eso, logró recopilar información de los fraudes, ligando teléfonos de sus compañeros, mediante WhatsApp, que Wired pudo descifrar y compilar en 4,200 páginas que serán analizadas en su totalidad y proporcionarán valiosa información sobre cómo operan esos centros”, dice Greenberg.
Un día, un “jefe” entró a su habitación, le dio su pasaporte y le dijo que podía irse. “No me dejó tomar mi ropa, ni mis zapatos. Tuve que salir con las sandalias que traía puestas y así me regresé a la India”. Eso lo pudo hacer gracias a que le pidió dinero a un hermano y que engañó a un scammer para que le prestara dinero con que “mira, debo de ir a mi país a arreglar un asunto, pero en cuanto regrese, te devuelvo el dinero. Así que engañé a un engañador”.
Ya, en la India, Greenberg lo fue a visitar. Se conocieron de frente y supo el verdadero nombre de Red Bull: Mohammad Muzahir, “un joven delgado, más de lo que pensé, de expresión melancólica, por tanto sufrimiento que ha pasado en su vida”.
En un artículo adicional, Greenberg comenta que Muzahir está dispuesto a contarlo todo, a ser testigo de los tratos tan inhumanos que dan esos centros a sus trabajadores y de los métodos que realizan para consumar sus fraudes (ver: https://www.wired.com/story/the-red-bull-leaks/).
Platica que una chica que trabajaba con él, “seguramente la vendieron a proxenetas, pues nos enteramos que trabajaba como sexoservidora en un antro”.
Sí, las chicas deben de pasarla todavía peor que los hombres
“Uno de mis ex jefes me dijo que todavía siguen contratando gente. No es posible que sigan funcionando esos centros de engaño”, dice Muzahir.
Greenberg le advirtió que puede tener problemas, incluso, que lo persigan los mafiosos chinos que operan esos centros y atentar contra su vida.
“No me importa. Si muchos leen mis denuncias, tal vez haya otros Red Bulls que, como yo, alcen sus voces y denuncien todos estos engaños. Y eso puede ayudar a que las cosas mejoren”.
Tiene mucha razón.
Si toda la gente pensara como él, si antepusieran el bienestar social, antes que el individual (que hasta puede ser mortal, como él casi lo experimentó), el mundo sería mejor.
Lamentablemente, privan la inconsciencia, el egoísmo, el materialismo y la mezquindad que el capitalismo salvaje nos ha impuesto desde hace más de 500 años
Y por eso, vamos todos de mal en peor, autodestruyéndonos lentamente.
Contacto: studillac@hotmail.com